La santidad cristiana

La santidad práctica que nos prepara para ver al Señor

La santidad no es conocimiento ni apariencia religiosa, sino una vida transformada por Cristo, conforme a la mente de Dios, y única evidencia segura de que le pertenecemos de verdad.

"Sin santidad, nadie verá al Señor" Hebreos 12:14

El texto que encabeza esta página abre un tema de profunda importancia. Ese tema es la santidad práctica. Sugiere una pregunta que demanda la atención de todos los cristianos profesantes: ¿Somos santos? ¿Veremos al Señor?

Esa pregunta nunca puede estar fuera de temporada. El sabio nos dice: "Hay... tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de callar, y tiempo de hablar" (Eclesiastés 3:4, 7); pero no hay tiempo, no, ni un solo día, en el que un hombre no deba ser santo. ¿Somos santos?

Esa pregunta corresponde a toda condición y rango de personas. Algunos son ricos y otros pobres, algunos instruidos y otros sin letras, algunos amos y otros siervos; pero no hay rango ni condición en la vida en la que un hombre no deba ser santo. ¿Somos santos?

Pido ser escuchado hoy acerca de esta pregunta. ¿Cómo se encuentra la cuenta entre nuestras almas y Dios? En este mundo apresurado y bullicioso, detengámonos unos minutos y consideremos el asunto de la santidad. Creo que podría haber escogido un tema más popular y agradable. Estoy seguro de que podría haber encontrado uno más fácil de tratar. Pero siento profundamente que no podría haber escogido uno más oportuno ni más provechoso para nuestras almas. Es cosa solemne oír la Palabra de Dios decir: "Sin santidad, nadie verá al Señor" (Hebreos 12:14).

Me esforzaré, con la ayuda de Dios, por examinar qué es la verdadera santidad y la razón por la cual es tan necesaria. Al concluir, intentaré señalar el único camino en el que la santidad puede alcanzarse. Habiendo considerado el lado doctrinal, volvamos ahora a la aplicación clara y práctica.

1. La NATURALEZA de la verdadera santidad práctica.

Primero, pues, dejadme tratar de mostrar qué es la verdadera santidad práctica: ¿qué clase de personas son aquellas a quienes Dios llama santas?

Un hombre puede ir muy lejos en la religión y, sin embargo, no alcanzar jamás la verdadera santidad.

No es conocimiento: Balaam lo tenía.

No es una gran profesión: Judas Iscariote la tenía.

No es hacer muchas cosas: Herodes lo hacía.

No es el celo por ciertas cuestiones de la religión: Jehú lo tenía.

No es la moralidad y la respetabilidad exterior de conducta: el joven rico lo tenía.

No es el placer de oír predicadores: los judíos en tiempos de Ezequiel lo tenían.

No es la compañía de los piadosos: Joab, Gehazi y Demas la tenían.

¡Y, sin embargo, ninguno de estos era gente santa! Estas cosas, por sí solas, no son santidad. Un hombre puede tener cualquiera de ellas y, con todo, no ver jamás al Señor.

¿Qué es, entonces, la verdadera santidad práctica? Es una pregunta difícil de responder. No quiero decir que falte materia bíblica sobre el tema. Pero temo dar un panorama defectuoso de la santidad y no decir todo lo que debiera decirse, o decir cosas que no debieran decirse y así causar daño. Dejadme, sin embargo, tratar de trazar un cuadro de la santidad bíblica, para que la veamos claramente ante los ojos de nuestra mente. Solo que no se olvide jamás, cuando haya dicho todo, que mi descripción es apenas un esbozo pobre e imperfecto en el mejor de los casos.

1. La santidad es el hábito de ser de un mismo parecer con Dios, conforme a lo que encontramos de su mente en la Escritura. Es el hábito de coincidir en el juicio de Dios, de odiar lo que Él odia, de amar lo que Él ama, y de medir todas las cosas de este mundo por el patrón de su Palabra.

El que más enteramente coincide con Dios, ese es el hombre más santo.

2. Un hombre santo se esforzará por evitar todo pecado conocido y por guardar todo mandamiento conocido. Tendrá una decidida inclinación de la mente hacia Dios, un deseo sincero de hacer su voluntad, un mayor temor de desagradarle que de desagradar al mundo, y un amor por todos sus caminos.

Sentirá lo que Pablo sintió cuando dijo: "Me deleito en la ley de Dios conforme al hombre interior" (Romanos 7:22), y lo que David sintió cuando dijo: "Por eso estimo rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y aborrezco todo camino de mentira" (Salmo 119:128).

3. Un hombre santo se esforzará por ser semejante a nuestro Señor Jesucristo. No solo vivirá la vida de fe en Él y extraerá de Él toda su paz y fortaleza diaria, sino que también trabajará por tener la misma mente que hubo en Él y ser conformado a su imagen (Romanos 8:29). Será su meta soportar y perdonar a otros, así como Cristo nos perdonó; ser desinteresado, así como Cristo no se agradó a sí mismo; andar en amor, así como Cristo nos amó; ser humilde y modesto, así como Cristo se despojó a sí mismo y se humilló.

Recordará que Cristo fue un testigo fiel de la verdad; que no vino a hacer su propia voluntad; que su comida y su bebida era hacer la voluntad de su Padre; que se negaba continuamente a sí mismo para ministrar a otros; que fue manso y paciente bajo los insultos inmerecidos; que tuvo en más a los pobres piadosos que a los reyes; que estuvo lleno de amor y compasión hacia los pecadores; que fue audaz e inflexible al denunciar el pecado; que no buscó la alabanza de los hombres cuando pudo haberla tenido; que anduvo haciendo el bien; que se mantuvo separado de la gente mundana; que fue constante en la oración; y que no permitió que ni sus parientes más cercanos se interpusieran en su camino cuando la obra de Dios debía hacerse.

Todas estas cosas, un hombre santo procurará recordar. Por ellas se esforzará en dar forma a su curso en la vida. Llevará al corazón el dicho de Juan: "El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo" (1 Juan 2:6); y el dicho de Pedro, de que "Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas" (1 Pedro 2:21). ¡Dichoso el que ha aprendido a hacer de Cristo su "todo", tanto para salvación como para ejemplo! Mucho tiempo se ahorraría, y mucho pecado se evitaría, si los hombres se preguntaran con más frecuencia: "¿Qué habría dicho y hecho Jesús si estuviera en mi lugar?"

4. Un hombre santo seguirá la mansedumbre, la paciencia, la benignidad, la bondad de carácter y el dominio de su lengua. Soportará mucho, tolerará mucho, pasará por alto mucho y será lento en hablar de reclamar sus derechos. Vemos un brillante ejemplo de esto en el proceder de David cuando Simei lo maldijo, y de Moisés cuando Aarón y María hablaron contra él (2 Sam. 16:10; Núm. 12:3).

5. Un hombre santo seguirá la templanza y la negación de sí mismo. Trabará por mortificar los deseos de su cuerpo, por crucificar su carne con sus afectos y concupiscencias, por refrenar sus pasiones y por contener sus inclinaciones carnales, no sea que en algún momento se desaten.

¡Oh, qué palabra la del Señor Jesús a los apóstoles: "Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día!" (Lucas 21:34); y la del apóstol Pablo: "Golpeo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser eliminado!" (1 Corintios 9:27).

6. Un hombre santo seguirá el amor y la bondad fraternal. Se esforzará por observar la "regla de oro" de hacer a los demás como quisiera que ellos le hicieran, y de hablar como quisiera que los demás le hablaran. Estará lleno de afecto hacia sus hermanos, hacia sus cuerpos, sus bienes, sus caracteres, sus sentimientos, sus almas. "El que ama al prójimo", dice Pablo, "ha cumplido la ley" (Romanos 13:8). Aborrecerá toda mentira, calumnia, murmuración, engaño, deshonestidad y trato injusto, aun en las cosas más pequeñas. Se esforzará por adornar su religión con toda su conducta exterior y hacerla amable y hermosa a los ojos de cuantos le rodean.

¡Ay, qué palabras tan condenatorias son el capítulo trece de 1 Corintios y el Sermón del Monte, cuando se ponen junto a la conducta de muchos cristianos profesantes!

7. Un hombre santo seguirá un espíritu de misericordia y benevolencia hacia los demás. No estará ocioso todo el día. No se contentará con no hacer daño: procurará hacer el bien. Se esforzará por ser útil en su día y generación y por aliviar, en lo que pueda, las necesidades y miserias espirituales que le rodean. Tal fue Dorcas: "llena de buenas obras y de limosnas que hacía"; no solo propuestas y de las que se hablaba, sino que hacía. Tal fue Pablo: "Yo gastaré muy gustosamente, y seré gastado por vosotros", dice, "aunque amándoos más, sea amado menos" (Hechos 9:36; 2 Corintios 12:15).

8. Un hombre santo seguirá la pureza de corazón. Temerá toda inmoralidad e impureza de espíritu, y buscará evitar todas las cosas que pudieran arrastrarle a ellas. Sabe que su propio corazón es como yesca, y se mantendrá diligentemente lejos de las chispas de la tentación. ¿Quién se atreverá a hablar de su propia fuerza, cuando David pudo caer?

Hay muchas indicaciones que se pueden recoger de la ley ceremonial. Bajo ella, el hombre que solo tocaba un hueso, un cuerpo muerto, una sepultura o una persona enferma quedaba al instante inmundo a los ojos de Dios. Y estas cosas eran emblemas y figuras. Pocos cristianos son jamás demasiado vigilantes y demasiado cuidadosos en este punto.

9. Un hombre santo seguirá el temor de Dios. No me refiero al temor de un esclavo, que solo trabaja porque teme el castigo y que sería holgazán si no temiera ser descubierto. Me refiero más bien al temor de un hijo, que desea vivir y moverse como si estuviera siempre ante el rostro de su padre, porque le ama.

¡Qué noble ejemplo nos da Nehemías de esto! Cuando fue gobernador en Jerusalén, podría haber sido sostenido por los judíos y haberles exigido dinero para su sustento. Los gobernadores anteriores lo habían hecho. Nadie le habría censurado si lo hacía. Pero dice: "Los gobernadores anteriores, en cambio, habían impuesto cargas pesadas al pueblo, exigiendo una ración diaria de comida y vino, además de cuarenta piezas de plata. Incluso sus asistentes se aprovechaban del pueblo. ¡Pero yo, porque temí a Dios, no actué así!" (Neh. 5:15).

10. Un hombre santo seguirá la humildad. Deseará, con humildad de mente, estimar a todos los demás mejores que él mismo. Verá más mal en su propio corazón que en cualquier otro del mundo.

Comprenderá algo del sentir de Abraham, cuando dice: "¡Soy polvo y ceniza!"

Y del sentir de Jacob, cuando dice: "¡Soy indigno de la menor de todas tus misericordias!"

Y del sentir de Job, cuando dice: "¡He aquí, soy vil!"

Y del sentir de Pablo, cuando dice: "¡Soy el primero de los pecadores!"

El santo John Bradford, aquel fiel mártir de Cristo, terminaba a veces sus cartas con estas palabras: "Un miserable pecador, John Bradford."

Las últimas palabras del piadoso William Grimshaw, cuando yacía en su lecho de muerte, fueron estas: "¡Aquí se va un siervo inútil!"

11. Un hombre santo seguirá la fidelidad en todos los deberes y relaciones de la vida. Procurará, no solo llenar su lugar tan bien como otros que no cuidan de sus almas, sino aun mejor, porque tiene motivos más altos y más ayuda que ellos. Esas palabras de Pablo no debieran olvidarse jamás: "Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como al Señor." "En cuanto a pereza, no seáis perezosos; fervientes en espíritu; sirviendo al Señor." (Colosenses 3:23; Romanos 12:11).

La gente santa debería proponerse hacer todo bien y avergonzarse de permitirse hacer algo mal, si pueden evitarlo. Como Daniel, debieran procurar no dar "ocasión" contra sí mismos, sino en lo concerniente a la ley de su Dios (Dan. 6:5). Debieran esforzarse por ser buenos maridos y buenas esposas, buenos padres y buenos hijos, buenos amos y buenos siervos, buenos vecinos, buenos amigos, buenos ciudadanos, buenos en privado y buenos en público, buenos en el lugar de trabajo y buenos junto a su hogar.

La santidad vale bien poco, en verdad, si no da esta clase de fruto. El Señor Jesús plantea una pregunta inquisitiva a su pueblo cuando dice: "¿Qué hacéis de más?" (Mateo 5:47).

12. Por último, pero no menos importante, un hombre santo seguirá la espiritualidad de mente. Se esforzará por poner sus afectos en las cosas de arriba y por sostener las cosas de la tierra con mano muy ligera. No descuidará los negocios de la vida presente; pero el primer lugar en su mente y pensamientos lo dará a las realidades eternas. Procurará vivir como alguien cuyo tesoro está en el cielo, y pasar por este mundo como un extraño y peregrino que viaja a su hogar.

El comunar con Dios en la oración, en la Biblia y en la asamblea de su pueblo, estas cosas serán los principales goces del hombre santo. Valorará cada cosa, lugar y compañía en proporción a cuánto le acerquen a Dios. Entrará en algo del sentir de David, cuando dice: "¡Mi alma se apea a ti!" "¡Tú eres mi porción!" (Salmo 63:8; 119:57).

Aquí dejadme añadir que no estoy sin temor de que mi significado se malentienda, y la descripción que he dado de la santidad desanime a alguna conciencia tierna. No quisiera entristecer a un solo corazón recto ni poner tropiezo en el camino de ningún creyente.

No digo por un momento que la santidad excluya la presencia del pecado que habita en nosotros. No, lejos de eso. Es la mayor miseria del hombre santo que lleva consigo un "cuerpo de pecado y de muerte"; que a menudo, cuando querría hacer el bien, el mal está presente con él; que el viejo hombre entorpece todos sus movimientos y, por así decirlo, intenta arrastrarlo hacia atrás en cada paso que da (Romanos 7:21).

Pero es la excelencia del hombre santo que no está en paz con el pecado que habita en él, como otros lo están. Lo odia, se lamenta por él y anhela verse libre de su compañía. La obra de santificación dentro de él es como el muro de Jerusalén: la construcción avanza "aun en tiempos turbulentos" (Dan. 9:25).

Tampoco digo que la santidad llegue a su madurez y perfección de una sola vez, ni que estas gracias que he tocado deban hallarse en plena flor y vigor antes de poder llamar santo a un hombre. ¡No, lejos de eso! La santificación es siempre una obra progresiva. Las gracias de algunos hombres están en hoja, algunos en espiga, y otros como grano lleno en la espiga (Marcos 4:28). Todo debe tener un comienzo. Nunca debemos despreciar "el día de las cosas pequeñas".

La santificación, aun en el más santo de los hombres, es una obra imperfecta. La historia de los santos más resplandecientes que jamás vivieron contendrá muchos un "pero" y "sin embargo" y "no obstante" antes de llegar al final. El oro nunca estará sin algo de escoria, la luz nunca brillará sin algunas nubes, hasta que lleguemos a la Jerusalén celestial. El mismo sol tiene manchas en su rostro. Los hombres más santos tienen muchas manchas y defectos cuando se les pesa en la balanza del santuario. Su vida es una guerra continua contra el pecado, el mundo y el diablo; y a veces los veréis no venciendo, sino vencidos. La carne siempre lucha contra el espíritu, y el espíritu contra la carne. En muchas cosas todos tropiezan (Gálatas 5:17; Santiago 3:2).

Pero aun así, con todo esto, estoy seguro de que tener un carácter como el que he trazado apenas es el deseo del corazón y la oración de todos los verdaderos cristianos. Ellos se esfuerzan por alcanzarlo, aunque no lo alcancen. Puede que no lo logren, pero siempre lo tienen como meta. Es lo que se esfuerzan y trabajan por ser, si no lo que son.

Y digo con firmeza y confianza que la verdadera santidad es una gran realidad. Es algo en un hombre que puede verse, conocerse, notarse y sentirse por cuantos le rodean.

Es luz: si existe, se mostrará. Es sal: si existe, su sabor se percibirá. Es un ungüento precioso: si existe, su fragancia no puede esconderse.

Estoy seguro de que debemos hacer allowance por mucho retroceso, por mucha frialdad ocasional en los cristianos profesantes. Sé que un camino puede ir de un punto a otro y, sin embargo, tener muchos giros y revueltas. Así también un hombre puede ser verdaderamente santo y, con todo, ser arrastrado a un lado por muchas flaquezas. El oro no es menos oro por estar mezclado con aleación; ni la luz, menos luz por ser tenue y débil; ni la gracia, menos gracia por ser joven y débil.

Pero aun hechas todas las concesiones, no puedo ver cómo merece ser llamado "santo" ningún hombre que se permite voluntariamente el pecado y no se humilla ni se avergüenza por ello. No me atrevo a llamar "santo" a nadie que tenga por hábito descuidar conscientemente deberes conocidos y hacer voluntariamente lo que sabe que Dios le ha mandado no hacer. Bien dice Owen: "¡No entiendo cómo un hombre puede ser un verdadero creyente aquel a quien el pecado no le es la mayor carga, tristeza y aflicción!"

Tales son las características principales de la santidad práctica. Examinémonos a nosotros mismos y veamos si la conocemos. Probémonos a nosotros mismos.

2. La IMPORTANCIA de la santidad práctica. ¿Puede la santidad salvarnos? ¿Puede la santidad quitar el pecado, cubrir las iniquidades, hacer satisfacción por las transgresiones, pagar nuestra deuda a Dios? ¡No, ni un ápice! Dios libre que yo diga jamás tal cosa. La santidad no puede hacer nada de esto. Los santos más resplandecientes son todos "siervos inútiles" en sí mismos. Nuestras obras más puras no son mejores que trapos inmundos cuando se las examina a la luz de la santa ley de Dios. La túnica blanca que Jesús ofrece y que la fe reviste debe ser nuestra única justicia; el nombre de Cristo debe ser nuestra única confianza, el libro de la vida del Cordero debe ser nuestro único título al cielo. Con toda nuestra santidad no somos mejores que pecadores. Nuestras mejores cosas están manchadas y contaminadas de imperfección. Están todas más o menos incompletas, equivocadas en el motivo o defectuosas en la ejecución. Por las obras de la ley ningún hijo de Adán será jamás justificado. "Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe" (Efesios 2:8, 9).

¿Por qué, entonces, es la santidad tan importante? ¿Por qué dice el apóstol: "Sin santidad, nadie verá al Señor"? Dejadme exponer en orden algunas razones.

1. En primer lugar, debemos ser santos porque la voz de Dios en la Escritura lo manda claramente. El Señor Jesús dice a su pueblo: "Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos" (Mateo 5:20). "Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto" (Mateo 5:48). Pablo dice a los tesalonicenses: "Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" (1 Tesalonicenses 4:3). Y Pedro dice: "Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo" (1 Pedro 1:15, 16). "En esto", dice Leighton, "la ley y el evangelio concuerdan."

2. Debemos ser santos porque este es uno de los grandes fines y propósitos por los cuales Cristo vino al mundo. Pablo escribe a los corintios: "Porque murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Corintios 5:15); y a los efesios: "Cristo... amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado" (Efesios 5:25, 26); y a Tito: "Quien se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras" (Tito 2:14). En resumen, hablar de hombres salvados de la culpa del pecado sin ser al mismo tiempo salvados de su dominio en el corazón es contradecir el testimonio de toda la Escritura.

¿Se dice que los creyentes son elegidos? Es "mediante la santificación del Espíritu."

¿Son predestinados? Es "para ser conformados a la imagen del Hijo de Dios."

¿Son escogidos? Es "para que sean santos."

¿Son llamados? Es "con un llamamiento santo."

¿Son afligidos? Es para que sean "partícipes de su santidad."

Jesús es un Salvador completo. No solo quita la culpa del pecado del creyente. Hace más: rompe su poder (1 Pedro 1:2; Romanos 8:29; Efesios 1:4; Hebreos 12:10).

3. Debemos ser santos porque esta es la única evidencia segura de que tenemos una fe salvadora en nuestro Señor Jesucristo. El Artículo doce de nuestra iglesia dice con verdad que "aunque las buenas obras no pueden quitar nuestros pecados ni soportar la severidad del juicio de Dios, son, sin embargo, agradables y aceptables a Dios en Cristo, y necesariamente nacen de una fe verdadera y viva; de tal modo que por ellas una fe viva puede ser conocida tan evidentemente como un árbol se discernir por sus frutos."

Santiago nos advierte que existe algo tal como una fe muerta, una fe que no pasa de la profesión de los labios y no tiene influencia alguna sobre el carácter del hombre (Santiago 2:17). La verdadera fe salvadora es una cosa muy distinta. La verdadera fe siempre se mostrará por sus frutos: santificará, obrará por amor, vencerá al mundo, purificará el corazón.

Sé que la gente gusta de hablar de las evidencias del lecho de muerte. Se apoyan en palabras dichas en las horas de temor, dolor y debilidad, como si pudieran consolarse con ellas acerca de los amigos que pierden. Pero me temo que en noventa y nueve casos de cada cien tales evidencias no son de fiar. Sospecho que, con raras excepciones, los hombres mueren tal como han vivido.

La única evidencia segura de que somos uno con Cristo y de que Cristo está en nosotros es una vida santa. Los que viven para el Señor son generalmente los únicos que mueren en el Señor. Si queremos morir la muerte de los justos, no nos contentemos con deseos perezosos; busquemos vivir su vida. Es un dicho cierto de Traill: "Aquella fe es enfermiza cuyas esperanzas de gloria no purifican su corazón y su vida."

4. Debemos ser santos porque este es la única prueba de que amamos al Señor Jesucristo con sinceridad. Este es un punto sobre el cual Él ha hablado con toda claridad en los capítulos catorce y quince de Juan:

"Si me amáis, guardad mis mandamientos." "El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama." "El que me ama, guardará mis palabras." "Vosotros sois mis amigos, si hacéis todo lo que os mando" (Juan 14:15, 21, 23; 15:14). Más claras que estas, sería difícil encontrar palabras; ¡y ay de los que las descuidan!

Ciertamente ese hombre debe estar en un estado malsano de alma, que puede pensar en todo lo que Jesús sufrió y, sin embargo, amar los pecados por los cuales ese sufrimiento fue soportado.

¡Fue el pecado el que tejió la corona de espinas!

¡Fue el pecado el que traspasó las manos, los pies y el costado de nuestro Señor!

¡Fue el pecado el que le llevó a Getsemaní y al Calvario, a la cruz y al sepulcro! ¡Fríos deben de estar nuestros corazones si no odiamos el pecado y trabajamos por deshacernos de él, aun cuando tuviéramos que cortar la mano derecha y arrancar el ojo derecho para hacerlo!

5. Debemos ser santos porque esta es la única evidencia segura de que somos verdaderos hijos de Dios. Los hijos en este mundo se parecen generalmente a sus padres. Algunos, sin duda, más, y otros menos; pero rara vez ocurre que no pueda rastrearse cierta semejanza de familia. Y con los hijos de Dios ocurre algo muy parecido. El Señor Jesús dice: "Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais." "Si Dios fuese vuestro Padre, ciertamente me amaríais" (Juan 8:39, 42). Si los hombres no tienen semejanza alguna con el Padre que está en los cielos, en vano hablan de ser sus "hijos". Si no conocemos nada de santidad, podemos lisonjearnos como nos plazca; pero no tenemos al Espíritu Santo morando en nosotros. Estamos muertos y debemos ser devueltos a la vida; estamos perdidos y debemos ser hallados. "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios", y solo ellos, "son hijos de Dios" (Romanos 8:14).

Debemos mostrar con nuestras vidas a qué familia pertenecemos. Debemos dejar que los hombres vean, por nuestras vidas santas, que somos en verdad hijos del Santo, o nuestra filiación no es más que un nombre vacío. "No digas", dice Gurnall, "que tienes sangre real en tus venas y que has nacido de Dios, a menos que puedas probar tu linaje atreviéndote a ser santo."

6. Debemos ser santos porque este es el medio más probable de hacer bien a otros. No podemos vivir solo para nosotros en este mundo. Nuestras vidas siempre estarán haciendo bien o mal a quienes las ven. Son un sermón silencioso que todos pueden leer. Es triste, en verdad, cuando son un sermón para la causa del diablo y no para Dios.

Creo que se hace mucho más por el reino de Cristo con la vida santa de los creyentes de lo que sospechamos. Hay una realidad en tal vida que hace a los hombres sentir y les obliga a pensar. Lleva un peso y una influencia que nada más puede dar. Hace hermosa la religión y atrae a los hombres a considerarla, como un faro que se divisa desde lejos. El día del juicio probará que muchos, además de los maridos, han sido ganados "sin la palabra" por una vida santa (1 Pedro 3:1). Puedes hablar a la gente de las doctrinas del evangelio y pocos escucharán, y aun menos entenderán. ¡Pero tu vida es un argumento del que nadie puede escapar! Hay un significado en la santidad que ni el más indocto puede evitar entender. Puede que no entiendan la justificación, pero pueden entender el amor.

Creo que se hace mucho más daño del que sospechamos con los profesantes inconsecuentes e impíos. Tales hombres están entre los mejores aliados de Satanás. Derriban con sus vidas lo que los ministros edifican con sus labios. Hacen que las ruedas del carro del evangelio avancen pesadamente. Suministran a los hijos de este mundo una excusa inagotable para permanecer como están. "No veo para qué tanta religión", dijo no hace mucho un comerciante impío; "observo que algunos de mis clientes hablan siempre del evangelio y la fe y la elección y las benditas promesas y demás, y, con todo, esas mismas personas no reparan en estafarme unos céntimos cuando tienen la oportunidad. Ahora bien, si la gente religiosa puede hacer tales cosas, no veo qué provecho haya en la religión."

Lamento tener que escribir tales cosas, pero me temo que el nombre de Cristo es demasiado a menudo blasfemado a causa de la vida de los cristianos. Cuidémonos no sea que la sangre de las almas sea requerida de nuestras manos. ¡Del asesinato de almas por la inconsecuencia y el andar relajado, buen Señor, líbranos! ¡Oh, por los demás, si no hubiera otra razón, esforcémonos por ser santos!

7. Debemos ser santos porque nuestro consuelo presente depende en gran medida de ello. Tristemente tendemos a olvidar que hay una estrecha conexión entre pecado y tristeza, santidad y felicidad, santificación y consolación.

Dios ha ordenado tan sabiamente las cosas que nuestro bienestar y nuestro bien obrar van unidos. Ha provisto misericordiosamente que aun en este mundo sea del mejor interés del hombre ser santo. Nuestra justificación no es por obras, nuestro llamamiento y elección no son según nuestras obras; pero es en vano que alguien suponga que tendrá un sentido vivo de su justificación o una seguridad de su llamamiento mientras descuide las buenas obras o no se esfuerce por vivir una vida santa. "En esto sabemos que le conocemos, si guardamos sus mandamientos." "En esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones" (1 Juan 2:3; 3:19).

Un creyente puede esperar sentir los rayos del sol en un día oscuro y nublado tan pronto como sentirá fuerte consolación en Cristo mientras no le siga plenamente. Cuando los discípulos abandonaron al Señor y huyeron, escaparon del peligro, pero estaban miserables y tristes. Cuando, poco después, le confesaron con valor delante de los hombres, fueron echados en la cárcel y azotados; pero se nos dice: "Ellos salieron de la presencia del concilio, regocijándose de que hubieran sido tenidos por dignos de padecer afrenta por su nombre" (Hechos 5:41). ¡Oh, por nuestro propio bien, si no hubiera otra razón, esforcémonos por ser santos! ¡El que sigue a Jesús más plenamente siempre le seguirá más cómodamente!

8. Por último, debemos ser santos porque sin santidad en la tierra nunca estaremos preparados para disfrutar el cielo.

El cielo es un lugar santo. El Señor del cielo es un Ser santo. Los ángeles son criaturas santas.

La santidad está escrita en todo lo que hay en el cielo. El libro del Apocalipsis dice expresamente: "No entrará en ella ninguna cosa inmunda, ni el que comete abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero" (Apocalipsis 21:27).

¿Cómo estaremos jamás a gusto y felices en el cielo si morimos sin santidad? La muerte no obra cambio alguno en nuestro carácter esencial. El sepulcro no hace alteración alguna. Cada uno resucitará con el mismo carácter con el que exhaló su último aliento. ¿Cuál será nuestro lugar en la eternidad si ahora somos ajenos a la santidad?

Suponed por un momento que se os permitiera entrar en el cielo sin santidad. ¿Qué haríais? ¿Qué gozo podríais sentir allí? ¿A cuál de todos los santos os uniríais, y al lado de quién os sentaríais? Sus placeres no son vuestros placeres, sus gustos no son vuestros gustos, su carácter no es vuestro carácter. ¿Cómo podríais ser felices si no habéis sido santos en la tierra?

Ahora quizá amáis la compañía de los livianos y descuidados, los mundanos y los codiciosos, los juerguistas y los buscadores de placeres, los impíos y los profanos. Allí no habrá nadie así en el cielo.

Ahora quizá pensáis que los santos de Dios son demasiado estrictos, minuciosos y serios. Más bien los evitáis. No halláis deleite en su compañía. En el cielo no habrá otra compañía.

Ahora quizá pensáis que orar, leer la Escritura y cantar himnos es un trabajo soso, melancólico y necio, algo que se tolera de vez en cuando pero que no se disfruta. Consideráis el día de reposo una carga y una pesadez; no podríais pasar más que una pequeña parte de él adorando a Dios. Pero recordad, el cielo es un día de reposo sin fin. Sus habitantes no descansan día ni noche, diciendo: "Santo, santo, santo, Señor Dios Todopoderoso", y cantando la alabanza del Cordero. ¿Cómo podría un hombre impío hallar placer en una ocupación semejante?

¿Pensáis que tal hombre se deleitaría en encontrar a David, Pablo y Juan, tras una vida pasada haciendo precisamente las cosas que ellos condenaban? ¿Tomaría dulce consejo con ellos y hallaría que tenía mucho en común con ellos? ¿Pensáis, sobre todo, que se regocijaría al encontrar a Jesús, el Crucificado, cara a cara, después de haberse aferrado a los pecados por los cuales Él murió, después de haber amado a sus enemigos y despreciado a sus amigos? ¿Se presentaría ante Él con confianza y se uniría al clamor: "Este es nuestro Dios... le hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación" (Isaías 25:9)? ¿No pensáis más bien que la lengua de un hombre impío se pegaría al paladar de vergüenza, y su único deseo sería ser echado fuera? Se sentiría un extraño en una tierra que no conocía, una oveja negra en medio del santo rebaño de Cristo. La voz de querubines y serafines, el canto de ángeles y arcángeles y toda la compañía del cielo sería un lenguaje que él no podría entender. ¡Hasta el aire mismo le parecería un aire que no podría respirar!

No sé qué piensen los demás, pero a mí me parece claro que el cielo sería un lugar miserable para un hombre impío. No puede ser de otra manera. La gente puede decir vagamente que "espera ir al cielo", pero no consideran lo que dicen. Debe haber cierta "aptitud para la herencia de los santos en luz". Nuestros corazones deben estar en cierto modo afinados. Para alcanzar la fiesta de la gloria debemos pasar por la escuela de entrenamiento de la gracia. Debemos ser celestiales de mente y tener gustos celestiales en la vida presente, o de lo contrario nunca nos encontraremos en el cielo en la vida venidera.

Y ahora, antes de ir más lejos, dejadme decir unas palabras a modo de APLICACIÓN.

1. La pregunta más pertinente es esta: "¿Eres santo?" Escuchad, os ruego, la pregunta que os dirijo hoy. ¿Conocéis algo de la santidad de la que he estado hablando?

No pregunto si asistís regularmente a vuestra iglesia, si habéis sido bautizados y recibido la Cena del Señor, si tenéis el nombre de cristiano. Pregunto algo más que todo esto: ¿Sois santos, o no lo sois?

No pregunto si aprobáis la santidad en otros, si gustáis leer las vidas de la gente santa y hablar de cosas santas y tener libros santos sobre vuestra mesa, si os proponéis ser santos y esperáis serlo algún día. Pregunto algo más: ¿sois vosotros mismos santos hoy mismo, o no lo sois?

¿Y por qué pregunto tan estrictamente y aprieto tanto la cuestión? Lo hago porque la Escritura dice: "Sin santidad nadie verá al Señor." Está escrito; no es imaginación mía; es la Biblia, no mi opinión privada; es la palabra de Dios, no del hombre: "¡Sin santidad nadie verá al Señor!" (Hebreos 12:14).

¡Ay, qué palabras tan escrutadoras y tamizadoras son estas! ¡Qué pensamientos cruzan por mi mente al escribirlas! Miro al mundo y veo la mayor parte sumida en la maldad. Miro a los cristianos profesantes y veo a la inmensa mayoría sin otra cosa de cristianismo que el nombre. Vuelvo a la Biblia y oigo al Espíritu decir: "¡Sin santidad nadie verá al Señor!"

Ciertamente es un texto que debiera hacernos considerar nuestros caminos y escudriñar nuestros corazones. Ciertamente debiera levantar en nosotros pensamientos solemnes y enviarnos a la oración.

Podéis tratar de apartarme diciendo que sentís mucho y pensáis mucho en estas cosas, mucho más de lo que muchos suponen. Respondo: "Este no es el punto. ¡Las almas perdidas en el infierno hacen tanto como esto! La gran pregunta no es lo que piensas ni lo que sientes, sino lo que haces."

Podéis decir que nunca se pretendió que todos los cristianos fueran santos, y que la santidad tal como la he descrito es solo para grandes santos y personas de dones poco comunes. Respondo: "No veo eso en la Escritura. Leo que todo el que tiene esperanza en Cristo se purifica a sí mismo" (1 Juan 3:3). "Sin santidad nadie verá al Señor."

Podéis decir que es imposible ser tan santo y al mismo tiempo cumplir con el deber en esta vida; la cosa no puede hacerse. Respondo: "Estás equivocado." Puede hacerse. Con Cristo a tu lado, nada es imposible. Lo han hecho muchos. David, Abdías y Daniel son ejemplos que lo prueban.

Podéis decir que si fuérais tan santo seríais diferentes a los demás. Respondo: "Lo sé bien. Es justo lo que debierais ser. Los verdaderos siervos de Cristo siempre fueron diferentes al mundo que les rodeaba, una nación aparte, un pueblo peculiar, ¡y vosotros debéis serlo también si queréis ser salvos!"

Podéis decir que a este paso, muy pocos se salvarán. Respondo: "Lo sé. Es precisamente lo que se nos dice en el Sermón del Monte." El Señor Jesús lo dijo hace mil ochocientos años. "Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan" (Mateo 7:14). Pocos se salvarán porque pocos se tomarán el trabajo de buscar la salvación. Los hombres no quieren negarse a sí mismos los placeres del pecado y su propio camino por una breve temporada. Vuelven la espalda a "una heredad incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos". "No queréis venir a mí", dice Jesús, "para que tengáis vida" (Juan 5:40).

Podéis decir que estas son palabras duras; el camino es muy angosto. Respondo: "Lo sé. Así dice el Sermón del Monte." El Señor Jesús lo dijo hace mil ochocientos años. Siempre dijo que los hombres debían tomar su cruz cada día y que debían estar listos para cortar la mano o el pie si querían ser sus discípulos. En la religión, como en otras cosas, no hay ganancia sin esfuerzo. ¡Lo que nada cuesta, nada vale!

Hagamos lo que nos plazca, debemos ser santos si queremos ver al Señor en gloria. ¿Dónde está nuestro cristianismo si no somos santos? No debemos tener solo un nombre cristiano y un conocimiento cristiano, sino también un carácter cristiano. Debemos ser santos en la tierra si algún día esperamos ser santos en el cielo. Dios lo ha dicho, y no se retractará: "Sin santidad nadie verá al Señor."

"El calendario del papa", dice Jenkyn, "solo hace santos de los muertos; pero la Escritura exige santidad en los vivos." "No se engañen los hombres", dice Owen; "la santificación es una cualificación indispensablemente necesaria para aquellos que quieran ser conducidos por el Señor Cristo a la salvación. Él no guía al cielo a nadie a quien no santifique en la tierra. ¡Esta Cabeza viva no admite miembros muertos!"

Ciertamente no nos debe extrañar que la Escritura diga: "Os es necesario nacer de nuevo" (Juan 3:7). Ciertamente es tan claro como el mediodía que muchos cristianos profesantes necesitan un cambio completo, corazones nuevos, naturalezas nuevas, si alguna vez han de ser salvos. Las cosas viejas deben pasar; deben llegar a ser nuevas criaturas. "¡Sin santidad nadie, sea quien sea, nadie verá al Señor!"

2. Dejadme hablar un poco a los creyentes. Os hago esta pregunta: "¿Creéis que sentís la importancia de la santidad tanto como debierais?"

Admito que temo el talante de los tiempos acerca de este tema. Dudo mucho si la santidad ocupa el lugar que merece en los pensamientos y la atención de algunos del pueblo del Señor. Sugiero humildemente que tendemos a pasar por alto la doctrina del crecimiento en la gracia, y que no consideramos suficientemente hasta qué punto puede uno llegar en una profesión de religión y, con todo, no tener gracia alguna y estar muerto a los ojos de Dios. Creo que Judas Iscariote parecía muy parecido a los otros apóstoles. Cuando el Señor les advirtió que uno le entregaría, nadie dijo: "¿Será Judas?" Más nos vale pensar más en las iglesias de Sardis y Laodicea de lo que hacemos.

No tengo deseo de hacer un ídolo de la santidad. No quiero destronar a Cristo y poner la santidad en su lugar. Pero debo decir con franqueza que desearía que la santificación se pensara más en este día de lo que parece pensarse, y por eso aprovecho para apretar el tema a todos los creyentes en cuyas manos puedan caer estas páginas. Me temo que a veces se olvida que Dios ha casado juntos la justificación y la santificación. Son cosas distintas y diferentes, sin duda; pero una nunca se halla sin la otra. Todos los justificados son santificados, y todos los santificados son justificados. Lo que Dios ha unido, que nadie se atreva a separarlo.

No me habléis de vuestra justificación si no tenéis también algunas marcas de santificación. No os jactéis de la obra de Cristo por vosotros si no podéis mostrarnos la obra del Espíritu en vosotros. No penséis que Cristo y el Espíritu puedan jamás separarse. No dudo que muchos creyentes conocen estas cosas, pero pienso que es bueno que se nos recuerden. Probemos que las conocemos por nuestras vidas. Esforcémonos por tener más continuamente a la vista este texto: "¡Seguid la santidad, sin la cual nadie verá al Señor!"

Debo decir con franqueza que la sensibilidad excesiva con que muchos tratan el tema de la santidad es un error peligroso. ¡Algunos pensarían más peligroso abordar el tema, y sin embargo ocurre lo contrario! Pero si exaltamos a Cristo como "el camino, la verdad y la vida", ¿cómo podemos negarnos a hablar con firmeza de los que se llaman por su nombre?

Lo diría con toda reverencia, pero decirlo debo: a veces temo que si Cristo estuviera ahora en la tierra, muchos pensarían que su predicación es legalista. Y si Pablo escribiera sus epístolas, habría quienes pensarían que más le valiera no escribir la mayor parte de ellas como lo hizo. Pero recordemos que el Señor Jesús sí predicó el Sermón del Monte, y que la Epístola a los Efesios contiene seis capítulos y no cuatro. Lamento sentirme obligado a hablar así, pero estoy seguro de que hay una causa.

Aquel gran teólogo, John Owen, decano de Christ Church, solía decir, hace más de doscientos años, que había personas cuya religión entera parecía consistir en ir de un lado a otro quejándose de sus propias corrupciones y diciendo a todos que no podían hacer nada de sí mismos. Me temo que después de dos siglos podría decirse con verdad lo mismo de algunos del pueblo profesante de Cristo en nuestros días. Sé que hay textos en la Escritura que autorizan tales quejas. No los objeto cuando provienen de hombres que andan en los pasos del apóstol Pablo y libran buena batalla, como él, contra el pecado, el diablo y el mundo. Pero nunca me gustan tales quejas cuando veo motivo para sospechar, como a menudo hago, que son solo un manto para cubrir la pereza espiritual y una excusa para la desidia espiritual. Si decimos con Pablo: "¡Miserable hombre de mí!", seamos también capaces de decir con él: "¡Pro sigo al blanco!" No cite su ejemplo en una cosa mientras no le seguimos en otra (Romanos 7:24; Filipenses 3:14).

No me presento como mejor que los demás; y si alguien pregunta: "¿Qué eres tú para escribir así?", respondo: "Soy una criatura muy pobre en verdad." Pero digo que no puedo leer la Biblia sin desear ver a muchos creyentes más espirituales, más santos, más sencillos de ojo, más celestiales de mente, más entregados de corazón de lo que son en el siglo diecinueve. Quiero ver entre los creyentes más espíritu de peregrino, una separación más decidida del mundo, una conversación más evidentemente en el cielo, un andar más cercano con Dios, y por eso he escrito como he escrito.

Es verdad que necesitamos un estándar más alto de santidad personal en este día. ¿Dónde está nuestra paciencia? ¿Dónde nuestro celo? ¿Dónde nuestro amor? ¿Dónde nuestras obras? ¿Dónde está el poder de la religión para verse, como en tiempos pasados? ¿Dónde está ese tono inconfundible que solía distinguir a los santos de antaño y sacudir al mundo? Verdaderamente nuestra plata se ha vuelto escoria, nuestro vino mezclado con agua, y nuestra sal ha perdido casi todo su sabor. ¡Estamos todos más que medio dormidos! La noche está muy avanzada, y el día se acerca. Despertemos, y no durmamos más. Abramos los ojos más de lo que hemos hecho hasta ahora. "Despojémonos de todo peso, y del pecado que nos asedia." "Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios" (Hebreos 12:1; 2 Corintios 7:1). "¿Murió Cristo", dice Owen, "y vivirá el pecado? ¿Fue Él crucificado en el mundo, y serán nuestros afectos al mundo vivos y despiertos? ¡Oh, dónde está el espíritu de Pablo, que por la cruz de Cristo fue crucificado al mundo, y el mundo a él?"

3. Una palabra de consejo. ¿Queréis ser santos? ¿Queréis llegar a ser nuevas criaturas? Entonces debéis comenzar con Cristo. No haréis nada en absoluto ni progresaréis hasta que sintáis vuestro pecado y vuestra flaqueza, y huyáis a Él. Él es la raíz y el principio de toda santidad, y el camino para ser santo es venir a Él por la fe y unirse a Él. Cristo no es solo sabiduría y justicia para su pueblo, sino también santificación. Los hombres a veces tratan de hacerse santos primero, y ¡qué triste obra hacen! Se afanan y trabajan y vuelven muchas hojas nuevas, y hacen muchos cambios; y, con todo, como la mujer con el flujo de sangre antes de venir a Cristo, sienten que "nada habían mejorado, sino que iban peor" (Marcos 5:26). Corren en vano y trabajan en vano, y poca maravilla, pues comienzan por el extremo equivocado. Levantan un muro de arena; su obra se desmorona tan rápido como la alzan. Están sacando agua de un vaso agrietado; la gotera les gana y no ellos a la gotera.

Ningún otro fundamento de santidad puede nadie laid sino el que Pablo puso, que es Cristo Jesús. Sin Cristo nada podemos hacer (Juan 15:5). Es un dicho fuerte pero cierto de Traill: "¡La sabiduría fuera de Cristo es necedad condenante; la justicia fuera de Cristo es culpa y condenación; la santificación fuera de Cristo es inmundicia y pecado; la redención fuera de Cristo es esclavitud y servidumbre!"

¿Queréis alcanzar la santidad? ¿Sentís hoy un deseo real y sincero de ser santos? ¿Queréis ser participantes de la naturaleza divina? ¡Entonces id a Cristo! No esperéis nada. No esperéis a nadie. No os demoréis. No penséis en prepararos a vosotros mismos. Id y decidle, en palabras de aquel hermoso himno:

"Nada traigo en mi mano, A tu cruz me aferro; Desnudo, busco en ti mi manto; Inerme, tu gracia imploro."

No hay ni un ladrillo ni una piedra en la obra de nuestra santificación hasta que vamos a Cristo. La santidad es su don especial a su pueblo creyente. La santidad es la obra que Él lleva adelante en sus corazones por el Espíritu que pone en ellos. Él ha sido constituido "Príncipe y Salvador, para dar arrepentimiento" así como remisión de pecados. A cuantos le reciben, da poder para ser hechos hijos de Dios (Hechos 5:31; Juan 9:12, 13). La santidad no viene por sangre: los padres no pueden darla a sus hijos; ni de la voluntad de la carne: el hombre no puede producirla en sí mismo; ni de la voluntad del hombre: los ministros no pueden darla por el bautismo. La santidad viene de Cristo. Es el resultado de la unión vital con Él. Es el fruto de ser una rama viva de la verdadera Vid. Id, pues, a Cristo y decid: "Señor, no solo sálvame de la culpa del pecado, sino envía al Espíritu que prometiste, y sálvame de su poder. Hazme santo. Enséñame a hacer tu voluntad."

¿Queréis perseverar en la santidad? Entonces permaneced en Cristo (Juan 15:4, 5). Al Padre le agradó que en Él habitase toda plenitud, un suministro completo para toda necesidad del creyente. Él es el Médico al que debéis ir diariamente si queréis conservar la salud. Él es el Maná que debéis comer a diario, y la Roca de la que debéis beber a diario. Su brazo es el brazo en el que debéis aporaros diariamente al salir del desierto de este mundo. No solo debéis estar arraigados, sino también edificados en Él.

Pablo fue en verdad un hombre de Dios, un hombre santo, un cristiano creciente y floreciente, ¿y cuál era el secreto de todo ello? Era uno para quien Cristo lo era todo en todo. Miraba siempre a Jesús. "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece", dice. "Vivo; y ya no yo, sino Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios." Vayamos y hagamos lo mismo (Hebreos 12:2; Filipenses 4:13; Gálatas 2:20).

¡Que cuantos lean estas páginas conozcan estas cosas por experiencia y no solo de oídas! ¡Que sintamos la importancia de la santidad mucho más de lo que jamás la hemos sentido! ¡Que nuestros años sean años santos para nuestras almas, y entonces serán años felices! Ya sea que vivamos, vivamos para el Señor; o ya sea que muramos, muramos para el Señor. Y si Él viene por nosotros, ¡que seamos hallados en paz, sin mancha e irreprensibles!

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Ryle

Título original: Holiness — HOLINESS

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Ryle, publicado originalmente en Grace Gems.

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