La mente de Jesús

La ternura de Cristo hacia el dolor ajeno

Una contemplación de la compasión de Cristo, que lloró junto al afligido y se volvió para consolar a los que seguían sus pasos, con el llamado a ejercitar el alma en una compasión amorosa con todo dolor.

Es algo conmovedor ver a un grande en lágrimas. «¡Jesús lloró!». Fue siempre su deleite pisar las huellas del dolor, sanar a los quebrantados de corazón, apartándose de su propio camino de sufrimiento para «llorar con los que lloran».

¡Betania! Esa escena, esa palabra, es un volumen condensado de consuelo para los corazones anhelantes y desolados. ¡Qué majestad había en aquellas lágrimas! Poco antes había estado discurriendo sobre sí mismo como la Resurrección y la Vida; al momento siguiente es un Hombre que llora junto a una tumba humana, deshecho en angustioso dolor al lado de una persona afligida.

Piensa en el funeral a las puertas de Naín, leyendo su lección a multitudes abatidas: «¡Confiad en mí, viudas!». Piensa en el discurso de despedida a sus discípulos, cuando, ahogando todos sus propios dolores previstos y anticipados, ¡pensó solo en mitigar y consolar los de ellos! Piensa en la conmovedora pausa de aquella procesión silenciosa al Calvario, cuando se vuelve y calma los sollozos de quienes siguen sus pasos con su llanto. Piensa en aquel maravilloso compendio de ternura humana, justo antes de que sus ojos se cerraran en su sueño de agonía, en la mayor crisis de todos los tiempos, cuando el amor filial miró a una madre angustiada y le procuró un hijo y un hogar.

¡Ah, hubo jamás una compasión semejante! ¡Hijo! ¡Hermano! ¡Pariente! ¡Salvador! Todo en uno. La majestad de la divinidad casi perdida en la ternura del Amigo. Pero así fue, ¡y así es ahora! El corazón del Rey ahora entronizado late al unísono con el más humilde de su pueblo afligido. «Pobre soy yo y menesteroso, pero el Señor me lleva en su corazón».

Vayamos y «hagamos lo mismo». Estemos dispuestos, como nuestro Señor, a seguir el llamado de la miseria, «para librar al necesitado cuando clama, al pobre también, y al que no tiene ayuda». La compasión cuesta poco. Su recompensa y su retorno son grandes, en el inestimable consuelo que imparte. Pocos son los que la menosprecian. Mira a Pablo, el prisionero cansado y agotado, encadenado a un soldado, recién naufragado, a punto de comparecer ante César. Llega al Foro abatido y deprimido. Hermanos vienen de Roma, a sesenta millas de distancia, para ofrecerle su compasión. ¡El anciano queda animado! Su espíritu, como el de Jacob, «revivió». «Dio gracias a Dios y cobró ánimo».

¡Lector! Que «este sentir», este santo hábito semejante al de Cristo, esté en ti, que estuvo también en tu adorable Maestro. Deléitate, cuando se presente la oportunidad, en frecuentar la casa del luto, en vendar el corazón de la viuda y en secar las lágrimas del huérfano. Si no puedes hacer otra cosa, puedes susurrar al oído del dolor desconsolado aquellos consuelos majestuosos que, nacidos primero en el cementerio de Betania, han enviado sus ecos inmortales por el mundo y han conmovido las profundidades de diez mil corazones: «¡Tu hermano resucitará!». «Ejercitad vuestras almas —dice Butler— en una compasión amorosa con el dolor en todas sus formas. Consuélalo, sírvelo, sostenlo, venéralo. Es la reliquia de Cristo en el mundo, una imagen del Gran Sufriente, una sombra de la cruz. Es algo santo y venerable».

El mismo Jesús «buscó a algunos que tuvieran compasión, pero no los hubo; y consoladores, pero no los halló». Muestra cuánto valoraba aun Él la compasión, y eso también en su forma más común de «lástima», aunque un mundo ingrato se la negó.

«Armaos asimismo con el mismo sentir.»

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: SYMPATHY

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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