La soledad es una de las más conmovedoras de todas las experiencias humanas. El anhelo de compañía es uno de los más profundos de todos los anhelos. La religión de Cristo tiene algo para suplir cada necesidad humana; ¿cuál es su bendición para la soledad? Podemos acudir a la propia vida del Maestro para hallar respuesta a nuestra pregunta. Él enfrentó todas las experiencias que alguna vez llegan a nosotros, y encontró en el amor divino lo mejor que puede hallarse para hacer frente a cada experiencia. Así nos mostró lo que nosotros podemos encontrar en nuestros tiempos de necesidad y cómo podemos encontrarlo.
La soledad de Cristo fue uno de los elementos más amargos de su dolor terrenal. Todas las personas grandes son personas solitarias, pues son tan pocas las demás en quienes pueden hallar compañía. Cristo fue el hombre más grande que jamás vivió sobre la tierra. Su misma grandeza de carácter hacía imposible que tuviera alguna verdadera compañía entre los hombres. Además, aquellos a quienes vino a bendecir y salvar lo rechazaron. "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron." El único alivio humano a su soledad a lo largo de los años de su ministerio público estuvo en el amor de sus amigos escogidos, y aun este fue muy imperfecto e insatisfactorio.
Pero sabemos a dónde acudía él siempre en busca de consuelo y alivio en sus experiencias. Después de un día de dolor y sufrimiento, subía a la montaña y pasaba la noche en comunión con su Padre, y regresaba por la mañana renovado y fortalecido para otro día de hermosa vida. En su hora más oscura dijo que, aunque quedaba solo en cuanto a la compañía humana, no estaba solo, porque su Padre estaba con él.
El consuelo del corazón de nuestro Señor en su soledad es también para nosotros, si estamos andando en sus pasos. Nosotros también tenemos nuestras experiencias de soledad en este mundo, y nosotros también podemos tener la bendita compañía que llenará el vacío. En cierto sentido, toda la vida es solitaria. Aun con compañerismos comprensivos a nuestro alrededor, hay una vida interior que cada uno de nosotros vive enteramente solo. Debemos hacer nuestras propias elecciones y decisiones. Debemos enfrentar nuestras propias preguntas y responderlas nosotros mismos. Debemos librar nuestras propias batallas, soportar nuestros propios dolores y llevar nuestras propias cargas. La amistad puede ser muy estrecha y tierna, pero hay un santuario en cada vida al que ni siquiera la más santa amistad puede entrar.
Bienaventurados aquellos que, en la soledad, pueden decir: "Sin embargo, no estoy solo, porque el Padre está conmigo." La de Dios es la única amistad que puede satisfacer realmente todas las profundas necesidades y anhelos de nuestra alma. La compañía humana nos ayuda en unos pocos puntos; lo divino tiene su bendición para cada experiencia. Nunca seremos dejados solos cuando tenemos a Cristo. Cuando otros ayudadores fallan y los consuelos huyen, él siempre estará de pie junto a nosotros. Cuando otros rostros se desvanecen de la vista, el suyo resplandecerá con amor tierno, derramando su luz sobre nosotros.
Hay experiencias especiales de soledad en cada vida, para las cuales se necesita a Cristo. La juventud es uno de esos tiempos. La juventud parece feliz y alegre. Los compañerismos abundan a su alrededor. Pero muchas veces un joven se siente solo aun en medio de tales escenas y amistades. Toda la vida es nueva para él. A medida que su alma despierta, mil preguntas surgen exigiendo respuesta. Está en este mundo con mil caminos, y debe elegir por cuál caminará. Todo es misterioso. Hay peligros ocultos por todas partes. Hay que hacer elecciones. Hay que aprender lecciones. Todo es nuevo, y a cada paso se oye la voz: "¡Nunca antes has pasado por aquí!" Esta soledad de la inexperiencia, cuando un alma joven da sus primeros pasos en la vida, es uno de los sentimientos más penosos y dolorosos de todos los años. Si Cristo no es entonces el compañero, ¡solitario y peligroso es ciertamente el camino! Pero si camina junto al alma joven en su inexperiencia, todo está bien.
Hay quienes están solos porque no tienen hogar. Es imposible estimar demasiado el valor y la ayuda de un verdadero hogar de amor. El hogar es un refugio. Las vidas jóvenes anidan en él y encuentran calor y protección. También hay guía en un verdadero hogar cristiano. Una madre o un padre sabios responden muchas de las preguntas más difíciles de la vida. Bienaventurado el joven o la joven que puede llevar cada perplejidad, cada misterio, cada duda o temor, cada hambre, al sagrado recinto del amor, y que halla allí verdadera simpatía, consejo paciente y guía sabia.
El hogar tiene también su bendita compañía. Es el único lugar donde estamos completamente seguros los unos de los otros y no necesitamos estar a la defensiva. La juventud tiene sus anhelos indecibles, sus hondas hambres y sus ansias de ternura. En el verdadero hogar todas estas son satisfechas. Quienes tienen tal hogar no se dan cuenta ni de la mitad de lo que este significa para ellos. Es la misma sombra de las alas de Cristo sobre sus vidas, la misma hendidura de la Roca y el mismo seno del amor divino. La soledad de la vida significa mucho menos para ellos, gracias a sus compañerismos y a su amor suave, paciente, sabio, útil y nutridor.
Pero a veces el hogar es derribado sobre la juventud y su refugio queda destruido. Pocas cosas hay más tristes que no tener hogar. La soledad empieza a sentirse de verdad cuando el hogar se ha ido, cuando ya no hay una madre sabia y amorosa para dar su consejo en la inexperiencia de la vida, para poner su mano sobre la cabeza en bendición, para escuchar preguntas fervorosas y responderlas, para refrenar el espíritu impetuoso, para sosegar el alma cuando está perturbada y su paz rota, para guiar por caminos perplejos, para llenar el corazón hambriento con el consuelo del amor cuando anhela simpatía y compañía. Amargo es ciertamente el sentido de soledad cuando un joven, acostumbrado a todo lo que significa el amor de una madre, se aparta de la tumba de su madre para echar de menos en adelante las bendiciones que han sido tan grandes en el pasado. Nada terrenal compensará de manera plena y adecuada semejante pérdida. Otras amistades humanas pueden ser muy dulces, pero no devolverán el hogar, con su refugio, su afecto, su confianza, su guía, su consuelo y su seguridad.
Solo es menos solitario para los jóvenes a quienes las circunstancias llevan lejos en los primeros años del hogar donde, a lo largo de la infancia, su vida ha sido tiernamente nutrida. El hogar aún permanece, y el amor sigue allí con todo su bendito calor; se pueden enviar y recibir cartas, y de vez en cuando se puede volver para una breve estadía en el sagrado refugio.
Esto mitiga la pérdida y la soledad; sin embargo, aun esta experiencia es muchas veces muy triste. Lejos del hogar hay siempre una pérdida, no solo de amor, sino también de protección. Los jóvenes que dejan hogares rurales apacibles para vivir en medio de una gran ciudad se precipitan en peligros de los cuales solo Cristo puede escudarlos.
Pero bienaventurada la vida que, en cualquier desamparo terrenal, puede decir: "Sin embargo, no estoy solo, porque Cristo está conmigo." Bienaventurada esa soledad o ese desamparo que tiene a Cristo para llenar el vacío. Con Cristo, aun sin ser visto, pero amado y hecho real al corazón por el amor y la fe, hasta una habitación en una pensión puede convertirse en un hogar, un santuario de paz y un refugio de amor divino.
Otro tiempo de soledad especial es cuando el dolor despoja a la vida de sus dulces amistades. La vejez es un ejemplo. Las personas ancianas son muchas veces muy solitarias. En otro tiempo fueron el centro de grupos de amigos y compañeros que se agrupaban a su alrededor. Pero los años trajeron sus cambios. Ahora el anciano está solo. Las calles siguen llenas; pero ¿dónde están los rostros de hace cuarenta, cincuenta años? Hay un recuerdo de sillas vacías, del altar de bodas con sus desligamientos y las separaciones que siguieron. Los rostros antiguos se han ido. Es la vida joven la que ahora llena el hogar, la calle, la iglesia, y los ancianos están solos porque sus viejos amigos se han ido.
Sin embargo, en Cristo, aun la vejez puede decir: "No estoy solo." Ningún cambio en la vida puede apartarlo de nosotros. Él es el compañero de la debilidad de la vida. Él ama a las personas ancianas. Hay una promesa especial para ellos: "Yo seré tu Dios durante toda tu vida, hasta que tus cabellos se pongan blancos con la edad. Yo te hice, y yo cuidaré de ti. Yo te llevaré y te salvaré." La vejez cristiana está muy cerca de la gloria. No pasará mucho tiempo hasta que los ancianos lleguen al hogar para estar de nuevo en medio del círculo de seres queridos que bendijeron su juventud y sus primeros años.
Pero no solo los ancianos quedan solos a causa de los cambios de la vida; el dolor toca a todas las edades, y si no tenemos a Cristo cuando otros amigos nos son quitados, desolados ciertamente estaremos. Bienaventurada aquella vida, cualquier vida, que, cuando los amigos humanos le son arrebatados, halla la amistad de Cristo enteramente suficiente y puede decir: "Sin embargo, no estoy solo, porque Cristo está conmigo."
La más solitaria de todas las experiencias humanas es la de morir. No podemos morir en grupo; debemos morir solos. Las manos humanas deben soltar las nuestras al entrar en el valle de sombras. Los rostros humanos deben desvanecerse de nuestra visión al pasar entre las nieblas. "No puedo verlos," dijo uno al morir, mientras los seres queridos estaban junto a su lecho. Así será con cada uno de nosotros a su vez. El amor humano no puede ir más allá del borde del valle. Pero no necesitamos estar solos ni en la más profunda de todas las soledades, pues si somos de Cristo podemos decir: "Sin embargo, no estoy solo, porque mi Salvador está conmigo." Cuando las manos humanas suelten las nuestras, las suyas las sostendrán con más firmeza. Cuando los rostros amados se desvanezcan, el suyo resplandecerá sobre nosotros con todo su glorioso brillo. La soledad de la muerte quedará así llena de compañía divina.
La inferencia de todo esto es nuestra absoluta necesidad de la amistad y la compañía de Cristo, sin la cual solo podemos hundirnos en la soledad de la vida y perecer. Una razón, sin duda, por la que nuestras vidas están tan llenas de experiencias de necesidad, es que así aprendamos a andar con Cristo. Si los compañerismos humanos de la tierra nos satisficieran, y si nunca los perdiéramos, tal vez no nos importara el de Cristo. Si los hogares de la tierra fueran perfectos, y si nunca se desmoronaran, tal vez no llegáramos a anhelar el cielo.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Time of Loneliness
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.