Patmos

La puerta abierta: un Rey soberano sobre toda confusión

La puerta abierta del Cielo confirma a Juan, como antes a Isaías y a Ezequiel, que un Rey soberano e inmutable gobierna por encima de toda confusión terrenal y sostiene con firmeza a su Iglesia.

Fue un Apocalipsis oportuno para el joven mensajero inexperimentado y aprensivo, en un tiempo en que el horizonte estaba negro de tormenta y desastre. El asirio estaba a punto de hacer su nido en los cedros del Líbano, dispuesto a lanzarse sobre el reino condenado e indefenso de Judá. Y más deprimente aún para el espíritu ferviente del joven Profeta era la obstinada inveteración de los corazones que había sido llamado a vivificar. ¿Había de abandonarse su misión en desesperación? ¿Usaría él su previsión profética solo para proclamar "Icabod" (la gloria se ha apartado) en medio de un pueblo culpable y de una causa sin esperanza; y acaso abandonar su propia fe en el Dios de sus padres? ¿El cruel tirano entronizado en los palacios de Nínive habría de gobernar, en adelante, la tierra sin rival alguno? Una mirada dentro de aquel templo le reveló la verdad tranquilizadora. Había allí un Ser Viviente más poderoso que el rey asirio Senaquerib. Su nombre era "el Rey, el Señor Todopoderoso," rodeado de espíritus ministrantes, prestos en su servicio, y que aguardaban reverentemente sus mandatos. Y aun cuando, en ese mismo tiempo, se le dijo que las ciudades habrían de quedar "asoladas sin morador, y las casas sin hombres, y la tierra totalmente desolada" —sin embargo, hallándose el Señor en su santo lugar, los hijos de Sion podían bien alegrarse en su Rey.

La tierra nunca estaría sin su Gobernante —Judá nunca estaría sin su Dios. En los esplendores deslumbrantes de aquella visión del templo, pudo exclamar en arrobamiento tembloroso: "¡Mis ojos han visto al Rey!" ¿Qué si ejércitos terrenales fueran desatados sobre el pueblo y la tierra que amaba? Sus oídos acababan de oír a Criaturas gloriosas entonando el cántico (y tan sonora y ferviente era la atribución, que poste y pilar y puerta de cedro se estremecieron hasta sus cimientos): "Santo, Santo, Santo; toda la tierra está llena de su gloria."

Basta —queda fortalecido para más de medio siglo de labor y heroica resistencia: "Jehová reina; tiemblan los pueblos. Él está sentado entre los querubines; conmóvase la tierra. Jehová es grande en Sion, y exaltado sobre todos los pueblos. Alaben tu nombre grande y temible; porque él es santo."

La otra visión afín, que no podía dejar de ser familiar a Juan, fue la aún más sublime dada en una época posterior al Profeta Ezequiel. Aquel exiliado en duelo se hallaba, con muchos de sus compatriotas desterrados, a orillas del río Quebar. La tierra de sus padres yacía desolada —la ciudad, antes rebosante de gente, ahora inhabitada. Un torbellino parecía venir del lejano norte, una gran nube, y un fuego que se arremolinaba sobre sí mismo, moviéndose a manera de carro —una serie de ruedas poderosas de extraña complejidad que se entrecruzaban, eran movidas por medio de cuatro seres vivientes. "Sus rostros eran de esta manera: Cada uno de los cuatro tenía rostro de hombre, y al lado derecho cada uno tenía rostro de león, y al lado izquierdo rostro de buey; cada uno tenía también rostro de águila." Y sobre todo, en lo alto, estaba "la semejanza de un trono, como el aspecto de una piedra de zafiro; y sobre la semejanza del trono estaba la semejanza como el aspecto de un hombre encumbrado sobre él." Esta semejanza de la gloria del Señor estaba, además, rodeada de "el aspecto del arcoíris que está en la nube el día que llueve."

Ezequiel, como Isaías, estaba lleno en aquel tiempo de las más tristes expectativas. Alrededor de todo, en la tierra en que era forastero, contemplaba los símbolos visibles de un poder regio gigantesco, de una ambición sin límites, de una crueldad salvaje. Escuchaba la historia aplastante de la tiranía y la injusticia humanas. Pero la visión junto al Quebar reveló, también en su caso, a uno más poderoso que el más poderoso de los reyes y tiranos humanos —ruedas más altas que aquellas ruedas de los carros de Asiria—, ruedas al parecer enredadas y en confusión, "rueda dentro de rueda;" pero todas, una vez comprendidas, moviéndose en sublime armonía.

Ser gloriosos y poderosos las impulsaban, poniendo sus hombros a sus círculos gigantescos; mientras que sobre todo, había un trono luminoso de pureza y rectitud de zafiro; y en aquel trono —no como en las esculturas de mármol en que el ojo del Profeta debía muchas veces haberse detenido, la encarnación gigantesca de la fuerza bruta— sino "la semejanza como el aspecto de un hombre encumbrado sobre él" —con el brillante emblema de la gracia y del amor: el arcoíris que lo rodeaba. ¿Qué revelaban estas figuraciones al solitario exiliado? ¿Qué le decían? Había de aguardar su tiempo —no temer ni el poder de Babilonia ni el de Asiria; pues había un gran Ser entronizado por encima de las complicaciones y confusiones semejantes a ruedas del mundo inferior, y que las dirigía a todas. Él mismo santo y omnipotente. "Extendido sobre las cabezas de los seres vivientes había lo que parecía una superficie, resplandeciente y temible como el cristal," que estaba debajo de sus pies. Tenía también un ejército de criaturas glorificadas que hacían su voluntad, que aún habrían de vindicar sus caminos en la restauración de su pueblo, y en la evolución del bien para su Iglesia y para la humanidad.

Juan, el último de los tres Videntes judíos, necesitaba una seguridad semejante en tiempos de tinieblas y de males inminentes similares. Había recibido, en efecto, como ya hemos visto, la garantía de la seguridad de la Iglesia —contemplando a su Señor caminando en medio de los candeleros, con la espada de dos filos en su boca, y teniendo las estrellas en su mano. Pero estas mismas verdades que consuelan el alma, consideradas desde el punto de vista terrenal, quedan ahora confirmadas además por esta mirada al cielo de los cielos. Mirando dentro de aquella puerta abierta, él también ve disipadas sus aprensiones. También él, como los dos Profetas ancestrales, contempla en visión una PERSONA gloriosa, un Dios personal, un Rey personal; no como el Vidente anterior, envuelto en torbellino y nube —sino sentado en un trono de jaspe y cornalina en un resplandor de luz— con el mar transparente de cristal de roca ante Él, que reflejaba su propia imagen gloriosa, y siervos angélicos que le atendían, deseosos de hacer su voluntad; mientras que el bien conocido Arcoíris, el Arcoíris de Dios, que abarcaba el firmamento —el arcoíris que sucedió al diluvio sobre la tierra— volvía a verse, ¡el bendito prenda de paz y de amor!

Juan sabía que el mundo estaba en vísperas de grandes acontecimientos; que incluso el trono, al parecer inmutable, de los Césares pronto se tambalearía hasta sus cimientos. ¿Pero qué importaba eso? Había uno sentado en el Trono que ahora contemplaba en aquel Cielo al descubierto, que "vive por los siglos de los siglos" —un Rey por encima de todos los reyes humanos, un poder que sobreviviría a todas las dinastías y a todos los imperios humanos. "El Señor Dios Todopoderoso" era el nombre con que lo adoraban aquellos Seres Vivientes. Todo lo demás podía cambiar —ÉL era inmutable. Cualesquiera tribulaciones que estén señaladas, el Apóstol y la Iglesia las soportarán pacientemente, porque están ordenadas por Él.

Las complicadas ruedas de Ezequiel habrán de girar de nuevo, pero ahora puede contemplar sus revoluciones con calma y con confianza. Con la fe sencilla del niñito en el oscuro Templo de Silo, a medida que le sean desplegadas más verdades, puede decir: "Habla, Señor, que tu siervo oye."

Pero aunque estas fueran las lecciones propias del tiempo para Juan, hay lecciones consoladoras de otro tipo más general, también para nosotros. No debemos pensar en esta visión como algo, por así decirlo, improvisado para una ocasión particular —en otras palabras, que sea la representación de una escena excepcional en el Cielo, introductoria a los desarrollos subsiguientes del Libro. Es un vislumbre o símbolo de lo que el Cielo es ahora, y de lo que el Cielo será para todos cuantos entremos por las puertas en la ciudad; su elemento incomparable de gloria y de dicha consiste en la plena visión de Dios —Dios en su aspecto del pacto, como el Dios de la Salvación— su trono rodeado por el arcoíris de esmeralda.

Es interesante contemplar la multitud diversa de adoradores que lo rodean —los Redimidos de la tierra, así como las otras multitudes de inteligencias creadas. Los Redimidos están aquí representados en su carácter doble de "reyes y sacerdotes." Como reyes, llevando coronas de oro —como sacerdotes, vestidos de ropas blancas; mientras que los otros adoradores, que aparecen bajo la cuádruple semejanza, son descritos como "llenos de ojos" (o "rebosantes de ojos"), y además, que "no descansan día ni noche." De esto podemos inferir su vigilancia despierta, su empleo incesante e incansable en el ministerio celestial; el símbolo cuádruple indicando, además, acaso, ocupaciones diversas, y distintos escenarios para el alistamiento de sus energías inmortales, pero todos conspirando para promover la gloria del único gran Objeto de adoración y de amor.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE OPENED DOOR — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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