¿Es en verdad tan difícil que un rico entre en el reino de Dios, y con todo los hombres están tan ansiosos por enriquecerse, tan dispuestos a envidiar a los ricos y a tenerlos por dichosos? ¿Están los padres tan deseosos de acumular tesoros para legar a sus hijos y verlos ocupar una posición más alta que la suya? Ciertamente los hombres no creen esta declaración de nuestro Salvador. Aun los discípulos se asombraron sobremanera. Entonces Jesús explicó lo que había dicho y declaró que son los que confían en las riquezas los que no pueden entrar en el cielo. ¡Pero cuán difícil es poseerlas y no confiar en ellas!
Inquiramos qué es confiar en las riquezas. Es sentir que son nuestras y no don de Dios. Sea que las hayamos ganado con nuestro trabajo o que las hayamos heredado de nuestros padres, no son nuestras, sino solo prestadas, y por tanto deben usarse para promover la gloria de Dios. Pero los ricos se sienten propensos al orgullo y a olvidar quién les dio cuanto poseen. Confiar en las riquezas es buscar en ellas la felicidad. Solo el favor de Dios puede hacernos verdaderamente felices. Las cosas externas no pueden lograrlo: ni amigos, ni hijos, ni casas, ni tierras, ni todos los placeres, comodidades y honores del mundo. Aun un niño se ha oído decir: «Las cosas no pueden hacer feliz a la gente». ¿Y cómo estiman ahora los santos en la gloria aquellas posesiones en las que los hombres ponen su corazón? ¿No las consideran rocas en las que las almas naufragan, lazos en que son capturados y traspasados de muchos dolores? Es verdad que las riquezas podrían convertirse en bendiciones. ¡Pero cuánta gracia se necesita para usarlas bien! ¡Y cuánta más gracia para sentir bien cuando se es consciente de tener grandes posesiones! Las grandes riquezas hacen que la gente olvide que es gran pecadora y la llevan a descuidar al gran Salvador. Los ricos tienen muchos amigos y a menudo no sienten la necesidad de un Amigo celestial y todopoderoso. Tienen grandes posesiones abajo y a menudo se satisfacen sin una herencia arriba. Un caballero rico dijo una vez a un jornalero: «¿Sabe usted a quién pertenecen aquellas fincas en la orilla del lago?». «No», respondió el jornalero. «Son mías», dijo el rico. «¿Y el bosque y el ganado, sabe de quién son?». «No». «También son míos», continuó el rico; «sí, todo, todo cuanto puede ver es mío». El campesino se detuvo un momento, luego señaló al cielo y con tono solemne preguntó: «¿Es suyo también eso?».
Cuán propensos son los ricos a olvidar mirar hacia arriba y preguntar: «¿Es mío el cielo?». La plata y el oro no pueden comprarlo; nada sino la preciosa sangre de un Salvador. Si un ángel fuera comisionado a predicar en la tierra, ¿no hablaría más bien a campesinos que a príncipes? Pues los ángeles deben saber que rara vez se les llama a regocijarse por un penitente vestido de púrpura y lino fino. Cuando el Evangelio se proclama en chozas, e incluso en prisiones, tiene mucho mayor éxito que cuando se habla en los palacios. Cierto es que algunos, en las más altas posiciones, han sido quebrantados por el poder de la gracia divina; algunos honorable consejeros, como José y Nicodemo, han creído; algunas mujeres distinguidas, como la vizcondesa Glenorchy y la célebre condesa de Huntingdon, se han consagrado al servicio de Dios; algunos soberanos poderosos, como nuestro sabio Alfredo y nuestro joven Eduardo, han honrado al Rey de reyes y Señor de señores; pero la mayor parte de los que han poseído tierras y riquezas, de los que han llevado coronas o coronas de nobleza, se han contentado con una porción terrenal y no han buscado obtener una corona de vida y una herencia que no se marchita.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ declares the danger of possessing riches
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.