A Dios, que gobierna en el cielo y en la tierra, pertenece un poder supremo y una soberanía indiscutible sobre los hombres y los ángeles. Aquel que es el Creador y Preservador de todo, puede ciertamente disponer de todo como le plazca. Y porque tenemos un interés cercano y querido en algunas cosas, ello nunca puede suplantar el mejor derecho de Dios tanto sobre ellas como sobre nosotros. Él nos concede bendiciones, y de esto no nos quejamos; pero las quita, y ante esto murmuramos; con todo, su derecho para tomar es el mismo que para dar. Podemos ser afligidos, pero nunca podemos sufrir injusticia bajo su mano.
Gran parte de nuestro dolor, y la mayor parte de nuestras decepciones en el mundo, nacen de nuestra visión limitada de la soberanía celestial. Pensamos que Dios debería seguir aquel plan de gobierno que mejor nos agradue. Sin embargo, él no da cuenta de ninguno de sus asuntos, y con todo hace todas las cosas bien.
Moisés empieza a librar a sus hermanos y hiere a un egipcio; pero la soberanía lo envía cuarenta años a una tierra extraña, y añade cuarenta años de pesada servidumbre a los israelitas. La bondad de Dios envía a José a Egipto para conservar con vida a la familia de su padre; pero la soberanía lo envía de tal manera que el anciano Jacob parece ir llorando al sepulcro, y aquel que había sido favorecido con los más celestiales sueños, durante todo este tiempo no sueña ni una palabra de su amado hijo. Jefté vence a sus enemigos, pero la Providencia le sale al encuentro con una dura prueba en su única hija, que, en el mejor de los casos, nunca ha de casarse. El favor del Cielo enriquece a Job, pero la soberanía permite a Satanás despojarlo de todo. David es ungido rey, pero antes de llegar al trono, a veces es llevado casi a la desesperación de su propia vida. Los judíos tienen libertad para reconstruir su templo, y, sin embargo, por la malicia de sus enemigos, la obra se retrasa largo tiempo. Juan, el precursor de nuestro Salvador, después de bautizar a miles, pierde su cabeza por la malicia de una mujer lasciva. Josías, uno de los mejores reyes, muere en batalla en la flor de su vida. Zacarías es apedreado hasta morir por reprender, en nombre de Dios, la transgresión de su ley. Y los apóstoles, que eran la sal del mundo, ¡pasaron hambre, sed, desnudez, fueron abofeteados, sin morada, tenidos como la inmundicia del mundo y el desecho de todas las cosas! Y todas estas cosas fueron ordenadas por la soberanía divina.
Concedemos que la muerte ha de separar a los amigos en algún momento, pero la soberanía quitará a un padre el hijo de un palmo de edad; a otro, el hijo ya destetado; a un tercero, un hermoso niño; a otro, el joven prometedor; y a otro, el consuelo de sus canas. En una familia la muerte nunca entra, sino que florece hasta la edad viril y sobrevive enteramente a los padres ancianos; en otra familia, la muerte mete su mano de hierro y se lleva a uno; de una tercera familia arrebata una mitad entera de los queridos pequeñuelos; y de una cuarta se lleva a todos menos a uno; mientras que de otra familia se lleva a uno y a todos.
Dar y quitar salud y riqueza, amigos y relaciones, bendiciones y misericordias, a su tiempo y a su manera, es parte del plan del gobierno de Dios sobre el mundo. Por tanto, deberíamos esperar siempre ser privados de lo que poseemos en un instante, o ser colmados de repente con bendiciones. Si pudiéramos confiar todo lo que tenemos, todo lo que somos y todo lo que deseamos, en su mano soberana, para que haga con ello como le plazca, nuestros asuntos estarían tan seguros, y nuestras almas mucho más tranquilas.
Si en soberanía Dios ha pasado por alto a algunos, y me ha escogido a mí para heredar una corona y un reino, que dentro de pocos años poseeré para siempre, ¿qué importa que él me pase por alto y conceda los consuelos de esta vida presente a otros, que dentro de pocos años habrán de sufrir tormentos eternos?
Aunque tu providencia me perpleje y me duela, nunca me quejaré. Yo puedo pecar en mis deseos, pero tú no me harás injusticia en tus sabias determinaciones. Me complacerá que tú hagas todo tu buen placer, y mi voluntad será absorbida por la tuya.
He perdido toda felicidad; ¿cómo, pues, puedo esperar comenzar el cielo en la tierra? La esperanza del cielo puede hacerme triunfar sobre toda angustia, toda prueba, toda decepción en el tiempo. Dentro de poco, seré tan feliz que casi olvidaré que jamás tuve menos felicidad. Tal es mi confianza en tu sabiduría, tal mi dependencia de tu brazo poderoso, tal mi expectativa de tu bondad paternal, que me someto a todo lo que haces, y deseo estar enteramente a tu disposición en todo lo que soy, en todo lo que tengo y en todo lo que deseo. Lo que ahora no sé, por qué en tal o cual momento pierdo a un amigo, por qué me encuentro con tal o cual decepción, por qué tal o cual cruz se echa sobre mí, lo sabré después: que me fue bueno haber sido afligido. Y cuando el tiempo ya no sea más, sabré que él ha hecho todas las cosas bien.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: SOVEREIGNTY
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.