Palabras de consuelo divino

La suficiencia del creyente descansa en Dios

Antes de honrar a su siervo, el Señor lo humilla y lo vacía de toda vana confianza, preparándolo así para un servicio santo. En medio del temor y la indignidad, la promesa divina basta: Yo estoy contigo.

Tal fue el espíritu, y tal la oración, del profeta lloroso Jeremías ante la gran misión a la que Dios lo llamaba. ¡Cuán instruidoras son sus palabras! Aprende, alma mía, entre las lecciones que enseña este siervo, que antes de exaltar, el Señor nos humilla; antes de colocarnos en algún lugar de distinción en su Iglesia o llamarnos a un servicio santo en el mundo, primero nos vacía de toda vana y necia confianza en nuestra propia sabiduría, poder y santidad. Nos reviste de un espíritu humilde, obediente y dócil, haciéndonos reconocer: «Señor, no soy más que un niño; no sé cómo entrar ni cómo salir». ¿Está el Señor obrando así contigo, alma mía? ¿Está derribando con su Espíritu tu imaginaria fuerza, dignidad e importancia? Acoge esta disciplina de Dios como aquello destinado a prepararte para un cargo más alto, una misión más santa y una mayor utilidad en la Iglesia y en el mundo, para los cuales, en el propósito de su gracia, te ha destinado.

«A todo lo que te envíe irás, y dirás todo lo que te mande. No temas, porque contigo estoy, para librarte, dice Jehová». Este «así dice el Señor» basta para acallar todo temor, responder toda objeción e infundir al siervo temeroso una fuerza de gigante y la fortaleza de un mártir. Puedes retroceder ante el llamado de Dios por sentirte indigno; puedes alegar tu falta de instrucción, de sabeduría, de años o de elocuencia, exclamando: «Señor, no sé cómo hablar ni cómo actuar, porque soy apenas un niño». Pero escucha la palabra del Señor: «No temas, yo estoy contigo». ¡Basta! Oh, mi Señor, extiende tu mano y toca mi boca como hiciste con tu siervo Jeremías, santificando mi lengua con celestial sabiduría y gracia, para que con un poder más alto y santo que el mío pueda hablar una palabra por ti, por Cristo y por la verdad.

Aprende, alma mía, que en todo servicio santo para Dios y para los hombres, tu verdadera suficiencia es de Dios. Ocúpate solo en obedecer su llamado, ir adonde te envíe y hablar lo que te mande, sin temer el ceño adusto ni el rostro airado de los hombres; porque tu Dios está contigo para defenderte y darte una boca y una sabiduría que tus adversarios no podrán contradecir ni resistir. En todas tus necesidades, pruebas y servicios, no olvides que al Padre le plugo que toda plenitud de gracia, sabiduría, fuerza y simpatía habitara en Jesús. Acude a Él con cada necesidad, espiritual y temporal. Bebe frecuentemente y con abundancia de este inagotable tesoro, viviendo por fe como un pensionista de su bondad personal. Él puede hacerte fuerte para llevar, elocuente para hablar, paciente para soportar, manso para sufrir. «Con Cristo que me fortalece, todo lo puedo». «Mi gracia te basta». Adelante, pues, en el deber, en el servicio y en el sufrimiento, fuerte en la gracia que hay en Cristo Jesús, y comprendiendo momento a momento que «como sean tus días, así será tu fuerza». Nuestra suficiencia es de Dios.

Fuente y atribución

Autor original: Octavius Winslow

Título original: THE BELIEVER'S SUFFICIENCY OF GOD

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura