En estos versículos tenemos una descripción de la diligencia de nuestro Salvador, de su pobreza y de su humildad.
Su diligencia fue incansable. Anduvo como itinerante, predicador que iba de lugar en lugar. Conocía el valor de las almas de los hombres y el peligro en que se hallaban; y, lleno de amor, se deleitaba en declarar las buenas nuevas de salvación.
Aunque no todos son llamados a predicar como él, todos son llamados a promover la salvación de sus conciudadanos de pecado. ¡Y cuántos, lejos de procurar convertir a otros, se contentan ellos mismos con permanecer sin convertir! Son demasiado perezosos para preguntar con earnestez: «¿Qué debemos hacer para ser salvos?», aunque con frecuencia preguntan con ansiedad: «¿Qué comeremos, qué beberemos y con qué nos vestiremos?». ¡Qué extraño parece gastar tanta ansiedad en un cuerpo que muere, y tan poca en un alma que no muere!
Mientras Jesús estuvo en la tierra, hubo mujeres que le acompañaban de lugar en lugar para oír su palabra. Estaban unidas a él por lazos de gratitud, pues él las había sanado de diversas enfermedades.
María Magdalena, o María de Magdala, la población de donde se supone que procedía, había estado poseída por siete demonios. No debemos concluir de esta circunstancia que ella hubiera sido particularmente perversa. La posesión demoníaca parece haber sido más una aflicción que un pecado, pues nunca hallamos que Jesús reprendiera a los posesos, sino sólo a los demonios. Muchos han supuesto que María Magdalena fue la mujer que lavó los pies del Redentor con sus lágrimas; pero no hay prueba que confirme tal opinión. Con todo, María amaba a Jesús con el mismo afecto entregado que aquella pobre pecadora que lloraba; le siguió hasta su cruz, derramó lágrimas en su sepulcro y tuvo el honor de ser la primera en verle después de su resurrección.
Otra mujer que le seguía era la esposa del mayordomo de Herodes. Los malos ejemplos de Herodes y de Herodías no la habían impedido abrazar aquel evangelio que sus superiores despreciaban. Ella también permaneció fiel a Jesús en su muerte y en su sepulcro.
Tal era la pobreza de Jesús, que permitió a estas santas mujeres y a muchas otras contribuir a su sostén. «Le servían de sus bienes». Ciertamente pensamos que fue un honor que se les permitiera dar a Aquel que les había dado todas las cosas. Es un honor que podemos compartir con ellas. Aunque tengamos poco que dar, si entregamos ese poco con espíritu de amor al menor de los santos, damos al mismo Jesús.
Observemos la humildad de Jesús al aceptar limosnas. Ese espíritu independiente que el mundo tanto elogía procede del orgullo del corazón. Es recto desear trabajar para el propio sustento antes que recibir caridad; pero cuando se ha llegado a la pobreza, es malo sentir dolor al aceptar regalos de los más ricos que nosotros. Jesús podría haber convertido piedras en pan, pero escogió más bien recibir pan de sus criaturas. Así nos dejó ejemplo de humildad.
Se supone que fue por este tiempo cuando ocurrió un suceso registrado por Marcos. «Vinieron a casa, y se juntó otra vez la multitud, de modo que ni aun podían comer pan. Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para apoderarse de él, porque decían: Está fuera de sí». Parece probable que Jesús entrara en esta casa para descansar su cuerpo fatigado y refrescarse con pan; pero la multitud, ansiosa de su presencia, le indujo a reanudar sus labores agotadoras. Sus parientes, acaso parientes incrédulos, pues algunos de ellos no creían en él, pensaron que estaba loco, porque accedía al deseo del pueblo. No conocían sus motivos, y por eso pensaban que estaba fuera de sí. Cuando alguien actúa de manera para la que no vemos motivo, juzgamos que ha perdido la razón. Si alguien entrara precipitadamente en esta sala dando fuertes gritos, concluiríamos que está loco; pero si descubriéramos que la casa se está incendiando, ya no nos extrañaría su conducta, pues juzgaríamos que una casa en llamas es motivo suficiente para justificar su vehemencia.
El mundo se asombra de la vehemencia de los cristianos consagrados, porque no puede comprender sus motivos. El creyente contempla por la fe un cielo glorioso y un infierno espantoso; un Salvador misericordioso y un tentador malicioso; almas inmortales y un juicio que se acerca. Debe, pues, ser vehemente en procurar salvar a sus conciudadanos de pecado de la perdición. El mundo no ve nada de esto y con naturalidad se maravilla de la conducta del cristiano. ¿Nos asombra la vehemencia de los cristianos consagrados? ¿Decimos: «¿Para qué tantos afanes? ¿Por qué no puede uno ser religioso sin imponer sus opiniones a los demás?»? Si pensamos así, ¿no hay razón para temer que no conocemos el valor de las almas y que no creemos en la ira venidera?
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The women who followed Jesus
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.