Jesús dijo: «¡Andad mientras tenéis la luz, antes que las tinieblas os sorprendan!» A veces la oscuridad es muy bienvenida. Es bienvenida para el hombre cansado que apenas puede esperar a que el sol se ponga para terminar su trabajo. Para él, la oscuridad significa descanso. Lo envuelve en sus cortinas, lejos del ruido y de la contienda, y le restituye su fuerza agotada. La oscuridad es bienvenida en muchos hogares, porque es la señal para la reunión familiar de los seres queridos y las alegrías del fogón al atardecer. Durante todo el día, el hogar ha ejercido su atracción sobre los corazones de los miembros dispersos de la familia, y la llegada de la noche es la señal para el reencuentro en casa.
Pero no es a una oscuridad amigable a la que se refiere nuestro Señor. La imagen que sugieren sus palabras es la de una fiera salvaje que se abalanza sobre el viajero, lo persigue, lo alcanza, se lanza sobre él y lo devora. Así fue como Jesús instó a sus discípulos a andar en la luz mientras la tenían, a apresurarse en aprovechar los pocos momentos del día que quedaban, antes de que la oscuridad devoradora cayera sobre ellos.
La lección es para nosotros. La mayoría de nosotros vivimos como si tuviéramos mil años para permanecer en este mundo. Nos demoramos en las horas doradas de nuestros breves días, como si los días nunca fueran a acabar. No vemos con qué rapidez el sol se precipita hacia su ocaso, mientras nuestra obra está apenas a medias y nuestra tarea quizá apenas comenzada.
Desperdiciamos días, semanas, meses, sin advertir cómo nuestra única y breve oportunidad de vivir en este mundo se va desgastando, como el mar va royendo una orilla frágil hasta que se lleva su último resto. Damos poco valor al tiempo, olvidando que solo tenemos un palmo de él, ¡y luego viene la eternidad!
¿Qué hiciste ayer que haya iluminado y glorificado ese día para siempre? ¿Qué registro de bendición en otras vidas le entregaste para llevarlo al juicio de Dios? ¿Qué carga levantaste del corazón de otro? ¿Qué lágrima enjugaste? ¿En qué alma dejaste una huella de belleza? ¿Dónde está tu ayer?
Muchos de nosotros no apreciamos el valor de los días singulares. «Un día es un espacio demasiado breve», decimos, «no puede importar mucho que uno solo, uno tan solo, se desperdicie o se gaste en placer». Sin embargo, los días son eslabones de una cadena, y si un eslabón se rompe, la cadena queda rota. En el plan de Dios para nuestra vida, cada pequeño día lleva su propia carga de deber, su propio registro que ha de dejar. Nunca conocemos la sacralidad de un día en particular, ni lo que puede guardarnos entre sus tesoros.
Su luz puede no ser más brillante que la de otros días, puede no tener ningún rasgo peculiar que lo distinga como «especial» entre mil días comunes, y, sin embargo, puede ser para nosotros un día de destino. Si no lo recibimos como regalo de Dios, podemos perder aquello sin lo cual seremos más pobres toda la vida y por la eternidad.
¡Cuántas veces vemos después que los días ya idos fueron portadores de dones celestiales para nosotros, que no tuvimos la perspicacia para reconocer ni la gracia para recibir! Cuando han pasado más allá de todo recuerdo, entonces vemos lo que perdimos al malgastarlos. ¡Cómo estos días perdidos nos avergüenzan, cuando vuelven sus ojos llenos de reproche sobre nosotros desde el pasado irrevocable!
«¡Andad mientras tenéis la luz, antes que las tinieblas os sorprendan!» Hay muchas ilustraciones de esta llegada de la oscuridad, de este fin de la oportunidad. La lección toca la vida de todos. Está la oscuridad que llega a medida que se cierra una tras otra cada temporada de privilegio.
Aquí la enseñanza es especialmente para los jóvenes: Algunas cosas Dios las da con frecuencia; otras, solo una vez. Las estaciones regresan una y otra vez, y las flores cambian con los meses, ¡pero la juventud no llega dos veces a nadie! La juventud es el tiempo de la preparación. El éxito de la vida posterior depende de la diligencia de los primeros años. Una juventud desperdiciada es seguida por la oscuridad de la desgracia y del fracaso.
La juventud es el tiempo de atesorar conocimiento. Es también el tiempo de formar buenos hábitos. Es el tiempo de cultivar buenas amistades. Es el tiempo de seguir a Cristo. Es el tiempo de entrenar las facultades para la mejor obra de la vida. Es el tiempo de prepararse para las tareas de la vida. Cuando la juventud se cierra con sus oportunidades, dejando a alguien sin estar preparado para los días de presión, lucha, deber y responsabilidad que habrán de venir, ¡en verdad que es peligrosa la oscuridad que envuelve la vida y la arrastra hacia abajo!
Muchos jóvenes son despilfarradores del tiempo. No logran percibir su valor. Parecen tenerlo en tal abundancia que nunca imaginan que pueda acabar. No saben que un día perdido en la juventud dorada puede significar desgracia o fracaso para ellos en algún momento del futuro. No saben que las lecciones perdidas, las horas malgastadas, los minutos empleados en la ociosidad pueden costarles el verdadero éxito de su vida, acarreándoles fracaso o desastre, e incluso marchitar su destino. Los jóvenes deben caminar con seriedad mientras tienen la luz, redimiendo el tiempo, aprovechando la oportunidad, no sea que la oscuridad los sorprenda. No deben cometer el error de imaginar que tienen tanto tiempo que pueden permitirse dejar que se desperdicien días, horas o incluso minutos. No pueden permitirse perder ni un minuto dorado de ningún día. Ese puede ser precisamente el minuto de todo aquel día del cual depende su destino.
Dice un escritor reflexivo: «Una de las ilusiones es creer que la hora presente no es la hora crítica y decisiva. Grábalo en tu corazón: cada día es el mejor día del año. Nadie ha aprendido nada como es debido, hasta que sabe que cada día es el día del juicio». Esto es muy cierto. No sabemos qué asuntos trascendentales, que afectan todo nuestro futuro, están implicados en la hora más tranquila de cualquier día común. Hay un tiempo para todo, pero el tiempo es corto, y cuando se ha ido y la cosa no se ha hecho, ¡nunca podrá hacerse!
«Nunca vuelve la oportunidad que pasó;
¡aquel instante fue el último!»
«¡Andad mientras tenéis la luz, antes que las tinieblas os sorprendan!» Mientras tengáis los ojos, ¡usadlos! Un joven fue advertido por sus médicos de que en seis meses quedaría ciego. De inmediato se propuso contemplar las escenas más hermosas de la naturaleza y las obras más sublimes del arte en todas partes del mundo, de modo que, antes de que sus ojos se cerraran para siempre, su memoria pudiera atesorar visiones de belleza que iluminaran la oscuridad hacia la que con certeza caminaba. Usad vuestros ojos mientras tenéis la luz. Contemplad cuantas sea posible de las cosas hermosas que Dios ha hecho. Leed los mejores libros que podáis hallar, y llenad vuestra mente de pensamientos grandes y nobles. Aprended mientras es fácil aprender. Sed estudiantes. Sed también trabajadores. Llenad vuestros días de actividades intensas, porque será solo un breve tiempo hasta que la oscuridad os alcance y ya no podáis trabajar. Lo que habéis de hacer, debéis hacerlo pronto. Lo que hagáis de vuestra vida, debéis hacerlo en unos pocos años a lo sumo, pues el plazo humano es corto, ¡y cualquier día puede ser vuestro último!
Esta lección es para quienes están en la plenitud de la vida y para quienes avanzan hacia la vejez, así como para los jóvenes. Cada día que pasa deja el margen de vida un poco más estrecho para cada uno de nosotros. Nuestra porción de tiempo se acorta sin cesar. Debemos trabajar mientras dura el día. Debemos hacer el bien mientras nuestros corazones están calientes. Debemos pronunciar las palabras de vida antes de que nuestros labios enmudezcan. Debemos esparcir bondades en el mundo antes de que nuestras manos se debiliten. Debemos derramar amor para bendecir a los solitarios antes de que nuestros pulsos se aquieten.
No debemos dejar que la obra de Dios sea desplazada de nuestros días ajetreados, con la esperanza de tener tiempo para ella más adelante, cuando llegue el descanso. ¡Ah! Más adelante será demasiado tarde. Los que nos necesitan ahora no nos necesitarán entonces. Las obras de amor que deberíamos hacer hoy no podemos hacerlas mañana. El vecino que ahora anhcha nuestra cálida simpatía y nuestro tierno cuidado no nos necesitará cuando nuestras tareas hayan terminado y tengamos tiempo libre; entonces habrá crespones de luto en la puerta, y de nada servirá que llamemos con nuestra palabra de amor.
El hijo necesita el cuidado, la guía, el consejo y la paciencia amorosa del padre, ¡AHORA! Unos pocos momentos entregados cada día dejarían impresiones indelebles en el alma del niño, y lo atarían con cadenas de oro a los pies de Dios. Pero un poco más tarde, puede que ya no sirva de nada intentar bendecir su vida. ¡Habrá pasado más allá del momento en que incluso la mano de un padre puede moldear su vida!
No dejéis jamás fuera de vuestros días ajetreados los deberes del amor para con los vuestros, sean cuales fueren las demás cosas que dejéis fuera. Casi sería mejor perder cualquier otra cosa en la vida que lo que el amor exige. Trabajad mientras tenéis la luz; haced las cosas que son más importantes, más sagradas, más vitales.
Sobre la puerta de una iglesia está la inscripción: «¡Solo lo eterno es importante!» Hay muchísimas cosas que no vale la pena que hagamos. Algunos pasamos nuestros días en triviales bagatelas que no bendicen a nadie y que no añadirán lustre a nuestra corona. «¡Solo lo eterno es importante!»
Por tanto, «¡Andad mientras tenéis la luz, antes que las tinieblas os sorprendan!» No desperdiciéis ninguna oportunidad. No despreciéis ningún privilegio. No malgastéis ningún instante. En el plan de Dios hay justo el tiempo suficiente para que viváis bien vuestra vida, si empleáis cada momento de ella en un deber sincero y fiel. Una hora perdida dejará una falla. Una vida vivida así, en diligencia y fidelidad inquebrantables, no tendrá pesares cuando llegue el fin. Su obra estará completa. No será la noche entonces la que la alcance en el misterio que los hombres llaman muerte, sino el día, más bien, ¡la mañana de la eternidad!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Sacredness of Opportunity
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.