La vida de Cristo para cada día

Las mujeres que prepararon especias junto al sepulcro

Un grupo de mujeres que había seguido al Señor desde Galilea veló su precioso cuerpo, y aunque no pudo tomar posesión de él, halló consuelo al ver a José y Nicodemo envolverlo con especias y lino fino.

Aunque el Señor Jesús no fue seguido hasta la tumba por una comitiva ostentosa, algunos dolientes sinceros velaron su precioso cuerpo hasta que fue ocultado a sus ojos. Eran mujeres que habían permanecido a la vista de la cruz aun después de haber él expirado. Está escrito en el evangelio de Mateo: «Y muchas mujeres estaban allí, mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole» (27:55). Estas mujeres conocían al Señor desde hacía tiempo y habían gozado del distinguido privilegio de proveer a sus necesidades materiales. ¡Cuán gladísimas habrían sido de obtener posesión de sus amados restos! Pero ¿cómo habrían osado semejante ruego? Cuál no sería su gozo al ver a los dos ilustres consejeros, José y Nicodemo, tomar el cuerpo de la cruz y envolverlo en lino fino con especias. Las siguieron para ver dónde lo pondrían, y José no las rechazó de su huerto. No sólo se les permitió entrar, sino que dos de ellas permanecieron sentadas frente al sepulcro aun después de haber sido colocada la piedra a la entrada. Estas dos eran María Magdalena y María, la madre de los dos apóstoles Santiago y José (llamado comúnmente Judas). Con los últimos rayos del sol poniente contemplaron la tumba de su divino y adorable Amigo. Está escrito en Mateo 27:61: «Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro».

Un corazón afectuoso siempre está ideando medios para manifestar su amor mediante acciones. Las fieles mujeres que habían provisto a su Señor, mientras vivía, de pan, deseaban ahora embalsamar su sagrado cuerpo. Aunque se había envuelto en el lienzo un peso de cien libras de mirra y áloes, no quedaron satisfechas. No tuvieron por desperdicio prodigar abundancia de aromas sobre el cuerpo desgarrado, magullado y lacerado de aquel a quien amaban. Si de fragancias de dulce incienso se llenaba continuamente el templo compuesto de piedras, ¿qué podría ser demasiado dulce o demasiado precioso para derramar sobre aquel templo más glorioso, el cuerpo del Señor? Pero no podían mezclar al punto sus costosos ungüentos, pues el sábado judío comenzaba a las seis de la tarde del viernes, y esa hora casi había llegado cuando el Señor fue depositado en su tumba. Reposaron el día de reposo según el mandamiento, y aplazaron sus preparativos hasta las seis de la tarde del sábado, cuando el sábado había concluido. ¡Qué veneración mostraron estas santas mujeres por aquel día santo! Prefirieron demorar su ardiente deseo antes que quebrantarlo. ¡Cómo condena su conducta a quienes permiten que cualquier incidente trivial interfiera con el sagrado día de reposo!

De todos los sábados que han amanecido desde la creación del mundo, seguramente aquel durante el cual el Redentor yació en su tumba fue el más luctuoso para la iglesia de Dios. Muchos corazones han sido traspasados por la angustia al pensar: «Mi madre ha muerto», «Mi hijo ha muerto»; pero los discípulos en aquel sábado podían decir: «Nuestro Salvador ha muerto». Y cuando, en la noche siguiente, prepararon sus ungüentos, ¡cuántas amargas lágrimas debieron mezclarse con las preciosas especias! ¿Y por qué se entristecieron? Porque no recordaban la promesa de que el Señor resucitaría al tercer día de la tumba. De haberla recordado, habrían pasado sus noches y sus días cantando alabanzas en lugar de derramar lágrimas. Por falta de conocimiento sufrieron mucho dolor.

Y ¿no sufren aún hoy los hijos de Dios mucha ansiedad porque no recuerdan las promesas escritas en las Escrituras? Cuando todo aparece oscuro a su alrededor, ¡cuán propensos son a temer que la luz nunca volverá! Si amamos a Dios, podemos estar seguros de que todas las cosas obran juntas para nuestro bien. Y aun cuando se levante la gran tempestad de los últimos días, los santos no debieran abatirse. Cuando los corazones de otros hombres les fallen por el temor, y por mirar las cosas que vienen sobre la tierra, deberían recordar el mandato: «Cuando estas cosas comiencen a suceder, mirad, y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención se acerca» (Lucas 21:28).

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: to end. The women prepare spices

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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