Aunque los gadarenos pidieron al Señor Jesús que se apartara de sus contornos, hubo otros que le recibieron de buena gana. Así es ahora: mientras algunos consideran las privilegios religiosos una carga, hay otros que anhelan poseerlos. Mientras algunos ocupan asientos en la casa de Dios y tienen por tedioso el culto, hay otros, retenidos en casa por diversas causas, que envidian, como David, la felicidad de la golondrina que hace su nido en los altares de Dios.
Los habitantes de la ribera opuesta del lago pronto descubrieron la ventaja de tener la presencia de Jesús. Un principal se postra a sus pies, abatido por la angustia de su única hija.
Camino de la casa del principal, la gente se agolpaba alrededor del bendito Salvador. ¡Cuán paciente fue el amor que le llevó a someterse a toda incomodidad! Cada paso que daba estorbado por una multitud opresiva, y sin embargo no se quejaba del calor ni del ruido de la turba. Al pasar, muchísimos le tocaban, pero solo una lo hizo con fe y con intención. Así es ahora; miles ofrecen oraciones, pero pocas las ofrecen con intención y con expectativa de alivio. Y, con todo, ningún otro adorador es advertido por Jesús. Ningún otro toque fue advertido por Él sino el de aquella pobre mujer que decía para sí: "Si tan solo tocare sus vestidos, seré sana." ¿Es en este espíritu que nos acercamos a Jesús? ¿Esperamos respuesta a nuestras oraciones?
Nuestro estado por naturaleza es desesperado, como el de la mujer. Había acudido a muchos médicos y se había reducido a la pobreza, sin obtener alivio; y habiendo gastado ya todo su dinero, su esperanza de auxilio humano debía de haberla abandonado. Así algunas personas, convencidas de su estado pecaminoso, han procurado obtener alivio mediante multiplicados servicios y buenas obras, pero nunca hallaron paz hasta que vinieron a Jesús.
Observemos la condescendiente aprobación que el Señor da a la fe verdadera, por débil que sea. Había mucha ignorancia mezclada en la fe de esta mujer. Pensaba que podría tocar a Jesús sin ser percibida. No sabía que Él veía su pensamiento desde lejos y que su gemido interior no le era oculto. Pero Jesús no desprecia la fe débil ni apagará el pabilo humeante.
Aunque sanó a la mujer a raíz de su aplicación secreta a Él, deseó que ella hiciera un reconocimiento público de su curación. Desea que todo pecador haga lo mismo: "Con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación." La mujer hizo de buena gana esta confesión cuando vio que su bienhechor la requería. La gratitud a Jesús debe prevalecer sobre todo otro sentimiento en nuestro corazón y hacernos dispuestos a reconocer lo que Él ha hecho por nuestras almas, y de qué profundidad de miseria nos ha librado. Los santos allá arriba no se avergüenzan de reconocer sus obligaciones para con el Salvador. Están dispuestos a que sus pecados pasados sean conocidos, a fin de que su poder y su amor sean ensalzados. El cántico de los bienaventurados es: "Tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre." Reconocen que se requirió esa sangre para expiar su culpa. Si nos unimos a aquella turba dichosa, apareceremos entre ellos como pecadores salvados por gracia. No desearemos ocultar a nuestros compañeros celestiales que fuimos en otro tiempo contaminados. Solo desearémos que el admirable poder de nuestro Redentor sea dado a conocer entre la multitud congregada. El ladrón que se arrepintió en la cruz ensalzará la gracia de su Señor crucificado, que expió sus crimen flagrantes. Y aunque quizá no hayamos cometido la misma clase de pecados que aquel ladrón, todos hemos cometido pecados que, de no ser por la fe en la sangre de Cristo, hundirían nuestras almas en eterna perdición.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ heals the woman who touched him in the throng
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.