Palabras diarias para los peregrinos de Sion

Las oraciones de Cristo en su agonía redentora

Cristo, en la debilidad de su humanidad, cargó el peso del pecado y la ira divina, y ofreció ruegos y súplicas con gran clamor para ser sostenido hasta consumar la obra.

El apóstol dice que Cristo fue «crucificado por debilidad» (2 Cor. 13:4). Debemos recordar, sin embargo, que aquella debilidad no era imperfección en él, aunque sí lo sea en nosotros; pues cuando hablamos de la debilidad de la naturaleza humana de Cristo, nos referimos a su debilidad comparada con la fortaleza y el poder de su naturaleza divina. Nuestro Señor sintió la debilidad de su humanidad; pues aunque unida a su Deidad eterna, aunque sostenida y consolada benditamente por el poder y la fortaleza del Espíritu Santo, era en sí misma débil, y la experiencia de su debilidad formaba parte de los sufrimientos que él soportó.

Teniendo, pues, que llevar sobre esa debilidad todo el peso del pecado imputado, toda la maldición de la ley, toda la indignación del Todopoderoso, nuestro Señor fue llevado a un punto en que necesitaba especial sostén. Para ser llevado a través de aquella obra sana, honrosa y exitosamente, conforme a la voluntad de Dios y en armonía plena con sus propósitos eternos, a esto se dirigían las oraciones y súplicas de nuestro Señor sufriente; este fue el solemne conflicto que nuestro Señor lleno de gracia tuvo que soportar en el huerto al comenzar, y en la cruz al consumarse.

Sabemos lo que sintió, al menos el Espíritu Santo nos ha dado un relato de aquella solemne agonía en el huerto, cuando dijo, como en un momento de debilidad: «Pase de mí esta copa». Era tan amarga en la contemplación, tan llena de ira sin mitigar; sus ingredientes estaban tan mezclados con el enojo del Todopoderoso contra el pecado y la manifestación de su desagrado contra todo aquel que fuera culpable de él, que, al estar allí como nuestro sustituto, en nuestro lugar, para soportar lo que nosotros habríamos soportado sin él y cargar todo el peso de la ira eterna que nos habría hundido a nosotros y a todos con nosotros, aun siendo millones, en un infierno merecido, necesitó la especial intervención del auxilio de Dios para sostenerle mientras la bebía hasta las heces. Para obtener este auxilio ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas; y fue la vehemencia del conflicto lo que hizo caer la sangre de su frente y las lágrimas de sus ojos, y comprometer a toda su alma en una agonía de dolor y horror mezclados, temor y súplica, todo ello derramado con oraciones, clamores, llanto y súplicas a aquel que le podía librar de la muerte: no de la muerte que él vino a morir, sino de salvarlo de todo lo conectado con la sentencia original de muerte, por cuanto envolvía la ira de Dios y sus consecuencias.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Philpot

Título original: March 25

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.

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