Cada uno de nosotros tiene algo que hacer al interpretar a Dios ante los hombres. Si somos sus amigos redimidos, el secreto del Señor está con nosotros —no un secreto, sin embargo, que debamos guardar para nosotros— sino uno que es nuestro deber declarar. Estamos en este mundo para revelar a Dios y para interpretar sus palabras a otros.
En la vida de José tenemos ilustraciones de esta verdad. Dos de sus compañeros de prisión tuvieron sueños. José les dijo el significado de sus sueños. Faraón tuvo un sueño que los sabios de Egipto no pudieron interpretar, y José fue sacado de su prisión para dar a conocer su significado. En ambos casos, los sueños eran palabras de Dios, cuya interpretación era importante aprender. En el caso de los prisioneros, los sueños eran anuncios del futuro de aquellos dos hombres. En el caso de Faraón, eran revelaciones que el rey necesitaba entender a fin de preparar a su pueblo para el hambre que se acercaba. Habría sido una gran calamidad para Egipto y para el mundo que Faraón no hubiera aprendido el significado de lo que Dios había hablado a su oído en las visiones de la noche. Pero sin un intérprete, jamás habría podido saberlo.
Todos necesitamos interpretaciones. Hay escritos misteriosos que no podemos leer. Tenemos nuestros sueños y visiones que no podemos descifrar por nosotros mismos. Sin embargo, estos escritos y estas visiones son en realidad palabras de Dios para nosotros, enseñanzas divinas que necesitamos entender. Tienen significados que se pretende que aprendamos, lecciones que debiéramos conocer. Encierran mensajes de consuelo para nuestros dolores, de dirección para nuestros caminos oscuros, de instrucción para nuestra ignorancia. No podemos vivir como debiéramos vivir, a menos que aprendamos el significado de estas palabras divinas. Pero no podemos descifrarlas por nosotros mismos. Todos necesitamos intérpretes.
Tómese al niño pequeño. Llega al mundo sin saber nada. Por todas partes hay cosas maravillosas —en la naturaleza, en su propia vida, en otras vidas, en los libros, en la Providencia—; pero los escritos son todos misteriosos. El niño no entiende nada. Sin embargo, está aquí para aprender todo lo que pueda de estos escritos. Son palabras de Dios que conciernen a toda su vida. Necesita intérpretes.
Todos nosotros somos sólo niños de diversos crecimientos. La vida está llena de enigmas para nosotros. Meditamos en la Biblia y continuamente nos encontramos con textos que no podemos entender. Hay misterios en la Providencia —acaso en los caminos de Dios con nuestra propia vida. Pero en estos textos oscuros y en estas oscuras providencias hay palabras de Dios ocultas, palabras de vida, de sabiduría, de bendición. Necesitamos intérpretes que descifren para nosotros la misteriosa escritura oculta de Dios.
José encontró a los dos prisioneros tristes, y su corazón se conmovió de simpatía. Se sintió deseoso de consolarlos. Esto reveló el espíritu verdadero y noble que había en él. Tenía un corazón cálido y gentil. Nadie puede ser jamás grandemente útil si no entra con simpatía en las experiencias del mundo.
Cristo se movía a compasión dondequiera que veía dolor o pecado. Al instante su amor salía al encuentro del que sufría, y procuraba ayudar. Dondequiera que vamos vemos rostros tristes que hablan de inquietud, de paz quebrantada, de anhelos insatisfechos, de preguntas sin respuesta, de hambres profundos del corazón. A veces es un anhelo frustrado, o un amor no correspondido; ora es deseo de asomarse al futuro, ora es anhelo de saber más de Dios.
Nosotros hemos de ser intérpretes, cada uno a su manera y de todas las cosas que ha aprendido. Todo el conocimiento valioso del mundo ha llegado a nosotros por medio de intérpretes humanos. A lo largo de los siglos ha habido hombres que subieron a las cimas de los montes, donde vieron los primeros destellos de luz mientras aún estaba oscuro en los valles de abajo, y que luego descendieron y hablaron de todo lo que habían visto.
El conocimiento científico que poseemos nos ha llegado de muchos intérpretes, que han aprendido a leer las palabras de Dios en la naturaleza. Para la mayoría de las personas, las palabras de la naturaleza significan casi nada. La gente camina entre flores, árboles, ríos, lagos, colinas y montañas, con el esplendor de los cielos sobre sus cabezas —sin sentimiento alguno de asombro, sin oír nada que toque sus corazones o estremezca sus espíritus. Pero ha habido intérpretes —unos pocos hombres con ojos que sí veían, y con oídos que sí oían— y nos han dicho algo de las muchas cosas maravillosas que Dios ha escrito en sus obras.
La literatura del mundo también es una serie de interpretaciones. Es la cosecha de largos siglos de pensamiento. En cada edad ha habido hombres que han mirado la verdad con una visión más profunda y más clara que sus semejantes, y han oído susurros de la voz de Dios; luego, saliendo de los valles del silencio, han dicho al mundo lo que oyeron.
Lo mismo es cierto de la verdad espiritual que poseemos. ¿Cómo nos han sido traídas estas revelaciones divinas? No por medio de rollos traídos del cielo por ángeles, sino por medio de intérpretes humanos.
Dios tomó a Moisés y lo subió al monte, y habló con él como habla un hombre con su amigo, revelándole grandes verdades acerca del ser y el carácter divinos, dándole leyes para la guía de los hombres. Entonces Moisés llegó a ser un intérprete para el mundo de las cosas que Dios le había hablado.
David fue un intérprete. Dios lo acercó a su propio corazón y respiró canciones celestiales en su alma; entonces David salió, pulsó su arpa y cantó, y la música aún respira por todo el mundo.
Juan fue un intérprete. Se recostó sobre el pecho de Cristo, oyendo los latidos de aquel gran corazón de amor, aprendiendo la santidad de la amistad con su Señor. Luego salió entre los hombres y les dijo lo que había oído, sentido y visto; y el aire de esta vieja tierra ha sido más cálido desde entonces, y más amor late en los corazones humanos.
Pero no sólo estos y otros hombres inspirados han sido intérpretes de Dios; muchos otros, desde entonces, han tomado la Palabra de Dios y han hallado en ella verdades benditas, consuelos preciosos que yacían sin descubrir antes, y han hablado a los hombres de lo que oyeron en secreto.
En verdad, Dios da a cada vida que envía a este mundo algún mensaje propio para dar a otros. No todos podemos escribir libros ni himnos; pero si vivimos cerca del corazón de Cristo, no hay ninguno de nosotros en cuyo corazón no hable el Maestro algún fragmento de verdad, alguna revelación de gracia y amor, o a quien no dé alguna expresión de consuelo en el dolor, algún destello de la gloria del cielo en medio del afán de este mundo.
Dios forma una estrecha amistad personal con cada uno de sus hijos redimidos, y le dice a cada uno algún secreto de amor que ningún otro corazón ha aprendido antes. Ese es ahora nuestro mensaje peculiar —la propia palabra de Dios para nosotros—; y nosotros somos los profetas de Dios para anunciarla de nuevo al mundo. Cada uno de nosotros debería hablar lo que Dios le ha dado a hablar. Aunque sea una sola palabra, con todo bendecirá al mundo. No pronunciarla dejará al mundo un poco más pobre.
Supóngase que José, sabiendo por enseñanza divina el significado de los sueños de Faraón, se hubiera quedado en silencio —¿qué habría costado su silencio al mundo?
O supóngase que Juan, habiéndose recostado sobre el corazón de Cristo y habiendo aprendido los secretos íntimos de su amor, hubiera vuelto a sus redes después de la Ascensión, sin llegar a ser un intérprete de Cristo —¿qué habría perdido el mundo?
Si una sola de los millones de flores que florecen en los días de verano se negara a florecer, ocultando sus dones de belleza, el mundo sería un poco menos hermoso por la falta de aquella sola flor.
Toda vida humana que deja de decir al mundo su lección, o que deja de interpretar su propio secreto, manteniéndolo encerrado en el silencio del corazón, retiene aquello que habría enriquecido la vida de la tierra. Pero toda vida, aun la más humilde, que aprende su palabra de Dios y luego la interpreta a otros, añade un poco a la suma de bendición y de bien del mundo.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: An Interpreter for God
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.