En la persona y la obra de Cristo la santidad de Dios se revela con igual poder y resplandor. Solo a través de este medio poseemos la demostración más clara y perfecta de esta divina y tremenda perfección. ¿Dónde hubo jamás una demostración semejante del odio infinito de Dios contra el pecado y de su determinación firme y solemne de castigarlo, como la que se ve en la cruz de Cristo? Quítate los zapatos de tus pies; acércate y contempla este «gran espectáculo». ¿Quién era el que sufría? El Hijo unigénito y muy amado de Dios, su propio Hijo. Añádase al infinitamente tierno amor del Padre el conocimiento claro de que aquel que soportaba la más severa inflicción de su ira era inocente, sin culpa, justo; que jamás había quebrantado su ley, ni resistido su autoridad, ni contradicho su voluntad, sino que siempre hizo lo que le agradaba.
¿De manos de quién padeció? ¿De demonios? ¿De hombres? No eran sino instrumentos; la causa motriz fue el mismo Dios. «Jehová quiso quebrantarlo; lo sujetó a padecimiento.» Su propio Padre desenvainó la espada, asestó el golpe, encendió la llama y preparó la copa amarga. «Despierta, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío, dice Jehová de los ejércitos; hiere al pastor.» «La copa que mi Padre me dio, ¿no la beberé?» «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Imaginemos, si podemos, lo que habría sido el derramamiento de la ira de Dios sobre toda la iglesia por todos sus pecados a lo largo de la eternidad. Imposible computar sus transgresiones, concebir su castigo o medir la duración de su angustia. Entonces, ¿quién puede decir lo que Jesús padeció al ponerse en el lugar y como fiador de su iglesia, en la hora solemne de la expiación y en el día de la ira ardiente de Dios?
Nunca había Dios manifestado antes, ni volverá a manifestar después, su santidad esencial, su pureza inmaculada, la enormidad inconcebible del pecado, su odio absoluto y su propósito solemne de castigarlo con las más severas inflicciones de su ira; nunca resplandeció esta gloria de su ser con fulgor tan avasallador como en aquel día tenebroso y en la cruz del Dios encarnado. Aun los espíritus en gloria debieron alzar nuevas e inefables visiones de la santidad infinita al inclinarse desde sus tronos y fijar su asombrada mirada en la cruz del Hijo sufriente de Dios.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - July 15
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.