"La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo; de parte de Jehová es esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos."
Existe una extraña leyenda judía acerca de una piedra que originalmente estaba destinada a un lugar importante en el edificio, pero que fue mal comprendida y rechazada. Se cuenta que cuando se construía el templo de Salomón, todas las piedras eran traídas de la cantera, cortadas y labradas listas para el lugar que debían ocupar. Entre las piedras había una muy singular que parecía no tener una forma deseable. No parecía haber ningún lugar al que perteneciera. La probaron en un muro, pero no encajaba allí. La probaron en otro muro, pero tampoco era adecuada para ese. Los constructores, molestos y enojados, arrojaron la piedra entre los escombros.
El templo tardó años en construirse, y aquella piedra desechada quedó cubierta de musgo, y la hierba creció a su alrededor. Los que pasaban se reían de la piedra de forma tan peculiar que no encajaba en ninguna parte del templo. Todas las demás piedras que venían de la cantera encontraban su lugar y encajaban a la perfección, pero esta parecía inútil: sin duda había habido un error en los planos del arquitecto.
Pasaron los años y el templo se elevó con belleza, pero la pobre piedra seguía allí, sin uso, indeseada, despreciada. Llegó el gran día en que el templo iba a terminarse, y una multitud se reunió para presenciar el acontecimiento que lo coronaría. Había expectación: faltaba algo. "¿Dónde está la piedra angular?", decían los constructores. No podía encontrarse en ninguna parte. La ceremonia esperó mientras los obreros buscaban la pieza perdida. Por fin alguien dijo: "Tal vez la piedra que los constructores arrojaron entre los escombros sea la indicada para este lugar de máximo honor". La trajeron y la izaron hasta la cima del templo, ¡y he aquí que encajaba a la perfección! Había sido cortada y labrada precisamente para ese lugar. Gritos de júbilo llenaron el aire cuando la piedra que los constructores habían rechazado por inadecuada se convirtió en la piedra angular y ocupó el lugar de mayor honor.
La piedra había sido mal comprendida. El maestro arquitecto conocía el lugar para el cual había sido labrada y darle forma. Pero los constructores no la entendían y pensaban que el arquitecto se había equivocado. Al fin, sin embargo, el arquitecto fue vindicado, y la piedra, largo tiempo despreciada, encontró su lugar de honor.
Parece haber una alusión a esta tradición en las palabras del Salmo: "La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo". En varias ocasiones la referencia aparece en las Escrituras. En la historia de la construcción, fue el plan o el propósito del arquitecto lo que se malinterpretó. El constructor pensó que el maestro había cometido un error, pero no era así. La piedra fue despreciada por un tiempo, pero al final halló su lugar, el lugar de honor. Continuamente se comete el mismo error en la vida. La gente piensa que Dios se ha equivocado en sus planes. Pero cuando llegamos a entender, descubrimos que sus propósitos son acertados.
"La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo; de parte de Jehová es esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos." Vemos ejemplos e ilustraciones de esto continuamente.
Hay personas que al principio no parecen encajar en ningún lugar del mundo. No parecen tener aptitud para nada valioso ni poseer las cualidades que las harían útiles para el mundo. No son brillantes ni fuertes, ni parecen destinadas a hacer algo que las distinga; sin embargo, más adelante desarrollan capacidad, sabiduría, incluso grandeza, y ocupan lugares importantes en el mundo. Hay muchos hombres eminentes de quienes sus primeros maestros predijeron el fracaso. Eran torpes, sin mostrar capacidad. Pero después, cuando se encontraron a sí mismos y hallaron su lugar, llegaron a destacarse en alguna línea particular. Los padres y maestros nunca deberían desalentarse cuando los niños parecen poco prometedores. Puede haber ocultos en su mente y en su corazón dones especiales, posibilidades de poder que serán sacados a la luz en ciertas circunstancias, capacitándolos para deberes particulares.
Ningún otro hombre ha sido jamás una ilustración más notable de esto que Lincoln. Si se lee solo el relato de sus primeros años, nadie imaginaría que llegaría a ocupar un gran lugar en la historia humana. Incluso en su madurez, cuando comenzaba a desplegar sus capacidades, los hombres no lo consideraban apto para ser presidente de la nación ni líder de un gran movimiento moral. No era la piedra que los constructores habrían elegido como angular. Era torpe y poco atractivo. Nunca fue más visible la mano de la Providencia al llevar a un hombre a su lugar que en los acontecimientos que condujeron a la elección del señor Lincoln para la presidencia. Los líderes políticos no lo querían. Era la piedra que los constructores rechazaron.
Sin embargo, conocemos también la historia de su vida y obra maravillosas. Su grandeza no fue plenamente conocida ni siquiera mientras vivió. Cada año desde su martirio ha revelado nuevos elementos de carácter noble en él y ha mostrado con mayor claridad la grandeza de su obra. El mundo piensa en Lincoln como el emancipador de los esclavos. Eso fue, pero también fue el salvador de su país. El Sur tanto como el Norte sabe ahora cuánto amaba la Unión. Su grandeza se manifiesta en todo. Su oración en Gettysburg contiene apenas unas frases, menos de trescientas palabras, pero se reconoce en todas partes como una pieza de elocuencia sin igual.
Desde cualquier lado que miremos a este hombre, es grande. Y cada vez más, a medida que pasan los años, vemos el significado providencial de su vida: lo que significó para su propio país, lo que significó para el cristianismo, lo que significó para el mundo. Su muerte trágica no puso fin a su vida ni dio fin a su obra. Lo enterraron entre las lágrimas de una nación, pero su vida no quedó escondida en la tumba.
Así, Lincoln es un ejemplo de alguien que fue mal comprendido por los hombres, una piedra que los constructores rechazaron, pero que Dios hizo llegar a ser la piedra angular.
Dios sabe lo que hace cuando forma a los hombres. Nunca hace uno para el que no tenga lugar. Aunque sea una vida quebrantada, Dios tiene un lugar para ella, algo para que haga. Hay un hogar donde el único hijo tiene una discapacidad mental. ¿Tiene Dios un lugar para él? Sí; tal vez sea el medio para que los padres se preparen para una vida más dulce y una gloria más alta.
Vemos ejemplos de la misma verdad en las relaciones comunes de la vida. Hay muchos que son mal entendidos y poco apreciados, y que no reciben la cuota justa de elogio y reconocimiento. Así ocurre en algunos hogares. Muchos de nosotros, los hombres, no comprendemos ni a medias el valor de nuestras esposas: la fineza de sus espíritus, su devoción a nuestros intereses; ni apreciamos sus sacrificios y renuncias por nosotros y por nuestros hogares. No somos lo suficientemente considerados con ellas, ni lo suficientemente amables. No basta con que un hombre sea fiel a su esposa, provea bien para ella y le brinde comodidades materiales; su corazón anhela aprecio y ánimo.
Muchas personas en todas partes, hombres y mujeres, no son bien comprendidas. Pueden ser poco diplomáticas. Pueden tener defectos que afean su belleza. Pueden tener peculiaridades que neutralizan algunas de sus buenas cualidades. Son rústicas y poco atractivas de alguna manera. La gente no ve el bien que hay en ellas, no les da su verdadero valor, las malentiende.
Aquí hay un hombre a quien muchos de sus vecinos no aprecian. Algo en sus modales los ofende y despierta en ellos sentimientos poco amables hacia él. Dicen que no es sincero, que no dice lo que piensa. Sin embargo, quienes han tenido la oportunidad de conocer la vida interior de este hombre descubren que sus vecinos se equivocan en su juicio acerca de él. Tiene buenas cualidades, ocupa un lugar importante. Solo es mal comprendido.
Esfurémonos por ver a las personas como Dios las ve. Él ve nuestras posibilidades, no lo que somos hoy, sino lo que podemos llegar a ser mediante el amor, la paciencia y la disciplina. Algunas frutas no son dulces hasta bien entrado el otoño. Algunas personas maduran lentamente y pasa mucho tiempo antes de volverse dulces, hermosas y útiles. No rechacemos ninguna vida por no ser hermosa en este momento. Dejemos que Dios la forme, y algún día podrá ocupar un lugar importante. La piedra que ustedes, constructores, rechazarían por inadecuada, tal vez Dios la quiera pronto como el ornamento más hermoso de su templo.
Seamos más pacientes con las personas que no nos agradan, cuyos defectos nos ofenden, que parecen inaptas para algo digno o noble. Acaso sus defectos sean solo inmadurez. O tal vez no sean defectos en absoluto, sino individualidades que serán elementos de fortaleza cuando esas personas encuentren su lugar. Dios tiene un plan para cada hombre y una obra para cada uno. Dejemos a las personas, con sus defectos y peculiaridades, en las manos de Dios. Él tendrá un lugar, más adelante, para la vida mal comprendida, y la piedra que los constructores despreciaron, Él la usará como piedra angular en algún lugar.
A veces es al propio Dios a quien se malentiende. Ayer vino una joven a pedir consejo. Hace unos años se casó con un noble joven y se fue al Oeste. Su esposo murió y pronto todo el dinero que había ahorrado fue malversado por un supuesto amigo, dejando a la joven viuda con dos pequeños hijos y sin un centavo. Otras pérdidas y tristezas han venido después. La mujer ha regresado al hogar de su infancia para retomar su tarea de vida. Es valiente y alegre. No está dudando de Dios, pero se pregunta: "¿Es Dios siempre bueno? ¿Deja realmente Dios alguna vez de ser amable? ¿Cómo puedo entender así estos años de mi vida, en los que toda flor de gozo y esperanza se ha marchitado, y todo lo que tenía me ha sido quitado?". Ella corre el peligro de malinterpretar a Dios. ¿Qué puede uno decirle?
Solo esto: que la obra de Dios con ella aún no ha terminado. Uno lee una historia, y al final de cierto capítulo, todo parece estar mal. Si el libro terminara allí, podría sentir que Dios no ha sido amable. Pero hay otros capítulos, y a medida que se avanza, se descubre cómo el bien surgió de todo lo que parecía difícil, incluso injusto.
Muchas veces pensamos que nuestras experiencias en la vida son cualquier cosa menos hermosas y amables. No podemos ver en ellas el amor divino. No nos parece posible que estas cosas ásperas y difíciles puedan integrarse en el templo de nuestra vida como piedras de belleza. Esta puede ser precisamente la piedra que Dios ha preparado para el lugar más sagrado de todo el edificio, y que algún día usted dirá de ella: "La piedra que yo, el constructor, habría rechazado, ¡ha venido a ser la piedra angular! Esto es obra de Jehová, y es maravilloso a mis ojos".
Esta ilustración de la piedra mal entendida recorre todo el Nuevo Testamento. Nuestro Señor la usa en los Evangelios aplicándola a sí mismo. Él fue la piedra que los constructores rechazaron, pero que Dios hizo llegar a ser la piedra angular. Hablando a los gobernantes, dijo: "¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, esta ha venido a ser cabeza del ángulo; el Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos?".
El significado es muy claro. Jesús mismo fue la piedra que los constructores habían rechazado. Los gobernantes tenían una idea equivocada del Mesías prometido. Creían que el Mesías vendría, pero pensaban que sería un gran rey terrenal que los libraría de su condición política y los convertiría en una gran nación que conquistaría el mundo entero. No habían aprendido el carácter sacrificial del Mesías presentado en profecías como el capítulo cincuenta y tres de Isaías. Así que cuando Jesús vino, humilde, manso, amoroso, sin resistencia, no creyeron que fuera el Mesías prometido. Lo malinterpretaron.
Pedro, en su defensa ante el Sanedrín, usó la misma ilustración. Los gobernantes preguntaron con qué poder había sido sanado el cojo en la Puerta la Hermosa, y Pedro respondió: "Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano". Y añadió: "Él es la piedra que vosotros los edificadores desecharon, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo". Es decir, los gobernantes habían rechazado a Jesús de Nazaret, la piedra que Dios había provisto; pero Dios tomó la piedra mal entendida y rechazada, y la hizo la mismísima clave del templo. El gran edificio del cristianismo se apoya en esta piedra: Cristo, el único fundamento.
Sin embargo, hay algunas personas a quienes no les agrada Jesucristo. No aprueban su manera de ayudar y salvar. No creen que sea el amigo que necesitan. No aprueban la vida a la que invita a los hombres. No piensan que pueda conducirlos a lo mejor, a la belleza más pura de carácter, al gozo más profundo, a la utilidad más amplia.
Pero el templo no podía completarse sin la piedra mal entendida y rechazada. Esta piedra, de inmediato, lo completó. Su vida siempre será incompleta, sin terminar, hasta que Cristo sea recibido en el lugar supremo que le corresponde. Cristo vino a darle vida, plenitud, abundancia de vida. Permita que su vida entre en su alma y lo posea por completo. Cristo vino a darle descanso del alma en medio de todas las contiendas y preocupaciones. Tome el descanso que él da. Cristo vino a darle su propia paz. Deje que su paz gobierne en usted. Cristo quiere hacerse cargo de todos sus asuntos, elegir su camino, dirigir toda su vida. Ponga en sus manos todos los enredos, todas las inquietudes, todas las preguntas.
Cristo vino a transformarlo a su propia semejanza, enseñándole la lección del amor y dándole dominio propio, señorío de sí mismo. No quiere destruir el carácter, el apetito, la tendencia que tanto le molesta. Quiere enseñarle a ser dueño de ello, dueño de usted mismo, de todo su ser, y conducir toda su vida a una dulce devoción a él. Cristo quiere entrar en su vida tan plenamente que sea su compañero constante, que él y usted vivan juntos, de modo que usted no haga nada sin él, sino que juntos usted y él obren y hagan cosas imposibles. Cristo vino a conducirnos así a la vida más plena, más rica y más bendita de comunión y servicio, dándonos su gozo, su paz, su vida, su amor, hasta coronarlo al fin con gloria.
Eso es lo que significa que la piedra mal entendida llegue a ser para usted la piedra angular. Lo más glorioso posible es tener a Cristo en el lugar que le corresponde en nuestra vida.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Rejected Stone
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.