La santidad cristiana

La sed del alma encuentra su fuente en Cristo

Cristo se ofrece como la fuente de agua viva para toda alma sedienta. Quien viene a Él por la fe halla perdón, paz y descanso, y se convierte en canal de bendición para otros.

«En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y clamó en alta voz: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.» Juan 7:37-38

El texto que encabeza este mensaje contiene uno de esos dichos poderosos de Cristo que merecen imprimirse en letras de oro. Todas las estrellas del cielo son brillantes y hermosas; sin embargo, hasta un niño puede ver que una estrella sobresale en gloria sobre otra. Toda la Escritura es dada por inspiración de Dios; pero ciertamente ha de ser frío y embotado el corazón que no siente que algunos versículos son particularmente ricos y plenos. De tales versículos, este texto es uno.

Para captar toda la fuerza y la belleza del texto, debemos recordar el lugar, el tiempo y la ocasión en que aparece.

El lugar, entonces, era Jerusalén, la metrópoli del judaísmo, y la fortaleza de los sacerdotes y escribas, de los fariseos y saduceos.

La ocasión era la Fiesta de los Tabernáculos, una de esas grandes fiestas anuales en las que todo judío, si podía, subía al templo, conforme a la ley.

El tiempo era «el último día de la fiesta», cuando todas las ceremonias llegaban a su fin, cuando el agua sacada de la fuente de Siloé, según la costumbre tradicional, había sido solemnemente derramada sobre el altar, y no quedaba para los adoradores más que regresar a casa.

En este momento crítico, nuestro Señor Jesucristo «se puso» en pie en un lugar prominente y habló a las multitudes reunidas. No dudo que Él leía sus corazones. Los veía irse con conciencias doloridas y mentes insatisfechas, sin haber obtenido nada de sus ciegos maestros los fariseos y saduceos, y sin llevarse más que un estéril recuerdo de formas ostentosas. Los vio y se compadeció de ellos, y clamó a gran voz, como un heraldo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.» Dudo que esto fuera todo lo que nuestro Señor dijo en esa memorable ocasión. Sospecho que es solo la nota clave de su mensaje. Pero esto, me imagino, fue la primera frase que salió de sus labios: «Si alguno tiene sed, venga a mí. Si alguno quiere agua viva y satisfactoria, venga a mí.»

Permítanme recordar a mis lectores, de paso, que ningún profeta ni apóstol se atrevió jamás a usar un lenguaje semejante. «Ven con nosotros», dijo Moisés a Hobab (Núm. 10:29); «Venid a las aguas», dice Isaías (Isaías 55:1); «He aquí el Cordero», dice Juan el Bautista (Juan 1:29); «Cree en el Señor Jesucristo», dice Pablo (Hechos 16:31). Pero nadie, excepto Jesús de Nazaret, dijo jamás: «Venid a mí.» Ese hecho es muy significativo. El que dijo «Venid a mí» sabía y sentía, al decirlo, que era el Hijo eterno de Dios, el Mesías prometido, el Salvador del mundo.

Este gran dicho de nuestro Señor pone de relieve tres puntos principales:

1. Un caso supuesto. Nuestro Señor dice: «Si alguno tiene sed.» La sed corporal es, notoriamente, la sensación más dolorosa a la que está sujeta la carne del hombre mortal. Léase la historia del desdichado sufridor en el Calcuta black hole. Pregúntese a quien haya viajado por llanuras desérticas bajo un sol tropical. Óigase lo que cualquier viejo soldado dirá que es la principal necesidad de los heridos en un campo de batalla. Recuérdese lo que sufren las tripulaciones de barcos perdidos en medio del océano, zarandeados durante días en botes sin agua. Márquense las terribles palabras del rico en la parábola: «Envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque soy atormentado en esta llama» (Lucas 16:24). El testimonio es unánime. No hay nada tan terrible y difícil de soportar como la sed.

Pero si la sed corporal es tan dolorosa, ¡cuánto más dolorosa es la sed del alma! El sufrimiento físico no es la peor parte del castigo eterno. Es cosa ligera, incluso en este mundo, comparado con el sufrimiento de la mente y del hombre interior.

Ver el valor de nuestras almas y descubrir que están en peligro de ruina eterna; sentir la carga del pecado no perdonado y no saber a dónde acudir por alivio; tener una conciencia enferma e inquieta e ignorar el remedio; descubrir que estamos muriendo, muriendo cada día, y aun así estar sin preparación para encontrarnos con Dios; tener alguna visión clara de nuestra propia culpa y maldad y, sin embargo, estar en total tinieblas acerca de la absolución; ¡este es el más alto grado de dolor, el dolor que devora el alma y el espíritu y penetra coyunturas y tuétanos! Y esta, sin duda, es la sed de la que nuestro Señor habla. Es sed de perdón, de absolución y de paz con Dios. Es el anhelo de una conciencia realmente despierta, que quiere satisfacción y no sabe dónde encontrarla, que camina por lugares secos y no puede hallar descanso.

Esta es la sed que sintieron los judíos cuando Pedro les predicó el día de Pentecostés. Está escrito que fueron «compungidos de corazón, y dijeron: Varones hermanos, ¿qué haremos?» (Hechos 2:37).

Esta es la sed que sintió el carcelero de Filipos, cuando despertó a la conciencia de su peligro espiritual y sintió el terremoto que hacía temblar la prisión bajo sus pies. Está escrito que él «vino temblando, y se postró a los pies de Pablo y Silas, y sacándolos, dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?» (Hechos 16:30).

Esta es la sed que muchos de los más grandes siervos de Dios parecen haber sentido, cuando la luz irrumpió por primera vez en sus mentes.

Agustín buscando reposo entre los herejes maniqueos y no hallándolo, Lutero tanteando la verdad entre los monjes del monasterio de Erfurt, John Bunyan agonizando entre dudas y conflictos en su cabaña de Elstow, George Whitefield gimiendo bajo austeridades autoimpuestas por falta de clara enseñanza cuando era estudiante en Oxford, todos dejaron constancia de su experiencia. Creo que todos ellos sabían lo que nuestro Señor quería decir cuando habló de «sed».

Y ciertamente no es demasiado decir que todos nosotros deberíamos saber algo de esta sed, aunque no tanto como Agustín, Lutero, Bunyan o Whitefield. Viviendo como vivimos en un mundo moribundo; sabiendo, como debemos saberlo si lo confesamos, que hay un mundo más allá del sepulcro y que tras la muerte viene el juicio; sintiendo, como debemos sentir en nuestros mejores momentos, qué pobres, débiles, inconstantes y defectuosas criaturas somos todos, y cuán ineptos para encontrarnos con Dios; conscientes, como debemos estarlo en lo más íntimo del corazón, de que de nuestro uso del tiempo depende nuestro lugar en la eternidad, deberíamos sentir y percibir algo semejante a la «sed» de un sentido de paz con el Dios vivo.

Pero, ay, nada prueba tan concluyentemente la naturaleza caída del hombre como la general y común falta de apetito espiritual. Por dinero, por poder, por placer, por posición, por honor, por distinción, por todo esto, la inmensa mayoría está ahora intensamente sedienta. Dirigar esperanzas perdidas, cavar en busca de oro, asaltar una brecha, intentar abrirse camino a través de hielos recios hacia el Polo Norte, para todos estos objetos no faltan aventureros y voluntarios. ¡Feroz e incesante es la competencia por estas coronas corruptibles! Pero pocos, en verdad, en comparación, son los que sed de vida eterna. No es de extrañar que el hombre natural sea llamado en la Escritura «muerto», «dormido», «ciego» y «sordo». No es de extrañar que se diga que necesita un segundo nacimiento y una nueva creación. No hay síntoma más seguro de mortificación en el cuerpo que la pérdida de todo sentir. No hay señal más dolorosa de un estado malsano del alma que la total ausencia de sed espiritual. ¡Ay de aquel hombre de quien el Salvador pueda decir: «No conoces que eres infeliz, miserable, pobre, ciego y desnudo!» (Apocalipsis 3:17).

Pero ¿quién hay entre los lectores de este mensaje que sienta la carga del pecado y anhele paz con Dios? ¿Quién hay que sienta de veras las palabras de la confesión de nuestro libro de oración: «He errado y me he descarriado como una oveja perdida, no hay salud en mí, soy un miserable ofensor»? ¿Quién hay que entre en la plenitud de nuestro servicio de comunión y pueda decir con verdad: «El recuerdo de mis pecados es doloroso, y la carga de ellos es intolerable»? Tú eres el hombre que debería dar gracias a Dios.

El sentido del pecado, la culpa y la pobreza del alma son la primera piedra que el Espíritu Santo coloca cuando edifica un templo espiritual. Él convence de pecado. La luz fue lo primero que fue llamado a la existencia en la creación material (Génesis 1:3). La luz acerca de nuestro propio estado es la primera obra en la nueva creación. Alma sedienta, digo de nuevo, tú eres la persona que debería dar gracias a Dios. El reino de Dios está cerca de ti. No es cuando empezamos a sentirnos bien, sino cuando nos sentimos mal, que damos el primer paso hacia el cielo. ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿De dónde vino esa luz interior? ¿Quién abrió tus ojos y te hizo ver y sentir? Sepas hoy que ni la carne ni la sangre te han revelado estas cosas, sino nuestro Padre que está en los cielos. Las universidades pueden conferir grados, y las escuelas pueden impartir el conocimiento de todos los misterios, pero no pueden hacer que los hombres sientan el pecado. Realizar nuestra necesidad espiritual y sentir verdadera sed espiritual es el abecedario del cristianismo que salva.

Es un gran dicho de Eliú en el libro de Job: «Él mira sobre los hombres, y si alguno dice: He pecado y pervertido lo que era recto, y no me aprovechó, él librará su alma de la muerte, y su vida verá la luz» (Job 33:28). El que conozca algo de la «sed» espiritual no se avergüence. Más bien, levante su cabeza y comience a esperar. Pida a Dios que lleve adelante la obra que ha comenzado, y le haga sentir más.

2. Un remedio propuesto. «Si alguno tiene sed», dice nuestro bendito Señor Jesucristo, «venga a mí y beba.»

Hay una gran sencillez en esta breve frase que no puede ser demasiado admirada. No hay en ella una sola palabra cuyo significado literal no sea claro para un niño. Sin embargo, tan simple como aparece, es rica en significado espiritual. Como el diamante Koh-i-noor, es de valor inestimable. Resuelve ese poderoso problema que todos los filósofos de Grecia y Roma nunca pudieron resolver: «¿Cómo puede el hombre tener paz con Dios?» Colócala en tu memoria junto a otros seis dichos de oro de tu Señor:

«Yo soy el pan de vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed.»

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.»

«Yo soy la puerta; por mí, si alguno entra, será salvo.»

«Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.»

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»

«Al que a mí viene, no le echo fuera.»

Añade a estos seis textos el que tienes hoy delante. Aprende los siete de memoria. Clávalos en tu mente y no los dejes ir. Cuando tus pies toquen el río frío, en el lecho de la enfermedad y en la hora de la muerte, hallarás estos siete textos por encima de todo precio (Juan 6:35; 8:12; 10:9; 14:6; Mateo 11:28; Juan 6:37).

Porque, ¿cuál es la suma y sustancia de estas simples palabras? Es esto: Cristo es esa Fuente de agua viva que Dios ha provisto bondadosamente para las almas sedientas. De Él, como de la roca herida por Moisés, fluye un torrente abundante para todos los que viajan por el desierto de este mundo. En Él, como nuestro Redentor y Sustituto, crucificado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, hay un suministro inagotable de todo lo que el hombre puede necesitar: perdón, absolución, misericordia, gracia, paz, descanso, alivio, consuelo y esperanza.

Esta rica provisión, Cristo la ha comprado para nosotros al precio de su propia sangre preciosa. Para abrir esta fuente admirable, Él sufrió por el pecado, el justo por los injustos, y llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él (1 Pedro 2:24; 3:18; 2 Corintios 5:21). Y ahora Él está sellado y designado para ser el Consolador de todos los que trabajan y están cargados, y el Dador de agua viva a todos los que tienen sed. Es su oficio recibir a los pecadores. Es su placer darles perdón, vida y paz. Y las palabras del texto son una proclamación que Él hace a toda la humanidad: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.»

La eficacia de una medicina depende en gran medida de la manera en que se usa. La mejor receta del mejor médico es inútil si nos negamos a seguir las instrucciones que la acompañan. Permitidme la palabra de exhortación, mientras ofrezco algunas advertencias y consejos acerca de la Fuente de agua viva.

a. El que tiene sed y quiere alivio debe ir a Cristo mismo. No debe contentarse con ir a su iglesia y a sus ordenanzas, o a las asambleas de su pueblo para orar y alabar. No debe detenerse siquiera en su santa mesa, ni satisfacerse con abrir privadamente su corazón a sus ministros ordenados. ¡Oh, no! El que se contenta con solo beber de estas aguas «volverá a tener sed» (Juan 4:13). Debe ir más alto, más lejos, mucho más lejos que esto. Debe tener trato personal con Cristo mismo; todo lo demás en la religión es worthless sin Él. El palacio del Rey, los siervos asistentes, la casa ricamente amueblada, el mismo banquete, todo es nada a menos que hablemos con el Rey mismo. Solo su mano puede quitar la carga de nuestras espaldas y hacernos sentir libres. La mano del hombre puede quitar la piedra del sepulcro y mostrar al muerto; pero solo Jesús puede decir al muerto: «¡Sal y vive!» (Juan 11:41-43). Debemos tratar directamente con Cristo.

b. El que tiene sed y quiere alivio de Cristo debe realmente ir a Él. No basta con desear, hablar, proponerse, intentar, resolver y esperar. El infierno, esa realidad espantosa, se dice con verdad que está empedrado de buenas intenciones. Miles se pierden cada año de esta manera y perecen miserablemente justo a las puertas del puerto. Viven proponiéndose e intentándolo; mueren proponiéndose e intentándolo. ¡Oh, no! Debemos «levantarnos e ir.» Si el hijo pródigo se hubiera contentado con decir: «¡Cuántos jornaleros hay en la casa de mi padre que tienen pan de sobra, y yo aquí me muero de hambre! Algún día espero volver a casa», habría permanecido para siempre entre los cerdos. Fue cuando se levantó y vino a su padre, que su padre corrió a su encuentro, y dijo: «¡Sacad el mejor vestido y ponédselo! ¡Comamos y estemos alegres!» (Lucas 15:20-23). Como él, no solo debemos «volver en nosotros» y pensar, sino que debemos realmente ir al Sumo Sacerdote, a Cristo. Debemos ir al Médico.

c. El que tiene sed y quiere ir a Cristo debe recordar que la fe sencilla es lo único que se requiere. Vaya, por todos los medios, con un corazón penitente, quebrantado y contrito; pero que no sueñe con apoyarse en eso para su aceptación. La fe es la única mano que puede llevar el agua viva a nuestros labios. La fe es el gozne sobre el cual todo gira en el asunto de nuestra justificación. Está escrito una y otra vez que «todo el que cree no perecerá, sino que tendrá vida eterna» (Juan 3:15, 16). «Al que no obra, sino que cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia» (Romanos 4:5). Feliz el que puede asirse al principio expuesto en aquel himno incomparable:

«Tal cual soy, sin un alegato, sino que tu sangre fue derramada por mí, y que me mandas venir a ti, ¡oh Cordero de Dios, vengo!»

¡Cuán simple parece este remedio para la sed! Pero, oh, ¡cuán difícil es persuadir a algunos de que lo reciban! Diles que hagan alguna gran cosa, que mortifiquen sus cuerpos, que vayan en peregrinación, que den todos sus bienes para alimentar a los pobres y así merecer la salvación, e intentarán hacer lo que se les dice. Diles que tiren por la borda toda idea de mérito, de obras o de hacer, y que vengan a Cristo como pecadores vacíos, sin nada en sus manos, y, como Naamán, están dispuestos a volverse con desdén (2 Reyes 5:12). La naturaleza humana es siempre la misma en toda época. Todavía hay algunos como los judíos, y algunos como los griegos. Para los judíos, Cristo crucificado sigue siendo piedra de tropiezo, y para los griegos, necedad. ¡Su sucesión, en todo caso, nunca ha cesado! Nunca nuestro Señor pronunció palabras más verdaderas que las que dijo a los soberbios escribas en el Sanedrín: «No queréis venir a mí para tener vida» (Juan 5:40).

Pero, por simple que parezca este remedio para la sed, es la única cura para la enfermedad espiritual del hombre y el único puente de la tierra al cielo. Reyes y súbditos, predicadores y oyentes, amos y siervos, altos y bajos, ricos y pobres, doctos e indoctos, todos deben por igual beber de esta agua de vida, y beber de la misma manera. Durante dieciocho siglos los hombres han trabajado por encontrar alguna otra medicina para las conciencias cansadas, pero han trabajado en vano. Miles, tras ampollarse las manos y encanecer excavando «cisternas rotas que no retienen agua» (Jeremías 2:13), han tenido que volver al fin a la vieja Fuente, y han confesado en sus últimos momentos que aquí, solo en Cristo, está la verdadera paz.

Y, por simple que parezca el viejo remedio para la sed, es la raíz de la vida interior de los más grandes siervos de Dios en todas las épocas. ¿Qué han sido los santos y mártires en cada era de la historia de la iglesia sino hombres que venían a Cristo diariamente por la fe y hallaban que «su carne es verdadera comida, y su sangre verdadera bebida»? (Juan 6:55). ¿Qué han sido todos ellos sino hombres que vivían la vida de fe en el Hijo de Dios, y bebían a diario de la plenitud que hay en Él? (Gálatas 2:20). Aquí, al menos, los cristianos más verdaderos y mejores, los que han dejado huella en el mundo, han estado de un mismo parecer. Santos padres y reformadores, santos teólogos anglicanos y puritanos, santos episcopales y no conformistas, todos en sus mejores momentos han rendido testimonio uniforme del valor de la Fuente de vida. Por separados y contenciosos que hayan sido a veces en su vida, en su muerte no han estado divididos. En su última lucha con el rey de los terrores simplemente se aferraron a la cruz de Cristo, y no se gloriarán en nada sino en la «preciosa sangre» y en la Fuente abierta para todo pecado e inmundicia.

¡Cuán agradecidos deberíamos estar de vivir en una tierra donde el gran remedio para la sed espiritual es conocido, en una tierra de Biblias abiertas, evangelio predicado y abundantes medios de gracia, en una tierra donde la eficacia del sacrificio de Cristo todavía se proclama, con mayor o menor plenitud, en veinte mil púlpitos cada domingo! No nos damos cuenta del valor de nuestros privilegios. La misma familiaridad del maná nos hace pensar poco en él, así como Israel aborreció «el pan liviano» en el desierto (Núm. 21:5). Pero volved a las páginas de un filósofo pagano como el incomparable Platón, y ved cómo tanteaba tras la luz como uno con los ojos vendados, y se fatigaba buscando la puerta. El más humilde campesino que se apropia de las cuatro consoladoras palabras de nuestro hermoso servicio de comunión, en el libro de oración, sabe más del camino de paz con Dios que el sabio ateniense. Volved a los relatos que viajeros y misioneros dignos de confianza dan del estado de los paganos que nunca han oído el evangelio. Leed acerca de los sacrificios humanos en África y de las espantosas torturas autoimpuestas de los devotos del Indostán, y recordad que todo es resultado de una sed no apagada y de un deseo ciego e insatisfecho de acercarse a Dios. Y entonces aprended a estar agradecidos de que vuestra suerte esté echada en una tierra como la vuestra. ¡Ay, temo que Dios tiene una controversia con nosotros por nuestra ingratitud!

3. Una promesa puesta delante. «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.»

El tema de las promesas de la Escritura es vasto y sumamente interesante. Dudo que reciba la atención que merece en nuestros días. Clarke's Scripture Promises es un libro antiguo que, sospecho, se estudia mucho menos ahora que en los días de nuestros padres. Pocos cristianos se dan cuenta del número, la extensión, la anchura, la profundidad, la altura y la variedad de los preciosos «será» y «haré» atesorados en la Biblia, para especial beneficio y aliento de todos los que quieran usarlos.

Sin embargo, la promesa está en el fondo de casi todas las transacciones de hombre con hombre en los asuntos de esta vida. La inmensa mayoría de los hijos de Adán en todo país civilizado actúa cada día basándose en la fe de promesas. El labrador del campo trabaja duro de lunes por la mañana a sábado por la noche, porque cree que al fin de la semana recibirá su jornal prometido. El soldado se alista en el ejército, y el marinero inscribe su nombre en los registros del barco de la marina, con la plena confianza de que aquellos bajo quienes sirven les darán en algún momento su paga prometida. La más humilde sirvienta de una familia trabaja día tras día en sus quehaceres asignados, en la creencia de que su ama le dará el salario prometido. En los negocios de las grandes ciudades, entre mercaderes y banqueros y comerciantes, nada podría hacerse sin una fe incesante en promesas. Todo hombre con sentido sabe que los cheques, las letras y los pagarés son el único medio por el cual la inmensa mayoría de los asuntos mercantiles pueden llevarse a cabo. Los hombres de negocios se ven obligados a actuar por fe y no por vista. Creen en promesas y esperan que se les crea a ellos. De hecho, las promesas, la fe en las promesas y las acciones que brotan de la fe en las promesas son la columna vertebral de las nueve décimas partes de todos los tratos del hombre con sus semejantes en toda la cristiandad.

Ahora bien, las promesas, del mismo modo, en la religión de la Biblia, son uno de los grandes medios por los cuales Dios se complace en acercarse al alma del hombre. El cuidadoso estudiante de la Escritura no puede dejar de observar que Dios está continuamente ofreciendo incentivos al hombre para que le escuche, le obedezca y le sirva, y comprometiéndose a hacer grandes cosas, si el hombre solo atiende y cree. En resumen, como dice Pedro, «nos ha dado preciosas y grandísimas promesas» (2 Pedro 1:4). Aquel que misericordiosamente ha hecho que toda la Escritura sea escrita para nuestra instrucción, ha demostrado su perfecto conocimiento de la naturaleza humana extendiendo sobre el libro una perfecta riqueza de promesas, adecuadas a toda clase de experiencia y a toda condición de la vida. Parece decir: «¿Quieres saber lo que me comprometo a hacer por ti? ¿Quieres oír mis términos? Toma la Biblia y lee.»

Pero hay una gran diferencia entre las promesas de los hijos de Adán y las promesas de Dios, que jamás debería olvidarse. Las promesas del hombre no están seguras de cumplirse. Con los mejores deseos e intenciones, no siempre puede cumplir su palabra. La enfermedad y la muerte pueden entrar como un hombre armado y llevárselo. La guerra, la pestilencia, el hambre, la falta de cosechas o los huracanes pueden despojarlo de su propiedad y hacerle imposible cumplir sus compromisos.

Las promesas de Dios, por el contrario, son seguras de cumplirse. Él es todopoderoso; nada puede impedirle hacer lo que ha dicho. Él nunca cambia; siempre es «de un mismo parecer», y en Él «no hay variación ni sombra de cambio» (Job 23:13; Santiago 1:17). Él siempre cumplirá su palabra. Hay una cosa que, como una niña le dijo una vez a su maestra, para sorpresa de esta, Dios no puede hacer: «Es imposible que Dios mienta» (Hebreos 6:18). Las cosas más improbables e inverosímiles, cuando Dios ha dicho una vez que las hará, siempre han llegado a pasar. La destrucción del viejo mundo por un diluvio y la preservación de Noé en el arca, el nacimiento de Isaac, la liberación de Israel de Egipto, el encumbramiento de David al trono de Saúl, el nacimiento milagroso de Cristo, la resurrección de Cristo, la dispersión de los judíos por toda la tierra y su continua preservación como pueblo distinto, ¿quién podría imaginar eventos más improbables e inverosímiles que estos? Sin embargo, Dios dijo que serían, y a su tiempo todos llegaron a pasar. En verdad, para Dios es tan fácil hacer una cosa como decir la. Todo lo que Él promete, Él es seguro de cumplirlo.

En cuanto a la variedad y riqueza de las promesas de la Escritura, mucho más podría decirse de lo que es posible decir en un mensaje breve como este. Su nombre es legión. El tema es casi inagotable. Apenas hay un paso en la vida del hombre, desde la infancia hasta la vejez, apenas hay posición en la que el hombre pueda ser colocado, para la cual la Biblia no haya ofrecido aliento a todo el que desee hacer lo recto ante los ojos de Dios. Hay «será» y «haré» en el tesoro de Dios para toda condición.

Hay abundancia de promesas provistas por Dios en la Palabra, que revelan su carácter, especialmente su infinita misericordia y compasión. Hay promesas acerca de su disposición a perdonar, indultar y absolver al mayor de los pecadores. Hay estímulos para orar y oír el evangelio y acercarse al trono de la gracia. Hay promesas de que Él dará: fuerza para el deber, consuelo en la aflicción, dirección en la perplejidad, ayuda en la enfermedad, consolación en la muerte, sostén en el duelo, felicidad más allá del sepulcro, recompensa en la gloria.

Sus promesas son tan abundantes que ni siquiera llegamos a concebirlas.

La promesa de nuestro Señor Jesucristo que encabeza este mensaje es algo peculiar. Es singularmente rica en estímulo para todos los que sienten sed espiritual y vienen a Él por alivio, y por tanto merece peculiar atención. La mayoría de las promesas de nuestro Señor se refieren especialmente al beneficio de la persona a quien se dirigen. La promesa que tenemos delante abarca un campo mucho más amplio: parece referirse a muchos otros además de aquellos a quienes Él hablaba. Pues, ¿qué dice Él? «El que cree en mí, como dice la Escritura» (y en todas partes enseña), «de su interior correrán ríos de agua viva.» Pero esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él. Indudablemente figuradas son estas palabras, figuradas como las primeras palabras de la frase, figuradas como «sed» y «bebida». Pero todas las figuras de la Escritura encierran gran verdad; y lo que la figura que tenemos delante pretendía transmitir, intentaré ahora mostrar.

1. Creo que nuestro Señor quiso decir que el que viene a Él por la fe recibirá un suministro abundante de todo lo que pueda desear para el alivio de las necesidades de su propia alma. El Espíritu le transmitirá un sentido tan perdurable de perdón, paz y esperanza, que será en su hombre interior como un manantial que nunca se seca. Se sentirá tan satisfecho con «las cosas de Cristo», que el Espíritu le mostrará (Juan 16:15), que descansará de la ansiedad espiritual acerca de la muerte, el juicio y la eternidad.

Podrá tener sus temporadas de tinieblas y duda, por sus propias flaquezas o por las tentaciones del diablo. Pero, hablando en general, cuando una vez ha venido a Cristo por la fe, hallará en lo más profundo de su corazón una fuente inagotable de consuelo. Esto, enténdámoslo, es lo primero que contiene la promesa que tenemos delante. «Solo ven a mí, alma ansiosa», parece decir nuestro Señor, «solo ven a mí, y tu ansiedad espiritual será aliviada. Pondré en tu corazón, por el poder del Espíritu Santo, un tal sentido de perdón y de paz, mediante mi expiación e intercesión, que nunca más volverás a tener sed por completo. Podrás tener tus dudas y temores y conflictos mientras estés en el cuerpo. Pero habiendo venido una vez a mí y tomándome por Salvador, nunca te sentirás del todo sin esperanza. La condición de tu hombre interior será tan completamente cambiada, que te sentirás como si dentro de ti hubiera un manantial de agua que fluye siempre.»

¿Qué diremos a estas cosas? Declaro mi propia creencia, que siempre que un hombre o una mujer viene realmente a Cristo por la fe, halla esta promesa cumplida. Puede que sea débil en la gracia, y tenga muchas dudas acerca de su propia condición. Puede que no se atreva a decir que está convertido, justificado, santificado y apto para la herencia de los santos en luz. Pero, a pesar de todo, me atrevo a decir, que el más humilde y débil creyente en Cristo tiene algo dentro de sí que no cambiaría por nada, aunque quizá aún no lo entienda del todo. ¿Y qué es ese «algo»? Es precisamente ese «río de agua viva» que empieza a correr en el corazón de todo hijo de Adán en cuanto viene a Cristo y bebe. En este sentido creo que esta maravillosa promesa de Cristo siempre se cumple.

2. Pero, ¿es esto todo lo que contiene la promesa que encabeza este mensaje? De ningún modo. Aún queda mucho detrás. Hay más por venir. Creo que nuestro Señor quiso que entendiéramos que el que viene a Él por la fe no solo tendrá un suministro abundante de todo lo que necesita para su propia alma, sino que llegará a ser una fuente de bendición para las almas de otros. El Espíritu que habita en él le hará una fuente de bien para sus semejantes, de modo que en el último día se hallará que de él han fluido «ríos de agua viva.»

Esta es una parte importantísima de la promesa de nuestro Señor, y abre un tema que rara vez es comprendido y asimilado por muchos cristianos. Pero es uno de profundo interés, y merece mucha más atención de la que recibe. Creo que es una verdad de Dios. Creo que, así como «ninguno vive para sí» (Romanos 14:7), así también ninguno es convertido solo para sí, y que la conversión de un hombre o de una mujer siempre lleva consigo, en la maravillosa providencia de Dios, a la conversión de otros. No digo ni por un momento que todos los creyentes lo sepan. Creo mucho más probable que muchos vivan y mueran en la fe sin ser conscientes de haber hecho bien a ninguna alma. Pero creo que la mañana de la resurrección y el día del juicio, cuando se revele la historia secreta de todos los cristianos, probarán que el pleno significado de la promesa que tenemos delante nunca ha fallado. Dudo que haya un creyente que no haya sido para alguien un «río de agua viva», un canal por el cual el Espíritu haya transmitido gracia salvadora. ¡Hasta el ladrón penitente, por breve que fuera su tiempo después de arrepentirse, ha sido fuente de bendición para miles de almas!

a. Algunos creyentes son ríos de agua viva mientras viven. Sus palabras, su conversación, su predicación, su enseñanza, son todos medios por los cuales el agua de la vida ha fluido a los corazones de sus semejantes. Tales, por ejemplo, fueron los apóstoles, que no escribieron Epístolas y solo predicaron la Palabra. Tales fueron Lutero y Whitefield y Wesley y Berridge y Rowlands y miles de otros, de quienes no puedo ahora hablar particularmente.

b. Algunos creyentes son ríos de agua viva cuando mueren. Su valor al enfrentar al rey de los terrores, su intrepidez en los sufrimientos más dolorosos, su inquebrantable fidelidad a la verdad de Cristo incluso en la hoguera, su manifiesta paz al borde del sepulcro, todo esto ha hecho pensar a miles y llevado a centenares a arrepentirse y creer. Tales, por ejemplo, fueron los mártires primitivos, a quienes persiguieron los emperadores romanos. Tales fueron Juan Hus y Jerónimo de Praga. Tales fueron Cranmer, Ridley, Latimer, Hooper y el noble ejército de mártires marianos. La obra que hicieron con sus muertes, como Sansón, fue mucho mayor que la obra hecha en vida.

c. Algunos creyentes son ríos de agua viva mucho tiempo después de morir. Hacen bien con sus libros y escritos en todas partes del mundo, mucho después de que las manos que sostuvieron la pluma se hayan desmenuzado en el polvo. Tales hombres fueron Bunyan y Baxter y Owen y George Herbert y Robert M'Cheyne. Estos benditos siervos de Dios hacen probablemente más bien con sus libros en este momento del que hicieron con sus lenguas cuando vivían. Estando muertos, aún hablan (Hebreos 11:4).

d. Finalmente, hay algunos creyentes que son ríos de agua viva por la belleza de su conducta y comportamiento diario. Hay muchos cristianos callados, amables y consistentes, que no hacen alarde ni ruido en el mundo, y, sin embargo, insensiblemente ejercen una profunda influencia para el bien en todos los que les rodean. Ellos «ganan sin palabra» (1 Pedro 3:1). Su amor, su bondad, su dulce temple, su paciencia, su desinterés, influyen silenciosamente en un amplio círculo, y siembran semillas de reflexión e indagación en muchas mentes. Fue un hermoso testimonio de una anciana que murió en gran paz, diciendo que bajo Dios debía su salvación al señor Whitefield: «No fue ningún sermón que él predicara; no fue nada que me haya dicho jamás. Fue la hermosa consistencia y bondad de su vida diaria, en la casa donde se hospedaba, cuando yo era una niña. Me dije a mí misma: «Si alguna vez tengo religión, el Dios del señor Whitefield será mi Dios.»'

Apropémonos todos de esta visión de la promesa de nuestro Señor, y nunca la olvidemos. No penséis ni por un momento que vuestra propia alma es la única alma que será salva, si venís a Cristo por la fe y le seguís. Pensad en la bienaventuranza de ser un río de agua viva para otros. ¿Quién sabe si tú no serás el medio de traer a muchos otros a Cristo? Vivid, actuad, hablad, orad y trabajad teniendo esto continuamente presente.

Conocí una familia, compuesta por un padre, una madre y diez hijos, en la que la verdadera religión comenzó con una de las hijas, y cuando comenzó ella estaba sola, y todos los demás de la familia estaban en el mundo. Y, sin embargo, antes de morir, vio a ambos padres y a todos sus hermanos y hermanas convertidos a Dios, ¡y todo esto, humanamente hablando, comenzó por su influencia! Ciertamente, ante esto, no necesitamos dudar de que un creyente pueda ser para otros un río de agua viva. Las conversiones pueden no darse en vuestro tiempo, y podéis morir sin verlas. Pero nunca dudéis de que la conversión generalmente lleva a conversiones, y de que pocos van solos al cielo. Cuando Grimshaw de Haworth, el apóstol del norte, murió, dejó a su hijo sin gracia y sin Dios. Después el hijo fue convertido, sin haber olvidado jamás los consejos y el ejemplo de su padre. Y sus últimas palabras fueron: «¿Qué dirá mi viejo padre cuando me vea en el cielo?» Tomemos ánimo y sigamos esperando, creyendo la promesa de Cristo.

1. Y ahora, antes de cerrar este mensaje, dejadme haceros una pregunta sencilla. ¿Sabéis algo de sed espiritual? ¿Habéis sentido alguna vez algo de una preocupación profunda y genuina por vuestra alma? Temo que muchos no sepan nada de ello. He aprendido, por la experiencia dolorosa de un tercio de siglo, que las personas pueden asistir durante años a la casa de Dios y, sin embargo, no sentir nunca sus pecados ni desear ser salvas. Los cuidados de este mundo, el amor del placer, la «codicia de otras cosas» ahogan la buena semilla cada domingo y la hacen infructuosa. Vienen a la iglesia con corazones tan fríos como el pavimento de piedra sobre el que caminan. Se van tan desapercibidos e indiferentes como los viejos bustos de mármol que los contemplan desde los monumentos de las paredes. Bien, puede que así sea; pero aún no desespero de nadie, mientras viva. Aquella gran campana vieja de la catedral de San Pablo, en Londres, que ha tocado las horas durante tantos años, rara vez es oída por muchos durante las horas de trabajo del día. El estruendo y el ruido del tráfico en las calles tienen un extraño poder de amortiguar su sonido e impedir que los hombres la oigan. Pero cuando el trabajo diario ha terminado, y los escritorios se cierran, y las puertas se cierran, y los libros se guardan, y reina la quietud en la gran ciudad, la cosa cambia. Cuando la vieja campana de noche da las once, y las doce, y la una, y las dos, y las tres, miles la oyen que nunca la habían oído durante el día. Y así espero que sea con muchos en cuanto a su alma. Ahora, en la plenitud de la salud y la fuerza, en el apuro y torbellino de los negocios, temo que la voz de tu conciencia sea a menudo ahogada, y no puedes oírla. Pero puede llegar el día en que la gran campana de la conciencia se haga oír, te guste o no. Puede llegar el tiempo en que, retirado en quietud y obligado por la enfermedad a permanecer quieto, te veas forzado a mirar dentro de ti y considerar los asuntos de tu alma. Y entonces, cuando la gran campana de la conciencia despierta esté sonando en tus oídos, confío en que muchos que lean este mensaje oirán la voz de Dios y se arrepentirán, aprenderán a tener sed, y aprenderán a venir a Cristo por alivio. ¡Sí, ruego a Dios que aún seáis enseñados a sentir antes de que sea demasiado tarde!

2. Pero, ¿sentís algo en este mismo momento? ¿Está vuestra conciencia despierta y funcionando? ¿Sois conscientes de sed espiritual y anheláis alivio? Entonces oíd la invitación que os traigo en nombre de mi Maestro este día: «Si alguno», no importa quién sea, si alguno, alto o bajo, rico o pobre, docto o indocto, «si alguno tiene sed, venga a Cristo y beba.» Oíd y aceptad esa invitación sin demora. No esperéis nada. No esperéis a nadie. ¿Quién sabe si no esperaréis «una temporada conveniente» hasta que sea demasiado tarde? La mano de un Redentor vivo está ahora tendida desde el cielo; pero puede ser retirada. La fuente está abierta ahora; pero pronto puede cerrarse para siempre. «Si alguno tiene sed, venga y beba» sin demora. Aunque hayáis sido un gran pecador y hayáis resistido advertencias, consejos y sermones, venid. Aunque habéis pecado contra luz y conocimiento, contra el consejo de un padre y las lágrimas de una madre, aunque hayáis vivido años sin orar, venid. No digáis que no sabéis cómo venir, que no entendéis lo que es creer, que debéis esperar más luz. ¿Dirá un hombre cansado que está demasiado cansado para acostarse, o un hombre que se ahoga, que no sabe cómo asirse de la mano tendida a ayudarle, o el marinero náufrago, con un bote salvavidas junto al casco encallado, que no sabe cómo saltar dentro? ¡Oh, desechad esas vanas excusas! ¡Levantaos y venid! La puerta no está cerrada. La fuente aún no está cerrada. El Señor Jesús os invita. Basta con que sintáis sed y deseéis ser salvos. Venid, venid a Cristo sin demora. ¿Quién vino alguna vez a la fuente por el pecado y la halló seca? ¿Quién se fue alguna vez insatisfecho?

3. Pero, ¿habéis venido ya a Cristo y hallado alivio? Entonces venid más cerca, más cerca aún. Cuanto más estrecha vuestra comunión con Cristo, más consuelo sentiréis. Cuanto más viváis a diario al lado de la fuente, más sentiréis en vosotros mismos «un manantial de agua que salta para vida eterna» (Juan 4:14). No solo seréis bendecidos vosotros mismos, sino una fuente de bendición para otros.

En este mundo malo quizá no sintáis todo el consuelo sensible que desearíais. Pero recordad, no podéis tener dos cielos. La perfecta felicidad está aún por venir. El diablo aún no está atado. Hay un buen tiempo que viene para todos los que sienten sus pecados y vienen a Cristo, y encomiendan sus almas sedientas a su cuidado. Cuando Él venga de nuevo, serán completamente saciados. Recordarán todo el camino por el que fueron guiados, y verán la necesidad de todo lo que les sobrevino. Sobre todo, se maravillarán de que pudieran vivir tanto tiempo sin Cristo, y de haber dudado en venir a Él.

Hay un paso en Escocia llamado Glencroe, que ofrece una hermosa ilustración de lo que será el cielo para las almas que vienen a Cristo. El camino a través de Glencroe lleva al viajero por una larga y empinada subida, con muchas vueltas y revueltas en su recorrido. Pero cuando se alcanza la cima del paso, se ve al borde del camino una piedra con estas simples palabras inscritas: «Descansa y da gracias.» Esas palabras describen los sentimientos con los que todo sediento que viene a Cristo entrará en el cielo. La cumbre del camino estrecho será al fin nuestra. Cesaremos de nuestros cansados viajes, y nos sentaremos en el reino de Dios. Miraremos atrás todo el camino de nuestras vidas con agradecimiento, y veremos la sabiduría perfecta de cada paso en la empinada subida por la que fuimos guiados. Olvidaremos el trabajo del viaje ascendente en el descanso glorioso.

Aquí, en este mundo, nuestro sentido de descanso en Cristo es a lo sumo débil y parcial; a veces apenas parecemos saborear plenamente el agua viva. Pero cuando lo perfecto haya venido, entonces lo que es imperfecto será abolido. Cuando despertemos a su semejanza, seremos saciados (Salmo 17:15). Beberemos del río de sus deleites, ¡y no tendremos sed nunca más!

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Ryle

Título original: Holiness — Thirst Relieved!

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Ryle, publicado originalmente en Grace Gems.

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