Las últimas cosas

La tumba, umbral de la eternidad y del juicio final

Una meditación sobre la muerte cierta, la resurrección y el juicio final que llama a preparar el alma para la eternidad mientras aún hay tiempo.

Se nos enseña también a considerar la tumba como el pórtico de la eternidad. Verdaderamente lúgubre sería la suerte del hombre, si no tuviera promesa más hermosa en medio de los males de la vida que el refugio del sueño eterno; ni bálsamo más rico que el miserable consuelo de la aniquilación. Verdaderamente sombrío parecería el receptáculo de todos los vivientes al ojo que no pudiera penetrar más allá de su espantosa entrada.

Los hombres de otros tiempos, las generaciones que han pasado: perpetua, y sin aurora, es vuestra noche de silencio; os llamamos, pero no oís nuestras voces, ni sabréis que vuestros nombres son recordados. Silenciosos, para siempre silenciosos están...

los modelos de piedad,

los luminares de la sabiduría,

los ídolos de la renombría,

los héroes de los días antiguos y modernos,

los guerreros que esparcían el espanto o se oponían a la injusticia sobre la tierra,

los estadistas, cuyos consejos influían en el destino de los imperios,

los oradores, que encadenaban la atención y movían la voluntad de las multitudes,

los filósofos, escritores, poetas, artistas, ya fuera vuestro impulso la filantropía o vuestra pasión la fama

— aquí están mezclados vuestros restos con los del obscuro campesino,

igualmente pasto del gusano,

inquilinos del calabozo,

e ignorantes de lo que pasa a apenas unos pies sobre vosotros.

¿De qué sirven ahora los vuelos de vuestro genio, o los monumentos de vuestro orgullo; las obras de vuestra munificencia, o la historia de vuestras hazañas? Para vosotros, todas estas cosas son ya como si nunca hubieran existido. ¿Qué importa que aquí el impío cese en verdad de afligir, y el esclavo quede libre de su amo; que los prisioneros reposen juntos, y el cansado halle descanso? — mientras la conciencia, el movimiento, la vida, han cesado por completo.

Pisamos sobre los cuerpos de una multitud entremezclada...

las muchedumbres de las ciudades,

los ermitaños de los desiertos,

los instructores de nuestra infancia,

los compañeros de nuestros afanes,

los partícipes de nuestros secretos consejos,

el pariente anciano,

el niño sin habla.

¡Lúgubre salida! ¡vasta familia de la muerte! La tierra que se amontona sobre vosotros no puede ser perturbada desde dentro. Sobre los ojos que se han cerrado a la alegre luz del día, sus rayos no volverán jamás a brillar.

Hacia la misma tierra del olvido marchamos nosotros mismos, empujados hacia adelante con una certeza que no puede eludirse, y con una celeridad que es imposible retardar. El día no está lejano, y quizá está a punto de salir — cuando seamos añadidos a este vasto montón de desolación, y olvidados; cuando el cuerpo terrenal se desmorone entre sus semejantes terrones del valle; y el aliento suelto de la vida, habiendo terminado su obra, se desvanezca "en el aire leve."

A la luz de nuestra muerte cercana y cierta, ¡cuán más leves que la vanidad parecen los logros de la vida! Oh, ¡cuán doblemente opresivos son todos los pesos de la vida, cuando pensamos que después de haber llevado, por unos pocos días breves y malos, este ser frágil y febril — el pequeño montículo de césped señalará tan solo nuestro lugar; la cabeza será depositada sobre el lecho del olvido, e iremos a aquel lugar de donde no retornaremos!

Fuera todos los deseos románticos de logros más altos en esta vida, en la estimación de un mundo corrupto y de mirada superficial. ¡Fuera! pues ¿qué queda sino sacar el mayor provecho del tiempo presente, comer y beber y ser feliz, ya que mañana morimos — y luego todo lo demás es tinieblas, y es nada?

Tal, tal sería la lúgubre condición del hombre, si no estuviera advertido, si no estuviera asegurado de la vida futura; y aquí concluirían, en tinieblas y horror, todas las tristes reflexiones que una visita al sepulcro pudiera suscitar. Dondequiera que, bajo estas consideraciones, volviera los ojos en busca de consuelo, todo le parecería marchito y desagradable. Paseando en primavera, solo lamentaría aquellos días más dichosos de una inocencia que no ha de volver, de los cuales hablaban el follaje naciente y la fresca creación; pero no rastrearía allí la analogía de la resurrección. Escuchando la voz de la música, perdería aquellas promesas de coros celestiales y de un mundo más resplandeciente que constituyen su mayor encanto. Ante la pérdida de los amigos, no podría saber nada de reencuentro. Y al descifrar los caracteres místicos de los cielos estrellados, quedaría por completo separado de toda información más pura.

Vagando por la orilla de un océano oscuro, cuyo límite de costa no podía divisarse, avanzaría como esclavo del impulso, idólatra del presente; y satisfecho, aun en sus mejores momentos, con las adquisiciones más escasas en santidad.

A nosotros, empero, a quienes la revelación divina ha certificado que, cuando el polvo vuelva al polvo, el alma libertada remontará sobre un ala de identidad indisoluble hasta la presencia de Aquel que la dio, se nos abre un horizonte más amplio y noble de pensamiento y de esperanza. Para nosotros, el suelo del cementerio bulle aún de animación, y las cenizas de nuestros antepasados arden con sus fuegos habituales. Esperamos una mañana en que la tierra, a la que han sido confiados, devuelva su invaluable depósito; cuando, en trance de parto como la madre, con un solo dolor fecundo, restituya a todos sus hijos a una segunda vida.

"Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos secos? Y respondí: Oh Señor Dios, tú lo sabes." Para Dios, el Arquitecto del edificio viviente, es tarea sencilla reunir y reordenar sus fragmentos esparcidos. Para ti, el gran Jardinero, que has convocado de la tierra las primicias, es solo el aliento de tu voluntad dar vida a toda la cosecha. ¡Con cuánto gozo escuchamos la voz de tu santo profeta, anunciando de antemano el encargo de tu Hijo divino, el libertador del calabozo y el gran sacrificio expiatorio por el pecado: "Yo los redimiré del poder del sepulcro; los rescataré de la muerte. ¡Oh muerte! Yo seré tu plaga. ¡Oh sepulcro! Yo seré tu destrucción!"

¡Con cuánto gozo, después que el anuncio se hubiera verificado, el rescate consumado, y el sacrificio expiatorio ofrecido, escuchamos el eco triunfante que responde desde la voz de tu santo apóstol: "¡Oh muerte, dónde está ahora tu aguijón! ¡Oh sepulcro, dónde está tu victoria!" Así asegurados, nos toca interrogar al sepulcro acerca de sus tesoros ocultos, y desentrañar muchos procederes misteriosos de la Providencia. El afligido puede ahora recorrer el campo de la muerte, el lugar de la desolación, con calma. Puede contemplar el verde césped que cubre sus placeres y esperanzas terrenales, con un alma resignada y satisfecha. Allí, puede decir, reposa mi amado pariente; ese trecho más corto de tierra señala donde yace un niño. Silencioso, bajo esta urna sagrada, está el amigo que me amó como un hermano.

Aquí están los despojos de la mortalidad, a la espera de la resurrección. Pues sabe, oh sepulcro, que devolverás tu encargo; y tus terrones saltarán a la vida; y serán llenos de una nueva animación; y yo conoceré una vez más a quienes he conocido; y el abrazo de la resurrección será indisoluble.

Fue una vaga sospecha acerca de la vida futura, sugerida por la elevada indagación o por la amistad llorosa, la que dictó, aun entre las naciones paganas, una reverencia por las moradas de los difuntos. No podía concebirse aflicción mayor que la privación de sepultura; ni crueldad más severa que su denegación; ni imprecación más pesada que el deseo de que no se obtuviera. El gran legislador ateniense consagró a las furias infernales a los impíos violadores del sepulcro. En verdad, el lugar de las tumbas está seguro bajo la protección del gobierno, si jamás se perturbara aquel asilo de los muertos. Fue, sin duda, la esperanza de reunirse con amigos amados en un mundo venidero, y el deseo de mitigar la amargura de la inevitable separación presente, lo que creó esta veneración por los difuntos.

Los supervivientes se complacen, en la mayor parte de los lugares, en adornar estos lugares de reposo con las más hermosas esculturas del arte y las más tiernas efusiones del afecto. Adornan el cementerio con flores, emblema de la futura animación; y con plantas perennes, significativas ya sea del recuerdo perpetuo en los vivos, o de la vida imperecedera en los difuntos. Allí se cierne el melancólico acebo, proyectando su protección sobre el cuerpo sepultado. Se concibe que los difuntos se deleitan con estos honores, y que se regocijan cuando "los terrones del valle les son así endulzados."

Y diga lo que diga la moderna y espuria liberalidad, este respeto general por los restos de los difuntos bien merece ser mantenido, por su conexión con la verdad escritural. Déjese al creyente humilde en el goce de su convicción: que violar rudamente las moradas de la mortalidad no es sino parte de un plan incrédulo para enseñar que nada sobrevive a la destrucción del ser mortal, y que la muerte es un sueño eterno. La tumba en la que fue depositado el Autor del cristianismo fue construida a la vez para ornato y seguridad. "Había un huerto, y en el huerto un sepulcro; y estaba labrado en una roca, y custodiado por una piedra pesada." Más aún, "Ahora descanso en paz" fue admirado aun por un incrédulo, como la más conmovedora de todas las inscripciones monumentales. Es la voz que la imaginación concebiría como llegada desde la tumba, si los muertos pudieran hablar.

4. Pero aunque la tumba no sea, para nuestra conciencia, el confín más extremo del universo; aunque sepamos que es la puerta por la que nosotros y todos los hombres pasamos del mundo visible al invisible, merece todavía atención como el límite extremo de la vida. Donde el árbol cae, allí queda. Nos despedimos para siempre de las orillas que vamos dejando atrás; pues cuando la nave ha llegado una vez a su puerto destinado, ni regresa ni repite su rumbo. "¡Lázaro, sal fuera!" fue un milagro, una desviación del curso de la naturaleza. La tumba escuchó, en sus cavidades, el solemne mandato. Oyó, obedeció, devolvió su presa; luego cerró inmediatamente sus puertas y guardó sus secretos, hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas.

Nosotros, cuando hayamos descendido una vez allí, no podemos volver a la tierra de los vivientes, para enmendar lo que hemos hecho mal, ni para realizar lo que hemos omitido. Allí no puede tener lugar cambio alguno del corazón.

El que es injusto, injusto será aún.

El que está condenado, condenado está para siempre.

El que está perdido, no puede ser hallado.

El que prueba la segunda muerte, no puede volver a estar espiritualmente vivo. "Pues cuando vayas a la tumba, no habrá allí obra, ni plan, ni conocimiento, ni sabiduría" — ni arrepentimiento.

No eludamos la verdad: sabemos que nuestra labor asignada, una labor que ha de realizarse en la tierra o que no se realizará en absoluto, no es tarea fácil ni trivial de una hora. Es comprehensiva y difícil, y abarca...

nuestros deberes para con Dios;

el arrepentimiento sincero;

la crucifixión del viejo hombre;

la fe, la adoración, la santidad, la perseverancia;

nuestros deberes para con los hermanos;

la actividad y la utilidad;

y el amor a Dios y al hombre.

Para cumplir este círculo de variados oficios, el tiempo concedido es breve: una parte ya pasada, y lo que queda, incierto. ¿Cuál es, pues, la inferencia? Si tal es el carácter de lo que nuestra mano halla para hacer, y tal el carácter del tiempo asignado para hacerlo, entonces seguramente la sabiduría aconseja que debemos hacerlo con todas nuestras fuerzas.

Esto es cierto, ya hablemos con respecto a lo temporal o a lo más estrictamente espiritual. Aun en las labores de nuestra vocación, en la realización de planes mundanos, en cuanto sean compatibles con la santidad o constituyan deber, la noche que se acerca nos incita a no ser perezosos en los negocios. Quien pone su mano al arado hará bien en guardarse de mirar atrás o de holgazanear en su faena. Y quien entra tarde en el campo del esfuerzo industrioso, debe apresurarse a rescatar el tiempo. Ahora bien, rescatar el tiempo es emplear lo que queda de él con buen propósito; es hacer una ordenación y distribución debidas de nuestros días. Es intercalar momentos de meditación entre las horas de trabajo corporal o mental; y no dar más al placer del que es necesario para reponer los ánimos. Es resolver por la mañana, actuar durante el día, reflexionar por la noche. Es desistir de la persecución de objetos frívolos y despreciables en sí mismos, o ajenos al negocio principal de nuestra vocación. Sea lo que sea que emprendamos, nunca debemos proceder mal; y proponiendo la gloria divina como el alcance y la meta de nuestras empresas, consagrar toda la rutina de la vida como una serie de actos de servicio hacia Dios. Esto es rescatar el tiempo.

Pero si la sabiduría dicta tal prudencia y diligencia respecto de los vanos proyectos y las perecederas adquisiciones de esta vida, que sin embargo, por inocentes y beneficiosas que sean en sí mismas, no están inmediata y directamente conectadas con la salvación, ¡con cuán imperiosa voz se nos exhorta a ejecutar con todas nuestras fuerzas, sin vacilar, sin procrastinar, la grande, la importantísima, la indispensable obra de preparar el espíritu para la eternidad!

Esta es la cosa que eminente y esencialmente pertenece a nuestra paz; es la obra cuya negligencia en este nuestro día nos priva de la felicidad y de la esperanza para siempre. Puedes dejar inconclusa la majestuosa mansión que has fundado, y tu heredero la hará habitable para sí. Puedes dejar incompleta la labranza de tu finca, y no por ello estar peor en la eternidad. Impunemente puedes renunciar a tus planes de ganancia, placer u honor; pues puede haber humildad en la pobreza, y modestia en el retiro, y ambas condiciones son favorables a la piedad y a la perseverancia. Tu ingreso puede ser escaso, tu industria moderada, y todo puede, con todo, seguir próspero y bien para ti.

La frugalidad exagerada es idolatría de la codicia; y Marta puede ser demasiado cuidadosa y atribulada por muchas cosas. Si has descuidado el cuidado de tu salud, si has caído en dificultades o aflicción, puedes aún esperar un cambio favorable, o en el peor de los casos, mirar la muerte como liberación del sufrimiento. Pero si ahora descuidas lo único necesario, si dejas pasar sin provecho esta oportunidad irrecuperable, si desgraciadamente procrastinas los intereses de la inmortalidad, entonces quedas cortado de toda esperanzadora expectativa, privado de todo consuelo, y desprovisto de toda felicidad. Arrojas al ancho océano la perla de gran precio. Desprecias una ventaja imposible de recuperar, y pierdes una felicidad cuya ausencia jamás podrás suplir.

Mientras quede una hora, pues, levántate y actúa.

Mientras aún vivas y te muevas sobre la superficie de este globo terrenal,

mientras aún no estés mezclado con los miles que duermen en su seno,

mientras caminas sobre tumbas que aún no ocupas,

mientras aún pisas el gusano que pronto te devorará

— ruega por arrepentimiento y fe en el glorioso evangelio.

Evita la inactividad, a fin de escapar al destino del siervo inútil. Apresúrate a hacer la obra de quien te ha enviado, que manda a la tumba abrirse ante cada paso de tu camino en la vida, pero cuyos llamados se desvanecen como brisa de verano cuando te invita con la pequeña y serena voz interior: "¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día? Id a la viña, aunque sea ya la hora undécima, y os daré lo que sea justo."

III. EL JUICIO FINAL

"Pues debemos todos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que le sea debido por las cosas hechas mientras estaba en el cuerpo, sean buenas o malas." 2 Corintios 5:10

El fin del mundo, con toda la pompa y el terror de sus circunstancias acompañantes, ha ocupado los esfuerzos más sublimes del pincel y de la pluma. Pero cuando lo consideramos como una certidumbre inminente, no podemos menos que reconocer la conveniencia de hacer reales para nuestra imaginación los acontecimientos de aquel gran tribunal.

La fe ha sido definida como la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven. Cada acto de la mente, por tanto, que nos conecta con el mundo invisible, que nos transporta entre las cosas que han de ser y las situaciones en que habremos de ser colocados en lo porvenir, es un ejercicio parcial de aquella fe que, considerada en todo lo que implica y acarrea, abarca el deber entero del hombre.

La primera circunstancia que merece atención, por aumentar grandemente la solemnidad del acontecimiento que vamos a contemplar, es el modo silencioso e insospechado de su advenimiento. Se han hecho intentos, descifrando la profecía, de averiguar el período determinado en los consejos de Dios para poner fin a este universo visible; pero estos no pueden ser poco más que conjeturales, pues "de aquel día y de aquella hora, nadie sabe, no, ni los ángeles del cielo, sino solo el Padre." Dios ha juzgado suficiente informarnos que aquel gran día, "para el cual fueron hechos todos los demás días," vendrá sobre el mundo como un trueno sorpresivo; cuando no piensan en él, cuando piensan en todo lo demás; llevando adelante guerras, ratificando tratados, formando alianzas, planificando obras públicas, derribando graneros y construyendo otros mayores. Mientras el mundo entero está así absorto en ocupaciones que (cuando se las atiende exclusiva o principalmente) caracterizan una mente mundana, el Hijo del hombre vendrá sobre él con lo inesperado de "un ladrón en la noche."

Y como fue en los días de Noé, y en los días de Lot: vendieron, compraron, plantaron, edificaron, hasta que la destrucción repentina vino sobre ellos sin advertencia, así será también en el día del Hijo del hombre. El día en que el sol, que había regido y medido los días por tantas generaciones, se levante por última vez, en el tinte portentoso de la sangre, y no ofrezca a la generación entonces existente otra advertencia de que nunca más se vestirá con su túnica de resplandor, ni regresará a las cámaras del oriente.

En lo profundo, pues, de este sueño general de las almas, una voz fuerte y tremenda será de pronto escuchada, resonando de un extremo a otro del cielo, y saliendo hasta los confines de la tierra; una voz que infunde terror a la raza que entonces viva, y que penetra las celdas más íntimas y las catacumbas de la muerte. "¡El fin ha llegado!", clamará en medio de truenos: "Romped las ataduras del sueño, habitantes del sepulcro; y vosotros, los vivos, preparaos para el juicio."

Tomando la Escritura por guía, supongamos llegada esta escena. Contemplemos sus visiones y escuchemos sus sonidos. ¡Qué grito es aquel que estalla en la bóveda del cielo! Es el Señor, que desciende con ejércitos de ángeles, con un séquito de diez mil de sus santos. Y ¡he aquí! una forma poderosa, el heraldo de su advenimiento, plantando un pie en el océano que tiembla y otro en la tierra que se marchita, alza su mano hacia el cielo, y jura por Aquel que vive por los siglos de los siglos, que el tiempo ya no será.

Ahora brilla más cerca la gloria descendente, superando al Shekinah en su esplendor, aventajando al cometa en su velocidad, y resplandeciendo del oriente al occidente. Viene, el testigo fiel, el primogénito de los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Pisa el aire con paso ligero, y avanza por un sendero de nubes. Viene, ya no el humilde peregrino de Galilea, ni el hijo del carpintero, despreciado, rechazado, abofeteado; ni el varón de dolores, que no tenía dónde reclinar su cabeza. Muy otra cosa. Su rostro es como el sol, sus ojos como llama de fuego, sus pies como de bronce que arden como un horno. Su voz es como el fragor de muchas y poderosas aguas.

Viene, y ¡he aquí! su bieldo está en su mano, y limpiará completamente su era. Sus relámpagos fulgurantes juegan en torno a él, mientras los cimientos del mundo redondo se parten al soplo del aliento de su desagrado. Viene, ya no a sufrir, sino a reinar, a recibir homenaje, a recompensar, a castigar, a destruir. La pompa del vencedor, la majestad del soberano, los terrores del juez, se conjugan para borrar la ignominia de la crucifixión y para obliterar los deshonores de la tumba.

¿Podemos maravillarnos de que un acontecimiento tan alarmante e importante vaya acompañado de señales milagrosas, de prodigios grandes e inauditos? ¿Que el vasto globo del día enferme hasta las tinieblas; que la fina plata del escudo de la noche se oscurezca; que las estrellas disparen, y vacilen, y caigan en lluvias del cielo como una higuera que esparce sus higos cuando la sacude un viento poderoso?

¿Podemos maravillarnos de que el mundo desequilibrado tambalee como un borracho; que los terremotos lo desgarren hasta su centro; que millones de meteoros reventones se crucen en el cielo perturbado; y que, mientras así se conmueven los poderes y las columnas del firmamento, la ronca bóveda ruja como con el estruendo de un universo?

¿Podemos maravillarnos de que los elementos mismos se fundan; que el fuego derrita las rocas y lame las aguas siseantes; y mezcle la belleza de la naturaleza, el orgullo del arte, los monumentos del poder, en una combustión y ruina universales?

¿Podemos maravillarnos de que las montañas y las islas sean removidas; y que los cielos, retrocediendo ante las huellas y el rostro de su Señor, se marchiten y pasen como un pergamino reseco y plegado?

Truenos subterráneos que responden a la artillería del cielo, volúmenes de llama y humo que ascienden del suelo convulso y oscilante, grandes lagos que hierven como calderos de fuego flotante, y enormes masas encendidas que ruedan hacia grietas que se ensanchan, todo proclama, en horrible concierto, que la naturaleza está en su último aliento, y que el día del Señor, el día grande y terrible, ha llegado.

Pero, procedamos: todo el sistema de los asuntos mundanos se detendrá ahora; aquellas ruedas de la vasta máquina de la sociedad, que habían venido girando durante tantos siglos, se detendrán. Los vivos, aterrados, parecen privados de vida; el océano medio vaciado y humeante arroja a sus muertos sobre sus orillas; la tierra de cada tumba es removida; mausoleos y tumbas son derribados; el hueso se ajusta de nuevo a su hueso; y millones de formas amortajadas se levantan. Las tapas de la urna y del ataúd son arrancadas; el hombre es de nuevo formado del polvo de la tierra; los muertos se estremecen de calor, de animación, de movimiento, y salen adelante; los que hicieron el bien, a la resurrección de la vida; y los que hicieron el mal, a la resurrección de la condenación.

¡Pero qué pulsos de alarma latirán en los corazones, qué sentimientos estremecerán los cuerpos de esta vasta multitud reanimada! ¡Consternación! ¡temblor! ¡horror! ¡desesperación! "Los corazones de los hombres desfallecen de miedo." ¿Dónde están los pocos dichosos, los fieles incansables e inquebrantables, que levantarán sus cabezas con confianza, que desde la tumba tenderán sus manos sin espanto y clamarán, en humilde esperanza: "Así sea, Señor; ven, Señor Jesús, ven pronto"?

¡Ah! ¿No tendrán más bien los más justos sus secretos recelos? ¿No amortiguarán las aprensiones las expectativas mejor fundadas? ¿No se unirán los corazones más puros en el clamor: "¿Quién podrá resistir el día de su advenimiento?" Pero si el juicio así comenzado, "es temible aun en la casa de Dios", ¿cuál será vuestro presentimiento, hijos de desobediencia? Si los justos "apenas se salvan", ¿dónde, dónde compareceréis vosotros, los impíos, y vosotros, los pecadores? Buscaréis deslizaros de nuevo en las tinieblas de la tumba. Chillando huiréis a las cuevas, a los escondrijos, a las cavernas de la tierra, ante los rayos de la venganza que os persigue. "Caed sobre nosotros", clamaréis a los montes que se desmoronan y a las rocas que arden: caed, caed y escondednos del rostro de Aquel que está sentado en el trono, y de la ira del Cordero, porque el gran día de su ira ha llegado.

He aquí al Juez, sentado ahora en su trono, que ha plantado sobre las cenizas de este mundo. A su diestra están ordenados los hermanos de la fe; a su siniestra, silenciosos, aterrados, desesperados, una multitud culpable que aguarda su condena final. Alrededor y en lo alto, he aquí miríadas del ejército celestial, según sus grados y virtudes; sus vestiduras inmaculadas como la luz; sus frentes ceñidas de diademas estrelladas; sus rostros irradiando amor puro hacia sus destinados compañeros; mientras bajo, en la boca flamígera del abismo insondable, los oscuros ministros de la venganza esperan, en sombría expectación o en feroz triunfo, el mandato de echar mano sobre sus víctimas.

Sistemas remotos, así despoblados de sus habitantes, y el universo congregado, una multitud que nadie puede contar, de pie en solemne silencio, en atención contenida, entre sus densas muchedumbres y la profundidad inmensa de sus filas; mientras hay así una pausa solemne en los himnos de alabanza, "un silencio en el cielo por media hora"; mientras la maraña del firmamento se aquieta como en el sueño de la medianoche, se emite una orden para la apertura del libro del juicio.

"Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él. La tierra y el cielo huyeron de su presencia, y no hubo ya lugar para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante el trono; y se abrieron los libros. Y se abrió otro libro, que es el libro de la vida. Y los muertos fueron juzgados por lo que habían hecho, según lo registrado en los libros. El mar devolvió los muertos que estaban en él, y la muerte y el Hades devolvieron los muertos que estaban en ellos; y cada uno fue juzgado según lo que había hecho." Apocalipsis 20:11-13

"Yo soy aquel", proclama el Juez desde su tribunal, "que ha obtenido redención. Herederos de la promesa, hijos del nuevo pacto, poneos de pie y declarad: ¿cómo ha adquirido cada uno un interés salvador en este admirable rescate?"

Entonces, mientras algunos se mantienen mudos de confusión, mientras otros en vano aducen excusas por su impenitencia, mientras muchos se encogen aterrados ante el bostezo del abismo temible, aun entonces, sobre los incrédulos, los profanos, los engañosos, sobre los injustos, los impuros, los idólatras del mundo presente, será pronunciada la sentencia: "No os conozco; apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles."

A los que, con mucha flaqueza, han procurado caminar irreprensibles por los caminos de Dios; a los que por la fe y el arrepentimiento se han asido de la cruz de la reconciliación; a los que en la vida han mirado hacia arriba en busca de sostén espiritual, a ellos se dirigirá entonces el Salvador: "Venid, benditos de mi Padre; tomad vuestra heredad, el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo."

Somos informados por Pablo que, pronunciadas estas sentencias, los fieles serán arrebatados para recibir al Señor en lo alto, y así estarán siempre con el Señor. Y mientras el Salvador triunfante reasciende así a la casa de su Padre, con una pompa resplandeciente bajo los fulgores de los cielos que se abren; mientras lleva, entre sus enseñas regias, los despojos de los vencidos, las flechas de la muerte y las llaves del Infierno; cuando conduce a las cortes de la luz a los primogénitos que ha rescatado, ¡cuán descriptiva de su gloria parece la profecía del Salmista: "Dios ha subido con júbilo; el Señor, con sonido de trompeta: cantad alabanzas a Dios, porque Él es rey sobre toda la tierra; cantad alabanzas, porque Él está sumamente ensalzado!"

La inspiración aun acompaña su progreso hasta los confines del día, hasta los portales de los palacios celestiales: "Alzad, oh puertas, vuestras cabezas —canta—, vosotras puertas eternas, y entrará el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor, fuerte y poderoso, el Señor, poderoso en batalla."

Respecto de los hijos de desobediencia, tenemos la información de la Escritura de que el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su reino a todos los que obran iniquidad, y los atarán de pies y manos y los echarán a las tinieblas de afuera, ¡tinieblas solo iluminadas por el resplandor de un horno lúgubre!

Gustosamente dejaría yo incompleto el cuadro. Gustosamente tendería un velo sobre los horrores de aquella escena lúgubre; ocultaría la maligna satisfacción con la que los demonios de las tinieblas saltarán y se aferrarán a los recién condenados, y los arrojarán con pinchos cabeza abajo al abismo insondable; pero no debo ahorraros una alarma provechosa.

¡Oh, el horror y la agonía de aquella última mirada de despedida, que ellos lanzarán al firmamento de luz, y a los bordes de la gloria distante del Salvador, y a la multitud desaparecedora de los fieles, en la que hay muchos parientes amados y consejeros despreciados! ¡Oh, el grito salvaje, y la lucha frenética, y el ruego desatendido, y el ruego más vano aún de misericordia!

¡Oh, que borrando el cuadro, pudiera yo borrar la realidad, de...

el sensualista abotargado,

el opresor despiadado,

la adúltera impúdica,

el defraudador del huérfano,

un rico, arrepentido demasiado tarde,

un Judas, que se había cortado de la esperanza,

un Caín,

un Coré,

un Herodes,

una Safira,

privados de toda ocasión de arrepentimiento, precipitándose en un Infierno, pero llevando en su seno otro, al cual aquel Infierno les parece un Cielo!

Baste declarar que todos los que aquí en la tierra hayan adorado a la bestia y a su imagen, beberán el vino no diluido de la ira de Dios, que es derramado sin mezcla en la copa de su indignación.

Baste que todos aquellos cuyo nombre no está escrito en el libro de la vida, sean arrojados entre las olas de un mar de fuego, preparado para los demonios y los mortales impenitentes, y sean allí atormentados día y noche por los siglos de los siglos, por aquel gran Dragón, la antigua Serpiente, el Diablo, y sus huestes congregadas. Pues aunque está atado con una cadena de nueve eslabones por aquel Hijo de la luz, que ha pisado su cuello y domeñado sus anillos retorcidos, y lo ha arrojado, con todos sus ángeles apóstatas, de las hasta ahora soportables llanuras de la tierra, como antaño de los felices reinos y los cristalinos baluartes del Cielo; que los ha encerrado y asegurado en el abismo sin fondo, y lo ha cerrado con muchos cerrojos, y ha puesto un sello que nadie puede romper sobre su entrada, no obstante, este archiengañador y sus demonios subordinados quedan aún con todo su poder para castigar.

Las puertas del calabozo y de la prisión están ahora cerradas; han chirriado en sus goznes pesados por última vez; están cerradas, para no abrirse jamás.

¡Solemnísima consideración! Cualesquiera que sean los sufrimientos que aquella multitud desdichada vaya a experimentar, ya sean tormentos del cuerpo o angustias del alma, la palabra de verdad declara que su condena es irrevocable, su condición inalterable; que no hay rayo de esperanza, ni suspensión del dolor; que la desgracia es sin límites, y la copa llena de la furia divina no se agotará nunca. La inscripción sobre la puerta del Infierno, ideada por el gran poeta de aquella región lúgubre, no es menos exacta en la realidad que en la imaginación: "¡Vosotros que entráis, abandonad toda esperanza!"

Habiendo intentado así, aunque con pincel debilitado, retratar las circunstancias de esta solemne catástrofe, me apresuraré a concluir ofreciendo algunas reflexiones oportunas.

1. Con respecto a la CERTEZA de estos acontecimientos. Hay una voz oracular de la naturaleza encerrada en cada seno; hay una esperanza en la virtud y un temor en la culpa, que anuncian un juicio venidero. La razón también intima que, al fin de los tiempos, el Todopoderoso vindicará su sabiduría y bondad, asignando al vicio y a la virtud una retribución más igual que la que suele darse en este mundo inferior.

Y este tribunal de justicia parece además necesario para rectificar muchos errores de la opinión humana. El mundo juzga los caracteres por los actos externos, y de ahí acontece frecuentemente que el hombre impío, que se las arregla para salvar solo las apariencias, y que puede echar un brillo imponente sobre la negrura de sus malas obras, se lleva la palma del aplauso público, "ya tiene su recompensa." Mientras que, por otra parte, por una desgraciada combinación de circunstancias, ligada a la avidez de los hombres por asir ocasiones de detracción, el siervo oprimido de Dios puede hundirse bajo censura inmerecida.

¿No temerá entonces aquel que se regodea en tales tributos mal habidos, un período de retribución, cuando el brazo de la injusticia sea marchitado, cuando la lengua del engaño sea acallada en vergüenza?

¿No levantará la cabeza el sufriente abatido, en la expectativa de un más allá, cuando su causa sea dada a conocer, y su calumnia removida, y su inocencia sacada a la luz, clara como el mediodía?

Además, hay ciertos vicios que, por ser de moda, o por estar unidos a grandes talentos, o mezclados con prendas cautivadoras, o suavizados por modales corteses, gozan de una indulgencia demasiado liberal en el mundo. Mientras que por alguna falta individual, cometida en un momento fatal, el penitente sincero no halla perdón entre los hombres, ni remoción de la marca en su frente, aunque la busque constante y cuidadosamente con lágrimas.

Podría presumirse entonces, digo, en razón, que una corrección equitativa de estas opiniones y sentimientos erróneos de los hombres, en presencia de un universo congregado, entra en el plan y la economía de la Providencia divina.

Pero mientras la conciencia y la razón declaran la probabilidad, la Escritura proclama la certidumbre de esta solemne consumación. "Está establecido para los hombres que mueran una vez, y después de esto el juicio." "No os maravilléis de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros resucitarán y saldrán adelante, los buenos a la vida, y los malos a la destrucción. Pues todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho."

No imaginéis, entonces, que habéis estado contemplando...

una historia ficticia,

un relato para entretener la imaginación,

un cuento que no tiene lugar sino en la imaginación del narrador,

una profecía de sentido alegórico o dudoso, que puede o no cumplirse literalmente.

No imaginéis que habéis estado anticipando un acontecimiento sepultado en el seno de la incertidumbre, o una escena en la que no tendréis parte personal. Recordad que el cielo y la tierra pasarán, pero que ni una jota ni una tilde de estas cosas pasará. Representáoslas, pues, ahora a la meditación como realidades sólidas, en las que cada persona llevará parte prominente. Antes de ser despedidas con indiferencia, que impresionen toda mente con los sentimientos (pero más permanentes) que una vez produjeron en el del gobernador romano. "Y como Pablo razonaba del juicio venidero, Félix tembló."

2. Paso ahora a observar, en segundo lugar, que aunque no podamos decir el día, ni la hora, ni la edad en que nuestro Maestro ha de volver a juzgar; aunque la generación presente pase como todas las que la precedieron; aunque todo siga como desde el principio, y la promesa de la venida del Salvador permanezca incumplida por ciclos y ciclos de edades, sin embargo, el relato ahora dado del gran día del rescate, como que viene repentinamente cuando los hombres canten la canción de paz y seguridad, puede ser apropiado por cada hombre a su propio caso particular; puesto que el día de la muerte, igualmente incierto, fijará su condena final, y será virtualmente el día del juicio para él.

"Esperad, pues, con paciencia; confirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor, la venida de la muerte, se acerca. Velad, pues, porque no sabéis a qué hora vendrá el dueño de la casa (o el Monarca de los muertos), si a la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; no sea que, viniendo de repente, os halle durmiendo." A todo aquel a quien la muerte aguarda, a todos puede decirse: "El fin de todas las cosas está cerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración."

3. En tercer lugar, aprendamos, con respecto a nuestros hermanos, a no juzgar a nadie antes de tiempo, como conviene a quienes poseen solo el criterio de las apariencias, hasta que venga el Señor, que tanto sacará a la luz las cosas escondidas de las tinieblas, como hará manifiestos los consejos y secretos del corazón; y entonces cada uno tendrá su verdadera medida de alabanza o condenación delante de Dios; y el fuego "probará la obra de cada uno."

Para resumirlo todo: que la expectativa de este gran acontecimiento no resulte, en nuestro caso, una cierta y temerosa expectación de juicio y de indignación ardiente que devorará a los adversarios; para que tengamos confianza y no nos avergüencemos ante nuestro Señor en su venida, mantengámonos como hombres que esperan a su Señor, mirando en cada momento de la vida por aquella bendita esperanza y la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

Me despediré, por tanto, de este importante asunto con el siguiente pasaje, extraído de la segunda epístola general de Pedro.

"Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. Los cielos pasarán con gran estruendo; los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra y todo lo que en ella hay será abrasado. Ya que todas estas cosas serán así deshechas, ¡qué clase de personas debéis ser vosotros, en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurando la venida del día de Dios! Ese día abrasará los cielos con fuego, y los elementos se fundirán con el calor. Pero, conforme a su promesa, esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habita la justicia. Así que, amados, ya que esperáis estas cosas, procurad con diligencia ser hallados sin mancha e irreprensibles, en paz ante él." 2 Pedro 3:10-14

IV. EL INFIERNO

"Entonces irán al castigo eterno." Mateo 25:46

Apenas era necesaria una revelación expresa para advertir a la humanidad de que se reserva para la culpa contraída en el presente un castigo en otro estado del ser. Aunque no se hubiera promulgado Escritura alguna, aunque ninguna voz profética inspirada hubiera anunciado los males que aguardan al alma ofensora e impenitente, la conciencia, el profeta velado dentro, habría dado al menos alguna indicación (indistinta en verdad e imperfecta respecto de los detalles menores, pero en cuanto al hecho general) suficientemente inteligible para convencer, suficientemente terrible para alarmar.

La razón también, especulando con calma sobre los atributos divinos, y observando que la transgresión, en la gran mayoría de los casos, es permitida sin molestia para regodearse en sus placeres prohibidos.

O, por hablar con más propiedad, observando que los aguijones de una conciencia perturbada, que el pecado y el amor propio saben demasiado bien cómo embotar, y cualesquiera otros menores pesares que puedan sobrevenir aquí como consecuencias temporales de la culpa, son en su mayor parte inadecuados como castigo de aquella culpa. La razón, digo, poniendo esta visión de la vida ante su contemplación, difícilmente podría dejar de predecir un estado futuro de dolor corporal o mental, en el cual la justicia retributiva sería ejecutada con mayor rigor.

En consecuencia, todos los pueblos, de toda edad y clima, habiendo formado por sí mismos una religión a la luz de la naturaleza, han asignado a la culpa un lugar de pesar más allá del sepulcro; y reforzando las amenazas internas del remordimiento, han enseñado al ofensor a temblar bajo la aprensión de un castigo más pesado del que está en el poder del hombre infligir, o del que pueda infligirse dentro del marco del tiempo:

El azote de las furias;

el buitre que roe;

el labio sediento, siempre agotado pero jamás humedecido;

el trabajo siempre estéril, y siempre renovado;

el calor intenso o el invierno perpetuo,

y otras diversas descripciones de sufrimiento, inventadas por diferentes naciones paganas, según sus temores eran moldeados por su situación local, sus costumbres o sus pasiones, evidencian que el castigo de la impiedad en otro mundo es una de aquellas doctrinas que Dios, para señalar su importancia primaria y su certeza indiscutible, tuvo a bien nunca dejar del todo sin testigo.

Mientras que la voz de la Revelación escritural, dondequiera que se ha extendido, habiendo confirmado los presentimientos de la conciencia y las inferencias del razonamiento, ha suplido el entendimiento defectuoso de ambos, desplegando mucho acerca de la naturaleza del castigo reservado para los malhechores.

A su información, expresa o implícita, sobre este solemne tema, propongo ahora dirigir vuestras miradas. ¡Ojalá la meditación, aunque por el momento desagradable y penosa, termine en un desenlace gozoso! ¡Ojalá el Omnipotente conceda, en mis débiles esfuerzos, que, conociendo y exponiendo los terrores del Señor, yo persuada a los hombres, mediante el arrepentimiento oportuno, a entrar en el camino de la salvación!

1. El sufrimiento corporal real, pues, parece inequívocamente revelado como una parte de los pesares que habrán de soportar los hijos de perdición. Hay mentes de sentimiento sentimental o de presunción egoísta que consideran esto un dicho duro; mentes que refinan demasiado las expresiones de la Escritura y construyen sus declaraciones llanas como alusiones metafóricas.

Sin embargo, como las almas de los hombres habrán de reunirse con sus cuerpos, no puede creerse que sus futuros castigos sean exclusivamente mentales. Nuestro bendito Redentor sufrió tormentos corporales intensificados al rescatar a la humanidad de la destrucción, y de ahí parece seguirse que los incrédulos e impenitentes entre los hombres deberían incurrir en un castigo semejante.

Es natural suponer también que las obras hechas en el cuerpo sean expiadas con sufrimiento corporal; y por cruel que parezca en un ministro del evangelio de amor sostener e insistir en esta suposición, sería mucho más cruel arrullar a su pueblo en una falaz seguridad, inculcando mitigaciones antiescriturales del castigo, hablando cosas suaves y profetizando engaños.

En fin, cuando abro el Nuevo Testamento en diversos pasajes, cuando descubro allí a nuestro Señor mismo declarando que los ángeles separarán a los malos de los piadosos y los echarán a un horno de fuego; cuando leo de nuevo que el siervo inútil será echado a las tinieblas de afuera, donde habrá llanto y lamento y crujir de dientes; cuando leo que los cobardes e incrédulos, y los abominables, y los homicidas, y los mentirosos, tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, y que el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos, no puedo dudar de que tales pasajes deban entenderse, en alguna medida, literalmente.

Ni ningún sentimentalismo humano debería retener de los transgresores una representación del sufrimiento que están condenados a sentir...

cuando los ojos, que no habían comunicado sino impureza al alma, queden para siempre excluidos de la luz alegre;

cuando la mano del robo, del fraude o de la opresión, sea atada con cadenas sempiternas;

cuando la lengua, que se ejercitó habitualmente en la falsedad, en la calumnia, en la profanación, en la blasfemia, llame en vano por una gota de agua fría que apague su fiebre ardiente;

cuando todo el cuerpo sea atormentado, pero no consumido, en las llamas.

Algunos podrán llamar a esta interpretación demasiado literal y dura. Con todo, si existiera solo la más tenue probabilidad, la posibilidad de una entre mil de que tal, o casi tal, sea el hecho sin disfraz, ¿incurriremos en ese peligro confiados en un "quizá"?

O lo que es aún más débil, ¿en nuestras propias conclusiones sesgadas, sacadas de una vista parcial de los atributos más tiernos de Dios, que pasa por alto las cualidades más estrictas de su carácter y las declaraciones expresas de su voluntad revelada?

2. Si, sin embargo, sufrir dolores corporales es un castigo tan terrible en la aprensión que induce a los transgresores a suavizar con interpretaciones lenitivas los términos llanos en que ha sido predicho, probablemente coincidiremos en el desenlace en que es el menos severo de los males denunciados contra los hijos e hijas de desobediencia; que no es nada, absolutamente nada, comparado con aquellos tormentos mentales que anuncia la Escritura. Antes bien, que surgen de la situación misma de los condenados, de la naturaleza y constitución del alma humana.

Para subir de los menores a los más intensos de estos sufrimientos, un profundo sentido de VERGÜENZA es el primero que reclama nuestra atención.

La vergüenza puede existir aun cuando no haya detección de la culpa por otros. En esta vida, en verdad, algunos de nuestros actos menos honrosos, y quizá todos nuestros pensamientos viles, tenemos la fortuna de ocultarlos a los demás. Y tan extrañamente estamos constituidos que, respecto a estos, la multitud, con excepción de algunas mentes santas, es por ahora sensible a poca compunción. Pero su profunda sensibilidad a una vergüenza más delicada será, en otro mundo, despertada de su largo letargo. Con la frente para siempre nublada, con un ojo que no puede levantarse, reconocerán la naturaleza autohumillante del vicio, y su mejilla arderá con el carmín perpetuo de la conciencia de haber caído por su propio pecado y de haber perdido la buena opinión de Dios.

Como nuestros primeros padres, en la hora de su desobediencia, buscarán —en vano— esconderse del Escudriñador de los corazones. Se cubrirán con su propia confusión como con un manto, y llamarán a las sombras del Infierno para que los envuelvan en amistoso ocultamiento. Exclamarán: "¿Por qué salimos del seno de la tierra, solo para que nuestra eternidad se consuma en vergüenza?"

Pero la vergüenza sacará su aguijón más punzante de aquel sentido consciente de desprecio universal, que resulta de la detección y exposición plenas. Cuando los hombres tienen motivo para creer que la gran medida que toman de su bondad, aquella orgullosa opinión con que miran sus propios méritos, no es reconocida por los que los rodean; que la complacencia consigo mismos, que es en gran parte la esencia de su felicidad, está lejos de estar justificada en la mente de los respetables, este sentido de desestima pública es de por sí suficientemente molesto. Pero si el monitor interno, la voz que responde del auto-desprecio, proclama que no han ganado mejor opinión, que merecen el desprecio que sufren; si se ven señalados como malos y perversos, evitados, despreciados, silbido y refrán, los proscritos y la escoria de la sociedad, y solo, al introspectarse, hallan un reconocimiento de que el desprecio es justo, entonces ningún dolor corporal, quizá, ninguna angustia mental, puede compararse con su insatisfacción interna.

Que el hombre impío, pues, recoja en la memoria todo lo que es...

bajo en sus principios,

depravado en sus pensamientos,

defectuoso en su conducta,

ya expuesto o diestramente ocultado,

concíbalo proclamado con voz de trompeta que se oirá hasta los confines más lejanos de la tierra; oída a la vez en su vecindad cercana y a través de las distancias inexploradas del universo; oída por amigos que otrora admiraban su imaginada sinceridad, y por enemigos que se regocijarán en su degradación; oída a la vez por ángeles y por demonios, en todas las alturas y profundidades del espacio; y mientras por todas partes mira alrededor rostros que fruncen aborrecimiento, y escucha las muchas voces y gritos de desprecio, reproche y execración, aquella porción de su castigo ahora considerada será concebida con alguna distinción.

"Muchos de los que duermen en el polvo despertarán, unos para vergüenza y perpetuo desprecio." Y cuando así sea arrancado el velo del auto-engaño; cuando la lisonja no acaricie ya el oído del orgullo; cuando los injustos lean en cada ojo su propia deformidad, y oigan su carácter de cada lengua, bien pueden exclamar: "¿Qué fruto tuvimos entonces de aquellas cosas de las cuales ahora nos avergonzamos?"

Verdaderamente, en este respecto, aun los mejores tienen razón de temer, de preguntar: "¿Quién podrá resistir el día de la venida de su Maestro?" ¿Quién podrá sostener la mirada ardiente de la pureza infinita? ¿De quién la conciencia es tan inmaculada que mire sin temor hacia adelante a la exposición sin reserva de todos sus secretos, y reconozca, como la mujer de Samaria: "¡Aquí hay uno que me ha dicho todas las cosas que yo he hecho en mi vida!"

Con todo, los fieles pueden consolarse al añadir a esta reflexión que, en su caso, el día del Señor sacará a la luz muchas buenas obras inadvertidas, muchas luchas secretas, muchos recelos que precedieron a sus caídas, y las profundas compunciones que las siguieron; sus resoluciones, sus votos, sus oraciones, su deliberada preferencia por la santidad; su vehemente deseo de cumplir sus deberes; su celo sincero por el honor divino; su amor y gratitud hacia el Autor de su salvación; la rectitud uniforme de sus principios y la integridad general de sus vidas. Estos, pueden humildemente esperar, mitigarán gran parte de la vergüenza que el conocimiento de sus errores suscitará en aquella gran asamblea.

Pero los malos no pueden prometerse ninguno de estos sostenes: nada que les restituya su buena opinión de sí mismos; nada que compense el escándalo de afuera; nada que quite el rubor interno del alma.

3. El REMORDIMIENTO, se nos asegura, será experimentado en sus extremos roedores por los réprobos en un estado futuro. Cualesquiera que sean las diferencias de opinión sobre el sufrimiento del dolor corporal en un lugar de castigo, de la certeza del remordimiento no puede haber cuestión, ya sea que restrinjamos la atención a las especulaciones de la razón, o que miremos a las denuncias positivas de la Escritura.

Si es verdad que los hombres malos existirán en lo porvenir y poseerán conciencia, el recuerdo de sus malas obras debe acompañarlos necesariamente, para traspasarles el alma, para privarlos de un momento de sosiego. El gusano que roe la memoria y nunca muere, el fuego que ruge en el espíritu y no se apaga, intiman que los horrores del remordimiento serán coexistentes con la duración de la conciencia.

En la tierra, en verdad, una absorción en el placer sensual y los barnices del amor propio con demasiada frecuencia atenúan y amortiguan los aguijones de una conciencia culpable, tanto, en verdad, que brindan poca aprensión respecto de su severidad futura. Porque la sentencia contra una mala obra no se ejecuta prontamente, por ello el corazón de los hijos de los hombres se dispone sin temor en ellos para hacer lo malo. Pero no os engañéis: lo que el hombre sembrare, eso también segará. Está cerca un tiempo en que la conciencia despertará de su sueño, asumirá su imperio de terror y de angustia, y prenderá con diente devorador sobre el corazón pecaminoso e impenitente.

Imagina al transgresor, sentado en la aflicción y la soledad, retorciendo las manos, golpeándose el pecho, sintiéndose solo digno de reproche, pero dispuesto a reprochar al Cielo, y blasfemando contra Dios. Míralo, mientras gasta, en remordimientos estériles, la larga, larga noche que no conoce aurora; meditando sobre la historia de su locura; lamentando su tiempo desperdiciado e irrecuperable; y deseando en vano que estuviera en su poder volver —ahora despierto a la vanidad total de aquellos pobres tesoros y aquellas breves alegrías, por los que una vez cambió su alma inmortal.

Imagínalo mirando hacia arriba, y sin discernir un destello de día. Imagínalo mirando hacia abajo, y sin hallar siquiera una tumba; palpando todo alrededor en aquella oscuridad que puede sentirse, pero sin llegar a puerta, ni salida, ni escape. Y luego sentándose de nuevo a sus melancólicas musitaciones, hasta que entra en frenesí, o se desgasta en la idiotez de la desesperación; y (salvo porque eso también es imposible) con gusto cometería suicidio del alma, y escaparía de la miseria a la nada; y con todo, el péndulo dentro balancea y balancea; y las ruedas cargadas de las horas se mueven pesadamente; y cada minuto es como una eternidad; y cada instante es una espada; y con todo, la tarea de la reflexión ha de comenzar de nuevo.

Imagina esto en un solo cautivo, y solo multiplica la imagen por todas las celdas y regiones del pesar; y entonces, creo, podríamos dejar de lado la cuestión de los tormentos corporales en su importe directo y literal; y entonces, creo, podríamos conceder su construcción figurativa; pues aquí hay más que el demonio que aúlla, el calabozo de triple cerrojo y la piscina sulfurosa: ¡oh! ¡aquí hay Infierno suficiente!

4. Pero el remordimiento, considerado meramente como angustia por la culpa pasada, cuando su locura, su inutilidad, su desenlace lúgubre queden manifestados, será inconcebiblemente agravado por el sentido de su ingratitud hacia Dios. Contemplar, cuando ningún placer, ninguna empresa, ninguna querida ocupación quede para distraer la atención de un solo objeto, la bondad sin límites y admirable del Altísimo, la profusión lujosa de sus misericordias mostradas al crear, preservar, redimir; y luego mirar hacia adentro, a la miserable criatura de sus manos, que ha hecho poco caso de sus dones, que ha contristado su Espíritu, que ha descuidado la salvación que él ofrecía; contemplar en perspectiva una larga futuridad que ha de pasarse en exclusión de la luz de su rostro y en exposición al desagrado siempre duradero de un Ser tan bueno y tan gracioso, constituirá una porción del dolor mental de otro mundo, no inferior en severidad al más doloroso que pudiera afligir al cuerpo.

"El Señor Jesús será revelado en llama de fuego, tomando venganza de los que no conocen a Dios y no obedecen el evangelio de su Hijo", quienes serán castigados con los aguijones de la ingratitud consciente hacia la bondad del Cielo, y ratificarán, en la aprobación de su propio corazón, la condena de destrucción eterna lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.

Convencido de que ha pecado voluntariamente, después de haber sido bendecido con el conocimiento de la verdad, ¡cuán terrible el pensamiento de que no queda ya esperanza de volver a ser jamás perdonado, compadecido o amado por Aquel que fue todo perdón, toda piedad, todo amor! Ya no más sacrificio por el pecado, ya no las dulces influencias de un Consolador; sino una serie prolongada de recuerdos amargos, de que todas estas bendiciones estuvieron una vez a su alcance; de auto-reproches, por haber agotado la admirable misericordia por la que le fueron ofrecidas; y de vindicaciones reacias de la justicia por la que le han sido retiradas.

5. Tan deprimentes del corazón e intolerables como serán todas estas reflexiones, ¡cuánto más amplio manantial de angustia se abre a nuestra vista en la envidia del transgresor por la suerte de los justos, y en la conciencia de la alta felicidad que él mismo ha perdido! Parece claro, por la parábola del rico y Lázaro, que de algún modo los hijos de perdición verán, de lejos, el Cielo del que se han excluido. Serán maldecídos con una visión distante de goces que están condenados a no compartir.

Se nos dice además que será una fuente del llanto y crujir de dientes entre los malos el ver a Abraham, e Isaac, y Jacob, y a todos los profetas en el reino de Dios, y a ellos mismos echados fuera. Exclamarán: "Dichosos, dichosos herederos de la gloria: hubo un tiempo en que, con desprecio, tuvimos vuestra vida por locura; cuando concebimos que era locura sacrificar los goces presentes por una futuridad que juzgábamos precaria. Ahora vosotros sois consolados, y nosotros atormentados. Hubo un tiempo en que estábamos situados, en nuestro estado de prueba, como vosotros. Fuimos dotados con todas vuestras oportunidades, con derecho a todas vuestras esperanzas; como vosotros, fuimos invitados a entrar por la puerta del Cielo. ¡Cómo nos apartamos del camino que nos había sido allanado! ¡Ahora nuestras ventajas pisoteadas, que jamás podrán ser restauradas! ¡Ahora, mientras vosotros experimentáis, en la presencia de Dios, una plenitud y una pureza de gozo, y a su diestra placeres por los siglos, los nuestros, ¡ay!, por sentencia irrevocable, son una larga y lúgubre noche de prolongado pesar...

angustias sin intermisión;

arrepentimientos sin provecho;

una prisión a la que no alegra ningún rayo de consuelo!

6. En medio de estas multiplicadas formas de tribulación y angustia, podría ser algún alivio, alguna mitigación del dolor, que el alma atormentada hallara siquiera un seno virtuoso en que reclinar sus pesares; donde derivara el bálsamo del pésame o gustara las dulzuras de la amistad. Pero por todas partes mira en vano. En aquella morada lúgubre no hay sociedad sino la de los demonios, o la de hombres malos transformados a su semejanza.

No hay voz de ternura,

no acento de consuelo,

no música de compasión,

no blanda brisa de simpatía que se deslice apacible por la penumbra.

No se oye sonido sino...

imprecaciones y blasfemias;

el chasquido de cadenas;

los aullidos de angustia inefable.

Los demonios, que una vez sedujeron a los hombres con tentadoras descripciones del fruto prohibido, y con la halagadora promesa: "¡No moriréis sin duda!", gozan ahora del triunfo infernal de su poder; viven ahora para hartar su apetito de venganza; para calentar siete veces más el horno; para anudar su látigo de escorpiones recuerdos; para sostener ante el pecador el espejo de su deformidad; y para rugir en sus oídos la historia de sus crímenes.

O si, acaso, las ondas que ruedan en el lago de fuego, ya literal ya figurativo, lo arrojen a un encuentro con algún cómplice de su vergüenza, algún ser desdichado que, en el mundo superior de la luz, fue descarriado por su ejemplo o seducido por su persuasión, solo aumentará su tormento con los reproches que vierte la amargura de un alma arruinada, con las maldiciones que derrama la furia de un alma en torturas. "¡Desgraciado, eres tú quien me ha arrojado a este abismo; si no fuera por ti, habría guardado el sendero de mi inocencia! ¡Caiga sobre ti una ira decuplicada de Dios! ¡Sea tu porción mil Infiernos!"

Allí están el asesino, el blasfemo, el traidor a su encargo; que vivieron en rebeldía y perecieron en impenitencia. Allí están el incrédulo, que propagó industriosamente la incredulidad; el destructor de sí mismo, que, precipitándose en la presencia de su Juez, se privó de todo poder de arrepentimiento y de esperanza de perdón. "Pero los cobardes, y los incrédulos, y los abominables, y los homicidas, y los fornicarios, y los hechiceros, y los idólatras, y todos los mentirosos, tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte."

7. Para acabar este cuadro espantoso (y cualquiera que sea el dolor que nos cause, es mejor contemplar ahora una verdad molesta que padecer después el mal de haberla descuidado), solo resta que imprimamos a todas estas variadas formas de sufrimiento el carácter común de la PERPETUIDAD.

Dolor eterno;

vergüenza eterna;

desprecio eterno;

remordimiento eterno;

destierro eterno de la presencia de Dios;

envidia eterna de la suerte de los buenos;

sociedad eterna del diablo y sus ángeles,

todo prolongado por las edades infinitas de la duración.

La desgracia no conoce límite;

la copa de la furia no conoce agotamiento;

la puerta del calabozo no se abrirá jamás.

Ninguna esperanza de escape, por tenue que sea; ninguna perspectiva de una terminación del castigo, por distante que sea, puede visitar la lúgubre prisión de la desesperación.

Que algunos controviertan este punto de la doctrina cristiana, presumiendo de su irreconciliabilidad con la misericordia divina, y de la desproporción que conciben entre la culpa más flagrante o impenitente y torturas a la vez tan exquisitas y tan prolongadas. Pero sin entrar ahora en minuciosa disquisición, baste observar que la justeza de tal opinión es, cuando menos, muy sospechosa, por ser evidentemente la sugestión de un corazón que desea suavizar para sí las consecuencias de su iniquidad deliberada.

Debemos recibir tanto las promesas como las amenazas de Dios tal como se exponen en la Escritura; que una esperanza tan precaria es, en la estimación más baja, sumamente insegura. Que abrir una perspectiva de liberación del castigo futuro, a cualquier distancia de tiempo, sería endurecer la culpa y prolongar la impenitencia. Sería mitigar un sano temor del poder y de la ira de Dios, que, aunque misericordioso en el tiempo aceptable, es al fin un fuego consumidor. Sería hacer parecer menos valioso el don de la redención, y menos urgente la necesidad de huir de la ira venidera.

Puesto que la felicidad de los justos se representa como eterna, destruiría la analogía que demanda la misma creencia respecto del castigo de los impíos. Pues la misma palabra se usa en ambas cláusulas del texto: "Entonces irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna." Mateo 25:46

Sería quitar al Infierno su carácter más temible, si no fuera eterno. "El gusano nunca muere"; "el destierro de la presencia de Dios es para siempre"; "la paja es quemada con fuego inextinguible; el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos; estos irán al castigo eterno."

Si estas cosas son así; si, en verdad, es cosa temible caer en las manos del Dios vivo, ¡entonces cuán profundamente esencial debe ser para nuestro bien que nos levantemos y huyamos de la ira venidera!

¡Oh! ¡qué darían muchos que han terminado ya su carrera y están reservados en cadenas y tinieblas, a cambio de permiso para volver, aunque fuera por un momento, a los recintos de la luz, para disfrutar y aprovechar, aunque fuera solo un día, uno solo de aquellos días que muchos de nosotros, poseyéndolos, valoramos demasiado poco!

Puesto que la noche viene sobre nosotros, cuando nadie puede trabajar, levantémonos y hagamos mientras se llama felizmente día. Aunque el ministro se vea a veces compelido a recurrir a los terrores del Señor, le es infinitamente más placentero atraer a sus consiervos con las cuerdas más suaves del amor hacia Cristo y la obediencia a su evangelio. La revelación escritural ha desplegado el camino misterioso por el cual nuestros pecados pueden ser borrados. "Yo soy el camino, la verdad y la vida." ¡Transgresor!, entra pronto en este sendero seguro, para que tus iniquidades sean borradas del libro del juicio, y que halles descanso para tu alma en peligro.

V. EL CIELO

"Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; a tu diestra hay deleites para siempre." Salmo 16:11

Para un ser como el hombre, advertido por la experiencia de todas las generaciones pasadas de que solo tiene breve tiempo de peregrinar sobre la tierra; recordado a diario por la fragilidad de su propio cuerpo y por los diversos accidentes a que están expuestos los hermanos que lo rodean, de que la vida, que en lo más largo no es más que un breve trecho, puede ser cortada de improviso y abruptamente; y descubriendo, por las conjeturas de la razón y la clara revelación de la Escritura, que otra escena de existencia sucederá a la presente; para un ser así situado, el deseo debe ser natural de obtener, si fuera posible, un relato minucioso del estado en que está a punto de entrar, los goces que espera heredar, las ocupaciones en que los dichosos, entre quienes confía ser contado, estarán eternamente empeñados.

Aun solo para gratificar el espíritu de indagación en un asunto tan importante y significativo, la mente ansiaría penetrar en el mundo de los espíritus. Pero el deseo se vuelve a la vez más ardiente y más razonable cuando el conocimiento que se ha de adquirir se busca (como debe buscarse) con miras a la regulación de la conducta presente. Me refiero a hacerlo bajo la impresión de que una visión de nuestras ocupaciones eternas sugerirá naturalmente el método más sabio y más adecuado de disciplinar el alma en preparación para ellas.

Es verdad que el Cielo ha sido revelado en el sagrado volumen más en descripción general que en detalle minucioso; pero sabiendo, como sabemos, en parte, y permitidos a levantar una esquina de la cortina azul que oculta las cosas eternas, podemos humildemente aventurarnos a anticipar nuestra prometida bienaventuranza como compuesta de los siguientes ingredientes:

1º. Libertad de toda imperfección del cuerpo y del alma.

2º. Progreso intelectual.

3º. Avance en la virtud.

4º. Alabanza y adoración de Dios.

5º. Comunión con los habitantes celestiales.

6º. Una renovación refinada de los placeres inferiores.

Fuente y atribución

Autor original: Johnson Grant

Título original: 3.

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Johnson Grant, publicado originalmente en Grace Gems.

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