Mediodía en Sicar

La razón divina por la que Jesús debía pasar por Samaria

El viaje de Jesús por Samaria no respondía a una mera conveniencia geográfica, sino a un decreto de la providencia divina que iba a rescatar a una sola alma perdida.

En el capítulo anterior consideramos algunos de los accesorios externos de esta hermosa e instructiva narrativa del Apóstol del amor, y agrupamos una serie de asociaciones históricas y recuerdos personales que pueden servir para dar vida a las lecciones espirituales que de ahora en adelante reclamarán nuestra atención. La narración de Juan forma uno de esos episodios en la vida de su divino Maestro, llenos de detalles circunstanciales, que le son peculiares. Nos recuerda a otro capítulo semejante de su Evangelio: su retrato doméstico, trazado con mano tan delicada, de la familia de Betania, y que, como en el presente caso, él solo de los cuatro evangelistas ha delineado: "manzana de oro con figuras de plata".

Hay mucho material interesante que invita a la atención sin más preámbulo, pero una observación preliminar incidental, en el umbral de la narración del evangelista, debe reclamar nuestra consideración en el presente capítulo: "Tenía que pasar por Samaria".

Samaria estaba en la ruta directa entre Judea y Galilea. Había, ciertamente, un camino alternativo por la orilla oriental del valle del Jordán y la Perea. Pero el primero, por varias razones, era el más frecuentado entonces, como lo es invariablemente ahora; y eso, además, no obstante los ultrajes a que nos referiremos más adelante, que los galileos a menudo debían soportar en el trayecto, a causa de la hostilidad de la tribu mestiza y desenfrenada que habitaba los valles alrededor de Ebal y Gerizim. Joséfo menciona especialmente que los hebreos peregrinos del norte de Palestina, al ir a sus fiestas anuales en Jerusalén, preferían este camino más corto, aunque precisamente esas eran las ocasiones en que el espíritu de maligna e inveterada enemistad entre las razas enfrentadas se expresaba con mayor violencia. Si este, pues, era el camino favorito, más usual, más transitado entre Jerusalén y Nazaret, ¿no parece, a menos que existiera alguna razón específica, una fraseología redundante (y más especialmente dirigida a lectores que conocían a fondo los itinerarios de su propio país) que el evangelista afirmara tan enfáticamente en su narrativa el hecho axiomático de que "tenía que" o la necesidad impuesta a Cristo para ir a Galilea por la ruta ordinaria? Además, según una afirmación posterior (vers. 40), no podían haber sido fines de expedición los que en su caso hicieran imperativo este camino, pues vemos que fue inducido a alterar hasta cierto punto lo que parecía su intención original, deteniéndose en Siquem durante "dos días".

¿Qué era, entonces, este constreñimiento divino impuesto al adorable Redentor, que exigía una entrada tan especial en la narración del escritor inspirado? Respondemos: fue a causa de un acontecimiento registrado en un volumen más antiguo y majestuoso: el Libro de los decretos divinos. "Según el determinado consejo y la presciencia de Dios", una estrella errante debía ser, en el curso de este memorable viaje, reclamada de su órbita desviada, y darse un testimonio glorioso de cómo la gracia soberana de Dios puede triunfar sobre todo obstáculo e independizarse de todo lugar y circunstancia.

A ninguna localidad podía el Gran Sembrador haber "salido a sembrar" con perspectiva de resultados más desalentadores que a aquel borde del camino moral y espiritualmente pedregoso y espinoso. "Habían crecido cardos por todas partes, el suelo estaba cubierto de maleza y el muro de piedra estaba en ruinas" (Prov. 24:31). Había adquirido mala reputación. El propio nombre de Siquem había sido, por uso común, absorbido por el deshonroso epíteto "Sicar", que significa "borracho" o "insensatez". Era una de las ciudades de Jeroboam, el príncipe impío cuyo nombre ha sido maldecido con la poco envidiable notoriedad de que "hizo pecar a Israel". Quizá haya sido la espantosa depravación y, hablando humanamente, la invencible incredulidad de la raza samaritana lo que dictó la primera comisión del Salvador a sus discípulos aún no probados: "No vayan por el camino de los gentiles ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mat. 10:5-6).

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: Noontide at Sychar — chapter 1

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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