«Mientras él decía esto, se apareció una nube y los cubrió con su sombra. Tuvieron miedo al entrar en la nube. Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; ¡escuchadle!» Lucas 9:34, 35
Durante la entrevista de Moisés y Elías con nuestro bendito Señor, los tres discípulos que le acompañaron al monte solo tuvieron permiso para escuchar una parte de sus celestiales comunicaciones. Fatigados por los trabajos del día anterior, se quedaron dormidos. Sin duda esto fue dispuesto sabiamente, pues no habrían sido capaces de soportar mucho de lo que se dijo en aquella ocasión tan memorable. Pero después de algún tiempo despertaron. Así como la oscuridad de la noche los había predispuesto al sueño, la luz que después resplandeció del Salvador y de sus dos glorificados compañeros pudo sobresaltarlos y sacarlos de su letargo. ¡Y qué despertar debió ser el suyo! Habían cerrado los ojos en medio de las espesas sombras de la medianoche; ahora los abrieron como si estuvieran en pleno resplandor del día, aunque ningún sol natural había surgido aún. Antes de quedarse dormidos, no oyeron otra voz que la de Jesús, entregado a ferviente súplica; ahora, no solo haces de gloria celestial brillan sobre su vista, sino que el sonido de voces celestiales llega a sus oídos. La última vez que vieron al Salvador, sus rodillas estaban dobladas en oración, o probablemente yacía postrado en tierra; ahora le ven de pie, en actitud majestuosa, vestido de deslumbrante esplendor, mientras dos de los más encumbrados de entre los redimidos de lo alto conversan con Él y le rinden el más profundo homenaje.
Parece que poco después de despertar, los dos visitantes dieron algunas señales de que el momento de su partida estaba cerca. Para los discípulos esto debió ser sumamente mortificante. Deseosos de retener a los celestiales forasteros y proveer a su hospedaje, Pedro propuso que se erigieran tres tabernáculos, aunque apenas sabía lo que decía, pues su mente estaba del todo confundida por una escena tan singular y abrumadora. Apenas hecha esta propuesta, una nube mística los cubrió con su sombra, y se nos dice que tuvieron miedo al entrar en la nube. Entonces, llenos de tembloroso asombro, oyeron una voz que proclamaba: «¡Este es mi Hijo amado; escuchadle!»
Después de muchos años llenos de acontecimientos, encontramos a Pedro refiriéndose a lo que entonces sucedió. En su segunda epístola, escrita poco antes de su muerte, la llama «una voz semejante»; semejante, podemos estar seguros, como jamás sería olvidada por quienes la oyeron. «Pues él recibió de Dios el Padre honra y gloria cuando una voz semejante vino a él desde la Majestad Gloriosa, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Y nosotros oímos esta voz que vino del cielo cuando estábamos con él en el santo monte.»
Aquí se traza una amplia distinción entre Cristo y los santos más eminentes que jamás hayan vivido. Moisés fue el dador de la ley, y Elías, uno de los primeros de los profetas; sin embargo, al fin y al cabo, no eran sino siervos. Pero, dice el Padre eterno: «Este es mi Hijo amado.» «Moisés fue fiel como siervo en toda la casa de Dios, testificando de lo que habría de decirse en el futuro. Pero Cristo es fiel como Hijo sobre la casa de Dios.»
Y así como la voz dijo a los discípulos: «Escuchadle», todavía se dirige a nosotros del mismo modo. En su palabra y por su Espíritu habla el Redentor; sentémonos pues a sus pies y escuchemos las bondadosas palabras que brotan de sus labios. Oh santo temeroso, óyele cuando dice: «Mi gracia te basta, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.» Tú, penitente afligido, óyele cuando dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.» Tú, pecador descuidado, impenitente e incrédulo, óyele cuando dice: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.» Así el Señor habla paz a su pueblo, y el más dulce consuelo a cuantos están oprimidos por el sentido de su culpa y su peligro; pero en lenguaje de temible denuncia se dirige a quienes desprecian los ofrecimientos de su gracia y misericordia. «Mirad que no rechacéis al que habla. Pues si no escaparon aquellos que rechazaron al que los amonestaba en la tierra, cuánto menos nosotros, si apartamos la mirada del que nos amonesta desde el cielo.»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Voice from Heaven!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.