(A.) En materia de religión. Los sistemas del antiguo paganismo han desaparecido para no revivir jamás. No hay ahora sobre la tierra un solo adorador de los antiguos dioses de Babilonia, de Egipto, de Grecia o de Roma; y ni uno solo de los templos erigidos para su culto será reconstruido o reparado. El templo de Bel en Babilonia, las magníficas estructuras de Tebas, el Partenón de Atenas y el Panteón de Roma están desolados para siempre en cuanto al propósito para el cual fueron alzados. Tampoco hay ahora, ni habrá jamás en lo sucesivo, un solo ser humano que ofrezca allí un sacrificio sangriento, o que arroje un grano de incienso sobre sus altares. Todo cuanto había en aquellas religiones para degradar a la humanidad o para fomentar el vicio ha pasado, para no revivir jamás.
Lo mismo es cierto de los sistemas de paganismo existentes. Cualquiera que sea el poder o la influencia de tales sistemas en el mundo hasta cierto punto de la sociedad, llega un momento en que ese poder cesa, y en que se muestran no adaptados a una etapa más avanzada del mundo. Podría ser difícil demostrar que los sistemas de paganismo del Imperio babilónico, de Egipto, de Grecia o de Roma interfirieron materialmente con la civilización de aquellos estados y reinos hasta el punto que efectivamente alcanzaron; podría, de igual manera, ser difícil demostrar que los sistemas del brahmanismo o del budismo han interferido con la civilización de la India o de China hasta el punto que han alcanzado. Pero está claro que ninguno podría adaptarse a una civilización superior; en otras palabras, que si las ciencias y las artes existentes en Europa se transfirieran a la India o a China, aquellas religiones tendrían que desaparecer. No pueden ajustarse a ese estado de desarrollo superior, sino que lo retardan y lo contrarían. Han tenido su día, se han agotado, y están destinadas a perder su dominio sobre el mundo, venga lo que venga después de ellas. Están destinadas a extinguirse, como se han extinguido los antiguos sistemas de Babilonia y de Roma.
Lo mismo es cierto del poder papal. Ha tenido su día. ¿Cree alguien hoy que el poder que ejercieron sobre las naciones de Europa Gregorio VII, Inocencio III o Bonifacio VIII pueda revivir? ¿Puede restaurarse el poder de destronar reyes y de someter reinos a un interdicto? ¿Vendrá de nuevo el tiempo en que los príncipes palidezcan en sus tronos y las naciones tiemblen ante la amenaza de un Papa católico? ¿Puede revivir en el mundo la Inquisición? ¿Habrá otro Felipe II, otro duque de Alba que empape provincias enteras en la sangre de los mártires, otra María la Sanguinaria que encienda de nuevo las hogueras de Smithfield? Formular estas preguntas es responderlas.
(B.) En materia de gobierno civil. Las viejas dinastías que tiranizaron al hombre han pasado asimismo, para no restablecerse jamás. La tendencia en los asuntos civiles es en todas partes hacia la libertad, hacia la igualdad, hacia el derrocamiento de los viejos sistemas de tiranía; hacia el establecimiento de instituciones fundadas en los derechos del hombre. ¿Pueden volver los días de Nerón, de Calígula, de Felipe II, de Ricardo III y de Enrique VIII? ¿Se permitiría ahora a tales hombres ocupar alguno de los tronos de la tierra? ¡No! Esos días han pasado. Las escenas ocurridas bajo aquellos reinados no se renovarán. Hay un espíritu extendido por el mundo — en todo el mundo — que lo impediría. Las escenas sangrientas de la tiranía civil, lo mismo que las de la persecución religiosa en fuego, pertenecen al pasado. Sea lo que fuere que ocurra, el historiador del futuro no tendrá tales hechos que registrar, y el catálogo de los monstruos en los tronos está completo. Las naciones se alzarían contra ellos, y flotas y ejércitos se apresurarían a derribarlos de sus tronos.
(3.) Contemplo la acumulación de las fuerzas existentes hoy en favor del progreso, del orden, de la ley, de la libertad, del gobierno justo, de los derechos del hombre, de la verdad, de la religión.
Esas fuerzas consisten en todos los descubrimientos e inventos de los tiempos antiguos y modernos; en todo lo que se ha logrado en las artes, en la filosofía, en la jurisprudencia, en la medicina, en el derecho, en la ciencia política, en la teología; en los resultados registrados de todo el pensamiento profundo de los grandes intelectos del mundo; en todo lo que constituye la civilización moderna; en todo lo que tiende al progreso de la agricultura y de las artes mecánicas; en todos los arreglos para el bienestar doméstico; y en todo lo que entra en el comercio y el tráfico de las naciones de la tierra.
Haya de recordarse que la tendencia de cada una y de todas estas cosas es elevar, y no envilecer ni degradar a la humanidad; que cada una y todas mueven al mundo hacia adelante y no hacia atrás. Haya de recordarse, también, que todas estas cosas están verdaderamente vinculadas con los intereses y la felicidad de la humanidad, y que el mundo, más tarde o más temprano, lo percibirá y actuará conforme a esa idea. Pues nada es más evidente que la industria, la templanza, la justicia, la honestidad, la verdad, la caridad, el conocimiento — que todas las virtudes coinciden realmente con la prosperidad y la felicidad de las naciones y de los individuos —, antes bien, que son esenciales para la prosperidad y la felicidad. El mundo, lento en aprenderlo, empieza a verlo. Llegará al fin a percibirlo con claridad. Los hombres no siempre serán ciegos a sus propios intereses reales; y todas estas cosas, por tanto, constituyen una vasta acumulación de fuerzas — los resultados reunidos de los siglos — que obran sobre el bienestar futuro de la humanidad y hacen cierto el futuro progreso y la felicidad del mundo.
(4.) Contemplo, pues, la acumulación de estas cosas en su relación con el cristianismo y con la probabilidad de su prevalencia en el mundo. Podría demostrarse, creo, que esta es la única forma de religión existente que promete ser permanente sobre la tierra; o que, si ha de haber en último término una religión universal, esta es la única que se adaptaría a tal universalidad en las formas superiores de progreso a las que la humanidad habrá de elevarse. Como ya he observado, los sistemas antiguos no serán revividos, y no hay una sola de las formas existentes del paganismo que avance contra el cristianismo; ni una, en realidad, que no se esté desvaneciendo silenciosamente ante él.
Pero esta no es precisamente la idea que ahora someto a su consideración. Es que aquellas cosas a las que me he referido como fuerzas que actúan sobre la sociedad y sobre el mundo tienen una conexión estrecha — creo que esencial — con el cristianismo. Se incorporan a él. Lo acompañan. Llevan consigo el cristianismo adondequiera que van. Pues las cosas que ahora más caracterizan el progreso del mundo se han originado en estrecha conexión con el cristianismo; si no directamente por él, sí en conexión con él y bajo su cuidado protector. El arte de la imprenta, las máquinas que ahorran trabajo, los motores de vapor, el telégrafo, las mejoras en la arquitectura naval, las comodidades de la vida doméstica, el telescopio, el microscopio — estas y cosas semejantes, o han sido originadas por el cristianismo, o han crecido con él, y se identifican con él, y avanzan con él adondequiera que se difunde. Habrán de ir unidas, y no separadas, en todo el tiempo por venir.
Haya de tenerse presente, también, que el comercio del mundo está principalmente en manos de naciones cristianas y, en su mayor parte, es conducido por naciones protestantes. Un barco chino o hindú jamás cruza el océano con fines comerciales; África no envía buques con propósitos comerciales, excepto los que han sido construidos o comprados por una colonia cristiana; las islas salvajes no envían ninguno; y pocos son, y no van en aumento, los que zarpan de puertos católico-romanos — de España, o Portugal, o Italia, o Brasil, o Austria —, de cualquier puerto católico-romano excepto los de Francia. Las tendencias del comercio y del tráfico son difundir la religión cristiana; impresionar al mundo con el valor de esa religión; abrir el camino para su difusión; asegurar su difusión en la forma mejor y más pura en que esa religión existe — en la forma del protestantismo. A nadie, me parece, le puede caber duda de cuál habrá de ser el resultado último de estos grandes movimientos sobre los destinos del hombre.
(5.) A partir de este punto, el mundo no retrocederá. ¿Podemos creer que, a partir de todo esto, el mundo ha de retroceder al estado salvaje; que la experiencia del pasado no ha de tener valor alguno respecto del futuro; que la humanidad ha de recaer en la barbarie; que el mundo va a preferir deliberadamente el estado de sociedad que existía antes de que Grecia y Roma se civilizaran — la civilización de la Edad Media en Europa, o el estado rastrero de civilización de la India o de China — al que existe en Alemania, en Francia, en Inglaterra, en los Estados Unidos de América? ¿Qué será de la imprenta? ¿Qué será del telégrafo? ¿Qué será de la maquinaria ahora movida por vapor; de los observatorios; del telescopio; del microscopio; de las máquinas de segar, de las máquinas de guadañar y de las máquinas de coser? ¿Qué será de las obras de Bacon, y de Newton, y de Shakespeare, y de Milton? ¿Qué será del tratado de Adam Smith sobre La riqueza de las naciones? ¿Qué será de nuestros libros de escuela? ¿Qué será de la Biblia?
¡No! Estas cosas no se perderán para el mundo. Constituyen una defensa contra el retorno de la ignorancia, del despotismo, de la esclavitud, de la superstición, de la Inquisición, de la barbarie salvaje. Toda esta acumulación de fuerzas tiende en una sola dirección. La experiencia, la ciencia, la sabiduría del pasado, el comercio, los inventos en las artes — todo está vinculado con la ley y el orden — con la paz y la prosperidad — con la libertad y los derechos del hombre. Nunca habrán de identificarse con los antiguos sistemas paganos de religión, ni con los sistemas paganos modernos; con la anarquía universal; con la tiranía; con la esclavitud; con el escepticismo. Tendrán su más amplia prevalencia y su influencia más profunda sólo cuando la religión cristiana pervada el mundo.
Y ¿puede un hombre, al contemplar estas cosas, mostrarse sombrío, dudoso, desilusionado, triste, respecto de la futura condición del mundo? ¿Habrá de cerrar su vida en tinieblas y desesperanza en cuanto a la tierra que está a punto de dejar? ¿Puede aquel que ha vivido setenta años en un período tan lleno de acontecimientos como este — que ha seguido el progreso de las cosas durante ese largo curso de años — que compara el presente con lo que era el mundo cuando entró en la vida — puede tal hombre mostrarse desalentado, sombrío, triste?
Y ¿puede, o debe, un joven que mira al mundo en el cual está a punto de entrar, mirar sólo hacia adelante a la pérdida de todas estas cosas, y al desorden previsto, a las tinieblas, al aumento del crimen y a la anarquía? ¿Entra en un campo donde no hay nada que lo aliente y anime en sus esfuerzos honrados por el bien de la humanidad? ¡No, no! Jamás en la historia del mundo entraron los jóvenes en su carrera con tanto que los alentara, que los animara, que los inspirara con esperanza, que reclamara las más altas facultades de ellos para la promoción de los grandes objetivos que entran en la civilización, el progreso y la felicidad del hombre.
Las opiniones de un hombre a los setenta años han ido madurando durante largo tiempo, y no es probable que las cambie materialmente. Abrazaré estas convicciones hasta que muera, y cerraré los ojos en la muerte con esperanzas brillantes y gloriosas respecto de mi tierra natal, de la iglesia y del mundo en general — ¡espero y confío que también con una esperanza más brillante y gloriosa respecto del mundo eterno al que iré!
Mi obra, para bien o para mal, está hecha. No puedo retroceder y reparar lo que se hizo mal. No puedo hacer ahora lo que quedó sin hacer. No puedo hacer mejor lo que se hizo de manera imperfecta. No puedo recuperar las horas que se desperdiciaron. No puedo corregir los males que puedan haber resultado de mis errores. No puedo alcanzar y detener lo que he dicho o escrito conforme ha salido al mundo. No puedo hacer volver las oportunidades de utilidad que se descuidaron. No puedo borrar la realidad ni el recuerdo de los pensamientos equivocados, o de los motivos equivocados, o de las palabras equivocadas, o de las acciones equivocadas. Todo lo que se ha pensado, dicho o hecho en estos setenta años ha quedado fijado como una realidad, nunca para cambiar. Los errores y locuras pasados pueden ser perdonados, pero nunca serán cambiados.
La esperanza de un hombre a los setenta años — a cualquier edad — no es que los errores, los pecados y las locuras del pasado puedan cambiarse; es sólo que puedan ser perdonados por un Dios misericordioso; que puedan ser cubiertos por la sangre de la expiación; que, aunque deban permanecer para siempre como hechos — hechos plenamente conocidos por el Gran Escrutador de los corazones —, su culpa pueda ser quitada de tal modo que no sean castigados; que por la sangre derramada en la cruz ellos mismos puedan ser cubiertos — ocultados — de manera que no sean revelados en el juicio final ante los mundos congregados. Esa esperanza, la religión de Cristo la ofrece a todos.
Pero es un hecho de la vida que todos nuestros pensamientos, palabras y acciones quedan fijos e inmutables.
¡Cuán diferente sería la vida que los hombres intentarían llevar, si sintieran habitualmente que todo — literalmente todo — lo que hacen, o dicen, o piensan — aun su pensamiento más fugaz — queda así fijado e inmutable para siempre!
Fuente y atribución
Autor original: Albert Barnes
Título original: Life at Three-score and Ten — parte 9
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Albert Barnes, publicado originalmente en Grace Gems.