El artista estaba pintando el retrato de una madre muerta, y usaba una fotografía como modelo. Pero para que el rostro luciera más fresco y joven, iba omitiendo las líneas y las marcas de la vejez y del cuidado en el rostro. —¡No, no! —dijo el hijo—. ¡No! No quites las líneas; déjalas todas. No sería mi madre si todas las líneas desaparecieran. Entonces contó la historia de la entrega de ella a sus hijos durante la infancia de ellos y en tiempos de enfermedad. Las líneas que parecían desfigurar el rostro eran los registros del amor, que hablaban de sacrificio y de sufrimiento.
Dijo que estaba muy bien para los jóvenes que nunca habían conocido un cuidado tener un cuadro con un rostro liso y hermoso, sin arrugas; pero cuando alguien ha vivido setenta años, años de vida seria y noble, llenos de sufrimiento, de trabajo, de lucha y de renuncia, sería como mentir cubrir su huella.
Luego el joven siguió hablando con detalle de algunas de las cargas que su madre había llevado, de los sacrificios que había hecho y de los sufrimientos y pesares que habían surcado su vida. Él no quería un cuadro en el que la historia de todos esos años hubiera sido quitada del rostro. Su misma belleza estaba en las marcas y en las líneas que contaban lo que el corazón valiente y las manos fieles de la madre habían hecho por amor.
Este incidente tiene sus sugerencias acerca del costo y la santidad de la maternidad. No es fácil ser madre y criar una familia de hijos, especialmente en condiciones de pobreza, donde las cargas del cuidado del hogar recaen con peso sobre la madre misma. Debemos honrar las marcas que cuentan la historia de lo que el amor ha hecho. Lo más querido en nuestra madre deberían ser las líneas en las que se guarda el registro de su amor. A veces los hijos olvidan esto. Ven que el rostro de la madre ha perdido algo de su frescura, que ya no tiene su antigua viveza y vivacidad, y que sus manos están arrugadas; pero no recuerdan que esos signos de deterioro o de desgaste de la fuerza y de la belleza son los surcos que el amor por ellos ha abierto. En lugar de considerarse defectos o manchas, deberían ser tenidos como insignias de honor, como las cicatrices del soldado obtenidas al pelear por su patria.
Pero el incidente sugiere también, en un sentido más amplio, cómo se forma el carácter. La palabra «carácter» significaba originalmente las líneas, los surcos o las marcas que el grabador hacía sobre el metal. En la vida, el carácter está formado por las impresiones dejadas, por las huellas grabadas en el alma por las experiencias de la vida. Un bebé no tiene carácter; su vida es como una tabla lisa en la que todavía no se ha grabado nada. Sin embargo, enseguida empieza a hacerse el registro. La educación, la influencia, los impactos de otras vidas, las alegrías, las tristezas, los éxitos y los fracasos, todos dejan sus «toques», sus líneas de belleza o de deterioro, sus surcos de sufrimiento; y al fin, en la edad madura, el hombre se halla entre los hombres con un carácter distintivamente suyo, el producto compuesto de todas las variadas experiencias de toda su vida.
El rostro muchas veces lleva en sí mismo un registro exterior, que todos pueden ver, de la vida interior. El rostro de una joven tiene solo belleza. Ella nunca ha sufrido, ni ha conocido el cuidado, la lucha ni el dolor. Llega el amor; y su historia se escribe en líneas resplandecientes y transfiguradoras en los rasgos. La maternidad trae consigo otra nueva experiencia, y el rostro de doncella pasa, queda atrás. Vemos ahora en su lugar el rostro de la mujer seria, reflexiva, fervorosa y solícita. Los años avanzan con su vida afanosa y su anhelo profundo, con sus pruebas, sus cuidados, sus noches interrumpidas y sus días de ansiedad, sus esperanzas y sus temores, sus deseos y sus anhelos, sus oraciones y sus clamores de auxilio. Llega la enfermedad; y la madre está siempre al lado del lecho, con el corazón puesto en su vigilia. Acaso llega la muerte, y el dolor la abruma. A medida que los hijos crecen, la carga de la madre se vuelve más pesada. Ella tiene sus tiernas esperanzas y sus sueños, que muchas veces debe ver desvanecerse sin realizarse. Así vive hasta llegar a los setenta años.
Ahora, si reuniéramos los retratos de la joven de veinte años y de la madre de setenta, veríamos toda la historia de los cincuenta años grabada en el rostro de la anciana. Podríamos comentar la diferencia entre los dos cuadros, diciendo: «¡Qué pena que la madre de setenta no pudiera conservar todavía el dulce rostro de joven de los veinte!». Pero hay mucho más significado en el rostro de la anciana que en el de la joven. Cada línea guarda una historia de renuncia. Cada marca de desgaste es un registro del trabajo y del costo del amor. Bajo todos los rastros que hablan de edad y de debilidad, corren líneas subyacentes que hablan de victorias, de batallas peleadas y ganadas, de lecciones aprendidas con lágrimas, de luchas del corazón, de gozo y de esperanza, de dolor y de tristeza, de pesares y de desilusiones.
El hijo tenía razón al decir que las líneas no deberían quitarse del cuadro de su madre, pues no habría sido el cuadro de su madre en absoluto si las marcas de los años hubieran sido borradas. Hermoso a su manera era el rostro de la joven antes de que hubiera en él una sola línea de experiencia difícil; pero mucho más hermoso a su manera es el rostro de la mujer de setenta, marchito, arrugado, profundamente surcado, porque registra una historia de heroísmo, de mansedumbre, de resistencia, de paciencia, de sacrificio, de dolor y de sufrimiento, toda la maravillosa historia del amor de madre.
Los que son jóvenes apenas están empezando a formar su carácter, pero cada día dejará alguna marca. La lección es la necesidad de velar sobre toda su vida. Cada libro que leen, cada cuadro que contemplan, cada amistad que forman, cada contacto de otra vida con la suya, cada pensamiento que nutren, cada experiencia de gozo o de tristeza, de victoria o de derrota, tiene su lugar entre los forjadores de su carácter.
Si al final queremos un carácter del cual no tengamos que avergonzarnos, debemos vigilar de cerca toda influencia que permitamos que nos afecte. El corazón construye el carácter. Nuestros pensamientos esculpen las líneas en nuestra alma. Si somos débiles, cobardes, orgullosos, egoístas, mezquinos o envidiosos, estos defectos aparecerán en el resultado final. Pero si somos fuertes, valientes, veraces, justos, desinteresados y santos en el pensamiento y en el sentir, estas cualidades se volverán parte de una personalidad perdurable y noble.
Los estados de ánimo de la vida escriben también su historia, tanto en el carácter como en el semblante. La preocupación o el descontento hacen un rostro inquieto. La paz en el corazón pone su belleza resplandeciente en los rasgos. «La fisonomía humana —dice Victor Hugo— se forma por la conciencia y por la vida, y es el resultado de una serie de excavaciones misteriosas.» Esto es más cierto de lo que cualquiera de nosotros imagina. Llevamos la historia de toda nuestra vida interior en el rostro, para que todos los hombres la lean.
Una hija escribe tras la muerte de su padre: «Su rostro había sido mi mayor consuelo todo este verano, aun cuando él apenas podía conversar. Era el mismo rostro puro y santo y la misma sonrisa en todo su sufrimiento.» Pero se necesitaron setenta años de vida noble, desinteresada y santa, por Cristo y por el bien de los hombres, para formar ese rostro transfigurado.
La obra que Cristo nos da consiste en realidad en formar el carácter. No estamos en el mundo para pasarlo bien, para hacer dinero, para realizar grandes cosas, para escribir libros, para cultivar campos, para vender mercancías ni para estudiar; estamos aquí para hacernos de nosotros mismos hombres y mujeres nobles. La prueba del éxito al final no es nuestra riqueza, ni la medida de nuestra fama, ni la cantidad de cosas que hemos hecho, sino nuestro carácter. Nuestro carácter es lo que vivirá al otro lado de la muerte, la persona que aparecerá ante Dios cuando nuestro espíritu se presente allí. Por eso es de la mayor importancia que demos atención primero a la obra que se va realizando en nuestra vida interior a lo largo de los años.
Debemos recordar también que cada pensamiento, cada sentimiento y cada deseo, cada emoción, cada decisión y cada motivo que nutrimos hace su parte en la formación del carácter. Toda la vida escribe sus registros, y ¡los registros son indelebles!
Hoy los hombres excavan en Asiria tablillas de arcilla que aún conservan la escritura grabada en ellas miles de años atrás. Así también nosotros vamos escribiendo registros, a medida que avanzamos, en los libros de nuestra propia vida; y por esos registros seremos juzgados en el gran día de las cuentas. Nunca podemos escapar de nosotros mismos ni de la historia de nuestra propia vida. ¡Cuán importante es que cada pensamiento sea blanco y santo!
No es la vida fácil la que deja el registro más noble en el carácter. Las Sagradas Escrituras enseñan con claridad que es necesario entrar en el reino a través de mucha tribulación. A los creyentes se les asigna un doble bautismo: con el Espíritu Santo y con fuego. Se nos dice aun de Jesús que, aunque era Hijo, aprendió la obediencia por las cosas que padeció; y que fue perfeccionado por medio del sufrimiento. Mucho más necesario es para nosotros pasar por tribulaciones en la purificación de nuestra vida y en la formación del carácter cristiano en nosotros.
No hemos de suponer que los duelos y los pesares comunes que otros conocen sean todos los trials por los que debemos pasar. Nuestros pesares y luchas más amargos se soportan en el sagrado secreto de nuestro propio corazón, donde ningún ojo sino el de Dios puede ver. No podemos dar ningún paso hacia delante y hacia arriba en la vida espiritual sino por la batalla, por la victoria sobre nuestro viejo yo. Algo del YO mismo debe morir en cada verdadera ganancia que obtengamos en el carácter. En el libro del Apocalipsis leemos de ciertas grandes bendiciones que se ofrecen a los seguidores de Cristo, pero cada una de ellas aguarda más allá de una línea de batalla. Solo «al que vence» se prometen estos premios del carácter, estas recompensas por el logro.
Son estas luchas y batallas interiores las que más profundamente marcan nuestra vida. Salimos de ellas llevando marcas que cargaremos para siempre. Pero estas marcas no son desfiguraciones; son líneas que hablan de ganancias espirituales. La piedra no es desfigurada por el cincelado del escultor. «Mientras el mármol se gasta, la imagen crece.» Al final, lo que será más bello en nosotros no será lo que hayamos ahorrado de los golpes duros del martillo, sino las marcas que hablarán de los cortes más profundos del cincel.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Making of Character
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.