"Pido que, arraigados y firmemente establecidos en amor, puedan comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Dios, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa todo conocimiento." Efesios 3:17-19
Al exponer la grandeza del amor del Redentor, el apóstol se refiere a sus cuatro dimensiones:
La primera es su longitud, que se extiende de eternidad a eternidad. A los más bajos de su pueblo les dice: "Con amor eterno te he amado, y por eso con misericordia te he atraído." ¿Quién puede contemplarlo así, en la fecha de su existencia sin fin, sin reconocer que sobrepasa todo conocimiento? Todo lo que es eterno está, por necesidad, por encima de nuestras concepciones bajas y limitadas. ¿Qué idea podemos formarnos de las soledades de la eternidad antes de que fueran creados los gloriosos ejércitos de querubines y serafines? ¡Ninguna en absoluto! Podemos reflexionar sobre el tema, hablar de él y, si así lo deseamos, debatirlo; pero abarcar tan gran tema está más allá de lo que podemos hacer. "Tal conocimiento es demasiado maravilloso para nosotros; es sublime, no podemos alcanzarlo."
¿Qué, pues, podemos saber del amor de Cristo, que entonces existía en toda su plenitud sin límites? Solo cuando podamos comprender la eternidad, con sus innumerables edades sin fecha, quizá logremos medir la longitud de ese amor, que nunca tuvo principio y nunca tendrá fin.
En cuanto a su anchura, no se limita a una sola región, sino que abarca en su amplio alcance este mundo entero que habitamos. Para cada clima guarda bendiciones; entre cada pueblo tiene triunfos que alcanzar. No hay porción del globo tan agreste, ni pueblo tan salvaje, que quede más allá del alcance de su influencia. Hasta los confines más remotos de la tierra se extiende su llamamiento gracial, y en su ondeante bandera se exhibe la grata inscripción: "Paz, paz al que está lejos y al que está cerca."
Los objetos del amor redentor, tal como aparecerán en la recolección final, estarán formados por números sin número; serán "tan incontables como los granos de arena junto al mar." ¡Cuán vasta, pues, debe ser esa compasión, que los arrebató a todos como tizones del fuego eterno! Las multitudes innumerables delante del trono evidenciarán, de la manera más concluyeme —cuán asombroso, cuán incomprensible— es el amor al que se atribuye exclusivamente su salvación.
Mientras que su número, junto con sus variadas condiciones, habiendo venido del oriente y del occidente, del norte y del sur, declara que es tan amplio como el mundo; así su dicha inefable proclama que es tan alto como las cumbres más elevadas del cielo. Y lo que es en su altura sin tope es también respecto a sus profundidades insondables; en ambos aspectos, como la paz de Dios, sobrepasa todo entendimiento.
Las pruebas que se hallan en las obras de la creación de las perfecciones divinas son verdaderamente admirables; pero no nos es imposible suponer manifestaciones aún más sublimes. Un firmamento tachonado de orbes más deslumbrantes, una tierra adornada con tonos más ricos de belleza, pueden concebirse. Pero no así con el amor de Cristo; trasciende todo lo que el ojo vio jamás, el oído oyó jamás, el corazón imaginó jamás. "¡He aquí qué clase de amor es este!", dice el apóstol Juan; dando a entender que sus rasgos son del todo peculiares, algo que se mantiene singular y solo, y que así permanecerá para siempre.
"¿Quién es este hombre? ¡Hasta los vientos y las olas le obedecen!" fue la exclamación de las multitudes pasmadas, cuando contemplaron a los vientos y a las olas obedeciéndole; y ¿no deberíamos decir nosotros: "¡Qué clase de amor es este!" cuando presenciamos todo lo que él hizo y padeció por nosotros y por nuestra salvación? ¡Oh, ¿cuándo el amor incurrió en tales sacrificios, soportó tales angustias, venció tales dificultades, resistió tales pruebas, distribuyó tales bendiciones!
Pero aunque el amor de Cristo es tan asombroso y sin parangón que puede decirse verdaderamente de él que "sobrepasa el conocimiento," sin embargo, por paradójico que parezca, es aún posible que sea conocido. Puede ser experimentado en su dulzura y sentido en su influencia constreñidora —aunque su naturaleza nunca pueda ser plenamente comprendida. ¡Lector! No te satisfagas sin un conocimiento experimental y práctico de él —un conocimiento con el que, comparados, la excelencia y la dicha, todos los demás logros son vanos!
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Spiritual Paradox!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.