Si las oraciones fueran oídas en el infierno, ¡cuántas se elevarían! Pero la morada de la desesperación no es lugar para la oración. Todas las peticiones del rico fueron rechazadas. La primera era una petición muy pequeña. No era una petición de liberación. Los espíritus perdidos saben que la liberación es imposible. Las puertas se han cerrado sobre ellos para siempre. La sangre del Redentor no puede ser rociada sobre su conciencia, el Espíritu Santo no puede ser derramado en sus corazones; por tanto, la salvación no puede obtenerse. Pero el rico esperaba que se le concediera el menor alivio posible. No pidió que Lázaro le trajera un gran vaso, ni siquiera una gota de agua; no pidió que pudiera sumergir su mano o su dedo en agua; sino que pidió que pudiera mojar la punta de su dedo en agua y aplicarla a su lengua ardiente. Sin embargo, la petición fue rechazada.
Abraham recordó al espíritu atormentado que en la tierra había recibido bienes, y Lázaro males. Por la manera en que Abraham razonó, es evidente que el rico no había deseado en la tierra mejor porción que la que ahora recibía, y que Lázaro se había contentado con la amarga porción que le tocaba. Era, por tanto, justo que cada uno se atuviera ahora a su propia elección. Lázaro no debía sentir ni por un instante las llamas ardientes del infierno, ni el rico debía probar una sola gota de las corrientes refrescantes del cielo. Dios nos da ahora nuestra elección. ¿Preferimos el cielo, con cualquier cantidad de sufrimientos graves, a la tierra, con cualquier cantidad de placeres pasajeros? ¿Qué preferiríamos afrontar: las pruebas de los santos o las tentaciones del mundo? Percibimos que, aun cuando no hubiera abismo infranqueable entre el cielo y el infierno, a Lázaro no se le habría permitido mitigar los sufrimientos de los perdidos. Pero existe tal abismo. Llena de delicia al cielo y de desesperación al infierno. Los habitantes de cada mundo saben que no puede haber cambio de estado. El infierno sabe que ningún consolador celestial entrará jamás por sus puertas, y el cielo sabe que ningún enemigo malicioso irrumpirá jamás por las suyas.
Pero aunque el rico descubrió que no había camino del cielo al infierno, sabía que había un camino del cielo a la tierra. Pidió que Lázaro fuera enviado a advertir a sus cinco hermanos del peligro de su condición. Parece que no había dejado hijos sobre la tierra. Quizá había muerto en su juventud. No podemos saber cuáles fueron sus motivos para desear que sus hermanos no compartieran su miseria. ¿Puede existir el afecto natural en el infierno? ¿O temía el rico que los reproches de unos hermanos a quienes él había corrompido con su ejemplo aumentaran su propio tormento? Recordemos por su oración los privilegios que ahora disfrutamos. ¿Tenemos algún pariente no convertido? Podemos orar por ellos, no a Abraham, sino a Dios. No pediremos que un espíritu difunto sea enviado a advertirles, sino que rogaremos que el Espíritu Santo de Dios los convenza y los convierta. Los santos pueden dar testimonio de que Dios sí oye sus oraciones y tiene misericordia de otros por amor a ellos. Entristece el corazón de un cristiano pensar en aquellos que compartieron con él el cuidado de una madre sin compartir con él la gloria de un Salvador. Aun en el cielo aumentaría el gozo del creyente ver a cada uno de sus parientes sentados alrededor de la mesa de su Padre celestial. Si los hermanos piadosos sienten solicitud por la salvación de sus hermanos, ¿qué no sentirán los padres por las almas de sus hijos amados? Los llevan incesantemente en su corazón ante Dios, y con lágrimas imploran al Señor que los preserve de hundirse en el lugar de tormento. Apenas pueden imaginar que fuera posible que ellos mismos fueran felices en el cielo si faltara alguno de sus queridos hijos. Sin embargo, algunos que han llevado con dolor las canas de sus padres a la tumba, se han arrepentido después. Entonces han lamentado (¡oh, cuán amargamente!) no haber alegrado a sus padres mientras aún vivían. Es su consuelo pensar que sus padres los verán entrar en la gloria. Uno de estos penitentes fue oído decir: «¡Cuánto se sorprenderá mi padre al verme entrar en el cielo!».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The rich man's petition for his brethren
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.