La mansedumbre no es una cualidad popular. El mundo la llama un espíritu cobarde, que lleva a un hombre a permanecer callado ante el insulto, a soportar un agravio sin resentimiento, a ser tratado con dureza y entonces devolver bondad a cambio.
Los hombres del mundo dicen que esta disposición es afeminada, que revela debilidad, cobardía, falta de valor.
Así podría ser, si acudiéramos al mundo en busca de nuestro modelo de virilidad. Pero tenemos un ejemplo más verdadero y más divino como patrón de hombría que cualquiera que este mundo haya producido. Jesucristo fue el único hombre perfecto que jamás vivió sobre la tierra, y la mansedumbre fue una de las cualidades más nobles de Su carácter. Era manso de carácter, no se irritaba con facilidad, paciente bajo la injusticia, silencioso bajo el reproche.
«Cuando le lanzaban insultos, no respondía con insultos; cuando padecía, no hacía amenazas». Poseyendo todo el poder, nunca levantó un dedo para vengar una injuria personal. Respondió a toda la ira del hombre con tierno amor. En su cruz, cuando su sangre corría, ¡oró por sus verdugos!
La mansedumbre no es, pues, un espíritu cobarde, ya que en Jesús brilló con tanta luminosidad. Es divino perdonar a quienes nos han ofendido, soportar con paciencia a quienes nos tratan mal, dar la respuesta suave que aparta la ira, lavar con el perfume del amor la mano que nos hierve, devolver siempre bendición por maldición y bien por mal.
La lección es difícil de aprender, pues va directamente contra la naturaleza humana orgullosa. Solo podemos aprenderla en la medida en que nuestras vidas sean transformadas a la imagen divina, en la medida en que Cristo entre en nuestros corazones y habite allí. «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» Mateo 11:29.
Esta bienaventuranza muestra, además, que la mansedumbre no es una gracia empobrecedora. Los mansos heredarán la tierra. Quienes entregan su vida a Dios, que juzga con justicia, y le dejan a Él el ajuste de las desigualdades del trato humano que han recibido, no salen perdiendo al final.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Meekness
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.