La vida de Cristo para cada día

La pregunta sobre la autoridad y el peligro del orgullo

La sabiduría del Señor confunde a quienes cuestionan su autoridad, y la parábola de los dos hijos revela que el orgullo endurece más el corazón que el pecado abierto.

Estamos ahora comenzando a leer el relato de los dos últimos días del ministerio público de nuestro Señor: el martes y el miércoles antes de su muerte. Hay registros muy amplios de las conversaciones que sostuvo en aquellos días. Ninguno de los que le oían sabía que tan pronto dejaría de hablar en la tierra; pero nosotros sabemos que aquellos fueron sus últimos avisos.

Llegó temprano a Jerusalén, tras conversar en el camino con sus discípulos acerca de la higuera marchita y del poder de la fe y la oración. Halló a sus enemigos muy enfurecidos contra él. Habiendo consultado entre sí, le propusieron una pregunta que imaginaban no podría responder sin darles una nueva acusación: «¿Con qué autoridad haces estas cosas?». Si respondía: «Con la autoridad de Dios», lo acusarían de blasfemia; y si decía: «Con la mía propia», de rebelión. Pero la sabiduría del Señor confundió fácilmente la astucia de los hombres. Respondió proponiendo una pregunta que ellos no podían contestar, y se vieron compelidos a admitir que no sabían si Juan el Bautista era un verdadero profeta. ¡Qué confesión para maestros de la religión! Quienes no sabían si Juan era profeta, podría pensarse, tampoco sabían si Jesús lo era.

Mientras sus enemigos sufrían la confusión de su derrota, el Señor relató una parábola que debió confundirlos aún más. A menudo se reunían alrededor del Salvador personas a quienes los fariseos consideraban la hez de la tierra: penitentes que antes habían llevado vidas perversas. En otro tiempo habían desobedecido insolentemente el mandato de Dios respondiendo: «No quiero»; pero después se habían arrepentido, mientras los fariseos, con todas sus profesiones, nunca habían obedecido de verdad la voluntad de Dios. Su arrepentimiento aumentaba grandemente la culpa de los fariseos, pues la misma vista de aquellos penitentes debió haberlos convencido de su propia necesidad de arrepentimiento.

De todos los pecados, guardémonos sobre todo de la soberbia. Es el primogénito de Satanás y posee la maravillosa facultad de ocupar el lugar de cualquier otro pecado que se echa del corazón. Sobre todo, la soberbia teme la entrada del Hijo de Dios en el corazón, pues sabe que entonces su reinado habrá acabado. ¡Con qué cerrojos cierra las puertas del corazón contra su legítimo dueño! Sin embargo, Cristo ha roto aun esos cerrojos. Saulo de Tarso era un fariseo soberbio cuando Jesús le habló desde el cielo; pero llegó a ser tan humilde como aquel publicano penitente que decía: «Señor, sé propicio a mí, pecador».

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The Elders question Christ concerning his authority

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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