No hay tema más admirable que «la paciencia de Dios». Piensa en el transcurso de los siglos durante los cuales esa paciencia ha durado: ¡seis mil años! Piensa en las multitudes que han sido objeto de ella: millones sobre millones, en climas y siglos sucesivos. Piensa en los pecados que durante todo ese tiempo han probado y fatigado esa paciencia: su número, su gravedad, sus agravantes. La historia del mundo es una historia continuada de iniquidad, una prolongada provocación a la paciencia del Todopoderoso. La Iglesia, como un arca frágil, sacudida sobre un océano inmenso de incredulidad; y, sin embargo, el mundo, con sus cargas, sigue siendo perdonado. El clamor de sus millones pecadores entra en este momento en «los oídos del Señor Todopoderoso», y, no obstante, «por todo esto», su mano de misericordia «aún se extiende». ¿Y quién es este Dios de paciencia? Es el Ser Todopoderoso que podría derribar a esos millones en un instante; que podría, con un soplo, aniquilar el mundo; más aún, que no necesitaría ningún ejercicio positivo o visible de su omnipotencia para lograrlo, sino simplemente retirar su brazo sostenedor.
Sin duda, de todos los ejemplos del poder del Todopoderoso, no hay ninguno más admirable que «el poder de Dios sobre sí mismo». Él es «tardo para la ira». «El juicio es su obra extraña». Él «muestra misericordia a millares». Dios soporta durante mil quinientos años, desde Moisés hasta Jesús, la incredulidad de Israel, y, como observa un autor, «él habla de ello como de un día». «Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y rebelde». ¿Qué explicación hay para esta ternura? «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos vuestros caminos, dice el Señor». Creyente, ¡cuán grande ha sido la paciencia de Dios hacia ti! En tu estado inconverso, cuando vagabas lejos de su redil, con qué amor incansable te buscó; no obstante toda tu obstinación, nunca cesó en la búsqueda «hasta que te encontró». Piensa en tus desmayos y cansancios desde que fuiste convertido: tus estados y sentimientos siempre cambiantes, los reflujos y flujos de la marea de tu amor; y, sin embargo, en vez de abandonarte a tu propia voluntad perversa, su lenguaje respecto a ti es: «¿Cómo podré dejarte?». Toda la vida, tu Salvador-Dios ha estado de pie llamando a tu puerta, y su actitud sigue siendo la misma: «¡He aquí que estoy!». ¿Cómo debería la paciencia de Jesús llevarme a ser sumiso en medio de la prueba! Cuando él me ha soportado tanto tiempo, ¿no lo soportaré yo a él? Cuando pienso en su paciencia bajo una cruz mucho más pesada, ¿puedo murmurar, cuando él no murmuró? No; refrenaré todo pensamiento de queja, y mirando hacia arriba, con afecto confiado, a «el Dios de toda paciencia», «en paz me acuesto y me duermo, porque solo tú, Señor, me haces vivir confiado» (Salmo 4:8).
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE PATIENCE OF GOD
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.