¡Oh, qué cambio se opera en los sentimientos del alma hacia la palabra de Dios cuando él se complace en vivificarla a vida divina! Ni hemos de maravillarnos, en verdad, de que haya una revolución tan marcada en nuestros sentimientos hacia ella; pues es por el poder de la palabra de Dios sobre el corazón que este cambio admirable se efectúa. «De su voluntad nos engendró por la palabra de verdad» (Santiago 1:18). Otros libros pueden instruir o entretener; pueden alimentar el intelecto, encantar la imaginación y cultivar la mente. Pero, ¿qué más pueden hacer? No pretendo con esto despreciar ni desechar todo libro que no sea la Biblia, pues sin libros la misma sociedad, tal como está constituida, no podría existir; y quemar todo libro sería lanzarnos de vuelta a la barbarie de la Edad Media. Que los libros tengan, pues, su lugar en cuanto a esta vida; pero, ¿qué pueden hacer por nosotros en cuanto a la vida venidera? ¿Qué pueden hacer nuestros autores renombrados, nuestros clásicos selectos, nuestros historiadores eruditos, nuestros grandes dramaturgos o nuestros poetas elocuentes por el alma en temporadas de aflicción y angustia? ¡Cuán impotentes son todos los escritos humanos en tales circunstancias! ¿No es como bien dice Deer: «¿Qué bálsamo hallaron los miserables en el ingenio para sanar la aflicción? ¿O quién cura un alma atribulada con todo el esplendor de la elocuencia?»
He aquí la bienaventuranza de la palabra de Dios: cuando todo lo demás falla, ella acude en nuestra ayuda en toda circunstancia, de modo que nunca podemos hundirnos tan bajo como para quedar más allá del alcance de alguna promesa en la palabra de verdad. Podemos llegar, y muy probablemente llegaremos, a un punto donde todo lo demás fallará y cederá, salvo la palabra de Dios, que para siempre está asentada en los cielos. Entonces la palabra de gracia y verdad, que desciende hasta el caso más bajo, la palabra de promesa sobre la cual el Señor hace que el alma espere, volverá hacia nosotros una sonrisa amigable y nos alentará en toda circunstancia a invocar el nombre del Señor y a confiar en su fidelidad, quien ha dicho: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
Así, en las circunstancias más adversas para la carne y la sangre, donde la naturaleza se espanta y la razón fracasa, allí la palabra de Dios entrará como consejero para dejar caer un consejo amistoso, como compañero para animar y sostener la mente con su tierna simpatía, y como amigo para hablar al corazón con voz amorosa y afectuosa. No hemos de maravillarnos, entonces, de que la palabra de Dios haya sido estimada en todas las épocas por la familia de Dios; pues está escrita con tanta sabiduría infinita que alcanza todo caso, conviene a toda circunstancia, llena todo vacío doloroso y se adapta a toda condición de la vida y a todo estado tanto del cuerpo como del alma.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: June 21
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.