El gran mal y el poder del pecado residen en el pecado de nuestra naturaleza, en ese cuerpo de muerte que llevamos con nosotros. En esto consiste la verdadera mortificación: dar muerte al principio del cual procede todo pecado; someter la corrupción original, cuya fuerza debilita los actos de la gracia al dañar el principio mismo de la gracia. ¡Oh, entonces, sé diligente en buscar este logro! No te conformes con detener la corriente mientras la fuente sigue manando, ni con cortar las ramas mientras la raíz permanece. Acude a la fuente del mal, desciende a la profundidad de la corrupción y comienza la obra santa donde reside principalmente la potencia del pecado. ¿Cuál es tu pecado predominante? Pon el hacha en su raíz. Busca su muerte y destrucción, o será muerte y destrucción para ti mientras prevalezca. Ha de traer muerte a la vida de Dios dentro de ti y demostrar la ruina de tu paz, tu gozo y tu felicidad. Por tanto, no somos deudores a la carne para vivir según la carne; si por el Espíritu mortificas las obras del cuerpo, vivirás.
Lleva, pues, este pecado que busca dominarte a la cruz de Jesús y transpásalo allí; y a medida que muera, tu alma vivirá. Solo la cruz de Jesús será su muerte y tu vida. Es necesario que haya crucifixión antes que vida; la muerte de Cristo por el pecado debe ser nuestra muerte al pecado. Ninguna mortificación externa, ni ayunos, ni disciplinas, ni austeridades dolorosas debilitarán jamás el principio ni darán muerte a la raíz del pecado; solo la fe en la sangre expiatoria del Hijo de Dios puede satisfacer eficazmente la necesidad. Lejos de mí hablar con indiferencia de los medios que la Palabra de Dios fomenta como ayuda a la mortificación: la lectura diligente de la Escritura, la meditación frecuente, las temporadas de retiro, la comunión privada con Dios, el examen y juicio de uno mismo y la confesión honesta y minuciosa del pecado. Tampoco pasaría por alto la inmensa bendición que con frecuencia fluye de la aflicción profunda, trazada en una mortificación más honda del pecado en el temperamento, el espíritu y la vida del creyente. Pero en esta obra solemne nuestro lema constante debe ser: Mirando a Jesús. Sin el ojo de la fe fijado en la cruz, sin la eficacia de la sangre expiatoria y el poder de la gracia que hay en Jesús, no puede haber progreso eficaz en la verdadera santificación. Una sola visión de un Salvador crucificado, impartida por el Espíritu Santo, debilitará más poderosamente el pecado que habita en nosotros que todos los demás medios combinados. ¡Oh el poder de la cruz! ¡Oh la virtud de la sangre! ¡Oh la gracia de Jesús para crucificar, limpiar y someter nuestras iniquidades! No permitas, pues, que ningún pecado tenga poder sobre ti, viendo que Jesús puede capacitarte para resistirlo y coronará tu oposición sincera y perseverante con una victoria cierta y gloriosa. Él someterá nuestras iniquidades.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - February 25
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.