La sinceridad está en la raíz de toda profesión piadosa. Si un hombre no es sincero, no es nada. Dios hace al hombre sincero plantando su verdad en el corazón, y siempre que lo hace, esa verdad crece. La verdad no yace en el alma muerta e inmóvil como una piedra en la calle; es un principio vivo, activo y expansivo. Si la verdad está en el alma, irá empujando fuera el error, pues los dos principios no pueden coexistir; así como Isaac desplazó a Ismael y Jacob resultó más fuerte que Esaú, la sencillez y la sincera piedad serán siempre más poderosas que la astucia y el engaño. La verdad de Dios en el corazón no se marchitará, sino que será iluminada por el Sol de justicia y fecundada por las sonrisas de Dios; y a medida que la verdad se vuelva más preciosa, el error y el mal se volverán más aborrecibles.
¿Cómo prueba esta sinceridad cristiana ser el salvaguardia del alma contra el error? Poniéndola siempre en la atalaya, mirando hacia fuera y hacia arriba en busca de la enseñanza de Dios y la luz de su rostro. Un alma hecha espiritualmente sincera no acepta nada a ciegas; requiere el sello de Dios en todo lo que recibe y el testimonio del Espíritu en todo lo que siente. El que es sincero ve las rocas en las que otros hacen naufragio respecto a la fe; bien lastrado con tentaciones, aflicciones y pruebas, no es fácilmente sacudido por todo viento de doctrina. Su deseo de acertar le mantiene en lo correcto; su temor de equivocarse le preserva del error. La luz de Dios le hace ver, la vida de Dios le hace sentir, el temor de Dios le hace honesto y el amor de Dios le hace amar; y todo esto da a la verdad un lugar tan firme que no hay espacio para el error.
El apóstol añade, por tanto, «en amor». No basta ser «sincero»; debemos ser «sinceros en amor». No es recibir la verdad como un sistema ordenado, ni adornar la cabeza con un credo doctrinal sólido, lo que nos aprovechará en la hora de la prueba; sino tener la verdad de Dios llevada al alma por un poder divino, y experimentar en ella una dulzura inefable que comunica un amor firme y permanente, tanto a la verdad misma como a Aquel de quien da testimonio. El temor de Dios crea la sinceridad, y la aplicación de la verdad con poder crea el amor a ella. Así, hechos «sinceros en amor», salimos del estado infantil en que somos llevados por todo viento de doctrina y corremos el peligro de ser atrapados por la astucia de los engañadores. Conocemos la verdad, amamos la verdad y quedamos establecidos en la verdad.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: February 18
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.