¡Qué momento tan doloroso fue para los afectuosos discípulos cuando el Señor dijo: «Uno de vosotros me entregará»! Él mismo estaba turbado en espíritu, y ellos estaban sumamente entristecidos. Cada uno preguntaba con ansiedad: «¿Soy yo?» Fue correcto en ellos hacer esta pregunta, en lugar de decir: «¿Es Pedro?», «¿Es Juan?», «¿Es Jacobo?» Ninguno fue tan desgeneroso como para fijar su sospecha en su hermano. Este es el espíritu que debemos cultivar. ¿No somos más propensos a sospechar de nuestros hermanos que a desconfiar de nosotros mismos? Sin duda cada uno de los apóstoles sentía en su corazón que no podía traicionar a su Maestro, pero también cada uno creía que el Señor conocía su corazón mejor que él mismo: «Dios es mayor que nuestro corazón, y sabe todas las cosas» (1 Juan 3:21). ¿Creía Judas que Dios sabía todas las cosas cuando preguntó: «¿Soy yo?» Sin duda debió de esperar haber engañado a su Maestro lo mismo que a sus condiscípulos. Pero ¿cómo se habría sentido al oír la respuesta: «Tú lo has dicho»? Probablemente fue pronunciada en voz baja, de modo que nadie sino Judas oyó las palabras.
Pero aun al ser descubierto, no se apartó de su vil propósito; porque Satanás había entrado en él. Ninguna amenaza pudo aterrarlo; ni aun las palabras: «Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido». Palabras más terribles no pueden imaginarse. Prueban que los espíritus perdidos jamás podrán ser liberados del infierno, pues si en algún tiempo, por remoto que fuera, entraran en el cielo, al fin les habría sido bueno haber nacido. Judas debió de haber rechazado esta verdad. La incredulidad prepara el corazón para cometer los crímenes más espantosos. Satanás no halla método más fácil para llevar cautivos a los hombres que llenar sus mentes de dudas acerca de la palabra de Dios. Comenzó su trato con nuestra raza diciendo: «No moriréis».
Pero si Judas no pudo ser intimidado por el temor, ¿podía ser enternecido por el amor? No, pudo contemplar a su Señor sentado a su última cena, oír todas sus conmovedoras palabras y, con todo, seguir abrigando su oscuro designio. Pudo oírle pronunciar esta sentencia tocante: «Con ansia he deseado comer esta pascua con vosotros antes que padezca»; pudo verlo, ceñido con una toalla, inclinarse a lavar los pies de sus discípulos; pudo permitirle que le lavara sus propios pies, y aun así seguir decidido a entregarlo en manos de sus enemigos. Verdaderamente puede Dios decir del corazón humano que es desesperadamente malo. La antigua serpiente lo ha hecho su morada y ejerce su sutileza en mantenerlo en su posesión. Pero la gracia de Dios puede transformar el corazón insensible y engañoso del hombre. Fue la gracia lo que hizo a los demás discípulos tan distintos de Judas. ¿No lo declaró el Señor cuando dijo: «No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido»? (Juan 13:18).
Cuando consideramos un carácter malvado, cuando seguimos sus revueltas y tratamos de sondear sus profundidades, recordemos que estamos estudiando nuestra propia enfermedad. Si fuéramos atacados de alguna enfermedad terrible para la cual no se conociera cura, ¿qué sentiríamos al contemplar el cuerpo de alguien que hubiera muerto de esa enfermedad? Pensaríamos: «Mis síntomas aumentarán hasta quedar reducido al mismo miserable estado». El pecado es una enfermedad que naturalmente empeora más y más, y termina en destrucción eterna. Solo Jesús puede detener su curso. De no haber sido por él, podría haberse dicho de cada uno de nosotros: «Mejor le fuera a este hombre no haber nacido; mejor le fuera a esta mujer, a este niño». ¡Ojalá que Dios, en su infinita misericordia, conceda que se diga lo contrario de cada uno de nosotros! Cualquiera que sean las aflicciones por las que pasemos, si permanecemos fieles a Jesús, al fin veremos que nos habría sido bueno haber nacido. El bendito Salvador murió para que tuviéramos motivo de regocijarnos para siempre en haber sido llamados a la existencia.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The apostles inquire who shall betray their Master
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.