La vida de Cristo para cada día

Las lágrimas del Señor junto al sepulcro de Lázaro

Cristo se conmueve y llora junto al sepulcro de Lázaro, mostrando su compasión, y se anticipa el gozo perfecto del último día, cuando el Redentor verá el fruto de su alma y quedará satisfecho.

Ningunas otras palabras habrían podido causar tanto gozo al corazón de María como las que Marta le susurró al oído: «El Maestro ha venido y te llama». Sin embargo, su gozo se mezclaba con amargos lamentos por no haber oído las nuevas bienvenidas antes de que Lázaro muriera. Marta llamó a su hermana en secreto. Quizá no quería que los judíos sentados alrededor las acompañaran al encuentro del Señor, pues muchos de ellos no creían en Él. La presencia de incrédulos resulta una dolorosa constricción para quienes desean abrir su corazón a Jesús. Será uno de los deleites del cielo sentir que todo allí simpatiza en todas las comunicaciones que tienen lugar entre los santos y su Salvador. Pero estos judíos parecían muy interesados en el dolor de María; y al verla levantarse la siguieron, pensando que iba a llorar al sepulcro de su hermano. Poco imaginaban la escena tan maravillosa que pronto presenciarían. Debieron asombrarse al ver a Jesús esperando en el camino. Entonces María se postró a sus pies y pronunció las mismas palabras que Marta había usado antes: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Era todo lo que María podía expresar. Parece que su dolor era más abrumador que el de su hermana. No oímos que Marta se postrara a los pies del Redentor, ni que llorara como María. Hay espíritus más quebrantados por el dolor que otros. El Señor conoce la condición de cada una de sus criaturas y lo que cada una puede soportar. Solemos juzgarnos con dureza unos a otros; llamando a veces insensibles a quienes soportan la pena con compostura, y mirando a otros como rebeldes contra Dios por desmayar bajo su peso. Pero el Señor trata con dulzura a los afligidos: en vez de reprender las lágrimas de María, Él también derramó lágrimas.

Junto a la historia de su sangre derramada, éste es el pasaje más conmovedor, que nos habla de sus lágrimas derramadas. Estas lágrimas fueron muestra de la profunda turbación interior. Antes de derramarlas, se dice que «se conmovió en espíritu y se turbó». Aunque sabía que el dolor de María pronto se aplacaría, sintió su pena real; y no sólo la de ella, sino la de los judíos incrédulos que la acompañaban. Nada consuela tanto a un afligido como sentir que no llora solo. No hay nadie que haya oído cómo Jesús derramó estas lágrimas que deba pensar que llora solo. Aunque no ame al Salvador, aquel Salvador siente por él, porque es obra de sus propias manos. Pero no fue sólo simpatía la que otorgó al lloroso séquito; se apresuró a quitar la causa de su tristeza, diciendo: «¿Dónde le habéis puesto?». Aun nosotros, egoístas como somos, hemos experimentado la dulzura de dar placer, especialmente a quienes amamos. ¿Quién podrá concebir el deleite que el Redentor sentía cada vez que hacía regocijar a sus hijos! Ésta fue la nota luminosa en su vida dolorosa; creó más gozo que ningún ser que jamás haya habitado sobre la tierra. ¡Cómo debió arder su corazón compasivo con la anticipación de la escena que se acercaba, al avanzar hacia el sepulcro de Lázaro!

Y ahora, conforme pasan los años, nuestro Redentor ve acercarse el día que ha de ser el más feliz que jamás haya amanecido sobre este mundo. Fue un día feliz cuando se echaron los cimientos del mundo, pues entonces las estrellas del alba cantaron a una por gozo. Fue un día feliz cuando Adán y Eva contemplaron por vez primera esta hermosa creación y entonaron su primer himno a su gran Creador. Fue una noche feliz cuando los pastores oyeron a los ángeles anunciar el nacimiento del Niño de Belén. Fue una mañana feliz cuando las mujeres que visitaron el sepulcro oyeron a los ángeles decir: «El Señor ha resucitado». Pero ningún día ni noche se ha visto aún tan feliz como aquel último será, cuando los redimidos del Señor volverán y vendrán a Sión con cánticos y gozo eterno sobre sus cabezas. De toda la multitud feliz entonces reunida, ninguno sentirá tan vasta marea de felicidad brotando en su alma como el Redentor mismo, como Aquel que será la fuente de todo el gozo que fluya en cada corazón. Entonces Él verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; satisfecho de haber dejado su trono de gloria; satisfecho de haber pisado esta tierra dolorosa; satisfecho de haber sangrado en la cruz; satisfecho de habernos amado y lavado de nuestros pecados con su propia sangre.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ goes to the tomb of Lazarus

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura