Esta parábola encierra una advertencia solemne a los siervos profesos de Cristo. No vivir para la gloria de Dios es un pecado fatal. No hacer esfuerzos por agradar a nuestro Maestro celestial es señal de que no le amamos. ¿Le amaba aquel siervo que escondió la mina en un paño? Su lenguaje, lo mismo que su conducta, prueba que no. ¡Qué carácter atribuye a su Señor! Le llama hombre austero, riguroso, exigente y severo. ¡Quién podría amar a tal amo! Los que así piensan de Dios no se esfuerzan por agradarle. Desisten en la desesperación. Se dicen a sí mismos: «Si diera grandes sumas, quizá sólo desperdiciara mi dinero sin hacer ningún bien. Si trabajara de mañana a noche enseñando y exhortando, quizá sólo malgastara mi aliento; nadie podría atender a mis instrucciones. Si orara sin cesar por la conversión de mis semejantes, quizá Dios no concediera mis ruegos».
Es muy malvado abrigar tales pensamientos, pues Dios ha dado graciosas promesas de éxito a los que trabajan en su servicio. Ha dicho: «Echa tu pan sobre las aguas, y después de muchos días lo hallarás». Ha dicho también: «El que sale llorando, llevando la preciosa semilla, volverá sin duda con regocijo, trayendo sus gavillas». Y ha dicho: «Todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis». Si, no obstante todas estas promesas, persistimos en pensar que Dios podría dejarnos trabajar en vano, le hacemos mentiroso. A veces Dios no concede éxito pronto, pero recuerda lo que cada uno hace por amor a su nombre, y reconocerá todo esfuerzo en el último día. En general bendice el trabajo de sus siervos más allá de sus más altas expectativas. Preguntad a los creyentes ancianos que se consagraron temprano a su servicio si esperaban, al inicio de su carrera, recoger una mies tan abundante como la que han recogido. Memorables son las palabras del Conde Zinzendorf moribundo: «Esperaba traer a unos pocos gentiles al conocimiento del Señor, ¡y he aquí, miles han creído». El señor Charles, de Bala, poco pensaba, cuando buscaba un método para proveer de Biblias a Gales, que su deseo conduciría a la formación de una sociedad que llenaría el mundo de Biblias. El último día mostrará plenamente qué abundantes lluvias de bendiciones han acompañado el trabajo de los fieles. Algunos que esparcieron innumerables tratados sin saber qué fue de ellos aprenderán entonces las historias de aquellos mensajeros silenciosos, para su inefable gozo.
Pero ¿cuál será el abrumador dolor de quienes nada hicieron por su Señor! La mina que poseían les será quitada. No se les concederán más oportunidades de glorificar a Dios. En el infierno no hay posibilidad de servirle. Pero en el cielo habrá oportunidades de glorificarle por las edades de la eternidad. Los santos no hallarán menos refrescante su descanso por estar empleado en la adoración de Dios y en labores de amor. Las últimas palabras de la parábola aluden a aquellos enemigos que el Señor iba a enfrentar en Jerusalén, los que decían: «No queremos que éste reine sobre nosotros». ¡Cuán admirable el valor con que el Pastor conducía a su pequeño rebaño hacia la escena de su propia muerte dolorosa! Él iba delante, subiendo a Jerusalén. ¡Cuán insignificantes son todos los servicios que podamos rendir para agradarle, comparados con los padecimientos que Él soportó para salvarnos!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The last part of the parable of the ten pounds
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.