La palabra «perfecto» en la Escritura no significa, aplicada a un santo de Dios, nada que se acerque a la idea habitual de perfección, como santidad inmaculada y sin pecado, sino uno que es «madurado» y sazonado en la vida de Dios, ya no un niño sino un hombre hecho. Como un árbol crecido hasta su plena estatura se dice que ha alcanzado la perfección; así, cuando el Señor el Espíritu ha llevado adelante la obra de la paciencia en su alma, en cuanto a esa obra usted es perfecto, pues es obra de Dios en usted; y hasta ese punto es «cabal», es decir, posee todo cuanto esa gracia da, y «no le falta nada» de cuanto esa gracia puede comunicar.
Someterse del todo a la voluntad de Dios, y perderse y absorberse en la conformidad a ella, es la cumbre de la perfección cristiana aquí abajo; y quien eso tiene, no carece de nada, porque tiene todas las cosas en Cristo. ¿Cuál es, pues, la mayor altura de gracia a la que el alma puede llegar? ¿Dónde resplandeció la gracia con más brillo que en el Señor Jesucristo? ¿Y dónde se manifestó la gracia más que en el tenebroso huerto y en la cruz sufriente? ¿No fue la naturaleza humana de Jesús manifiestamente más llena del Espíritu, y no resplandeció en él toda gracia con más brillo en Getsemaní y en el Calvario que cuando fue arrebatado en el Monte de la Transfiguración?
Así, hay más gracia manifestada en el corazón de un santo de Dios que, bajo la prueba y la tentación, puede decir: «Hágase tu voluntad», y someterse a la vara de castigo de su Padre celestial, que cuando se deleita en los plenos rayos del Sol de justicia. ¡Cuántas veces nos equivocamos en esto! Anhelamos el gozo, en vez de ver que la verdadera gracia nos hace someternos a la voluntad de Dios, ya sea en el valle o en el monte.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: December 22
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.