La puerta dorada de la oración

La primera nota de la oración: que el nombre de Dios sea santificado

Una reflexión sobre la primera petición del Padrenuestro, que nos enseña a anteponer la santificación del nombre de Dios a toda necesidad personal y a buscar ante todo su gloria.

El orden de las peticiones del Padrenuestro no es accidental, pues fue Jesús quien dijo: «Orad así». Debemos notar, por tanto, qué hemos de poner primero cuando nos acercamos a Dios. No es una petición de nada para nosotros mismos. Por importantes y urgentes que sean nuestras necesidades personales, debemos dejarlas todas a un lado, mientras pedimos primero la santificación del nombre de Dios. En la palabra inicial de la oración se nos enseña a no orar a Dios solo por nosotros, sino a llevar siempre a otros con nosotros: «Padre nuestro».

Aquí aprendemos además que Dios mismo debe ser puesto primero. Como la estrella vespertina es la más brillante del cielo, así entre todas las peticiones ésta resplandece con el más vivo fulgor: «Santificado sea tu nombre».

Sin embargo, si nosotros estuviéramos componiendo una fórmula de oración, probablemente no incluiríamos nada semejante. «La oración», diríamos con toda probabilidad, «es pedir a Dios las cosas que necesitamos, o que creemos necesitar. Es suplicar a Dios favores, ayuda para proseguir con nuestras ambiciones, prosperidad, libertad de problemas y pruebas».

En cuanto a nuestros amigos y vecinos, en la medida en que los incluimos en nuestras oraciones, solemos pedirles bienes terrenales. Por los miembros de nuestra propia casa, por quienes probablemente oramos a veces, si es que alguna vez oramos de verdad, solemos solicitar cosas que los adelanten socialmente, o en su trabajo o en sus negocios. Por nosotros mismos, la mayoría pensamos en la oración solo como un medio...

para hacer la vida más fácil,

para obtener lo que queremos,

para añadir a nuestras comodidades terrenales,

para librarnos de las incomodidades,

para escapar de la prueba.

Difícilmente, pues, si estuviéramos preparando una fórmula de oración, incluiríamos algo sobre la santificación del nombre de Dios. Probablemente haríamos varios cambios a «el pan nuestro de cada día dánoslo hoy», ampliando la petición y añadiendo solicitudes de otras muchas cosas además del pan cotidiano. Pero difícilmente nos elevaríamos por encima del nivel de las cosas terrenales. Casi con seguridad no nos elevaríamos a algo tan sublime como una oración por la santificación del nombre de Dios.

Mejor será, sin embargo, que aprendamos bien la lección que nos dio nuestro Señor al colocar esta petición en el lugar de mayor honor, mandándonos comenzar por ella. En realidad, no podemos avanzar a ninguna petición que venga después de ella hasta que hayamos ofrecido ésta. Es deshonroso para Dios, cuando entramos en su presencia, empezar a clamar por cosas mezquinas y pobres para nosotros mismos, sin ningún pensamiento, aspiración ni súplica por la glorificación de su nombre. No oramos como debemos, de manera aceptable a nuestro Padre, a menos que pidamos ante todo que Dios mismo sea honrado.

Se refiere que un muchacho francés cabalgó hasta Napoleón, durante una de sus batallas, y le dijo que la victoria estaba ganada. «Pero estás herido, muchacho», dijo Napoleón. «Muerto, señor», dijo el joven, y cayó muerto. El muchacho pensaba solo en el honor de su general, sin prestar atención alguna a su propia condición. Nuestro Señor, al poner esta petición primera en la fórmula de oración que dio a sus discípulos, nos enseña que debemos presentarnos ante Dios en el mismo espíritu olvidado de sí mismo, sin contarle primero nuestros propios sufrimientos y necesidades, sino suplicando por su gloria y su honor.

Por supuesto, necesitamos pan. Nuestros cuerpos tienen sus hambres, y Dios no es indiferente a nuestras necesidades físicas. Un poco más adelante en la oración tenemos una petición por el pan. Pero antes de llegar a ella, tenemos otras tres peticiones: por la santificación del nombre de Dios, la venida de su reino y el cumplimiento de su voluntad. Todos estos grandes objetivos deben anteponerse a cualquier petición por nosotros mismos, incluso por el pan, o por el perdón de nuestros pecados.

Esta enseñanza se aplica también al espíritu con que deben ofrecerse todas nuestras oraciones, así como al orden de las peticiones. En verdad, toda nuestra vida debe vivirse con miras a la glorificación del nombre divino. Dios debe ser el primero en todo. Debemos amarlo con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra mente. Debemos buscar primeramente su reino y su justicia. Debemos proponernos en toda nuestra vida darle honor a él. «Si coméis, o bebéis», dice Pablo, «o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios». Y también: «Todo lo que hacéis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús». Nunca debemos pensar, en nuestra vida diaria y horaria, qué es lo que más nos honrará a nosotros, qué será lo más fácil o lo más provechoso, sino qué es lo que más honrará a Dios. ¡Cómo modificaría esto las ambiciones humanas y cambiaría todo el propósito de vivir si esto llegara a ser la regla universal, si nuestra pregunta fuera siempre: «¿Qué agradará a Dios y hará más glorioso su nombre?»

Entonces, en toda nuestra oración, lo mismo que en toda nuestra vida, el primer deseo de nuestro corazón debe ser la santificación del nombre de Dios. Y no solo ha de ofrecerse esta oración como petición específica a la misma entrada, al entrar en el templo, sino en toda nuestra oración, hasta el final, el primer objeto debe ser, no la obtención de nuestras peticiones para nosotros mismos, sino el honrar a Dios. Deseas mucho algo. Te parece esencial para tu felicidad. Pero, ¿sabes que la concesión de esta cosa tan querida glorificaría a Dios? No lo sabes con certeza. En vez, pues, de insistir en tus peticiones de cosas que te gustaría tener, mejor será que remitas el asunto a Dios, diciendo: «No me atrevo a decidir. Prefiero dejarlo a Dios, pidiendo que conceda mis peticiones solo si hacerlo honrara más su nombre».

Si hubiéramos aprendido este borramiento del yo en todos nuestros deseos, ya sea en nuestro trabajo o en nuestra oración, si Dios fuera siempre el primero en nuestros deseos, elevaría nuestra vida más común a un esplendor tan radiante como aquel en que viven los ángeles. Y si viviéramos del todo para la gloria de Dios, tendríamos la compañía y la ayuda divina de Dios en todo cuanto hacemos.

«A los que me honran, yo los honraré», es su promesa. Pobre puede ser, en verdad, la obra que hacemos, sin belleza a los ojos de los hombres; pero si se realiza en amor puro y con un deseo sincero de honrar a nuestro Señor, él tomará el esfuerzo de nuestras manos torpes y le dará la gracia que le falta, transformándola en una hermosura que verdaderamente honrará a aquel a quien tan fervientemente buscábamos glorificar.

En nuestra oración, lo mismo es cierto. Nos parece que las cosas que deseamos para nuestro propio consuelo o placer son las que más nos convendrán. Es más, pensamos que no podemos ser felices, que apenas podemos vivir, si no obtenemos esas cosas que tanto amamos. Pero si insistimos en estos deseos con todo el afán humano, pensando solo en lo que queremos para nosotros mismos y sin dar ningún pensamiento al honor de Dios, somos muy cortos de vista y, en el mejor de los casos, elegimos el bien menor en lugar del mayor. Omitir el pensamiento de Dios en cualquier cosa que busquemos es arrastrar nuestra vida por el polvo, cuando debería remontarse hacia el azul claro del cielo.

Si, pues, hacemos siempre nuestras oraciones, ante todo, por la santificación del nombre de Dios, se nos conceda o no lo que deseamos, tomamos nuestro lugar con Dios como colaboradores, y somos elevados a la comunión con él. Puede que la cosa que buscábamos tan fervientemente nos sea negada, o que el dolor de la pérdida contra la cual suplicamos con tan intenso deseo venga con todo su peso aplastante; aun así, si nuestra oración fue «Santificado sea tu nombre, cueste lo que me cueste», hallaremos la gloria de Dios brillando en la misma oscuridad que nos rodea, y la bendición de Dios en la misma amargura del dolor en que estamos sentados.

Nada de lo que este mundo puede darnos es verdaderamente bueno, a menos que nos llegue de las manos de nuestro Padre, la elección de su sabiduría para nosotros, con la bendición de su favor sobre ello. Aunque todas las alegrías y posesiones de la tierra nos sean quitadas, dejándonos despojados de consuelo, privados del amor humano, rotos y sufriendo, si Dios ha sido honrado en lo que hemos atravesado y en todo lo que nos ha venido, somos ricos con una riqueza que nunca perderá su brillo ni su preciosidad.

Debemos, pues, aprender bien esta lección: que lo primero en toda oración debe ser siempre la súplica de que el nombre de Dios sea honrado, aunque no se nos conceda lo que buscamos; que no se nos concede a menos que su otorgamiento glorifique a Dios. Cuando hayamos aprendido a orar en este espíritu, nos hallaremos elevados a la comunión con Cristo mismo. Así oró él en el templo aquel día, en lo que parece haber sido una agonía preliminar de Getsemaní: «Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Pero para esto he venido a esta hora. Padre, glorifica tu nombre». Si aprendemos a orar así, nuestras oraciones serán siempre aceptables a Dios, y nuestra vida mostrará su alabanza.

«Antes era la bendición, ahora es el Señor. Antes era el sentimiento, ahora es su Palabra. Antes sus dones quería, ahora a Él solo. Antes buscaba sanidad, ahora al Sanador poseo.»

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The First Note in Prayer

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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