Hay mil profundidades insondables en el amor divino. ¿Quién puede abrir los tesoros eternos o contemplar estas glorias invisibles? Y no es lo menos admirable que los gusanos pecadores y los tiestos de la tierra sean admitidos a las visiones de Dios.
Aquí en la tierra vemos algo de él, aunque oscurecidamente, pues solo se nos presenta a la vista su parte posterior, y aun de eso tenemos un vistazo imperfecto. Pero en el mundo venidero, los santos le verán tal como él es, y serán dichosos más allá de su más alta esperanza, por encima de su fe más amplia. ¡Y qué asombro que los santos sean admitidos a las visiones perfectas de Dios! Y qué cautivador que esa visión los asimile a él de tal manera que el alma, acostumbrada abajo a anhelos incesantes por esta dicha suprema, quede eternamente satisfecha con su semejanza divina a Dios.
¡Cuán, entonces, en consecuencia, deben resplandecer los santos en gloria, ya que su conformidad no es con una visión imperfecta! Primero le ven tal como él es (¡y qué es eso, quién puede decirlo?), y luego, según esta visión tan amada, es su asimilación a él. Si aquí hay tal excelencia en los santos por las vistas imperfectas de la gloria de Dios en el rostro de Jesús, ¿qué no será donde las tinieblas hayan pasado y la luz verdadera resplandezca? Ciertamente puede decirse de los santos en ese estado: «Todos ustedes son hijos del Altísimo». Ni nos ha de extrañar que Juan casi hubiera adorado a un consanto que resplandecía con tan asombrosa gloria. Esta asimilación ha comenzado en parte abajo, pues «todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen de gloria en gloria». Y se perfecciona arriba, cuando el alma entera es asimilada, en cuanto lo finito puede recibir de perfección comunicable, a aquel que es el Padre de los espíritus. Si un corazón quebrantado es aquí una carga que no puede soportarse, ciertamente la armonía que surgirá del sentir que todas las potencias del alma se han revestido de la semejanza divina será inefablemente dulce. Así, toda la familia del cielo tendrá una misma apariencia y probará ser de un mismo Padre; y, siendo semejantes a su hermano mayor, parecerán los hijos de un Rey.
En breves palabras, esta bendita semejanza con Dios consiste: primero, en ser santos, como él es santo; segundo, en conocer todas las cosas a su satisfacción, como Dios en su conocimiento infinito reposa satisfecho; tercero, en querer, por la perfección de la santidad, nada sino lo bueno, como Dios, por la perfección de su naturaleza divina, no puede querer sino lo santo; cuarto, en ser dichosos en su condición y arrebatados con su felicidad en Dios, como Dios es sumamente y eternamente dichoso en sí mismo; quinto, en jamás fatigarse, pues no reposan ni de día ni de noche y, con todo, nunca se cansan, como el Creador de los confines de la tierra ni se fatiga ni se cansa; sexto, en ser constituidos reyes y sacerdotes para Dios y para el Cordero, y reinar con él para siempre, como Dios se sienta como Rey eternamente y de su gobierno no hay fin; y, por último, en estar fijos en su felicidad suprema, por encima del temor de cambio o de fin, como Dios es Dios desde la eternidad hasta la eternidad.
¡Cuán completa debe ser la dicha de quienes poseen a Dios en toda su plenitud, en todas sus perfecciones, y son semejantes a él en su gloria comunicable!
Hay ahora alguna diferencia entre el santo y el pecador, aunque ambos moren en casas de barro; ¡pero cuán vasta será entonces, cuando el uno sea todo deformidad y tinieblas, y el otro toda hermosura y gloria! Pues a estos el cristiano será revelado en las vistas más cercanas y abiertas, en el rostro de Jesús; mas de aquellos será escondido de la manera más oscura y oscura para siempre, cuando «sean excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder para siempre».
Esta es la excelencia de la verdadera religión sobre la razón: que revela a Dios tal como él es. Esta es la felicidad de los santos sobre los pecadores: que ven algo de Dios ahora y son algo semejantes a él, aunque imperfectamente. Y este es el privilegio de todos los santos: que, como Moisés, pueden buscar y recibir vistas repetidas de su gloria. Pero la visión suprema está reservada para la eternidad, cuando «le seremos semejantes, porque le veremos tal como él es».
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: The heavenly vision assimilating
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.