El último de nuestros zorros se llamaba «Exceso de celo». Podríamos haber llamado a este «Falta de empeño», aunque el nombre que con más exactitud describiría su carácter sería «Perezoso», nombre con el que debería haberse dado a conocer a los hombres, de no habernos asaltado la incómoda sospecha de que esa palabra solo se encuentra en el diccionario de la jerga. Pero quizá sea mejor, por otras razones, que le hayamos dado el nombre que encabeza este capítulo, pues si a la gente le importara, no habría falta de empeño, ni desaliño, ni tareas a medio terminar, ni trabajo chapucero. Al fin y al cabo, el «no me importa» está en la raíz de muchas de nuestras desgracias. Al zorro «no me importa» es fácil describirlo. Pongamos una marca sobre él detallando algunos de sus raschos.
I. «No me importa» es un zorro DESALIÑADO. Ninguno de sus hermanos es particularmente bien parecido, pero muchos de ellos sacan el mejor partido de un mal negocio. Evitan el lodo en todo lo posible; mantienen limpios sus rostros y llevan sus pobladas colas con cierto orgullo. Pero este zorro no hace esfuerzo alguno por corregir sus desventajas naturales. Su andar es más que descuidado, su aspecto general lo condena y, mientras se desliza sin gracia por la viña, es una advertencia a todos los mortales contra el vicio del desaliño.
1. «No me importa» nos advierte contra el VESTIR desaliñado.
La ropa rica mal puesta no viste a su poseedor ni la mitad de bien que la ropa pobre usada con pulcritud. Las mariposas son más hermosas que los saltamontes, y los colibríes más atractivos que los petirrojos; pero ¿es esa una razón para que el saltamontés no saque el mejor partido de sus sobrios ropajes, y el petirrojo exhiba su pecho rojo del mejor modo? En verdad, ni la belleza ni la deformidad deberían vestir con descuido. La pulcritud realzaría la belleza y privaría a la deformidad de la mitad de su fealdad.
La belleza no puede prescindir de la gracia. Un ser humano hermoso vestido con desaliño es un espectáculo doloroso; pues en lugar de que la belleza destruya el desaliño, el desaliño resulta tanto más conspicuo a causa de la belleza; así como las malas palabras siempre sienten peor en labios dulces. La hermosa fruta luce mejor cuando se acurruca entre un follaje hermoso. Pero si la belleza debe ser pulcra, entonces la sencillez ciertamente no debería ser desaliñada.
Oliver Cromwell no podía librase del lunar que desfiguraba su rostro, pero no necesitaba llevar camisas sucias.
La fealdad, o la sencillez, debería vestirse con el mayor cuidado.
2. «No me importa» nos advierte contra los HÁBITOS desaliñados.
—Aspira a la virtud, la nobleza, la fuerza —dice el hombre fuerte. Ciertamente, pero
revestid las virtudes con las gracias;
coronad la nobleza con el orden; y
dejad que la fuerza repose en los brazos de la hermosura.
—«Los modales son las sombras de las virtudes», dice Sydney Smith. «Los modales son la más fina de las bellas artes», dice Emerson. Tennyson afirma que «los modales no son ociosos, sino el fruto de una mente noble». El niño que ha sido enseñado en la limpieza, el orden, la pulcritud y la cortesía, no verá la viña de su vida posterior devastada por el pequeño zorro del desaliño.
3. «No me importa» nos advierte contra el TRABAJO desaliñado. Una de las necesidades más imperiosas del presente es cultivar la conciencia en el cumplimiento del deber. La competencia produce baratura, y la baratura produce con demasiada frecuencia fragilidad. Vamos con tanta prisa que no tenemos tiempo de ser meticulosos.
¡Cuánto tiempo tomaban nuestros antepasados para ejecutar una moldura, tallar una piedra, construir un castillo o una catedral! Pero ¿qué obras estamos levantando para la posteridad? ¡Ay! Hay demasiado «trabajo chapucero» entre nosotros, ¡desde el predicador para abajo! Estamos demasiado dispuestos a trabajar con desaliño, especialmente en aquellas partes que son minúsculas o que están fuera de la vista.
Demasiado a menudo oímos la frase: «¡Bastante bien!»
—«¡Bastante bien!», dice el albañil con su mortero sin templar, sus ladrillos mal cocidos y su trabajo desaliñado; y las casas que construye se vuelven criaderos de catarros, reumatismos y muerte prematura.
—«¡Bastante bien!», dice el constructor de puentes, mientras coloca sus vigas agrietadas y sus pernos deficientes; y en la tormenta de medianoche el tren se hunde con su cargamento de vidas.
—«¡Bastante bien!», dice el obrero cristiano, mientras ofrece a su Maestro latón brillante por oro batido; y la «obra» sufre, y las almas se pierden para siempre.
Pero, ¿bastante bien? ¡No, en verdad! El pequeño zorro «no me importa» arruinará cualquier viña. Esas tiernas vides de la verdad y la honestidad, en las que crecen las jugosas uvas de la integridad y la rectitud nacionales, serán destruidas por él, y ¿qué haremos al final?
II. «No me importa» es un zorro EGOÍSTA.
El egoísmo de la pereza se le pega. No se toma la molestia de esforzarse; no hace nada mejor porque no quiere intentarlo; hace tanto mal porque no quiere esforzarse por evitarlo. Ve la miseria que lo sigue, pero no le importa; eso explica tanto su inacción como su mal hacer. No tiene vicios activos; no odia a nadie, no ama a nadie; sencillamente no le importa.
Pídele que te ayude con una ofrenda misionera: no le importan las misiones; pídele que apoye a un obrero entre los pobres: no le importan los pobres; pídele que vote por el candidato parlamentario que tú favoreces: no le importa la política; y así sucesivamente por todo el circuito de la existencia. No hay un solo elemento positivo en su carácter; es de un tinte neutro. Si hace daño, no es porque lo proponga, sino porque no le importa.
Es la clase de hombre del que Sydney Smith dijo «que si le taladraran agujeros, no saldría de él más que aserrín». Examinad todos los males que nos llegan del «no me importa», y se hallará que todos brotan de un egoísmo indolente. Este «pequeño zorro» es de los más dañinos, de los más desagradables, de los más innecesarios, de los más indeseables. ¡Debe ser odiado, despreciado, perseguido y muerto! Si nuestras páginas lo permitieran, podríamos detenernos largamente en sus faltas, pero debemos contentarnos con decir que es
III. Un zorro INSENSATO. Insensato respecto a su propio interés, queremos decir. Sus fechorías recaen sobre él.
Hasta los malos pájaros vuelven al nido al anochecer. «Su propia iniquidad prendará al impío.»
Morton, regente de Escocia, inventó una guillotina temible, llamada la Doncella, y la primera cabeza que cortó fue la del propio Morton. Así ha de ser con el «no me importa»: al robar las viñas ajenas, ¡perderá su propia cola, o acaso la vida! «No me importa» deja la verja abierta, y los perros lo siguen y le muerden sus propias piernas. «No me importa» descuida a los pobres, y tiene que pagar un alto impuesto de pobreza. Rehúye la política, y paga un fuerte impuesto sobre la renta. Descuida a los paganos, y sufre guerras ruinosas para mantenerlos bajo control.
Un descuidado caminaba un día junto a un seto, cuando una zarza colgante le enganchó el rostro y le arrancó un ojo. Su primer impulso fue cortarla, no fuera a obrar el mismo mal sobre algún otro transeúnte. «Pero no —dijo—, ¿por qué voy a tomarme tanto trabajo? El próximo transeúnte no es nada para mí; no me importa que le haga lo mismo.» Y así pasó de largo. Pero cuando volvió unos días después, olvidado por completo del lugar peligroso, la misma zarza le enganchó la otra mitad del rostro y le arrancó el ojo que le quedaba.
¿CÓMO expulsaremos a este «pequeño zorro» de nuestras viñas?
Haciendo siempre lo mejor que podamos. ¿Nos atreveremos a ofrecer a Dios o al hombre menos que eso?
Siendo meticulosos. Los antiguos constructores lo eran; imitémoslos.
Con estricta conciencia. Nuestro Amo y Juez es el Señor, y Él está siempre a la puerta; hagamos nuestra obra para Él.
«Pequeñas zorras» deben ahora desaparecer. Solo hemos mostrado a nuestros lectores unas pocas muestras de las innumerables manadas que infestan las viñas de los santos y hacen todo lo posible por echar a perder las uvas que el gran Viñador ama tanto. A veces las «pequeñas zorras» son pequeñas flaquezas, y a veces son pequeños pecados; pero, en cualquier caso, merecen ser expulsadas de los jardines de nuestra alma. Si se permite que un solo pequeño zorro se aloje en la viña, pronto le seguirán otros. ¡Se siguen unos a otros en bandada, como los buitres!
Donde crece una mala hierba, pronto crecerá otra. Un zorro admitido en el jardín de nuestra alma traerá consigo a muchos más. Por tanto, guardad bien las cercas. Oímos una voz lastimera clamar: «¿Quién es suficiente para estas cosas?» Y oímos una respuesta del cielo: «¡Mi gracia te basta!»
Fuente y atribución
Autor original: John Colwell
Título original: CHAPTER 7. DON'T-CARE.
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Colwell, publicado originalmente en Grace Gems.