¡Ay! Por el contrario, cuanto más anciano, más sabio y más santo es el cristiano, más humillado y acongojado se siente al contemplarse a sí mismo; más dispuesto está, como Job, a exclamar: «¡He aquí que yo soy vil; me aborrezco a mí mismo!»
Otra cosa que podemos distinguir en la vejez es esa serena deliberación, esa prudente cautela y esa justa gravedad, no tan perceptibles en los inexpertos. La juventud es demasiado apresurada, demasiado confiada en su propia sabiduría, con demasiada frecuencia dispuesta a actuar cuando debería retirarse.
Pero la vejez es deliberada, sabia y cauta. ¡Cuántos tristes espectáculos ha contemplado el cristiano anciano! ¡A cuántos ha visto arruinados por su propia temeridad, involucrándose a sí mismos y a sus allegados en la más profunda angustia por su impaciencia, por sus medidas precipitadas, por su terquedad! Por eso está decidido a examinar las cosas por todos sus lados, a sopesarlas en todas sus implicaciones. Es sereno, paciente, perseverante, pues sabe por experiencia cuánto mejor es esperar que apresurarse.
De aquí puede también explicarse su gravedad; no solo porque haya perdido el fuego de la juventud, sino porque ha visto la vanidad de todas las cosas: siente las consecuencias de sus propios errores; ha presenciado una continua sucesión de vicisitudes. Ha contemplado los goces terrenales, como las flores del campo, alzar sus cabezas, desplegar sus hojas, lucir su lozanía, y luego marchitarse y morir. Y esto, dice él, es la vida humana.
Solo el mundo de arriba merece ser buscado. Solo el gozo que brota de la esperanza de la herencia celestial es permanente. Suspiro por aquella morada bienaventurada, mientras me mantengo en guarda contra todo aquello que apartaría mi atención de tan glorioso objeto.
No hemos de suponer, sin embargo, que el cristiano anciano carezca de placer; que la visión que tiene de la vida, por humillante que sea, le amargue todas las cosas; y que su gravedad y su serena deliberación degeneren en apatía y desagradecimiento. Por el contrario, experimenta un placer que le es imposible poseer a un cristiano joven. ¡Qué banquete tan abundante ofrece a su mente la contemplación de las disposiciones de la divina Providencia! A lo largo de un curso de cuarenta, quizá cincuenta o sesenta años, ¡qué acontecimientos tan maravillosos se han cumplido! Ha visto la altísima montaña convertirse en llanura; las circunstancias más angustiosas trocarse en ocasión de los más abundantes goces; la muerte de un consuelo dar vida a otros; las mismas cosas que se temían como los males más formidables, sobrepujadas para traer los acontecimientos más extraordinarios.
Fuente y atribución
Autor original: Charles Buck
Título original: The Aged Christian — parte 5
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Buck, publicado originalmente en Grace Gems.