Hemos leído del gran honor que Cristo recibió en su bautismo. Inmediatamente después, fue expuesto a terribles sufrimientos y tentaciones. Es el método de Dios, a menudo, preparar a su pueblo para grandes sufrimientos concediéndole grandes consuelos de antemano. Jesús fue «llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo». Ayunó cuarenta días y cuarenta noches. Estaba solo entre las bestias salvajes del desierto; como está escrito en Marcos 1:13: «estaba con las bestias salvajes». Este desierto era probablemente el mismo por el cual Moisés condujo a los israelitas. Se nos dice en Deut. 8:15 qué clase de lugar era: un lugar «de serpientes ardientes, de escorpiones y de sequedad, donde no había agua». El profeta Jeremías lo llama «tierra de desiertos y de fosos, de sombra de muerte, por donde no pasó nadie, ni donde habitó hombre alguno» (2:6). Pero lo que fue más terrible que todo, cuando Jesús estaba allí, Satanás vino a asaltarle con tentaciones. Él acababa de oír la voz del Padre; acababa de ser ungido por el Espíritu Santo. ¡He aquí ahora en este horrible lugar, con su enemigo más horrible, Satanás! Obsérvese que se dice que fue llevado por el Espíritu. Era la voluntad de su Padre que se encontrara con Satanás como enemigo en batalla. Él había venido al mundo para destruir las obras de aquel y para herir la cabeza de esta serpiente, conforme a la amenaza de Dios a Satanás en el paraíso: «La simiente de la mujer te herirá en la cabeza». Satanás probablemente esperaba vencer a Jesús como había vencido a Adán y a Eva; pero aunque no pudo vencerle, sí le causó dolor; pues está escrito, acerca de Cristo: «Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado» (Heb. 2:18).
Consideremos la primera tentación que ofreció a nuestro Salvador. Dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan». Obsérvese el momento en que hizo la propuesta: cuando Jesús tenía hambre. ¿Por qué rehusó Jesús convertir las piedras en pan? Porque su Padre se había comprometido a proveerle pan; por tanto no necesitaba usar su poder divino para suplir sus propias necesidades. Satanás acomete a menudo al pueblo de Dios en tiempos de profunda aflicción. Cuando están gravemente enfermos, o cuando sus hijos se mueren, o cuando no saben cómo proveerse de alimento, o cuando son defraudados o tratados con dureza; entonces el maligno insinúa pensamientos duros acerca de Dios en la mente. Gustosamente les haría creer que Dios los ha olvidado, que sus problemas nunca terminarán, que no hay salida, y que deben procurar ayudarse a sí mismos, aun por algún medio equivocado. Si parece haber un modo de ayudarse haciendo algo no del todo recto, no del todo abierto u honesto, no del todo conforme a los mandamientos de Dios, Satanás les aconseja tomar ese camino, asegurándoles que, si son demasiado escrupulosos, nunca saldrán de sus dificultades. Pero ¿cómo venció nuestro Salvador esta tentación? Acudió a la palabra de Dios y respondió desde Deut. 8: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». ¿Qué significa este pasaje? Declara que la palabra de Dios es más que el pan; el pan no puede conservarnos la vida cuando Dios dispone que muramos; pero Dios puede conservarnos la vida sin pan, cuando él dispone que vivamos. Sabemos también que Dios puede hacernos felices en la mayor aflicción; pero nada puede hacernos felices si Dios quiere que seamos desdichados. ¿No hemos visto a personas miserables en medio de la abundancia, y felices en medio de dolores y pérdidas? Nunca escuchemos el consejo perverso de Satanás cuando nos induzca a pecar para escapar del sufrimiento. Nos está engañando. Cuando el pecado se ha cometido, nos hallaremos en peores condiciones que antes.
La segunda tentación fue exactamente lo opuesto de la primera. Satanás llevó a Cristo al pináculo, o torre alta del templo, en la santa ciudad de Jerusalén. Allí procuró engañarle citando la Escritura; se refirió a un pasaje del Salmo 91: «A sus ángeles mandará acerca de ti»; pero dejó fuera las palabras: «que te guarden en todos tus caminos». Y, sin embargo, estas son muy importantes y no deberían omitirse. Dios mandará a sus ángeles que guarden al cristiano del mal en todos sus caminos, es decir, en todos los caminos en que debe andar. Si Jesús se hubiera lanzado desde el templo, no habría estado andando en los caminos de Dios, sino en los de Satanás. Este es el modo en que Satanás procura engañar al cristiano cuando le ve lleno de confianza en Dios. Entonces le tienta a la presunción; le persuadiría de que no necesita velar ni orar, sino que puede entrar en escenas mundanas y no recibir daño. Le dice: «¿No ha prometido Dios guardarte de caer y preservarte para su reino celestial? ¿No ha dicho: No te dejaré ni te desampararé?». Así pervierte la palabra de Dios. Este es un momento muy peligroso para el cristiano. Recuerde entonces lo que su Señor respondió a Satanás; estas palabras de Deuteronomio: «No tentarás al Señor tu Dios». Tentamos a Dios a que nos abandone cuando así presumimos de sus promesas. El apóstol dice, en 1 Cor. 10: «El que piensa estar firme, mire no caiga». Hemos oído del pecado de Pedro: se atrevió a seguir a Jesús al palacio del sumo sacerdote y a calentarse entre los siervos impíos, pensando que jamás negaría a su Maestro; así tentó al Señor, y le negó. ¡Qué peligros hay a la diestra y a la siniestra! Un momento nos hundimos en la desconfianza; al siguiente, nos elevamos a la presunción. ¡Velemos y oremos, para no entrar en tentación!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The temptation of Christ
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.