4. El ESPÍRITU SANTO. Otra doctrina distintiva de nuestra santa religión es la agencia del Espíritu Divino, al preparar a los hombres para el reino de los cielos. El glorioso tema de esta rama de la revelación divina es designado en la Escritura el Espíritu de Dios, el Espíritu Eterno, el Tercero de la sagrada Trinidad que dan testimonio en el cielo, el Espíritu Santo, el Consolador, el Espíritu de gloria. En su nombre somos bautizados; y a él, con el Padre y el Hijo, se rinde suprema adoración en el cielo y en la tierra.
Las operaciones del Espíritu Santo en la mente de aquellos hombres que son escogidos para salvación son estas: Él convence de pecado, de justicia y de juicio. Da vida a quienes están muertos en pecados y los hace vivir para Dios. Los limpia de todos sus ídolos y purifica sus corazones por la fe en Cristo. Derrama el amor de Cristo, obrando en ellos el querer y el hacer lo que es agradable a la vista de Dios. Les enseña qué han de pedir, e intercede por ellos. Los sella para el día de la redención y los guarda por su propio poder. Da testimonio con sus espíritus de que son hijos de Dios, y permanece con ellos como Consolador. Los llena de esperanza y paciencia, los fortalece con todo poder y los conduce a la gloria eterna.
Tan necesarias son las influencias del Espíritu para constituirnos verdaderos cristianos, que la Escritura nos asegura con frecuencia que si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él; y que solo los que son guiados por el Espíritu son hijos de Dios. La evidencia de ser así guiado es el progreso en la gracia; pues los frutos del Espíritu son fe, paz, amor, gozo, longanimidad, benignidad, bondad, mansedumbre y templanza.
He expresado estos sentimientos acerca de la influencia del Espíritu en las mentes de los creyentes con las precisas palabras de la Escritura, para que pueda verse el lugar tan importante que esta doctrina ocupa en el esquema cristiano. Al considerar estos testimonios unidos de la Escritura en lo relativo a la agencia del Espíritu, podréis trazar el progreso gradual de la vida divina, desde las primeras convicciones salvadoras del Espíritu Santo, a través de sus operaciones de iluminación, renovación, santificación y consuelo posteriores. Pero este tema hallaréis más ampliamente ilustrado en el capítulo siguiente, bajo el encabezado de Experiencia en la religión.
5. El estado eterno. La última doctrina distintiva de nuestra santa religión que me propuse mencionar es el Estado de Retribución más allá del Sepulcro. Esta puede con justeza llamarse una doctrina peculiar del evangelio: pues aunque sabios de diversas épocas y naciones han anhelado goces futuros, y han conjeturado que ciertamente un estado futuro de dicha o de dolor está preparado para los hombres según su carácter y conducta en la tierra, sin embargo, solo por la revelación que Dios ha hecho en su Palabra la inmortalidad ha sido traída claramente a la luz.
Como el Antiguo y el Nuevo Testamento son partes de una revelación gradual hecha a la humanidad; como ambos testifican de un solo Dios, un solo Salvador y un solo evangelio; así también se unen en revelar el estado futuro y eterno de las cosas, aunque con grados muy diferentes de claridad. Nos muestran lo que habrá de suceder después; y solemnes y sublimes son las escenas que representan: la apertura de las nubes del cielo; el descenso del gran Dios y Salvador nuestro a juzgar a vivos y muertos; la grandeza de su manifestación en la gloria suya y de su Padre, con decenas de millares de sus ángeles; la resurrección de los muertos al sonido de la trompeta de Dios; la comparecencia de los mundos congregados ante el tribunal de Cristo; la separación de los impíos de los justos; la sentencia irrevocable sobre los impíos, que decrea destrucción eterna lejos de la presencia del Señor; la transformación de los cuerpos de los santos en un instante, haciéndolos espirituales e inmortales; los arrebatos de los redimidos cuando sean reconocidos, absueltos y honrados delante de toda la creación inteligente; la conflagración general, al mandato del Juez soberano, y la disolución de estas obras portentosas que él ahora sostiene; la apertura de las puertas eternas de la gloria para admitir a los rescatados del Señor; su postración ante el trono; su presentación al Padre con sobreabundante gozo; sus cánticos celestiales a aquel que está sentado en el trono y al Cordero que fue inmolado; su ver a Dios tal como él es; su recordar todo el camino por el cual los guio; su estar con Jesús para contemplar su gloria; su ser hechos reyes y sacerdotes para nuestro Dios para siempre jamás. Estas son las realidades futuras que la revelación escritural ha desplegado; estas son vuestras gloriosas esperanzas, ¡oh creyente en Jesús! y estas gloriosas esperanzas las debemos a tu sacrificio expiatorio, ¡oh bendito, bendito Emmanuel!
LA EXPERIENCIA de la verdadera religión
Habiendo hablado del conocimiento religioso en lo concerniente a las doctrinas de la Escritura, paso ahora a considerarlo en lo concerniente al relato que la Escritura hace de la experiencia de los cristianos; a los actos de sus mentes hacia los objetos divinos; y a la influencia de lo que creen sobre sus temperamentos y afectos.
Toda piedad verdadera tiene su asiento en el corazón; y desde allí, como buena semilla sembrada en buena tierra, produce los frutos de justicia que son para gloria de Dios. Ningunas formas externas de devoción; ninguna profesión externa de piedad, por fervorosa, regular y conspicua que sea; ningunos esfuerzos por el bien de la humanidad, por exitosos y aplaudidos que sean; ninguna emociones súbitas de tristeza o de gozo bajo la predicación de la Palabra; ni aun ningunos sufrimientos por amor de Cristo, ni celo por su causa, pueden conferirnos el carácter de verdaderos cristianos mientras seamos destituidos de aquel arrepentimiento, aquella fe y aquella conversión a Dios que tienen su asiento en el corazón, que son los anhelos de la vida espiritual, y que las Escrituras describen como partes esenciales de la verdadera piedad.
Aquel DIOS con quien tenemos que ver escudriña el corazón, y demanda verdad en lo íntimo. Aquella LEY por la cual seremos juzgados exige la sujeción de todo el hombre interior, y ordena el amor a Dios con todo el corazón y la mente. Aquel JESÚS, del cual dependen todas nuestras esperanzas de felicidad, distingue a sus verdaderos discípulos por haber nacido de nuevo, ser renovados en sus mentes y poner sus afectos en las cosas de arriba. Aquel EVANGELIO que publica las nuevas de paz al hombre testifica la indispensable necesidad de ser convertido y nacido de nuevo.
Una nueva criatura en Cristo; las cosas viejas pasadas; el reino de Dios dentro de vosotros; Cristo formado en vosotros; fortalecidos con todo poder en el hombre interior; creer con el corazón para justicia: estas son expresiones familiares a los escritores inspirados; y nos recuerdan que los hombres no son píos a los ojos de Dios sino en la medida en que su religión esté asentada en el corazón e influida por aquellos principios divinos de fe sincera en Cristo y amor supremo hacia él, que el cristianismo ordena y que el Espíritu de Dios inspira.
Estas observaciones tienen por propósito evidenciar este importante sentimiento: que para merecer el carácter de verdaderos cristianos debemos experimentar la energía de la religión vital en nuestras propias almas. De qué manera esa influencia se ejerce es lo que corresponde considerar a continuación. Aquí, sin embargo, debemos pisar con pasos cautelosos, no sea que sustituyamos los delirios del entusiasmo por las comunicaciones de la gracia divina; o no sea que, en nuestro celo contra el entusiasmo, condenemos las operaciones más nobles del Espíritu sagrado.
Acerca de la naturaleza de los poderes y operaciones de la mente, los hombres doctos siempre han disentido, y probablemente seguirán disintiendo mientras dure el mundo. No se ponen de acuerdo sobre cómo el entendimiento opera sobre la voluntad, la voluntad sobre los afectos, y un afecto sobre otro; mucho menos pueden comprender o explicar las operaciones de la gracia divina sobre el entendimiento, la voluntad y los afectos en cuanto unidos y cooperantes. Pero aunque las pesquisas filosóficas nos pueden prestar poca ayuda para rastrear el progreso de la vida divina en el alma, gozamos, sin embargo, de una palabra profética más segura y de un método más obvio de ilustración, al cual ahora atenderemos.
Que la mente del hombre es capaz de recibir impresiones de Dios es un principio admitido tanto por los sabios paganos como por los teólogos cristianos. Que ningún hombre puede purificar su propia mente de toda iniquidad es la doctrina de la experiencia universal. Pero la Escritura inculca además que sin el Espíritu de Cristo nada bueno podemos hacer verdaderamente; y que es Dios solo quien obra en el hombre el querer y el hacer lo recto. Toda justa visión de los objetos espirituales; todo sentimiento piadoso impreso en la mente; todas las emociones divinas del alma que surgen de estos sentimientos; todos los deseos celestiales; todas las disposiciones santas; todos los temperamentos semejantes a Dios y todo progreso en la pureza interior son frutos del Espíritu y evidencias de sus operaciones divinas.
Conexo con este principio sigue otro, igualmente necesario de mencionar sobre este tema: que las operaciones del Espíritu sobre la mente se realizan generalmente por medio de la Escritura y siempre en perfecta consistencia con ella. La revelación escritural es completa y contiene toda la información necesaria para guiar nuestros pies por los caminos de la paz. El Espíritu, por tanto, en su agencia sobre las mentes de los creyentes, no hace nueva revelación desde el cielo, ni descubre objetos no notados en la Palabra de verdad. Su oficio gracial es hacernos percibir el significado, la importancia y la gloria de lo que la Escritura testifica; y traer a casa, mediante una aplicación particular, estas verdades sagradas a nuestro entendimiento y corazón. Aquí, pues, se nos conduce de manera natural a examinar cómo las verdades sublimes y de suma importancia de la Escritura, antes enumeradas, afectan la mente cuando son aplicadas con eficacia salvadora por el Espíritu.
Fuente y atribución
Autor original: Archibald Bonar
Título original: Genuine Piety — parte 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Archibald Bonar, publicado originalmente en Grace Gems.