La vida de Cristo para cada día

La oración final de Jesús ante sus apóstoles

En su última oración antes de la cruz, el Salvador consuela a los suyos con ternura y eleva su mirada al cielo para pedir al Padre que le glorifique, sostenido por el gozo eterno que le aguarda.

El Señor Jesús oraba a menudo con sus discípulos, pero muy pocas de sus oraciones han sido registradas. Esta es la última que ofreció en su presencia y en favor de ellos antes de su muerte. Mientras escuchaban, se llenaron de tristeza, porque temían que fuera la postrera. Jesús conocía sus sentimientos y evitó toda expresión que pudiera aumentar su dolor. Cuando habla de su partida, en lugar de decir «muero», dice «dejo el mundo», «voy al Padre» o «vengo a vosotros». El compasivo Salvador buscaba vendar los corazones heridos de sus discípulos. Él es el más tierno de los amigos. Si acudimos a Él en nuestras aflicciones, así lo hallaremos. Muchos que desean consolar no saben cómo hacerlo; al intentar vendar las heridas, las abren aún más, pero Jesús tiene una mano delicada, además de un corazón compasivo.

Mientras consolaba a sus discípulos, pareció por un tiempo elevarse por encima de sus propias aflicciones. Poco antes, en la mesa de la cena, se había turbado en espíritu; poco después, en el huerto, fue sumamente afligido; pero durante aquella solemne caminata de Jerusalén a Getsemaní, parecía lleno de pensamientos sobre su gloria venidera. Alzó sus ojos al cielo y dijo: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique». ¡Con qué sentimientos debió alzar los ojos hacia aquel cielo de donde había venido! Había visto a sus brillantes moradores, había escuchado sus dulces cánticos, había respirado su aire puro. ¡Oh, cuánto debió anhelar tomar alas como de paloma y volver a su reposo! Pero primero debía atravesar un mar de dolor. Con mansedumbre dice: «Padre, la hora ha llegado». Y ¿cuál es su petición? «Glorifica a tu Hijo». Después repite esa petición y la amplía, diciendo: «Ahora, Padre, glorifícame tú junto a ti, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera».

Nuestros recuerdos no pueden remontarse ni al principio de nuestras breves vidas; pero los pensamientos de Jesús se demoraban en acontecimientos ocurridos antes de la fundación del mundo. Recordaba la gloria que una vez poseyó en el seno del Padre; recordaba los poderosos motivos que le movieron a dejarla. Su Padre había establecido con Él un pacto: le había encomendado una obra y le había prometido una recompensa. Aquella obra era la destrucción de Satanás. Aquella recompensa era la vida eterna que habría de darse a todos los que el Padre le había dado. Pero ¿había terminado la obra? Por fe la veía ya concluida; pues aunque aún le quedaban por sufrir las agonías más atroces, las sentía como si ya hubieran pasado, tan breve le parecía el sufrimiento y tan cierta la victoria. Y la recompensa compensaría con creces todos los dolores de la cruz. Él «verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho». Su oración fue: «Glorifica a tu Hijo». Esta oración será respondida a través de las edades de la eternidad, mientras los innumerables santos, vestidos de ropas blancas y con palmas en las manos, clamen a gran voz: «¡La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero!». Fue esta perspectiva la que sostuvo al Salvador a través de todos sus sufrimientos. Fue por este «gozo» puesto delante de Él que «soportó la cruz, y menospreció el oprobio».

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ begins to pray in the presence of his apostles

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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