La santidad cristiana

La santidad bíblica que adorna el evangelio en la vida diaria

Una llamada pastoral a recuperar la santidad práctica y la entera consagración a Dios, adornando con una vida santa la doctrina de nuestro Salvador en medio de una época de baja temperatura espiritual.

Los veinte ensayos contenidos en este volumen son una humilde contribución a una causa que despierta gran interés en nuestros días: me refiero a la causa de la santidad bíblica. Es una causa que todo aquel que ama a Cristo y desea adelantar su reino en el mundo debería esforzarse por impulsar. Cada uno puede hacer algo, y yo quiero añadir mi grano de arena.

El lector encontrará poco que sea directamente controversial en estos ensayos. Me he cuidado de no nombrar a maestros modernos ni a libros modernos. Me he contentado con ofrecer el resultado de mi propio estudio de la Biblia, de mis propias meditaciones privadas, de mis propias oraciones pidiendo luz y de mi lectura de los viejos maestros divinos. Si en algo sigo equivocado, espero que se me muestre antes de dejar este mundo. Todos vemos en parte, y llevamos este tesoro en vasos de barro. Confío en estar dispuesto a aprender.

Durante muchos años tengo la profunda convicción de que la santidad práctica y la entera consagración a Dios no reciben la suficiente atención por parte de los cristianos modernos en esta nación. La política, o la controversia, o el espíritu de partido, o la mundanalidad han corroído el corazón de la piedad vital en demasiados de nosotros. El tema de la piedad personal ha caído lastimosamente al fondo. El nivel de vida cristiana se ha vuelto dolorosamente bajo en muchos lugares. La inmensa importancia de "adornar la doctrina de Dios nuestro Salvador" (Tito 2:10), y de hacerla amable y hermosa con nuestros hábitos y disposiciones cotidianas, ha sido mucho demasiado descuidada.

Las personas mundanas a veces se quejan con razón de que los "religiosos", así llamados, no son tan amables, desinteresados y buenos como otros que no profesan religión alguna. Sin embargo, la santificación, en su lugar y proporción, es tan importante como la justificación. La sana doctrina protestante y evangélica es inútil si no va acompañada de una vida santa. Es peor que inútil; hace un daño positivo. Es despreciada por los hombres del mundo, agudos y perspicaces, como algo irreal y vacío, y trae la religión al descrédito. Tengo la firme impresión de que necesitamos una profunda reavivación de la santidad bíblica, y doy gracias de que la atención se dirija a este punto.

Es, sin embargo, de gran importancia que todo el tema se coloque sobre fundamentos correctos, y que el movimiento al respecto no sea dañado por declaraciones crudas, desproporcionadas y unilaterales. Si tales declaraciones abundan, no debemos sorprendernos. Satanás conoce bien el poder de la verdadera santidad y el inmenso daño que una atención crecida hará a su reino. Es, pues, de su interés promover la contienda y la controversia en torno a esta parte de la verdad de Dios. Así como en otros tiempos logró oscurecer y confundir las mentes de los hombres respecto a la justificación, así también se afana hoy en hacer que los hombres "oscurezcan el consejo con palabras sin conocimiento" respecto a la santificación. ¡Que el Señor lo reprenda! No puedo, con todo, abandonar la esperanza de que el bien salga del mal, de que la discusión haga aflorar la verdad, y de que la diversidad de opiniones nos lleve a todos a escudriñar más las Escrituras, a orar más y a ser más diligentes en averiguar cuál es "la mente del Espíritu".

Siento ahora el deber, al enviar este volumen, de ofrecer algunas indicaciones introductorias a quienes dirigen su atención de manera especial al tema de la santificación en el día de hoy. Sé que lo hago a riesgo de parecer presuntuoso y, posiblemente, de ofender. Pero algo debe arriesgarse en favor de la verdad de Dios. Pondré, pues, mis indicaciones en forma de preguntas, y pediré a mis lectores que las tomen como Advertencias para los Tiempos sobre el Tema de la Santidad.

(1) Pregunto, en primer lugar, ¿es sabio hablar de la fe como lo único necesario y lo único requerido, como muchos parecen hacerlo hoy al tratar la doctrina de la santificación? ¿Es sabio proclamar de manera tan cruda, desnuda e incondicionada, como muchos lo hacen, que la santidad de los convertidos es por la fe solamente y no en absoluto por el esfuerzo personal? ¿Conforme a la proporción de la Palabra de Dios? Lo dudo.

Que la fe en Cristo es la raíz de toda santidad; que el primer paso hacia una vida santa es creer en Cristo; que hasta que creamos no tenemos ni un ápice de santidad; que la unión con Cristo por la fe es el secreto tanto de empezar a ser santo como de perseverar en la santidad; que la vida que vivimos en la carne debemos vivirla por la fe en Jesús; que la fe purifica el corazón; que la fe es la victoria que vence al mundo; que por la fe los antiguos alcanzaron buen testimonio; todas estas son verdades que ningún cristiano bien instruido pensará jamás en negar.

Pero con seguridad las Escrituras nos enseñan que, en pos de la santidad, el verdadero cristiano necesita esfuerzo y obra personal, tanto como fe. El mismo apóstol que dice en un lugar: "La vida que vivo en la carne la vivo por la fe en el Hijo de Dios", dice en otro: "Combato, corro, domino mi cuerpo". Y en otros lugares: "Limpiémonos nosotros mismos, esforcémonos, dejemos a un lado todo peso". (Gálatas 2:20; 1 Corintios 9:26; 2 Corintios 7:1; Hebreos 4:11; Hebreos 12:1.)

Además, las Escrituras en ninguna parte nos enseñan que la fe nos santifica en el mismo sentido y de la misma manera en que la fe nos justifica. La fe justificadora es una gracia que "no obra", sino que simplemente confía, descansa y se apoya en Cristo (Romanos 4:5). La fe santificadora es una gracia cuya vida misma es la acción: "obra por el amor", y, como un resorte principal, mueve todo el hombre interior (Gálatas 5:6). Después de todo, la frase exacta "santificados por la fe" solo se encuentra una vez en el Nuevo Testamento. El Señor Jesús dijo a Saulo: "Te envío, para que reciban perdón de pecados y herencia entre los que son santificados por la fe que es en mí". Aun allí, sin embargo, concuerdo con Alford en que "por la fe" pertenece a toda la frase y no debe atarse a la palabra "santificados". El sentido verdadero es: "que por la fe en mí reciban perdón de pecados y herencia entre los que son santificados". (Compárese Hechos 26:18 con Hechos 20:32.)

En cuanto a la frase "santidad de fe", no la encuentro en ninguna parte del Nuevo Testamento. Sin controversia, en el asunto de nuestra justificación delante de Dios, la fe en Cristo es lo único necesario. Todos los que simplemente creen son justificados. La justicia se imputa "al que no obra, sino que cree" (Romanos 4:5). Es plenamente bíblico y correcto decir que "la fe sola justifica". Pero no es igualmente bíblico ni correcto decir que "la fe sola santifica". La afirmación requiere una matización muy amplia. Baste un solo hecho.

Con frecuencia se nos dice que el hombre es "justificado por la fe, sin las obras de la ley", por Pablo. Pero ni una sola vez se nos dice que somos "santificados por la fe, sin las obras de la ley". Al contrario, Santiago nos dice expresamente que la fe por la cual somos visible y demostrativamente justificados delante de los hombres es una fe que "si no tiene obras, está muerta en sí misma" (Santiago 2:17). Se me podrá replicar que, desde luego, nadie pretende menoscabar las "obras" como parte esencial de una vida santa. Sería bueno, con todo, hacer esto más claro de lo que muchos parecen hacerlo en estos días.

"Hay una doble justificación por Dios: una autoritativa y otra declarativa o demostrativa". La primera es el objeto de Pablo cuando habla de justificación por la fe sin las obras de la ley. La segunda es el objeto de Santiago cuando habla de justificación por las obras. — Thomas Goodwin, sobre la santidad del evangelio.

(2) Pregunto, en segundo lugar, ¿es sabio hacer tan poco caso, como algunos parecen hacerlo comparativamente, de las muchas exhortaciones prácticas a la santidad en la vida diaria que se encuentran en el Sermón del Monte y en la parte final de la mayoría de las epístolas de Pablo? ¿Conforme a la proporción de la Palabra de Dios? Lo dudo.

Que una vida de diaria consagración y de comunión cotidiana con Dios debe ser procurada por todo el que profesa ser creyente; que debamos esforzarnos por alcanzar el hábito de acudir al Señor Jesucristo con todo lo que nos resulta una carga, grande o pequeña, y echarlo sobre él; todo esto, repito, ningún hijo bien enseñado de Dios soñará en discutirlo. Pero con seguridad el Nuevo Testamento nos enseña que necesitamos algo más que generalidades sobre la vida santa, las cuales a menudo no traspasan ninguna conciencia ni ofenden a nadie.

Los detalles y los elementos particulares de los que se compone la santidad en la vida diaria deben ser expuestos a fondo y presentados a los creyentes por todos los que profesan tratar el tema. La verdadera santidad no consiste meramente en creer y sentir, sino en hacer y en una exhibición práctica de las gracias activas y pasivas. Nuestras lenguas, nuestros temperamentos, nuestras pasiones e inclinaciones naturales; nuestra conducta como padres e hijos, amos y siervos, esposos y esposas, gobernantes y súbditos; nuestro vestido, nuestro empleo del tiempo, nuestro comportamiento en los negocios, nuestro porte en la enfermedad y en la salud, en la riqueza y en la pobreza; todo, absolutamente todo esto, son materias tratadas a fondo por los escritores inspirados. No se contentan con una declaración general de lo que debemos creer y sentir y de cómo han de plantarse en nuestros corazones las raíces de la santidad. Cavan más hondo. Entrando en los detalles. Especifican minuciosamente lo que un hombre santo debe hacer y ser en su propia familia, junto a su propio fogón y en el lugar de trabajo.

Dudo que esta clase de enseñanza reciba suficiente atención por parte de los que profesan la fe en nuestros días. Cuando se habla de haber recibido "una bendición" y de haber hallado "la vida más alta" tras oír a algún fervoroso defensor de la "santidad por la fe y la consagración", mientras la familia y los amigos no ven mejoría alguna ni mayor santidad en los temperamentos y el comportamiento cotidianos, ¡se hace un inmenso daño a la causa de Cristo!

La verdadera santidad, ciertamente, debemos recordarlo, no consiste meramente en sensaciones e impresiones interiores. Es mucho más que lágrimas, suspiros, agitación corporal, un pulso acelerado, un sentimiento apasionado de apego a nuestros predicadores favoritos y a nuestro propio partido religioso, y una disposición a reñir con todo el que no esté de acuerdo con nosotros. Es algo de "la imagen de Cristo" que puede ser visto y observado por otros en nuestra vida privada, nuestros hábitos, nuestro carácter y nuestras acciones (Romanos 8:29).

(3) Prego, en tercer lugar, ¿es sabio usar un lenguaje vago sobre la perfección y presentar a los cristianos un estándar de santidad, como alcanzable en este mundo, para el cual no hay garantía alguna ni en la Escritura ni en la experiencia? Lo dudo.

Que los creyentes son exhortados a "perfeccionar la santidad en el temor de Dios", a "ir a la perfección", a "ser perfectos", ningún lector cuidadoso de su Biblia pensará jamás en negarlo (2 Corintios 7:1; Hebreos 6:1; 2 Corintios 13:11). Pero aún tengo que aprender que haya un solo pasaje de la Escritura que enseñe que una perfección literal, una libertad completa y entera del pecado, en pensamiento, palabra u obra, es alcanzable, o que haya sido alcanzada jamás, por ningún hijo de Adán en este mundo.

Una perfección comparativa, una consistencia cabal en toda relación de la vida, una solidez en cada punto de doctrina; esto puede verse en ocasiones en algunos del pueblo creyente de Dios. Pero en cuanto a una perfección literal y absoluta, los santos más eminentes de Dios en todas las épocas siempre han sido los últimos en reclamarla. Al contrario, siempre han tenido el sentido más profundo de su propia indignidad e imperfección. Cuanta más luz espiritual han disfrutado, más han visto sus incontables defectos y caídas. Cuanta más gracia han tenido, más han sido "revestidos de humildad" (1 Pedro 5:5).

¿Qué santo, de cuya vida se registran muchos detalles, puede nombrarse en la Palabra de Dios que haya sido literal y absolutamente perfecto? ¿Cuál de todos ellos, al escribir de sí mismo, habla de sentirse libre de imperfección? Al contrario, hombres como David, Pablo y Juan declaran en el lenguaje más enérgico que sienten debilidad y pecado en sus propios corazones. Los hombres más santos de los tiempos modernos siempre se han distinguido por una profunda humildad. ¿Hemos visto alguna vez hombres más santos que el mártir John Bradford, o Hooker, o Usher, o Baxter, o Rutherford, o M'Cheyne? Pues nadie puede leer los escritos y cartas de estos hombres sin ver que se sentían "deudores a la misericordia y a la gracia" cada día, ¡y lo último que jamás reclamaron fue la perfección!

Ante hechos como estos, debo protestar contra el lenguaje usado en muchos sectores en estos últimos días sobre la perfección. Debo pensar que quienes lo usan o conocen muy poco de la naturaleza del pecado, o de los atributos de Dios, o de su propio corazón, o de la Biblia, o del significado de las palabras.

Cuando un cristiano profesante me dice con frialdad que ha ido más allá de himnos como "Tal cual soy", y que están por debajo de su experiencia presente, aunque le sirvieron cuando abrazó la religión por primera vez, ¡debo pensar que su alma está en un estado muy malsano! Cuando un hombre puede hablar con frialdad de la posibilidad de "vivir sin pecado" mientras está en el cuerpo, y puede decir de hecho que "nunca ha tenido un mal pensamiento en tres meses", solo puedo decir que, a mi juicio, es un cristiano muy ignorante.

Protesto contra semejante enseñanza. No solo no hace bien alguno, sino que causa un inmenso daño. Disgusta y aleja de la religión a los hombres perspicaces del mundo, que saben que es incorrecto y falso. Deprime a algunos de los mejores hijos de Dios, que sienten que nunca pueden alcanzar una "perfección" semejante. Hincha a muchos hermanos débiles, que se imaginan ser algo, ¡cuando no son nada! En resumen, es una peligrosa ilusión.

(4) En cuarto lugar, ¿es sabio afirmar de manera tan positiva y violenta, como muchos lo hacen, que el séptimo capítulo de Romanos no describe la experiencia del creyente adelantado, sino la experiencia del hombre no regenerado, o del creyente débil y no establecido? Lo dudo.

Admito plenamente que el punto ha sido disputado durante dieciocho siglos, en efecto desde los días de Pablo. Admito plenamente que cristianos eminentes como Juan y Carlos Wesley, y Fletcher, hace cien años, por no hablar de algunos capaces escritores de nuestro tiempo, sostienen firmemente que Pablo no describía su propia experiencia presente al escribir este séptimo capítulo. Admito plenamente que muchos no pueden ver lo que yo y muchos otros sí vemos: a saber, que Pablo no dice nada en este capítulo que no concuerde exactamente con la experiencia registrada de los santos más eminentes en toda época, y que sí dice varias cosas que ningún hombre no regenerado ni creyente débil pensaría jamás en decir, ni puede decir. Así, al menos, me parece. Pero no entraré en una discusión pormenorizada del capítulo.

En lo que sí pongo énfasis es en el hecho amplio de que los mejores comentaristas en todas las épocas de la Iglesia casi invariablemente han aplicado el séptimo capítulo de Romanos a los creyentes adelantados. Los comentaristas que no adoptan esta opinión han sido, con algunas brillantes excepciones, los romanistas, los socinianos y los arminianos. Frente a ellos se alinea el juicio de casi todos los Reformadores, casi todos los puritanos y los mejores divinos evangélicos modernos. Se me dirá, desde luego, que ningún hombre es infalible, que los Reformadores, los puritanos y los divinos modernos a quienes me refiero pueden haber estado completamente equivocados, ¡y los romanistas, socinianos y arminianos pueden haber tenido toda la razón! Nuestro Señor nos ha enseñado, sin duda, a "no llamar a nadie maestro". Pero aunque no pido a nadie que llame "maestros" a los Reformadores y a los puritanos, sí pido a la gente que lea lo que dicen sobre este asunto y responda a sus argumentos, si pueden. ¡Eso aún no se ha hecho!

Decir, como algunos lo hacen, que "no quieren dogmas ni doctrinas humanas", no es respuesta alguna. Todo el punto en cuestión es: "¿Cuál es el significado de un pasaje de la Escritura? ¿Cómo ha de interpretarse el séptimo capítulo de Romanos? ¿Cuál es el verdadero sentido de sus palabras?" Al menos recordemos que hay un hecho de gran peso que no puede soslayarse. De un lado están las opiniones y la interpretación de los Reformadores y los puritanos; del otro, las opiniones e interpretaciones de los romanistas, socinianos y arminianos. Que eso se entienda con claridad.

Ante un hecho como este, debo presentar mi protesta contra el lenguaje burlón, intimidatorio y despectivo que ha sido usado con frecuencia últimamente por algunos de los defensores de lo que debo llamar la opinión arminiana del séptimo de Romanos, al hablar de las opiniones de sus oponentes. Por lo menos, semejante lenguaje es impropio y solo frustra su propio fin. Una causa que se defiende con tal lenguaje es merecedora de sospecha. La verdad no necesita tales armas. Si no podemos estar de acuerdo con los hombres, no necesitamos hablar de sus opiniones con descortesía y desprecio. Una opinión respaldada y sostenida por hombres como los mejores Reformadores y puritanos puede no convencer a todas las mentes del siglo diecinueve, pero al menos sería bueno hablar de ella con respeto.

(5) En quinto lugar, ¿es sabio usar el lenguaje que con frecuencia se emplea hoy en torno a la doctrina de "Cristo en nosotros"? Lo dudo. ¿No se exalta a menudo esta doctrina a una posición que no ocupa en la Escritura? Me temo que sí.

Que el verdadero creyente es uno con Cristo y Cristo está en él, ningún lector cuidadoso del Nuevo Testamento pensará en negarlo por un instante. Existe, sin duda, una unión mística entre Cristo y el creyente. Con él morimos, con él fuimos sepultados, con él resucitamos, con él nos sentamos en los lugares celeiales. Tenemos cinco textos claros en los que se nos enseña distintamente que Cristo está "en nosotros" (Romanos 8:10; Gálatas 2:20; 4:19; Efesios 3:17; Colosenses 3:11). Pero debemos cuidarnos de entender lo que queremos decir con la expresión.

Que "Cristo habita en nuestros corazones por la fe" y lleva a cabo su obra interior por su Espíritu es claro y llano. Pero si queremos decir que además, por encima y más allá de esto, hay una morada misteriosa de Cristo en el creyente, debemos cuidarnos de lo que hacemos. Si no nos cuidamos, nos hallaremos ignorando la obra del Espíritu Santo. Olvidaremos que, en la economía divina de la salvación del hombre, la elección es la obra especial de Dios el Padre; la expiación, la mediación y la intercesión son la obra especial de Dios el Hijo; y la santificación es la obra especial de Dios el Espíritu Santo.

Olvidaremos que nuestro Señor dijo, al irse, que nos enviaría otro Consolador, que "moraría con nosotros" para siempre y, por así decirlo, tomaría su lugar (Juan 14:16). En resumen, bajo la idea de honrar a Cristo, nos hallaremos deshonrando su don especial y peculiar: el Espíritu Santo.

Cristo, sin duda, como Dios, está en todas partes: en nuestros corazones, en el cielo, en el lugar donde dos o tres se reúnen en su nombre. Pero realmente debemos recordar que Cristo, como nuestra Cabeza resucitada y Sumo Sacerdote, está especialmente a la diestra de Dios intercediendo por nosotros hasta que venga por segunda vez, y que Cristo lleva a cabo su obra en los corazones de su pueblo por la obra especial de su Espíritu, a quien prometió enviar al dejar el mundo (Juan 15:26). Una comparación de los versículos nueve y diez del capítulo ocho de Romanos, a mi parecer, muestra esto con claridad. Me convence de que "Cristo en nosotros" significa Cristo en nosotros "por su Espíritu". Sobre todo, las palabras de Juan son muy claras y expresas: "En esto conocemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado" (1 Juan 3:24).

Al decir todo esto, espero que nadie me malinterprete. No digo que la expresión "Cristo en nosotros" sea antibíblica. Pero sí digo que veo un gran peligro de dar una importancia extravagante y antibíblica a la idea contenida en la expresión; y sí temo que muchos la usan hoy sin saber exactamente lo que quieren decir y, tal vez sin advertirlo, deshonran la poderosa obra del Espíritu Santo.

Si algún lector piensa que soy demasiado escrupuloso en el punto, recomiendo a su atención un curioso libro de Samuel Rutherford (autor de las conocidas cartas), llamado "El Anticristo Espiritual". Allí verán que hace dos siglos las herejías más descabelladas surgieron de una enseñanza extravagante de esta misma doctrina de la "morada de Cristo" en los creyentes. Hallarán que los falsos maestros contra quienes contendió el bueno de Samuel Rutherford comenzaron con nociones extrañas de "Cristo en nosotros", y luego procedieron a edificar sobre la doctrina el antinomismo y el fanatismo de la peor especie y la más vil tendencia. Sostenían que la vida personal y separada del creyente había desaparecido tan por completo, que era Cristo quien vivía en él el que se arrepentía, creía y actuaba. La raíz de este enorme error fue una interpretación forzada y antibíblica de textos como: "Vivo, pero ya no yo, sino que Cristo vive en mí" (Gálatas 2:20). Y la consecuencia natural fue que muchos de los desdichados seguidores de esa escuela llegaron a la cómoda conclusión de que los creyentes no eran responsables ¡de cuanto hicieran! Los creyentes, según ellos, estaban muertos y sepultados, ¡y solo Cristo vivía en ellos y lo emprendía todo por ellos! La consecuencia última fue que algunos pensaron que podían quedarse tranquilos en una seguridad carnal, habiendo desaparecido por completo su responsabilidad personal, ¡y cometer cualquier clase de pecado sin temor!

Nunca olvidemos que la verdad, distorsionada y exagerada, puede volverse madre de las más peligrosas herejías. Cuando hablemos de "Cristo en nosotros", cuidémonos de explicar lo que queremos decir. Me temo que algunos descuidan esto en el día de hoy.

(6) En sexto lugar, ¿es sabio trazar una línea de separación tan profunda, amplia y marcada entre conversión y consagración, o la vida más alta, como suele llamarse, como muchos la trazan hoy? ¿Conforme a la proporción de la Palabra de Dios? Lo dudo.

No hay, indudablemente, nada nuevo en esta enseñanza. Es bien sabido que los escritores romanistas sostienen a menudo que el mundo se divide en tres clases: no convertidos, penitentes y santos. Los maestros modernos de hoy que nos dicen que hay tres clases de personas, los no convertidos, los convertidos y los participantes de la "vida más alta" de entera consagración, me parecen ocupar básicamente el mismo terreno. Pero sea la idea vieja o nueva, romana o inglesa, soy completamente incapaz de ver que tenga algún respaldo en la Escritura. La Palabra de Dios siempre habla de solo dos clases de personas: los vivos y los muertos en pecado; el creyente y el incrédulo; el convertido y el no convertido; los caminantes por el camino estrecho y los caminantes por el ancho; los sabios y los necios; los hijos de Dios y los hijos del diablo.

Dentro de cada una de estas dos grandes clases hay, sin duda, diversas medidas de pecado y de gracia, pero es solo la diferencia entre el extremo alto y el bajo de un plano inclinado. Entre estas dos grandes clases hay un abismo enorme; son tan distintos como la vida y la muerte, la luz y las tinieblas, el cielo y el infierno.

Pero de una división en tres clases, la Palabra de Dios no dice absolutamente nada. Cuestiono la sabiduría de hacer divisiones novedosas que la Biblia no ha hecho, y me desagrada profundamente la noción de una segunda conversión.

Que existe una inmensa diferencia entre un grado de gracia y otro; que la vida espiritual admite crecimiento, y que los creyentes deben ser continuamente urgidos, por toda razón, a crecer en gracia; todo esto lo concedo plenamente.

Pero la teoría de una transición repentina y misteriosa del creyente a un estado de bienaventuranza y entera consagración de un solo salto poderoso, ¡no puedo recibirla! Me parece un invento humano, y no veo un solo texto claro que la pruebe en la Escritura.

Crecimiento gradual en la gracia, crecimiento gradual en el conocimiento, crecimiento gradual en la fe, crecimiento gradual en el amor, crecimiento gradual en la santidad, crecimiento gradual en la humildad, crecimiento gradual en la espiritualidad de mente; todo esto lo veo enseñado y urgido con claridad en la Escritura, y ejemplificado con claridad en las vidas de muchos de los santos de Dios. ¡Pero saltos repentinos e instantáneos de la conversión a la entera consagración no logro verlos en la Biblia!

Dudo, en efecto, que tengamos algún respaldo para decir que un hombre pueda ser convertido sin ser consagrado a Dios. Más consagrado, sin duda, puede serlo, y lo será a medida que aumente su gracia; pero si no fue consagrado a Dios en el mismo día en que fue convertido y nació de nuevo, ¡no sé lo que conversión significa! ¿No están los hombres en peligro de subestimar y menoscabar la inmensa bienaventuranza de la conversión? ¿No están, cuando urgen a los creyentes la "vida más alta" como una segunda conversión, menoscabando la longitud, la anchura, la profundidad y la altura de aquel gran primer cambio que la Escritura llama el nuevo nacimiento, la nueva creación, la resurrección espiritual?

Puedo estar equivocado. Pero a veces he pensado, al leer el lenguaje tan fuerte usado por muchos sobre la "consagración" en los últimos años, que quienes lo usan debieron tener antes un concepto singularmente bajo e inadecuado de la "conversión", si es que sabían algo de conversión. En resumen, casi he sospechado que cuando fueron "consagrados" ¡en realidad fueron convertidos por primera vez!

Confieso con franqueza que prefiero los viejos caminos. Creo más sabio y seguro instar a todos los convertidos la posibilidad de un continuo crecimiento en gracia y la necesidad absoluta de ir hacia adelante, aumentando más y más, y cada año dedicando y consagrando más, en espíritu, alma y cuerpo, a Cristo. De ningún modo enseñemos que no hay más santidad por alcanzar, y más del cielo por disfrutar en la tierra, de la que la mayoría de los creyentes experimentan ahora.

Pero me niego a decir a ningún convertido que necesita una segunda conversión, y que algún día puede pasar, de un solo paso enorme, a un estado de entera consagración. Me niego a enseñarlo, porque creo que la tendencia de la doctrina es profundamente dañina: deprime a los humildes y mansos, e hincha a los superficiales, los ignorantes y los presuntuosos a un grado sumamente peligroso.

(7) En séptimo y último lugar, ¿es sabio enseñar a los creyentes que no deben pensar tanto en pelear y luchar contra el pecado, sino más bien "rendirse a Dios" y ser pasivos en las manos de Cristo? ¿Conforme a la proporción de la Palabra de Dios? Lo dudo.

Es un simple hecho que la expresión "rendíos vosotros mismos" solo se encuentra en un lugar del Nuevo Testamento, como un deber urgido a los creyentes. Ese lugar es el capítulo sexto de Romanos, y allí, en seis versículos, la expresión aparece cinco veces (véase Romanos 6:13-19). Pero aun allí, la palabra no soporta el sentido de "ponernos pasivamente en las manos de otro". Cualquier estudiante del griego puede decirnos que el sentido es más bien el de "presentarnos" activamente para uso, empleo y servicio (véase Romanos 12:1). La expresión, por tanto, se sostiene sola.

Pero, por otra parte, no sería difícil señalar al menos veinticinco o treinta pasajes distintos en las Epístolas, donde a los creyentes se les enseña claramente a usar esfuerzo personal activo, y se les dirige como responsables de hacer personalmente lo que Cristo quiere que hagan, y no se les dice que se "rindan" como agentes pasivos y se sienten quietos, sino que se levanten y obren. Una violencia santa, un conflicto, una guerra, una lucha, la vida de un soldado, una lucha cuerpo a cuerpo, se hablan como lo característico del verdadero cristiano. La descripción de "la armadura de Dios" en el capítulo sexto de Efesios, podría uno pensar, resuelve la cuestión.

De nuevo, sería fácil mostrar que la doctrina de la santificación sin esfuerzo personal, mediante el simple "rendirnos a Dios", es precisamente la doctrina de los fanáticos antinomianos del siglo diecisiete (a los que ya me he referido, descritos en el Anticristo Espiritual de Rutherford), y que su tendencia es maligna en grado sumo.

De nuevo, sería fácil mostrar que la doctrina socava por completo toda la enseñanza de libros tan probados y aprobados como El Progreso del Peregrino, y que si la recibimos, no podemos hacer otra cosa que echar al fuego el viejo libro de Bunyan. Si Cristiano, en El Progreso del Peregrino, simplemente se hubiera rendido a Dios y nunca hubiera peleado, ni luchado, ni forcejeado, entonces he leído en vano la famosa alegoría.

Pero la verdad llana es que los hombres persistirán en confundir dos cosas que difieren: la justificación y la santificación. En la justificación, la palabra que ha de dirigirse al hombre es cree, solo cree. En la santificación, la palabra ha de ser: ¡vela, ora y pelea! Lo que Dios ha separado, no lo mezclamos ni confundamos.

Dejo aquí el tema de mi introducción y me apresuro a una conclusión. Confieso que dejo la pluma con sentimientos de tristeza y preocupación. Hay mucho en la actitud de los cristianos profesantes de hoy que me llena de preocupación y me hace temer mucho por el futuro.

Hay un asombroso desconocimiento de las Escrituras entre muchos, y una consiguiente falta de religión sólida y establecida. Solo así puedo explicar la facilidad con que la gente es, como niños, "llevada de un lado a otro, y esquivada por todo viento de doctrina" (Efesios 4:14).

Hay un amor ateniense de la novedad en el aire, y un gusto malsano por todo lo viejo y regular, lo que está en el sendero trillado de nuestros padres. Miles acudirán en multitud a oír una voz nueva y una doctrina nueva, ¡sin considerar por un momento si lo que oyen es verdad!

Hay un ansia incesante de toda enseñanza que sea sensacional, emocionante y que conmueva los sentimientos. Hay un apetito malsano por una especie de cristianismo espasmódico e histérico. La vida religiosa de muchos es poco más que beber dram espirituales en el orden espiritual, y el "espíritu afable y apacible" que Pedro recomienda se ha olvidado del todo (1 Pedro 3:4). Las multitudes grandes, el sensacionalismo, el canto dramático y un despertar incesante de las emociones son las únicas cosas que a muchos les importan.

La incapacidad de distinguir las diferencias en doctrina se extiende cada vez más, y mientras el predicador sea "inteligente" y "fervoroso", ¡cientos parecen pensar que todo ha de estar bien, y os llaman "terriblemente estrecho e intolerante" si sugerís que no es sano! ¡Todos los predicadores parecen iguales a los ojos de esa gente!

Todo esto es triste, ¡muy triste!

En cuanto a mí, soy consciente de que ya no soy un ministro joven. Mi mente, quizá, se endurece, y no puedo recibir con facilidad doctrina alguna nueva. "El viejo es mejor". Supongo que pertenezco a la vieja escuela de la teología evangélica, y por tanto estoy contento con tales enseñanzas sobre la santificación como encuentro en los viejos autores conservadores.

Pero debo expresar la esperanza de que mis hermanos más jóvenes que han adoptado nuevas opiniones sobre la santidad se guarden de multiplicar divisiones sin causa.

¿Creen que se necesita un estándar más alto de vida cristiana en el día de hoy? También yo.

¿Creen que se necesita una enseñanza más clara, más fuerte y más plena sobre la santidad? También yo.

¿Creen que Cristo debe ser más exaltado como raíz y autor de la santificación, así como de la justificación? También yo.

¿Creen que los creyentes deben ser urgidos más y más a vivir por la fe? También yo.

¿Creen que una comunión muy estrecha con Dios debe ser presentada con más insistencia a los creyentes como el secreto de la felicidad y la utilidad? También yo.

En todas estas cosas estamos de acuerdo. Pero si quieren ir más lejos, entonces les pido que cuiden dónde pisan, y que expliquen con mucha claridad y distinción lo que quieren decir.

Finalmente, debo deprecar, y lo hago con amor, el uso de términos y frases raras y novedosas en la enseñanza de la santificación. Pido que un movimiento en favor de la santidad no puede ser adelantado por fraseología recién acuñada, ni por declaraciones desproporcionadas y unilaterales, ni por forzar y aislar textos particulares, ni por exaltar una verdad a expensas de otra, ni por alegorizar y acomodar textos y exprimirles significados que el Espíritu Santo nunca puso en ellos, ni por hablar con desprecio y amargura de los que no ven enteramente las cosas como nosotros ni trabajan exactamente en nuestros métodos.

Estas cosas no contribuyen a la paz; antes bien, repelen a muchos y los mantienen a distancia. La causa de la verdadera santificación no es ayudada, sino estorbada, por tales armas carnales. Un movimiento en favor de la santidad que produce contienda y disputa entre los hijos de Dios es algo sospechoso. Por amor a Cristo, y en el nombre de la verdad y la caridad, esforcémonos por seguir la paz, así como la santidad. "Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre".

Es el deseo de mi corazón, y mi oración a Dios a diario, que la santidad personal aumente grandemente entre los cristianos profesantes en Inglaterra. Pero confío en que todos los que se esfuercen por promoverla se ciñan estrechamente a la proporción de la Escritura, distingan con cuidado las cosas que difieren, y separen "lo precioso de lo vil" (Jeremías 15:19).

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Ryle

Título original: Holiness — INTRODUCTION

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Ryle, publicado originalmente en Grace Gems.

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