En lugar de abolir o destruir la ley, Jesús le dio un nuevo significado. Al exponerla, ella penetró mucho más profundamente en la vida de las personas de lo que los religionistas de su tiempo habían comprendido. Habían enseñado que se requería una rígida obediencia externa; pero Jesús les dijo que si eso era todo lo que tenían, no podrían entrar en el reino de los cielos.
En vez de bajar las exigencias de la ley divina, Él las elevó y les dio un sentido nuevo. Dijo que la justicia de sus seguidores debía ser mucho mejor que la de los comunes profesantes de religión en su época. Tenían una sana doctrina y eran escrupulosos en la observancia de los diez mil minuciosos preceptos acerca de ceremonias, vestimentas y maneras devotas; pero sus vidas estaban llenas de dureza, orgullo, egoísmo e hipocresías.
Jesús dijo que a menos que sus discípulos tuvieran una justicia mejor que la de estos judíos ortodoxos, nunca entrarían en la familia de Dios. La única justicia que Cristo acepta es aquella que tiene su origen en el corazón, y que luego produce obediencia y santidad en toda la vida.
Debemos aplicar esta verdad con mucha seriedad. Unirse a la iglesia no hace a nadie cristiano. La cuidadosa observancia de todas las ordenanzas y reglas de la iglesia no hace a nadie cristiano. Debe haber fe, amor, obediencia fiel y sumisión. Cristo exige de sus seguidores un alto nivel de moralidad. No somos salvos por la justicia de Cristo en el sentido de que no necesitemos una justicia impartida propia. En lugar de una mera obediencia externa y formal, la ley está escrita en el corazón del verdadero creyente, y él la obedece desde dentro. Debemos esforzarnos para que nuestra obediencia sea tan profunda y tan leal, que nuestras vidas reflejen en cada rasgo el resplandor de Cristo.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: True Righteousness
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.