Vivir victoriosamente

La vocación gloriosa de una madre consagrada

El ejemplo de Ana revela que la maternidad es el más alto honor de la mujer y un servicio santo a Dios, cuando se cuida con fe al hijo confiado por el Señor.

«Y aconteció que pasados algunos días, Ana concibió y dio a luz un hijo, y le puso por nombre Samuel, diciendo: Por cuanto lo pedí al SEÑOR.» 1 Samuel 1:20

Hace ya mucho tiempo que vivió Ana, las costumbres han cambiado tanto, y ha habido tal progreso en todas las artes de la vida desde que ella crió a su hijo, que puede parecer ocioso estudiar su historia en estos días tan sabios y modernos; sin embargo, el breve tiempo necesario para contemplar este viejo retrato quizá no sea del todo perdido.

Por lo pronto, Ana, como madre, era entusiasta. No era una de esas mujeres que consideran a los hijos cargas indeseables. No se tuvo a sí misma, en sus primeros años de matrimonio, como particularmente afortunada por estar libre de los cuidados y responsabilidades de la maternidad. Creía que los hijos eran bendiciones del Señor, que la maternidad era el honor más alto posible para una mujer, y buscó, reverente y muy sinceramente, de Dios, el privilegio de estrechar un pequeño contra su pecho y llamarlo suyo.

Esta línea del antiguo retrato no debemos pasarla por alto en estos días, cuando los hijos no siempre son mirados como bendiciones del Señor, ni aun siempre bienvenidos.

Por otra parte, cuando el hijo de Ana llegó, ella consideró parte de su deber religioso cuidar de él. Así, en vez de subir a Silo para asistir a todas las grandes fiestas, como había hecho antes, se quedó en casa durante algún tiempo para atender personalmente al pequeño que Dios le había dado, y que aún era demasiado tierno para ser llevado con seguridad y comodidad en tan largos viajes. «Y subió aquel varón Elcana con toda su familia para ofrecer el sacrificio anual al SEÑOR y para cumplir su voto, pero Ana no subió. Y dijo a su marido: Cuando el niño sea destetado, yo lo llevaré y lo presentaré delante del SEÑOR, y él vivirá allí para siempre.» 1 Samuel 1:21-22

Sin duda ella suponía que estaba adorando a Dios de manera tan aceptable al hacer esto, como si hubiera ido a todas las grandes reuniones. ¿Y quién dirá que no tenía razón? Las primeras obligaciones de una madre son para con sus hijos. No puede tener deberes más santos ni más sagrados que los que se refieren a ellos. Ninguna cantidad de servicio religioso público compensará el descuido de estos. Puede acudir a la iglesia y a las reuniones misioneras y abundar en toda clase de actividades caritativas, y puede hacer mucho bien entre los pobres, llevando bendiciones a muchos otros hogares y siendo una bendición para los hijos de otros a través de la escuela dominical o la escuela misionera; pero si, entretanto, deja de cuidar debidamente de sus propios hijos, difícilmente puede ser recomendada como una madre cristiana fiel. Ha pasado por alto sus deberes primeros y más sagrados, para entregar su mano y su corazón a los que son solo secundarios para ella.

El camino de Ana era, evidentemente, el verdadero. Más le vale a una madre echarse de menos en la iglesia y en las reuniones públicas, que echarse de menos en su propia casa. Algunas cosas deben quedar fuera de toda vida fervorosa; pero lo último que debería quedar fuera de la vida de una madre es el cuidado fiel y amoroso de sus hijos.

El predicador puede insistir en que todos deben hacer algo en la obra general de la iglesia, y el superintendente puede pedir maestros para la escuela dominical; pero la madre misma debe decidir si el Maestro necesita realmente que ella asuma cualquier obra religiosa fuera de su propio hogar. De la obra allí, ella es ciertamente responsable; de la obra fuera de su hogar, no es responsable hasta que aquella esté bien hecha.

Otra cosa acerca de Ana es que cuidaba de su propio bebé. Crió ella misma al niño. No contrató a una mujer por cierto salario semanal para luego confiarle su tierno hijo, a fin de tener ella «pie libre» para fiestas y visitas y óperas, y deberes sociales y religiosos. Fue lo bastante anticuada como para preferir criar a su propio hijo.

No parece haber sentido como una gran privación personal el quedarse en casa bastante recluida por uno o dos años por esta causa. Más bien parece haberlo considerado un alto honor y un privilegio distinguido el ser madre y cumplir con sus propias manos los deberes de una madre.

Y cuando pensamos en lo que este niño que ella crió llegó a ser en años posteriores, en el resultado de todos sus afanes y trabajos, ciertamente parece que Ana tenía razón. No es probable que jamás se arrepintiera, al ver a su hijo en la plenitud y el esplendor de su poder y su utilidad, de haberse perdido unas cuantas fiestas y otros privilegios sociales al nutrir y cuidar a Samuel en su tierna infancia.

Si algo aun la mitad de bueno suele salir de una maternidad fiel, hay ciertamente pocas ocupaciones abiertas a las mujeres, incluso en estos avanzados días del siglo veinte, que produzcan al final resultados tan satisfactorios como la sabia y verdadera crianza de los hijos.

Muchas mujeres suspiran por distinguirse en una profesión; pero, a fin de cuentas, ¿hay alguna distinción tan noble, tan honorable, tan digna y tan duradera como la que gana una verdadera mujer cuando ha criado a un hijo que ocupa su lugar entre las filas de los hombres piadosos y verdaderos?

¿Podría María, la madre de Jesús, haber hallado en algún siglo una misión mayor que la de amamantar y cuidar al santo niño que fue puesto en sus brazos? O, si ese ejemplo es demasiado elevado, ¿podrían las madres de Moisés, de Samuel, de Agustín, del presidente Garfield, haber hecho más por el mundo si se hubieran dedicado a una profesión?

Quizá Ana tenía razón, y si así es, la maternidad antigua es mejor que la nueva, y la madre misma es la mejor educadora de su propio hijo. Una mujer contratada puede ser muy hábil, pero seguramente no puede ser la mejor para moldear el alma del niño y despertar y desarrollar sus facultades y afectos. La madre puede quedar así libre para seguir la ronda fashion de comidas y vestidos, de diversiones y compromisos sociales; pero, ¿qué será mientras tanto de la tierna e inmortal vida del hogar en la nursery, así dejada prácticamente sin madre, para ser criada y formada por una extraña asalariada?

¿Y qué es de la santa misión de la maternidad que el nacimiento de cada hijo impone a quien le dio la vida?

Un escritor reciente, al referirse a este tema, pregunta: «¿Nuestras mujeres resultan traidoras a la primera de todas las fidelidades, a la más solemne de todas las responsabilidades: sus hijos? ¿Hay alguna maldad semejante a esta? Oímos a jóvenes madres elegantes jactarse de que no están atadas a sus hijos, sino libres para mantener la antigua vida alegre; como si en ello no hubiera vergüenza para el alma de la mujer.»

Semejante jactancia es una de las más tristes confesiones que una madre podría hacer. La gran necesidad de esta época es de madres que vivan con sus propios hijos y extiendan sobre sus tiernas vidas todo el poderoso influjo de sus propias naturalezas ricas, cálidas y amorosas. Si podemos tener una generación de Anas, tendremos entonces una generación de Samueles creciendo bajo su sabia y entregada crianza.

Hay otra característica más en esta madre antigua que no debería pasarse por alto. Crió a su hijo para el Señor. Desde el principio, lo miró como hijo de Dios, no suyo, y se consideró solo nodriza de Dios, cuyo deber era criar al niño para una vida y un servicio santos. Es fácil ver qué dignidad y esplendor daba esto a toda la fatigosa ronda de tareas y deberes maternos que los días sucesivos ponían en sus manos.

Este era hijo de Dios al que ella amamantaba, y lo criaba para el servicio del Señor en dos mundos. Nada le resultaba jamás pesado, ningún deber para con su pequeño era duro ni desagradable, con este pensamiento siempre resplandeciente en su corazón.

¿Necesita alguna mujer una inspiración más elevada ni más poderosa para el trabajo y el olvido de sí misma? ¿Y hay alguna madre que no pueda tener la misma inspiración, al recorrer su ronda de tareas comunes de la nursery? ¿Era Samuel hijo de Dios en algún sentido más alto cuando Ana lo amamantaba, que lo son los pequeños que él en los brazos de miles de madres hoy?

En los oídos de toda madre, cuando un bebé es puesto en su pecho, se pronuncia, con el aliento del Señor, el santo susurro, si tan solo tiene oídos para oír la voz divina: «¡Toma a este niño y críalo para Mí!»

Toda madre queda, por el solo hecho de que la maternidad venga sobre ella, consagrada al servicio sagrado de amamantar, moldear y formar una vida infantil para Dios. Ana lo entendió, y halló su tarea llena de gloria. Pero cuántas, incluso entre las madres cristianas, dejan de entenderlo, y, sin el sostén de una conciencia de la dignidad y la bendición de este alto llamado, miran sus deberes y renuncias como tareas dolorosas: una ronda de fatigosa y cansadora labor.

Bien valdrá la pena que toda madre se siente tranquilamente junto a Ana y trate de aprender su secreto. Transformará la más humilde nursery en un santuario santo, y convertirá los más comunes y sencillos deberes de la maternidad en servicios tan espléndidos como los que los ángeles radiantes realizan delante del rostro del Padre.

«Para que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos, a amar a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, bondadosas, sujetas a sus propios maridos, para que la palabra de Dios no sea desacreditada.» Tito 2:4-5

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Hannah as a Mother

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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