Religión práctica

Las manos: un estudio de su poder y su ministerio

Una meditación sobre el sentido de nuestras manos: consagradas al deber, heridas en la lucha, dedicadas a ministerios de consuelo y que, aun dobladas en la muerte, dejan huellas eternas.

«Toma mis manos, y haz que se muevan

al impulso de tu amor».

Frances Havergal

El hombre es el único ser que tiene unas manos tan maravillosas; la mano, por tanto, es una de las marcas de la jerarquía del hombre y de su poder. Con su mano conquista la naturaleza; con su mano realiza las grandes obras que lo distinguen en la creación de Dios; con su mano cultiva la tierra, derriba los árboles del bosque, perfora las montañas, construye ciudades, fabrica máquinas, ciñe el globo con rieles de hierro, navega el mar y mueve todas las ruedas del comercio.

Es también la mano del hombre la que da forma y realidad a los sueños y las visiones del cerebro y el alma humanos. Con su mano, el pensador pone sus pensamientos en palabras escritas, para convertirse en poderes en el mundo; con su mano el poeta entreteje en gráciles versos las suaves inspiraciones de su musa; con su mano el músico interpreta en su instrumento las maravillosas armonías que conmueven y estremecen los corazones de los hombres hasta lo más profundo; con su mano el artista pone sobre su lienzo las maravillosas creaciones de su genio, que inmortalizan su nombre y se vuelven parte del patrimonio de belleza del mundo.

Así tenemos indicios de la importancia de nuestras manos. Qué hacer con ellas es una pregunta vital. En ellas hay grandes posibilidades de poder y de utilidad. Un autor distinguido, al ver la imagen de mármol de la mano de un bebé, escribió algo parecido a esto: que debería conservarse hasta que el niño hubiera crecido hasta la madurez y luego hasta la vejez; hasta que la mano hubiera sentido la presión del afecto y la hubiera devuelto; hasta que hubiera llevado la alianza de bodas; hasta que hubiera cuidado bebones y los hubiera enterrado; hasta que hubiera recogido las flores del placer terrenal y hubiera sido traspasada por las espinas; hasta que hubiera obrado su parte en la obra del mundo; hasta que hubiera envejecido, arrugado y marchitado y haber sido doblada sobre el pecho en el reposo de la muerte; que entonces debería sacarse otra vez en mármol, cuando las dos manos contarían toda la historia de una vida.

Es sumamente interesante contemplar la mano de un bebé y tratar de leer su profecía. Acaso dormidas en los deditos haya música que algún día estremezca las almas de los hombres; o quizá escondidas en ellos haya cuadros que andando el tiempo cobrarán vida en el lienzo; o posiblemente haya poemas cuyas mágicas líneas algún día respiren inspiraciones para muchas vidas; al menos, debe haber plegadas en los regordetes dedos del bebé innumerables cosas hermosas que tomarán forma a través de los años, a medida que las manos cumplan su asignada tarea. Es interesante mirar la manecita y preguntarse qué hará.

Luego es interesante, cuando una mano está doblada en el ataúd, contemplarla y pensar en todo lo que ha hecho: sus victorias, sus logros, sus beneficencias; o acaso en el mal que ha obrado, el daño que ha causado a vidas humanas, el sufrimiento que ha provocado, las semillas de pecado que ha esparcido. ¡La mano fría yace cuente todo eso!

Nuestras manos deberían adiestrarse para hacer lo mejor; todas las posibilidades de bien en ellas deberían desarrollarse. Sin duda, Dios ha puesto en muchos dedos música que nunca ha sido sacada, y cuadros que nunca han sido pintados en lienzo, y belleza que nunca ha encantado los ojos de los hombres, y nobles beneficencias que nunca se han plasmado en actos. Deberíamos procurar sacar a la luz todo lo que Dios ha escondido en nuestras manos. Las cosas que fueron hechas para hacer, deberíamos esforzarnos por enseñarles a hacerlas.

Deberíamos adiestrarlas, también, para realizar toda su obra con cuidado y a fondo: siempre hacer lo mejor. Aun las cosas más pequeñas, que parecen insignificantes, deberíamos hacerlas lo mejor que podamos. Esa es la manera en que Dios obra. Los más diminutos microorganismos, de los que millones nadan en una gota de agua, son tan perfectos en todas sus funciones como lo son las más grandes de las criaturas de Dios. No sabemos qué es pequeño ni qué es grande en este mundo. Las cosas pequeñas pueden ser semillas de grandes cosas futuras; de los actos más ínfimos pueden venir resultados descomunales.

«De las cosas que llamamos pequeñas tus ojos

ven grandes cosas asomar».

Nuestras manos, por tanto, deberían adiestrarse para hacer siempre su mejor obra. Es una vergüenza hacer algo de manera descuidada. Es una vergüenza trabajar con negligencia, desatender lo que se nos ha encomendado, apresurarnos por nuestras tareas, estropeando la obra que deberíamos realizar con tanto cuidado, ya sea solo escribir una tarjeta postal o sacudir el polvo de una habitación o construir un cobertizo de carbón, como si se tratara de pintar un gran cuadro, amueblar un palacio o erigir una catedral.

Nuestras manos deberían estar siempre listas para el deber. Por un tiempo, el niño no encuentra nada para sus manos sino jugar; pronto, sin embargo, empieza a descubrir tareas, porque la vida es deber. La juventud está llena de sueños brillantes. Su mirada inicial pinta la vida como solo placer; pero pronto el aspecto cambia, el encanto se desvanece y algo más duro y austero emerge a medida que el deber comienza a reclamar sus derechos. La responsabilidad de la vida, una vez realizada, es muy seria y suscita pensamientos graves. Puede ser una carga que levantar, un deber que cumplir, una cruz que llevar, y sin embargo rehusarla es fracasar.

«La vida es una carga: llévala;

la vida es un deber: cúmple;

la vida es una corona de espinas: vístela.

Aunque te rompa el corazón en dos,

aunque la carga te aplaste,

cierra los labios y oculta tu dolor:

¡Primero la cruz, y luego la corona!»

Nuestras manos deberían ser leales. Nunca deberían rehuirse del deber. La cuestión del dolor o del costo nunca deberíamos plantearla. A veces podemos tener que asir espinas, y las espinas traspasarán nuestras manos y las dejarán sangrando; sin embargo, aun entonces no deberíamos rehuir la lealtad al deber.

Nunca podremos olvidar cómo las manos de Cristo fueron traspasadas y desgarradas al labrar nuestra redención. Eran manos hermosas; eran suaves y tiernas, tan tiernas que no quebrarían una caña bruñida; eran manos sanadoras y manos que siempre esparcían bendiciones; sin embargo, los crueles clavos las desgarraron. Él podría haberse apartado de su cruz, pero nunca vaciló. Con rostro pálido y paso firme, caminó directo hacia la muerte. Así, las manos más hermosas de todo el universo hoy son manos heridas.

En efecto, las heridas son las mismas marcas de gloria en las manos de Cristo. Las manos de nuestro Salvador se reconocen por la marca de los clavos. En el cielo lo reconoceremos por sus manos heridas. Las manos más hermosas pueden no ser entonces las más suaves ni las más lisas, sino manos endurecidas por el trabajo o desgarradas en la lucha.

Podemos pasar por la vida procurando conservar nuestras manos muy blancas, sin asperezas, sin heridas, y al final descubrir que no han obrado nada, no han ganado nada. Cuando un ejército vuelve a casa de una guerra victoriosa, no es al regimiento con filas completas de hombres sin cicatrices al que la gente vitorea con más fuerza, sino al regimiento con solo un resto de soldados, y estos llevando las marcas de muchas batallas. Las manos cicatrizadas por el conflicto con los enemigos de la vida son más hermosas cuando se alzan ante Dios que las manos blancas, sin heridas y cubiertas de joyas resplandecientes, porque las cicatrices hablan de trabajo y de batalla.

Muchos hombres buenos parecen vivir en vano en este mundo. Trabaja con empeño, pero no recolecta nada; parece no tener éxito todos sus días; las cosas que emprende no prosperan. Es un buen hombre, fiel, concienzudo, piadoso, honrado y diligente, y sin embargo parece no recibir recompensa terrenal. Su vida es un largo desaliento, una lucha ininterrumpida con circunstancias y condiciones adversas. La carga del cuidado nunca se aligera, y la sombra de la decepción nunca se levanta. Muere siendo un hombre pobre, con las manos ásperas, cicatrizadas y vacías. Su vecino, junto a él, parece tener solo éxito y nunca fracaso. Ninguna decepción le llega; todo lo que toca prospera. Sin trabajo ni lucha ni herida, sus manos están llenas de los tesoros de la tierra. ¡Pero cuando Dios mira las manos de los dos hombres, puede ser que honre más a las manos vacías, con las articulaciones nudosas y las marcas de trabajo, de lucha y de sufrimiento!

Nuestras manos deberían adiestrarse para ministerios tiernos. ¡Sería agradable pensar en lo que una mano, una simple mano común sin dinero ni regalos de ninguna clase, puede hacer para bendecir, inspirar, consolar, suavizar y ayudar! Un padre moribundo pone su mano sobre la cabeza de su hijo en bendición de despedida, y durante toda su vida el hijo siente el toque y es bendecido por su recuerdo. Un bebé despierta en la oscuridad y llora aterrorizado; la madre extiende la mano y la pone sobre su pequeño, y al instante se aquieta. Tú estás enfermo y ardes de fiebre, y entra un amigo y pone una mano suave y fresca sobre tu frente ardiente, y una deliciosa sensación de alivio te recorre.

Estás en aflicción amarga, sentado con el corazón roto en tu hogar, del cual se ha ido la luz; no parece haber consuelo para ti. Entonces entra uno y se sienta a tu lado; apenas habla, pero toma tu mano en la suya y la sostiene con cálida y tierna presión. Puede ser una mano tosca y dura, o una mano grande y torpe, pero a través de ella fluye a tu alma una corriente de simpatía amorosa y de inspiración fortalecedora que parece rellenar las fuentes agotadas de tu corazón. El amigo se va sin haber pronunciado una docena de palabras, pero tú eres consciente de un maravilloso impulso.

Sales una mañana desanimado y con el corazón abrumado; no ves el cielo azul sobre ti, porque tus ojos están bajos hacia la tierra apagada, donde solo se ven terrones y guijarros. Algo ha proyectado una sombra sobre ti. De repente, en el camino, un amigo te encuentra y te saluda con tono alegre; extendiendo su mano, aprieta la tuya con gran calidez y la sostiene un momento con fuerza en su cálido apretón mientras mira tu rostro y te dirige un saludo cordial y sincero. Él sigue su camino y tú sigues el tuyo, pero ahora levantas la vista y ves que hay cielo azul sobre tu cabeza; la sombra se ha levantado y la luz del sol ha entrado en tu alma. El apretón de manos de tu amigo lo hizo todo.

Junto a la Puerta Hermosa yacía un lisiado que extendía la mano pidiendo limosna. Se acercaron dos hombres, y el mendigo les pidió una dádiva de dinero. Los hombres no tenían dinero que darle, pero en el nombre de Cristo le mandaron levantarse y caminar; luego uno de ellos le dio su mano para ayudarlo a ponerse de pie. Decimos que la época de los milagros ha pasado, pero por doquier manos humanas consagradas están ayudando a los caídos a levantarse. Miles que hoy están en el cielo fueron salvados mediante el ministerio de una mano humana que en el momento oportuno se extendió en simpatía o en ayuda para permitirles levantarse.

Estos son solo indicios de las posibilidades de bendición que Dios ha escondido en nuestras manos. Aun sin dinero y sin palabras podemos realizar un maravilloso ministerio de bien ¡simplemente con nuestras manos! El poder que hay en su toque o en su apretón es casi infinito. Hay un posible ministerio de influencia incalculable aun en nuestro apretón de manos cotidiano. Cada día, al pasar, llegan innumerables oportunidades de hacer mucho bien con solo extender nuestras manos a los que están tentados, o desanimados, o afligidos, o que han desfallecido y caído en la lucha.

Deberíamos dar nuestras manos a Cristo en consagración; deberíamos dejar que nuestro corazón se derrame a través de nuestras manos, para que con cada apretón y cada toque nuestro mejor amor salga a los que necesitan su ministerio sanador e inspirador. Dios quiere que nuestras manos estén siempre listas para ministrar a los que están en necesidad. Ninguna otra obra en este mundo es tan importante como esta. No importa lo que estemos haciendo, cuando el clamor del ser humano angustiado llega a nuestros oídos, debemos dejarlo todo y responder con presteza.

La vieja leyenda dice que una vez tres jóvenes señoras disputaron sobre sus manos, acerca de cuáles eran las más hermosas. Una de ellas sumergió su mano en el arroyo puro; otra arrancó bayas hasta que sus dedos estuvieron rosados; y la tercera recogió flores cuyo perfume se adhirió a sus manos. Pasó una vieja y macilenta mujer y pidió algún regalo, pero todas la rehusaron. Otra joven, sencilla y sin pretensión de belleza de mano, satisfizo su necesidad. Entonces la anciana dijo: «No es la mano que se lava en el arroyo, ni la mano teñida de rojo, ni la mano engalanada y perfumada con flores, la más hermosa, sino la mano que da a los pobres». Al hablar, sus arrugas desaparecieron, su bastón fue arrojado, y allí se erguía un ángel del cielo.

Esto es solo una leyenda, pero su juicio es verdadero: las manos hermosas son las que ministran en el nombre de Cristo a los demás.

A veces las manos solo pueden doblarse en quietud, incapaces ya de trabajar o de luchar o de realizar servicio activo de bien. Pero aun las manos dobladas no necesitan ser inútiles.

Es una lástima muy triste cuando manos fuertes y llenas de vida y de poder se doblan en indolencia o cobardía. Pero cuando por enfermedad física o por mutilación en el campo nuestras manos ya no pueden laborar ni llevar la espada ni hacer sus tiernas obras, no deberíamos lamentarnos. Dios nunca pide imposibilidades, y se complace con la dulce resignación cuando, en su providencia, ya no podemos tomar nuestro lugar entre sus obreros activos. El servicio más aceptable que entonces podemos rendirle es un ministerio de gozo y alabanza, mientras nos sometemos a su amorosa voluntad y permanecemos quietos bajo su mano que aflige. Pero aun las manos dobladas pueden ser todavía manos de bendición: pueden alzarse hacia Dios en oración e intercesión, y pueden atraer ricas bendiciones sobre otras vidas.

Al fin, las manos más atareadas deberán quedar dobladas sobre el pecho en el silencio de la muerte, pero las cosas que hemos hecho en este mundo no perecerán cuando las manos que las obraron se deshagan en polvo. Los toques de belleza que hemos dejado en otras vidas nunca se borrarán; el estremecimiento de nueva fuerza dado por nuestro cálido apretón de manos seguirá para siempre en vida reavivada. El caído que nosotros levantamos y salvamos caminará eternamente en gloria. Las semillas que nuestra mano ha esparcido crecerán hasta convertirse en plantas de belleza inmortal. Cuando descansamos de nuestras labores, la obra de nuestras manos nos seguirá.

Los hombres viajan ahora miles de millas para contemplar los cuadros de artistas cuyas manos, durante siglos, no han obrado belleza; edades y edades después, en el cielo, ángeles y hombres redimidos mirarán con júbilo arrebatado algún toque de belleza puesto ayer en un alma humana por una humilde mano consagrada de la tierra.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Hands: a Study

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura