La santidad cristiana

La santificación que todo cristiano verdadero necesita conocer

La santificación no es enemiga del alma, sino obra interior de Cristo en el creyente por su Espíritu, inseparable de la justificación y necesaria para la salvación y el cielo.

"Santifícalos en tu verdad" (Juan 17:17). "Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" (1 Tesalonicenses 4:3).

El tema de la santificación es uno que muchos, me temo, detestan profundamente. Algunos incluso lo rechazan con desprecio y desdén. Lo último que desearían ser es un "santo" o un hombre "santificado". Sin embargo, el tema no merece ser tratado de esta manera. No es un enemigo, sino un amigo.

Es un tema de la mayor importancia para nuestras almas. Si la Biblia es verdadera, es cierto que a menos que seamos "santificados", no seremos salvos. Hay tres cosas que, según la Biblia, son absolutamente necesarias para la salvación de todo hombre y mujer en la cristiandad. Estas tres son: justificación, regeneración y santificación.

Las tres se hallan en todo hijo de Dios: es a la vez nacido de nuevo, justificado y santificado. El que carece de cualquiera de estas tres cosas no es un verdadero cristiano a los ojos de Dios y, muriendo en esa condición, no será hallado en el cielo ni glorificado en el día postrero.

Es un tema peculiarmente oportuno en el día presente. Han surgido doctrinas extrañas últimamente sobre todo el asunto de la santificación. Algunos parecen confundirla con la justificación. Otros la deshacen hasta no dejar nada, bajo el pretexto de celo por la gracia libre, y la descuidan por completo en la práctica. Otros tienen tanto temor de que las "obras" se hagan parte de la justificación, que apenas encuentran lugar alguno para las "obras" en su religión. Otros se fijan un falso modelo de santificación ante sus ojos y, al no alcanzarlo, malgastan sus vidas en repetidos cambios de iglesia en iglesia, de capilla en capilla y de secta en secta, con la vana esperanza de hallar lo que buscan. En un día como éste, un examen sereno del tema, como una gran doctrina rectora del evangelio, puede ser de gran provecho para nuestras almas.

Consideremos ahora la verdadera naturaleza de la santificación, sus marcas visibles y cómo se compara y contrasta con la justificación.

Si, desdichadamente, el lector es uno de esos a quienes no les importa nada sino este mundo y no hacen profesión de religión alguna, no puedo esperar que se interese mucho por lo que escribo. Probablemente pensará que es asunto de "palabras y nombres" y de cuestiones sutiles, sobre las cuales no importa lo que uno crea y sostenga. Pero si es un cristiano reflexivo, razonable y sensato, me atrevo a decir que le valdrá la pena tener ideas claras acerca de la santificación.

1. La NATURALEZA de la santificación. La santificación es aquella obra interior y espiritual que el Señor Jesucristo obra en un hombre por el Espíritu Santo, cuando lo llama a ser un verdadero creyente. No sólo lo limpia de sus pecados con su propia sangre, sino que también lo separa de su amor natural al pecado y al mundo, pone un nuevo principio en su corazón y lo hace prácticamente piadoso en la vida.

El instrumento por el cual el Espíritu realiza esta obra es generalmente la Palabra de Dios, aunque a veces usa aflicciones y visitas providenciales "sin la Palabra" (1 Pedro 3:1). El objeto de esta obra de Cristo por su Espíritu es llamado en la Escritura un hombre "santificado".

El que supone que Jesucristo sólo vivió, murió y resucitó a fin de proveer justificación y perdón de pecados para su pueblo, aún tiene mucho que aprender. Lo sepa o no, está deshonrando a nuestro bendito Señor y haciéndolo sólo un Salvador a medias. El Señor Jesús ha emprendido todo cuanto el alma de su pueblo requiere: no sólo librarlos de la culpa de sus pecados por su muerte expiatoria, sino del dominio de sus pecados, colocando en sus corazones al Espíritu Santo; no sólo justificarlos, sino también santificarlos. Es, por tanto, no sólo su "justicia", sino su "santificación" (1 Corintios 1:30).

Oigamos lo que dice la Biblia: "Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados". "Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla y limpiarla". "Cristo... se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras". "Cristo... llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, habiendo muerto a los pecados, vivamos a la justicia". Cristo "os reconcilió en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de él" (Juan 17:19; Efesios 5:25-26; Tito 2:14; 1 Pedro 2:24; Colosenses 1:22).

Considérese cuidadosamente el sentido de estos cinco textos. Si las palabras significan algo, enseñan que Cristo emprende la santificación no menos que la justificación de su pueblo creyente. Ambas están igualmente previstas en aquel "pacto eterno ordenado en todas las cosas y seguro", del cual el Mediador es Cristo. De hecho, en un pasaje Cristo es llamado "el que santifica", y su pueblo "los que son santificados" (Hebreos 2:11).

El tema que nos ocupa es de tan profunda y vasta importancia que requiere ser cercado, guardado, aclarado y delineado por todos lados. Una doctrina necesaria para la salvación nunca puede ser expuesta con demasiada nitidez ni traída con exceso a la luz. Disipar la confusión entre doctrina y doctrina, tan lamentablemente común entre los cristianos, y trazar la relación precisa entre verdad y verdad en la religión, es un modo de alcanzar exactitud en nuestra teología.

No dudaré, pues, en exponer ante mis lectores una serie de proposiciones o afirmaciones conectadas, extraídas de la Escritura, que creo serán útiles para definir la naturaleza exacta de la santificación. Cada proposición admitiría ser ampliada y tratada con mayor plenitud, y todas merecen reflexión y consideración privadas. Algunas podrán ser discutidas y contradichidas; pero dudo que alguna pueda ser derribada o probada falsa. Sólo pido para ellas una audiencia justa e imparcial.

1. La santificación es el resultado invariable de aquella unión vital con Cristo que la verdadera fe concede al cristiano. "El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto" (Juan 15:5). La rama que no lleva fruto no es rama viva de la vid. La unión con Cristo que no produce efecto alguno en el corazón y la vida es una mera unión formal, inútil ante Dios. La fe que no ejerce influencia santificadora sobre el carácter no es mejor que la fe de los demonios. Es una "fe muerta, porque está sola". No es don de Dios. No es la fe de los elegidos de Dios. En resumen, donde no hay santificación de vida, no hay fe real en Cristo.

La verdadera fe obra por el amor. Constriñe a un hombre a vivir para el Señor por un profundo sentido de gratitud por la redención. Le hace sentir que nunca puede hacer demasiado por Aquel que murió por él. Al que mucho se le perdona, mucho ama. El que la sangre limpia, anda en luz. El que tiene esperanza viva y real en Cristo se purifica a sí mismo, así como él es puro (Santiago 2:17-20; Tito 1:1; Gálatas 5:6; 1 Juan 1:7; 3:3).

2. La santificación es el resultado y consecuencia inseparable de la regeneración. El que nace de nuevo y es hecha nueva criatura recibe una naturaleza nueva y un principio nuevo, y siempre vive una vida nueva. Una regeneración que un hombre puede tener y, sin embargo, vivir descuidadamente en pecado o mundanalidad es una regeneración inventada por teólogos no inspirados, pero jamás mencionada en la Escritura. Al contrario, Juan dice expresamente que el que es nacido de Dios "no practica el pecado", "practica la justicia", "ama a los hermanos", "se guarda a sí mismo" y "vence al mundo" (1 Juan 2:29; 3:9-14; 5:4-18).

Dicho con sencillez, la falta de santificación es señal de no regeneración. Donde no hay vida santa, no ha habido nacimiento santo. Es un dicho duro, pero una verdad bíblica: de quienquiera que sea nacido de Dios, está escrito que "no puede practicar el pecado, porque es nacido de Dios" (1 Juan 3:9).

3. La santificación es la única evidencia cierta de aquella inhabitación del Espíritu Santo que es esencial para la salvación. "Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él" (Romanos 8:9). El Espíritu nunca yace inactivo e ocioso dentro del alma. Siempre da a conocer su presencia por el fruto que hace producir en el corazón, el carácter y la vida. "El fruto del Espíritu", dice Pablo, "es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza" y cosas semejantes (Gálatas 5:22). Donde estas cosas se hallan, allí está el Espíritu; donde faltan, los hombres están muertos ante Dios.

El Espíritu es comparado al viento; y, como el viento, no puede ser visto por nuestros ojos corporales. Pero, así como sabemos que hay viento por el efecto que produce en las olas, los árboles y el humo, así podemos saber que el Espíritu está en un hombre por los efectos que produce en su conducta. Es absurdo suponer que tenemos el Espíritu si no "andamos también en el Espíritu" (Gálatas 5:25). Podemos darlo por positivo y cierto: donde no hay vida santa, no hay Espíritu Santo. El sello que el Espíritu imprime en el pueblo de Cristo es la santificación. Cuantos son realmente "guiados por el Espíritu de Dios", éstos, y sólo éstos, "son hijos de Dios" (Romanos 8:14).

4. La santificación es la única marca segura de la elección de Dios. Los nombres y el número de los elegidos son cosa secreta, sin duda, que Dios ha guardado sabiamente en su poder y no ha revelado al hombre. No se nos ha dado en este mundo estudiar las páginas del libro de la vida y ver si nuestros nombres están allí. Pero si hay algo claramente establecido acerca de la elección, es esto: los hombres y mujeres elegidos pueden ser conocidos y distinguidos por vidas santas. Está expresamente escrito que son "elegidos... en santificación", "elegidos para salvación... en santificación", "predestinados a ser conformes a la imagen del Hijo de Dios" y "escogidos en él... antes de la fundación del mundo, para que fueran santos". Por eso, cuando Pablo vio la "fe" obrera y la "caridad" laboriosa y la "esperanza" paciente de los creyentes tesalonicenses, dijo: "conozco vuestra elección de Dios" (1 Pedro 1:2; 2 Tesalonicenses 2:13; Romanos 8:29; Efesios 1:4; 1 Tesalonicenses 1:3-4).

El que se jacta de ser uno de los elegidos de Dios, mientras vive voluntaria y habitualmente en pecado, sólo se engaña a sí mismo y pronuncia una impía blasfemia. Desde luego, es difícil saber con exactitud cómo es la gente realmente; y muchos que hacen una buena apariencia exterior en la religión pueden resultar al fin hipócritas de corazón podrido. Pero donde no hay, al menos, alguna apariencia de santificación, podemos estar completamente seguros de que no hay elección. El catecismo de la iglesia enseña, correcta y sabiamente, que el Espíritu Santo "santifica a todo el pueblo elegido de Dios".

5. La santificación es una realidad que siempre será vista. Como el gran Cabeza de la iglesia, de quien procede, "no puede esconderse". "Cada árbol se conoce por su fruto" (Lucas 6:44). Una persona verdaderamente santificada puede estar tan revestida de humildad que sólo pueda ver en sí misma flaquezas y defectos. Como Moisés cuando descendió del monte, puede no darse cuenta de que su rostro resplandece. Como los justos, en la gran parábola de las ovejas y los cabritos, puede no ver que haya hecho nada digno de la atención y aprobación de su Maestro: "Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos, o sediento y te damos de beber?" (Mateo 25:37). Pero sea que él mismo lo vea o no, otros siempre verán en él un tono, un gusto, un carácter y un hábito de vida distintos a los de los demás hombres.

La mera idea de un hombre "santificado" mientras no pueda verse santidad alguna en su vida es un completo absurdo y un mal uso de las palabras. La luz puede ser muy tenue; pero si hay sólo una chispa en un cuarto oscuro, será vista. La vida puede ser muy débil; pero si el pulso sólo late un poco, será sentido. Lo mismo ocurre con un hombre santificado: su santificación será algo sentido y visto, aunque él mismo no lo entienda. Un "santo" en quien no se vea sino mundanalidad o pecado es una clase de monstruo no reconocido en la Biblia.

6. La santificación es una realidad por la cual todo creyente es responsable. Al decir esto, no quisiera ser malinterpretado. Sostengo tan firmemente como cualquiera que todo hombre en la tierra es accountable ante Dios, y que todos los perdidos estarán mudos y sin excusa en el día postrero. Todo hombre tiene poder para "perder su propia alma" (Mateo 26:26). Pero, aunque sostengo esto, mantengo que los creyentes son eminente y peculiarmente responsables, y están bajo una obligación especial de vivir vidas santas. No son como los demás, muertos, ciegos y no renovados; están vivos para Dios y tienen luz y conocimiento y un principio nuevo dentro de ellos. ¿De quién es la culpa, si no son santos, sino suya? ¿Sobre quién pueden echar la culpa, si no son santificados, sino sobre sí mismos? Dios, que les ha dado gracia y un corazón nuevo y una naturaleza nueva, los ha privado de toda excusa si no viven para su alabanza.

Este es un punto que se olvida con excesiva frecuencia. Un hombre que profesa ser un verdadero cristiano, mientras permanece sentado, contento con un grado muy bajo de santificación (si es que tiene alguno), y con calma le dice que "no puede hacer nada", es un espectáculo muy lamentable, ¡y un hombre muy ignorante! Contra esta ilusión, velamos y estemos alerta. La Palabra de Dios siempre dirige sus preceptos a los creyentes como seres accountable y responsables. Si el Salvador de los pecadores nos da gracia renovadora y nos llama por su Espíritu, podemos estar seguros de que espera que usemos nuestra gracia y no que nos durmamos. Es el olvido de esto lo que hace a muchos creyentes "entristecer al Espíritu Santo" y los vuelve cristianos muy inútiles e incómodos.

7. La santificación es una realidad que admite crecimiento y grados. Un hombre puede subir de un peldaño a otro en santidad, y ser mucho más santificado en un período de su vida que en otro. Más perdonado y más justificado de lo que es cuando primero cree no puede ser, aunque lo sienta más. Más santificado ciertamente puede serlo, porque cada gracia en su nuevo carácter puede ser fortalecida, ampliada y profundizada. Este es el evidente sentido de la última oración de nuestro Señor por sus discípulos cuando usó las palabras: "Santifícalos", y de la oración de Pablo por los tesalonicenses: "El mismo Dios de paz os santifique" (Juan 17:17; 1 Tesalonicenses 5:23). En ambos casos, la expresión implica claramente la posibilidad de una santificación creciente, mientras que una expresión como "justifícalos" no se aplica ni una sola vez en la Escritura a un creyente, porque no puede ser más justificado de lo que es.

No hallo en la Escritura fundamento alguno para la doctrina de la "santificación imputada". Es una doctrina que confunde cosas que difieren y conduce a consecuencias muy malas. En particular, es una doctrina contradicha de plano por la experiencia de todos los cristianos más eminentes. Si hay algún punto en que los santos más santos de Dios concuerdan, es éste: que ven más, y saben más, y sienten más, y hacen más, y se arrepienten más, y creen más a medida que avanzan en la vida espiritual, y en proporción a la cercanía de su comunión con Dios. En resumen, "crecen en la gracia", como Pedro exhorta a los creyentes, y "abundan más y más", según las palabras de Pablo (2 Pedro 3:18; 1 Tesalonicenses 4:1).

8. La santificación depende grandemente del uso diligente de los medios bíblicos. Los "medios de gracia" son tales como la lectura de la Biblia, la oración privada y la adoración regular a Dios en la iglesia, donde uno oye enseñada la Palabra y participa en la Cena del Señor. Lo afirmo como un simple hecho: nadie que sea descuidado con estas cosas debe esperar jamás progresar mucho en santificación. No hallo registro de ningún santo eminente que los haya descuidado. Son canales designados por los cuales el Espíritu Santo transmite nuevos suministros de gracia al alma y fortalece la obra que ha comenzado en el hombre interior. Llámenlo doctrina legal si quieren, pero jamás retrocederé de declarar mi creencia de que no hay "ganancias espirituales sin diligencia". Nuestro Dios es un Dios que obra por medios, y nunca bendecirá el alma del hombre que pretende ser tan elevado y espiritual que puede prescindir de ellos.

9. La santificación es una realidad que no impide que un hombre tenga gran cantidad de conflicto espiritual interior. Por conflicto entiendo una lucha dentro del corazón entre la naturaleza vieja y la nueva, la carne y el espíritu, que se hallan juntas en todo creyente (Gálatas 5:17). Un profundo sentido de esa lucha, y una inmensa cantidad de incomodidad mental por ella, no son prueba de que un hombre no esté santificado. No; antes bien, creo que son síntomas de nuestra saludable condición espiritual, y prueban que no estamos muertos, sino vivos. Un verdadero cristiano es uno que no sólo tiene paz de conciencia, sino guerra dentro. Puede ser conocido por su guerra tanto como por su paz.

Al decir esto, no olvido que estoy contradiciendo las opiniones de algunos cristianos bienintencionados que sostienen la doctrina llamada "perfección sin pecado". No puedo evitarlo. Creo que lo que digo está confirmado por el lenguaje de Pablo en el séptimo capítulo de Romanos. Ese capítulo recomiendo al cuidadoso estudio de todos mis lectores. Estoy plenamente satisfecho de que no describe la experiencia de un hombre no convertido, ni de un cristiano joven e inconverso, sino de un santo anciano y experimentado en estrecha comunión con Dios. Sólo tal hombre podría decir: "Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior" (Romanos 7:22).

Creo, además, que lo que digo es probado por la experiencia de todos los siervos más eminentes de Cristo que han vivido jamás. La prueba plena se ve en sus diarios, sus autobiografías y sus vidas.

Creyendo todo esto, jamás dudaré en decir a la gente que el conflicto interior no es prueba de que un hombre no sea santo, y que no deben pensar que no están santificados porque no se sientan del todo libres de la lucha interior. Tal libertad de conflicto sin duda la tendremos en el cielo, pero nunca la gozaremos en este mundo presente. El corazón del mejor cristiano, aun en su mejor momento, es un campo ocupado por dos campamentos rivales, y la "compañía de dos ejércitos" (Cantares 6:13). Considérense bien las palabras de los Artículos decimotercero y decimoquinto: "La infección de la naturaleza permanece en los que son regenerados. Aunque bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, ofendemos en muchas cosas; y si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros."

10. La santificación es una realidad que no puede justificar a un hombre, y con todo agrada a Dios. Las acciones más santas del santo más santo que haya vivido están todas, más o menos, llenas de defectos e imperfecciones. O son equivocadas en su motivo, o defectuosas en su ejecución, y en sí mismas no son nada mejor que "espléndidos pecados", merecedores de la ira y condenación de Dios. Suponer que tales acciones puedan resistir la severidad del juicio de Dios, expiar el pecado y merecer el cielo es simplemente absurdo. "Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado". "Concluimos que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley" (Romanos 3:20-28).

La única justicia con la que podemos comparecer ante Dios es la justicia de otro: la perfecta justicia de nuestro Sustituto y Representante, Jesucristo el Señor. Su obra, y no la nuestra, es nuestro único título al cielo. Esta es una verdad que deberíamos estar dispuestos a morir defendiendo.

Sin embargo, la Biblia enseña distintamente que las acciones santas de un hombre santificado, aunque imperfectas, son agradables a la vista de Dios. "De tales sacrificios se complace Dios" (Hebreos 13:16). "Hijos, obedeced a vuestros padres... porque esto agrada al Señor" (Colosenses 3:20). "Nosotros... hacemos las cosas que son agradables delante de él" (1 Juan 3:22). Que esto no se olvide jamás, porque es una doctrina muy consoladora.

Así como un padre se complace en los esfuerzos de su pequeño hijo por agradarle, aunque sea sólo recogiendo una margarita o caminando por el cuarto, así nuestro Padre que está en los cielos se complace en las pobres obras de sus hijos creyentes. Mira el motivo, el principio y la intención de sus acciones, y no sólo su cantidad y calidad. Los considera como miembros de su propio y amado Hijo, y por amor a él, donde hay un solo ojo, se complace.

11. La santificación es una realidad que se hallará absolutamente necesaria como testimonio de nuestro carácter en el gran Día del Juicio. Será completamente inútil alegar que creímos en Cristo, a menos que nuestra fe haya tenido algún efecto santificador y se haya visto en nuestras vidas. Evidencia, evidencia, evidencia será lo único necesario cuando sea establecido el gran trono blanco, cuando los libros sean abiertos, cuando los sepulcros devuelvan a sus moradores, cuando los muertos sean comparecidos ante el tribunal de Dios. Sin alguna evidencia de que nuestra fe en Cristo fue real y genuina, sólo resucitaremos para ser condenados. No hallo evidencia que sea admitida en aquel día, excepto la santificación. La pregunta no será cómo hablamos y qué profesamos, sino cómo vivimos y qué hicimos.

Que nadie se engañe en este punto. Si algo es cierto acerca del futuro, es cierto que habrá un juicio; y si algo es cierto acerca del juicio, es cierto que las "obras" y los "hechos" de los hombres serán considerados y examinados en él (Juan 5:29; 2 Corintios 5:10; Apocalipsis 20:13). El que supone que las obras no tienen importancia porque no pueden justificarnos es un cristiano muy ignorante. A menos que abra los ojos, descubrirá a su costa que si llega al tribunal de Dios sin alguna evidencia de gracia, mejor le hubiera sido no haber nacido.

12. La santificación, en último lugar, es absolutamente necesaria para entrenarnos y prepararnos para el cielo. La mayoría de los hombres esperan ir al cielo cuando mueran; pero pocos, me temo, se toman la molestia de considerar si gozarían del cielo si llegaran allí. El cielo es esencialmente un lugar santo; sus habitantes son todos santos; sus ocupaciones son todas santas. Para ser verdaderamente felices en el cielo, es claro y manifiesto que debemos ser en cierta medida entrenados y preparados para el cielo mientras estamos en la tierra. La noción de un purgatorio después de la muerte, que convierta a los pecadores en santos, es un invento mentiroso del hombre, y no se enseña en ninguna parte de la Biblia. Debemos ser santos antes de morir, si hemos de ser santos después en la gloria.

La idea favorita de muchos, de que los moribundos no necesitan nada excepto absolución y perdón de pecados para prepararlos a su gran cambio, es una profunda ilusión. Necesitamos la obra del Espíritu Santo tanto como la obra de Cristo; necesitamos renovación del corazón tanto como la sangre expiatoria; necesitamos ser santificados tanto como ser justificados.

Es común oír a la gente decir en sus lechos de muerte: "Sólo quiero que el Señor me perdone mis pecados y me lleve al descanso". Pero los que así hablan olvidan que el descanso del cielo sería completamente inútil si no tuviéramos corazón para gozarlo. ¿Qué podría hacer un hombre no santificado en el cielo, si por casualidad llegara allí? Que esa pregunta sea enfrentada con franqueza y respondida con honradez.

Ningún hombre puede ser feliz en un lugar donde no está en su elemento y donde todo a su alrededor no es afín a sus gustos, hábitos y carácter. Cuando un águila sea feliz en una jaula de hierro, cuando una oveja sea feliz en el agua, cuando un búho sea feliz bajo el resplandor del sol del mediodía, cuando un pez sea feliz en tierra seca, entonces, y no antes, admitiré que el hombre no santificado podría ser feliz en el cielo.

2. La evidencia visible o las marcas de la santificación. ¿Cuáles son las marcas visibles de un hombre santificado? ¿Qué podemos esperar ver en él? Este es un departamento muy amplio y difícil de nuestro tema. Es amplio porque exige la mención de muchos detalles que no pueden tratarse plenamente dentro de los límites de un mensaje como éste. Es difícil porque no puede tratarse sin causar ofensa. Pero la verdad debe hablarse a pesar del riesgo, y la verdad de esta magnitud debe hablarse especialmente en nuestro día presente.

1. La verdadera santificación, pues, no consiste en mera charla sobre religión. Este es un punto que nunca debería olvidarse. El inmenso aumento de la educación y la predicación en estos últimos días hace absolutamente necesario alzar una voz de advertencia. La gente oye tanto de la verdad del evangelio que contrae una impía familiaridad con sus palabras y frases, y a veces habla con tanta fluidez de sus doctrinas que se podría pensar que son verdaderos cristianos. De hecho, es enfermizo y repugnante oír el lenguaje frío y ligero que muchos derraman sobre "la conversión", "el Salvador", "el evangelio", "hallar paz", "la gracia libre" y similares, mientras son notoriamente siervos del pecado o viven para el mundo.

¿Podemos dudar de que tal charla es abominable a la vista de Dios y es poco mejor que maldecir, jurar y tomar el nombre de Dios en vano? La lengua no es el único miembro que Cristo nos manda dar a su servicio. Dios no quiere que su pueblo sea meras vasijas vacías, bronces que resuenan y címbalos que tintinean. Debemos ser santificados, no sólo "en palabra y en lengua, sino en obra y en verdad" (1 Juan 3:18).

2. La verdadera santificación no consiste en sentimientos religiosos temporales. Este también es un punto acerca del cual se necesita grandemente una advertencia. Las campañas misioneras y las reuniones de avivamiento están atrayendo gran atención en todas partes del país y produciendo gran sensación. La Iglesia de Inglaterra parece haber tomado un nuevo aliento y muestra una nueva actividad, y debemos dar gracias a Dios por ello. Pero estas cosas tienen sus peligros acompañantes tanto como sus ventajas. Dondequiera se siembra trigo, el diablo seguramente siembra cizaña. Muchos, me temo, parecen conmovidos, tocados y despertados bajo la predicación del evangelio, cuando en realidad sus corazones no están cambiados en absoluto. Una especie de excitación animal, por el contagio de ver a otros llorar, regocijarse o conmoverse, es la verdadera explicación de su caso. Sus heridas son sólo superficiales, y la paz que dicen sentir es superficial también.

Como los oidores de terreno pedregoso, reciben la palabra con gozo (Mateo 13:20); pero después de un poco se apartan, vuelven al mundo y están más duros y peores que antes. Como la calabaza de Jonás, brotan de repente en una noche y perecen en una noche. Que estas cosas no se olviden. Guardémonos en este día de sanar las heridas con ligereza y de clamar: "Paz, paz", cuando no hay paz. Exhortemos a todo el que muestre nuevo interés en la religión a no contentarse con nada menos que la obra profunda, sólida y santificadora del Espíritu Santo.

Los sentimientos emocionales, después de una falsa excitación religiosa, son una enfermedad mortífera del alma. Cuando el diablo es sólo temporalmente echado de un hombre en el calor de un avivamiento, y luego regresa a su casa, el último estado viene a ser peor que el primero. Mil veces mejor comenzar más despacio, y luego "perseverar en la palabra" con constancia, que comenzar de prisa, sin contar el costo, y luego mirar atrás, como la esposa de Lot, y volver al mundo. Declaro que no conozco estado del alma más peligroso que imaginar que hemos nacido de nuevo y sido santificados por el Espíritu Santo porque hemos recogido algunos sentimientos religiosos.

3. La verdadera santificación no consiste en formalismo exterior y devoción externa. Esta es una ilusión enorme, pero lamentablemente muy común. Miles parecen imaginar que la verdadera santidad se ve en una cantidad excesiva de religión corporal: en asistencia constante a los servicios de la iglesia, recepción de la Cena del Señor y observancia de ayunos y días de santos; en múltiples inclinaciones, vueltas, gestos y posturas durante la adoración pública; en vestir ropas peculiares y en el uso de imágenes y cruces.

Admito libremente que algunas personas toman estas cosas por motivos de conciencia y realmente creen que ayudan a sus almas. Pero me temo que en muchos casos esta religiosidad externa se hace un sustituto de la santidad interior, y estoy completamente seguro de que queda muy por debajo de la santificación del corazón. Sobre todo, cuando veo que muchos seguidores de este estilo externo y formal de cristianismo están absortos en la mundanalidad y se zambullen de cabeza en sus pompas y vanidades sin vergüenza, siento que se necesita hablar muy claramente sobre el asunto. Puede haber una inmensa cantidad de "servicio corporal", ¡sin que haya un ápice de verdadera santificación!

4. La santificación no consiste en retirarse del lugar que ocupamos en la vida y renunciar a nuestros deberes sociales. En toda época ha sido una trampa para muchos tomar este camino en la búsqueda de la santidad. Cientos de ermitaños se han sepultado en algún desierto, y miles de hombres y mujeres se han encerrado entre los muros de monasterios y conventos, bajo la vana idea de que así harían escapar del pecado y llegar a ser eminentemente santos. Han olvidado que no hay cerrojos ni barras que mantengan fuera al diablo, y que, dondequiera que vayamos, llevamos aquella raíz de todo mal: nuestros propios corazones. Hacerse monje o monja, o ingresar a un monasterio o convento, no es el camino real a la santificación.

La verdadera santidad no hace que un cristiano evite las dificultades, sino que las enfrente y las venza. Cristo quiere que su pueblo muestre que su gracia no es una mera planta de invernadero, que sólo puede prosperar bajo abrigo, sino algo fuerte y robusto que puede florecer en toda relación de la vida. Cumplir nuestro deber, en el estado al cual Dios nos ha llamado, como sal en medio de la corrupción y luz en medio de las tinieblas, es un elemento primordial de la santificación.

No es el hombre que se esconde en una cueva, sino el que glorifica a Dios como amo o siervo, padre o hijo, en la familia y en la calle, en los negocios y en el comercio, el que es el tipo bíblico de hombre santificado. Nuestro Maestro mismo dijo en su última oración: "No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal" (Juan 17:15).

5. La santificación no es la realización ocasional de acciones rectas. Más bien, es la obra continua de un nuevo principio celestial dentro, que recorre la conducta diaria en todo lo que uno hace, grande o pequeño. No es como una bomba, que sólo arroja agua cuando se la acciona desde fuera, sino como un manantial perpetuo, del cual un caudal fluye siempre espontánea y naturalmente. Aun Herodes, cuando oyó a Juan el Bautista, "hacía muchas cosas", mientras su corazón era totalmente malo a la vista de Dios (Marcos 6:20).

Así hay multitudes de personas en el día presente que parecen tener accesos espasmódicos de "bondad", como se dice, y hacen muchas cosas rectas bajo la influencia de la enfermedad, la aflicción, la muerte en la familia, calamidades públicas o un repentino remordimiento de conciencia. Sin embargo, todo el tiempo cualquier observador inteligente puede ver claramente que no son convertidos y que no saben nada de "santificación". Un verdadero santo, como Ezequías, será de corazón íntegro. Tendrá por rectos los mandamientos de Dios concernientes a todas las cosas, y "aborrecerá todo camino de mentira" (2 Crónicas 31:21; Salmo 119:104).

6. La santificación genuina se mostrará en respeto habitual a la ley de Dios y en esfuerzo habitual por vivir en obediencia a ella como regla de vida. No hay error mayor que suponer que un cristiano no tiene nada que ver con la ley y los Diez Mandamientos, porque no puede ser justificado guardándolos. El mismo Espíritu Santo que convence al creyente de pecado por la ley y lo conduce a Cristo para justificación, lo conducirá siempre a un uso espiritual de la ley, como guía amistoso, en la búsqueda de la santificación. Nuestro Señor Jesucristo nunca menospreció los Diez Mandamientos; al contrario, en su primer discurso público, el sermón del monte, los expuso y mostró la naturaleza penetrante de sus exigencias. Pablo nunca menospreció la ley; al contrario, dice: "La ley es buena, si se usa legítimamente". "Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior" (1 Timoteo 1:8; Romanos 7:22).

El que pretende ser santo, mientras se burla de los Diez Mandamientos y no hace caso de la mentira, la hipocresía, el fraude, el mal genio, la calumnia, la embriaguez y la violación del séptimo mandamiento, está bajo una temible ilusión. ¡Le será difícil probar que es un "santo" en el día postrero!

7. La santificación genuina se mostrará en un esfuerzo habitual por hacer la voluntad de Cristo y vivir por sus preceptos prácticos. Estos preceptos se hallan esparcidos por doquier en los cuatro Evangelios, y especialmente en el sermón del monte. El que supone que fueron pronunciados sin la intención de promover la santidad, y que un cristiano no necesita atenderlos en su vida diaria, es en realidad poco mejor que un lunático, y en todo caso es una persona groseramente ignorante.

Al oír a algunos hombres hablar y leer los escritos de algunos, se podría imaginar que nuestro bendito Señor, cuando estuvo en la tierra, no enseñó sino doctrina, ¡y dejó los deberes prácticos para que otros los enseñaran! El más ligero conocimiento de los cuatro Evangelios debería decirnos que esto es un error completo. Lo que sus discípulos deben ser y hacer se trae continuamente a colación en la enseñanza de nuestro Señor. Un hombre verdaderamente santificado nunca lo olvidará. Sirve a un Maestro que dijo: "Vosotros sois mis amigos, si hacéis las cosas que yo os mando" (Juan 15:14).

8. La santificación genuina se mostrará en un deseo habitual de vivir conforme al modelo que Pablo propone a las iglesias en sus escritos. Ese modelo se halla en los capítulos finales de casi todas sus Epístolas. La idea común de muchos, de que los escritos de Pablo están llenos de nada más que declaraciones doctrinales y temas controvertidos: justificación, elección, predestinación, profecía y semejantes, es una ilusión completa, y una prueba melancólica de la ignorancia de la Escritura que prevalece en estos últimos días. Desafío a cualquiera a leer cuidadosamente los escritos de Pablo sin encontrar en ellos una gran cantidad de instrucciones prácticas y claras acerca del deber cristiano en toda relación de la vida, y acerca de nuestros hábitos diarios, temperamento y comportamiento mutuo. Estas instrucciones fueron escritas por inspiración de Dios para la guía perpetua de los cristianos profesantes. El que no las atienda puede quizá pasar por miembro de una iglesia o capilla, pero ciertamente no es lo que la Biblia llama un hombre "santificado".

9. La santificación genuina se mostrará en atención habitual a las gracias activas que nuestro Señor ejemplificó tan bellamente, y especialmente a la gracia del amor. "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Juan 13:34-35). Un hombre santificado procurará hacer el bien en el mundo, y disminuir la tristeza y aumentar la felicidad de todos los que le rodean. Procurará ser como su Maestro, lleno de bondad y amor para con todos, y esto no sólo en palabra, llamando a la gente "querido", sino con hechos y acciones y trabajo abnegado, según tenga oportunidad.

El profesor egoísta que se envuelve en su propia presunción de conocimiento superior y parece no importarle nada si otros se hunden o nadan, van al cielo o al infierno, con tal de que él camine a la iglesia o capilla con su mejor traje dominical y sea llamado "miembro fiel", tal hombre no sabe nada de santificación. Puede pensar que es santo en la tierra, ¡pero no será santo en el cielo! Cristo nunca será hallado Salvador de los que no saben nada de seguir su ejemplo. La fe salvadora y la gracia convertidora real siempre producen alguna conformidad a la imagen de Jesús (Colosenses 3:10). "Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo" (Romanos 8:29).

10. La santificación genuina, en último lugar, se mostrará en atención habitual a las gracias pasivas del cristianismo. Cuando hablo de gracias pasivas, me refiero a aquellas gracias que se muestran especialmente en la sumisión a la voluntad de Dios y en soportar y tolerar unos a otros. Poca gente, acaso, salvo los que han examinado el punto, tiene idea de cuánto se dice de estas gracias en el Nuevo Testamento, y qué lugar tan importante parecen ocupar. Este es el punto especial que Pedro subraya al encomendarnos el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo: "Para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente" (1 Pedro 2:21-23).

Esta es la única pieza de profesión que la oración del Señor requiere que hagamos: "Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden", y el único punto comentado al final de la oración. Este es el punto que ocupa un tercio de la lista de los frutos del Espíritu suministrada por Pablo. Nueve se nombran y tres de éstos, paciencia, benignidad y mansedumbre, son sin duda gracias pasivas (Gálatas 5:22-23).

Debo decir claramente que no creo que este tema sea suficientemente considerado por los cristianos. Las gracias pasivas son sin duda más difíciles de alcanzar que las activas, pero son precisamente las gracias que mayor influencia tienen en el mundo. De una cosa estoy muy seguro: es absurdo pretender santificación si no seguimos la mansedumbre, la benignidad, la paciencia y el espíritu perdonador de los que la Biblia tanto hace. Las personas que habitualmente ceden a temperamentos quejosos y atrabiliarios en la vida diaria, y son constantemente ásperas con su lengua y desagradables con todos los que les rodean, gente rencillosa, vengativa, maliciosa, de los cuales, ay, el mundo está demasiado lleno, todos ellos saben poco, como debieran saber, de santificación.

3. La distinción entre justificación y santificación. Propongo considerar, en último lugar, la distinción entre justificación y santificación. ¿En qué coinciden y en qué difieren?

Esta rama de nuestro tema es de gran importancia, aunque me temo que no así le parecerá a todos mis lectores. La trataré brevemente, pero no me atrevo a pasarla por alto. Muchos son propensos a mirar sólo la superficie de las cosas en la religión y considerar las distinciones en teología como cuestiones de "palabras y nombres" de poco valor real. Pero advierto a todos los que están interesados por sus almas que la incomodidad que surge de no "distinguir cosas que difieren" en la doctrina cristiana es muy grande en verdad. Y les aconsejo especialmente, si aman la paz, que busquen opiniones claras acerca del asunto que nos ocupa.

Debemos recordar siempre que la justificación y la santificación son dos cosas distintas. Sin embargo, hay puntos en que coinciden y puntos en que difieren. Tratemos de averiguar cuáles son.

¿En qué, pues, son Semejantes la justificación y la santificación?

1. Ambas proceden originalmente de la libre gracia de Dios. Es por su don solo que los creyentes son justificados o santificados en absoluto.

2. Ambas son parte de aquella gran obra de salvación que Cristo, en el pacto eterno, ha emprendido en favor de su pueblo. Cristo es la fuente de vida, de la cual fluyen tanto el perdón como la santidad. La raíz de cada una es Cristo.

3. Ambas se hallan en las mismas personas. Los que son justificados son siempre santificados; y los que son santificados son siempre justificados. Dios los ha unido, y no pueden separarse.

4. Ambas comienzan al mismo tiempo. El momento en que una persona es justificada, también comienza a ser santificada. Puede no sentirlo, pero es un hecho.

5. Ambas son igualmente necesarias para la salvación. Nadie llegó jamás al cielo sin un corazón renovado, así como sin perdón; sin la gracia del Espíritu, así como la sangre de Cristo; sin una idoneidad para la gloria eterna, así como un título. La una es tan necesaria como la otra.

Tales son los puntos en que coinciden la justificación y la santificación. Invertamos ahora el cuadro y veamos en qué Difieren.

1. La justificación es el acto de contar a un hombre justo por causa de otro, aun Jesucristo el Señor. La santificación es el hacer a un hombre realmente justo interiormente, aunque sea en grado muy débil.

2. La justicia que tenemos por nuestra justificación no es nuestra, sino la justicia perfecta y eterna de nuestro gran Mediador Cristo, imputada a nosotros y hecha nuestra por la fe. La justicia que tenemos por la santificación es nuestra propia justicia, impartida, inherente y obrada en nosotros por el Espíritu Santo, pero mezclada con mucha flaqueza e imperfección.

3. En la justificación nuestras propias obras no tienen lugar alguno, y la simple fe en Cristo es lo único necesario. En la santificación nuestras propias obras son de inmensa importancia, y Dios nos manda pelear, velar, orar, esforzarnos, tomar diligence y laborar.

4. La justificación es una obra terminada y completa, y un hombre es perfectamente justificado en el momento en que cree. La santificación es una obra imperfecta, comparativamente, y nunca será perfeccionada hasta que lleguemos al cielo.

5. La justificación no admite crecimiento ni aumento: un hombre es tan justificado la hora en que primeramente viene a Cristo por la fe como lo será por toda la eternidad. La santificación es eminentemente una obra progresiva y admite continuo crecimiento y ampliación mientras un hombre viva.

6. La justificación tiene referencia especial a nuestras personas, a nuestra posición ante la vista de Dios y a nuestra liberación de la culpa. La santificación tiene referencia especial a nuestras naturalezas y a la renovación moral de nuestros corazones.

7. La justificación nos da nuestro título al cielo y la intrepidez para entrar. La santificación nos da nuestra idoneidad para el cielo y nos prepara para gozar de él cuando habitemos allí.

8. La justificación es el acto de Dios por nosotros y no se discierne fácilmente por otros. La santificación es la obra de Dios dentro de nosotros y no puede esconderse en su manifestación exterior a los ojos de los hombres.

Recomiendo estas distinciones a la atención de todos mis lectores, y les pido que las ponderen bien. Estoy persuadido de que una gran causa de las tinieblas y los sentimientos incómodos de muchas personas bienintencionadas en materia de religión es su hábito de confundir, y no distinguir, la justificación y la santificación.

Nunca podrá impresionarse demasiado fuertemente en nuestras mentes que son dos cosas separadas. Sin embargo, no pueden separarse, y todo el que es partícipe de una es partícipe de ambas. Pero nunca, nunca deben confundirse, y nunca debe olvidarse la distinción entre ellas.

La naturaleza y las marcas visibles de la santificación han sido puestas ante nosotros. ¿Qué Reflexiones prácticas debe levantar todo este asunto en nuestras mentes?

1. En primer lugar, despiertemos todos a un sentido del estado peligroso de muchos cristianos profesantes. Sin santidad, nadie verá al Señor; sin santificación, no hay salvación (Hebreos 12:14). Entonces, ¡qué cantidad enorme de la llamada religión hay que es completamente inútil! ¡Qué inmensa proporción de asistentes a iglesias y capillas están en el camino ancho que lleva a la perdición! El pensamiento es espantoso, aplastante y abrumador. ¡Oh, que predicadores y maestros abrieran los ojos y se dieran cuenta de la condición de las almas a su alrededor! ¡Oh, que los hombres pudieran ser persuadidos a "huir de la ira venidera"! Si las almas no santificadas pueden ser salvas e ir al cielo, la Biblia no es verdadera. Sin embargo, la Biblia es verdadera y no puede mentir. ¡Cuál será el fin!

2. Asegurémos bien nuestra propia condición y no descansemos hasta sentir y saber que nosotros mismos somos "santificados". ¿Cuáles son nuestros gustos y elecciones y aficiones e inclinaciones? Esta es la gran pregunta decisiva. Poco importa lo que deseemos y esperamos y anhelamos ser antes de morir. ¿Qué somos ahora? ¿Qué estamos haciendo? ¿Estamos santificados o no? Si no, la culpa es toda nuestra.

3. Si queremos ser santificados, nuestro camino es claro y llano: debemos comenzar con Cristo. Debemos ir a él como pecadores, sin otro alegato que el de la absoluta necesidad, y echar nuestras almas sobre él por la fe, para paz y reconciliación con Dios. Debemos ponernos en sus manos, como en las manos de un buen médico, y clamar a él por misericordia y gracia. No debemos esperar nada que traer como recomendación. El primer paso hacia la santificación, no menos que la justificación, es ir con fe a Cristo. Primero debemos vivir, y luego obrar.

4. Si queremos crecer en santidad y ser más santificados, debemos continuar siempre como comenzamos, haciendo siempre nuevas aplicaciones a Cristo. Él es la Cabeza de la cual todo miembro debe ser provisto (Efesios 4:16). Vivir la vida de fe diaria en el Hijo de Dios, y sacar diariamente de su plenitud la gracia y fortaleza prometidas que él ha atesorado para su pueblo, este es el gran secreto de la santificación progresiva. Los creyentes que parecen estar estancados generalmente descuidan la estrecha comunión con Jesús, y así entristecen al Espíritu. El que oró: "Santifícalos", la última noche antes de su crucifixión, está infinitamente dispuesto a ayudar a todo el que por la fe acuda a él en busca de ayuda y desee ser hecho más santo.

5. No esperemos demasiado de nuestros propios corazones aquí abajo. En nuestro mejor estado, hallaremos en nosotros mismos diariamente causa de humillación y descubriremos que somos deudores necesitados de misericordia y gracia cada hora. Cuanta más luz tengamos, más veremos nuestra propia imperfección. Pecadores fuimos cuando comenzamos, y pecadores nos hallaremos al seguir adelante. Renovados, perdonados, justificados, y con todo pecadores hasta el último. Nuestra perfección absoluta está aún por venir, y la expectativa de ella es una razón por la cual deberíamos anhelar el cielo.

6. Finalmente, nunca nos avergoncemos de hacer mucho de la santificación y de contender por un alto modelo de santidad. Mientras algunos se contentan con un grado miserablemente bajo de logro, y otros no se avergüenzan de vivir sin santidad alguna, contentos con una mera ronda de ir a la iglesia y a la capilla sin progresar jamás, como un caballo en un molino; permanezcamos firmes en los caminos antiguos, sigamos nosotros tras la santidad eminente y recoméndemosla con denuedo a otros. Este es el único camino para ser verdaderamente felices.

Convengamos, digan lo que digan otros, que la santidad es felicidad; y que el hombre que atraviesa la vida más confortablemente es el hombre santificado. Sin duda hay algunos verdaderos cristianos que por mala salud, o pruebas familiares, u otras causas secretas, gozan de poco consuelo sensible y andan enlutados todos sus días camino al cielo. Pero estos son casos excepcionales. Como regla general, a la larga de la vida, se hallará verdadero que la gente "santificada" es la gente más feliz de la tierra. Tienen consuelos sólidos que el mundo no puede ni dar ni quitar. "Los caminos de la sabiduría son caminos deleitosos". "Mucha paz tienen los que aman tu ley". Fue dicho por Aquel que no puede mentir: "Mi yugo es fácil, y ligera mi carga". Pero también está escrito: "No hay paz para los malos" (Proverbios 3:17; Salmo 119:165; Mateo 11:30; Isaías 48:22).

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Ryle

Título original: Holiness — SANCTIFICATION

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Ryle, publicado originalmente en Grace Gems.

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