7. Las señales de la elección
¿Cómo pueden los creyentes saber que están entre el número de los elegidos de Dios? Es cierto que no tienen acceso a Su Libro de la Vida; que no pueden leer Sus decretos secretos; que ignoran Sus consejos eternos. Sin embargo, es posible que los santos sepan que están entre aquellos a quienes Dios ha predestinado para ser conformados a la imagen de Su Hijo. Hay al menos cinco maneras en las que Dios testifica que nos ha escogido desde toda la eternidad.
1. Al llamarnos a Sí mismo «A los que predestinó, a éstos también llamó» (Ro 8:30). La predestinación fue en la eternidad; el llamamiento es en el tiempo. Este llamado llega a los elegidos con fuerza irresistible: lo oyen y no pueden dejar de responder. «El portero le abre, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca» (Jn 10:3). Tenemos una ilustración de esto en el caso de Zaqueo. «Zaqueo, date prisa, desciende… y él se apresuró, y descendió, y le recibió gozoso» (Lc 19:5-6). La oveja fue llamada por su nombre y respondió a la voz del Pastor. «Y las ovejas le siguen, porque conocen su voz» (Jn 10:4). Tenemos otra hermosa ilustración de esto registrada en Juan 20:16: «Jesús le dice: María. Volviéndose ella, le dice: Rabboni». Antes ella no le conocía; le confundió con el jardinero; pero el Buen Pastor dirigió a su propia oveja por su nombre —«María»— e instantáneamente ella reconoció su voz. Aquí, pues, está la primera marca de la elección, ilustrada por los casos anteriores. El Pastor llama, y aquellos que son sus ovejas (los elegidos) oyen, reconocen y responden.
2. Al crearlos de nuevo en Cristo O, en otras palabras, al hacerlos Sus hijos. No todos son hijos de Dios. Al contrario, todos son por naturaleza «hijos de ira» (Ef 2:3), y solo por la gracia soberana llegamos a ser hijos de Dios. Todos son Sus criaturas, pero no todos son Sus hijos. La regeneración es consecuencia de la elección. «El, de su voluntad, nos ha engendrado» (Stg 1:18). «Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios» (Jn 1:13). ¿He nacido de nuevo? ¿He sido hecho una nueva criatura en Cristo? ¿Hay evidencias innegables en mi vida de que he sido hecho partícipe de la naturaleza divina? Entonces esta es una de las marcas de mi elección.
3. Al conformarlos a Su voluntad «La intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede» (Ro 8:7). La voluntad del no regenerado se opone del todo a todo lo verdaderamente santo. Pero no ocurre lo mismo con aquellos a quienes Dios llama y vivifica. Él renueva sus voluntades. Obra en ellos tanto el querer como el hacer por Su buen placer. Lo que distingue a un hijo del diablo de un hijo de Dios es que el primero es gobernado por su propia voluntad, mientras que la voluntad del segundo se pierde en la de Dios. El lenguaje del santo es: «Jehová es; haga lo que bien le pareciere» (1 S 3:18). Si, pues, tu voluntad ha sido quebrantada, si te encuentras diciendo de corazón: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22:42), entonces esta es una de las marcas y señales de tu elección.
4. Al comunicar Su amor a sus corazones Los impíos no tienen amor por Dios, ni capacidad para apreciar Sus perfecciones, ni preocupación por Su gloria. No ven en Él belleza que les haga desearle; antes bien, Él es despreciado y rechazado por ellos (Is 53:2-3). Pero el Espíritu Santo derrama el amor de Dios en los corazones de los que creen (Ro 5:5). Para ellos, Dios es tan excelente que dicen: «¿A quién tengo yo en los cielos? Y fuera de ti nada deseo en la tierra» (Sal 73:25). Para ellos, Cristo es el más hermoso entre diez mil, el «todo codiciable» (Cnt 5:16). Si, pues, el amor de Dios arde dentro de tu corazón, esta es una de las marcas y evidencias de tu elección.
5. Al cultivar en ellos el fruto del Espíritu En la Parábola del Sembrador hay cuatro clases de terreno en que cae la semilla, pero solo uno da fruto. Los tres primeros representan diversas clases de incrédulos que oyen la Palabra de Dios, y una cosa les es común a todos: son estériles. Pero la cuarta clase, los oyentes del buen terreno, da fruto en distintos grados. Aquí, pues, hay otra señal infalible, otra característica peculiar de los creyentes: dan fruto. Qué fruto es ese lo aprendemos de Gálatas 5:22-23. ¿Tengo «amor» —amor por Dios, por Su Palabra, por Su pueblo? ¿Tengo «gozo» —ese gozo profundo, firme y admirable que el mundo no conoce? ¿Tengo «paz» —esa paz de conciencia que proviene del conocimiento de los pecados perdonados? ¿Soy «longánime», de modo que «lo sufro todo por amor de los escogidos» (2 Ti 2:10)? ¿Tengo «benignidad», de modo que como una verdadera oveja nunca muestro agresividad? ¿Tengo «bondad», de modo que los que me rodean se den cuenta de que he estado con Jesús? ¿Tengo «fe», de modo que descanso con confianza inconmovible en las promesas de Dios? ¿Tengo «mansedumbre», de modo que estimo a los demás superiores a mí? ¿Tengo «templanza», de modo que mi moderación sea conocida de todos los hombres (Fil 4:5)? Entonces este es el fruto del Espíritu. Por estas y otras señales semejantes, Dios nos indica nuestra elección eterna.
Fuente y atribución
Autor original: Arthur Pink
Título original: La Doctrina de la Elección — 7
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Arthur Pink, publicado originalmente en Grace Gems.