La vida cotidiana

Lo que cuesta ser un verdadero amigo

Una meditación sobre el costo real de la amistad verdadera: amar sin buscar lo propio, ser fieles cuando sobrevienen las cargas y perdonar como Cristo nos perdona.

Usamos la palabra amigo con mucha ligereza. Hablamos de nuestras "legiones de amigos", refiriéndonos a todos con quienes mantenemos relaciones amistosas, o aun un trato agradable. Decimos que alguien es nuestro amigo cuando solo lo conocemos en los negocios o socialmente, cuando su corazón y el nuestro nunca se han tocado en comunión real. Puede que no haya nada malo en esta amplia aplicación de la palabra; pero deberíamos entender que, en este uso, ni siquiera se roza su pleno y sagrado significado.

Llegar a ser amigo de otro en el sentido verdadero es tomar al otro en una comunión tan íntima y viva que su vida y la nuestra queden tejidas en una sola. Es mucho más que una compañía agradable en horas luminosas y soleadas. Es más que una asociación de interés, provecho o gozo mutuos. Una amistad verdadera es totalmente desinteresada. No busca beneficio ni bien propios. No ama por lo que pueda recibir, sino por lo que pueda dar. Su fin es "no ser servido, sino servir".

Hay muchas personas que toman a otras en lo que llaman relaciones de amistad, pero que piensan solo de manera egoísta en lo que estas personas pueden ser para ellos. Buscan ascenso social y esperan entrar en nuevos círculos por medio de ciertos amigos. O aspiran a entrar en algún brillante círculo intelectual y buscan la entrada formando una relación amistosa con alguien cuyo nombre figura en la lista de honor. O desean alcanzar el éxito en los negocios, y no escatiman esfuerzo para hacerse amigos de quienes son influyentes en la comunidad y pueden ayudarles a realizar sus ambiciones. O buscan simplemente un gozo pasajero, y eligen para su compañía a alguien que parece amable, afable, congenial, con buena dosis de dulzura y de capacidad para agradar—y así atender sus propios anhelos. En todos estos casos no hay más que egoísmo, ni un solo rastro de afecto verdadero. Aplicarles el nombre de amistad es degradar y profanar una palabra sagrada y santa. La amistad verdadera "no busca lo suyo".

Cuesta ser amigo. "Para bien o para mal, para rico o para pobre, en salud y en enfermedad", reza el compromiso matrimonial, y el verdadero matrimonio es tipo de todas las amistades verdaderas.

Cuando tomamos a una persona en nuestra vida como amigo no sabemos cuánto puede costarnos ser fieles a nuestra confianza. La desgracia puede abatir a nuestro amigo, y puede necesitar nuestra ayuda de maneras que impondrán sobre nosotros una pesada carga. Puede ser en sus negocios o en sus asuntos seculares donde sufra.

Una ayuda oportuna puede permitirles superar sus dificultades y alcanzar circunstancias prósperas. Está en nuestra mano prestarles la asistencia que necesitan, sin la cual tendrán que sucumbir al fracaso. Nos costará incomodidad y molestia personales hacer esto. Pero son nuestros amigos. Los hemos tomado en nuestra vida, haciéndonos así partícipes de todos sus asuntos. ¿Podemos negarles la ayuda que necesitan y que podemos dar, sin romper el santo pacto de la amistad y faltar a nuestras sagradas obligaciones para con ellos?

O puede ser la desgracia de la enfermedad—la salud quebrantada que sobreviene a nuestro amigo. Ya no pueden sernos útiles como lo eran en los días en que se formó el pacto de amistad. Entonces podían aportar su parte en el mutuo ministerio, dando lo mismo que recibiendo. Entonces la amistad con ellos no nos traía preocupación ni ansiedad; no nos exigía renuncia ni sacrificio; no nos imponía carga alguna. Por el contrario, estaba llena de ayuda. Traía fortaleza a nuestro corazón con su aliento amoroso. Era bendición para nuestra vida, en sus cálidas inspiraciones, en su dulce consuelo, en su afecto satisfactorio. Se ponía a nuestro lado en todos nuestros tiempos de prueba, con plena simpatía, echando el hombro bajo nuestras cargas, ayudándonos con su consejo, su estímulo. Traía sus incontables beneficios y ganancias. Pero ahora, en su debilidad y quebranto, ya no puede darnos esta fuerte ayuda y sostén. En cambio, se ha convertido en una carga. Debemos llevar solos las cargas que antes su amistad compartía con tanta generosidad. Necesitan nuestra ayuda, y solo pueden dar a cambio un peso de cuidado.

Por ejemplo, una esposa se vuelve inválida. En los primeros días de su vida matrimonial, ella fue la verdadera ayuda idónea de su marido, su regia compañera en todo deber, cuidado, trabajo y carga. Su amistad devolvía mucho más de lo que recibía. Pero ahora solo puede yacer inmóvil en medio de los cuidados, y ver a su esposo enfrentarlos solo. En lugar de compartir sus cargas, ella misma se ha convertido en una carga añadida que él debe llevar. Pero su amor no vacila ni un instante. La amó, no por la ayuda que ella era para él, sino por su propio y querido ser. Por eso su amor no cambia, cuando ella ya no es una fuerte ayuda idónea, sino una carga que él debe llevar. Su corazón solo se vuelve más tierno, su mano más suave y su espíritu más valiente. Encuentra ahora un gozo más hondo y más dulce al servirla, del que antes hallaba al ser servido por ella.

Ese es el significado de la amistad verdadera dondequiera que exista. No se basa en ninguna ayuda o servicio que deba recibir como condición. Su fuente está en el corazón mismo. Su deseo esencial es ayudar y servir. No hace cálculos minuciosos de tanto que dar y tanto que recibir. No se detiene ante ningún costo que la fidelidad pueda entrañar. No titubea ante ninguna renuncia que pueda ser necesaria en el cumplimiento de sus deberes. No se queja cuando hay que renunciarlo todo. Solo se vuelve más fuerte, más verdadera y más constante a medida que crecen las exigencias de dar y servir.

Hay otra fase del costo de la amistad que no debe pasarse por alto—la que sobreviene con la revelación de faltas, defectos y pecados. Al principio solo vemos a las personas en la superficie de su vida, y empezamos a admirarlas. Nos sentimos atraídos a ellas por elementos que ganan nuestra atención. Al tratarlas nos interesamos en ellas. Al fin nuestro afecto sale hacia ellas y las llamamos nuestras amigas. Caminamos con ellas en una compañía agradable que no nos impone exigencias y que poco revela de su vida interior. Las conocemos aún solo en la superficie del carácter, sin familiaridad real con el yo que se esconde tras las convencionalidades de la vida. Nada ha ocurrido en el progreso de nuestra amistad que saque a la luz lo que en su carácter no es del todo amable.

Al fin, una intimidad más estrecha o contactos más rudos revelan faltas. Aprendemos que bajo el exterior atractivo que tanto nos agradaba hay manchas, lunares, defectos y flaquezas que desfiguran tristemente la belleza de la vida. Descubrimos en ellos elementos de egoísmo, falsedad, engaño o mezquindad que nos duelen. Hallamos que tienen hábitos secretos que nos repelen. Hay cosas incongeniales en su carácter, jamás sospechadas en los días de la convivencia social, que se muestran ofensivamente en las relaciones más íntimas de la amistad.

A veces ocurre así en la vida matrimonial. El trato más largo y más libre antes del matrimonio solo revela el lado mejor de la vida de ambos. Pero lo mismo es cierto, en mayor o menor grado, en todas las amistades estrechas.

Esto es muchas veces una prueba severa del amor. Solo a medida que nos elevamos a algo del espíritu de Cristo somos capaces de sostener esta prueba de la amistad. Él nos toma como somos y no se cansa de nosotros, cualesquiera sean las faltas y pecados que descubra en nosotros. Hay un consuelo infinito en esto para nosotros. Somos conscientes de nuestra indignidad y de la falta de hermosura que hay en nuestras almas. Hay cosas en nuestras vidas que no nos atreveríamos a revelar al mundo. Muchos de nosotros tenemos páginas en nuestra biografía que no nos atreveríamos a extender ante los ojos de nadie.

Hay en lo más íntimo del corazón sentimientos, deseos, anhelos, ansias, celos, motivos, que no nos sentiríamos seguros en exponer ante el amigo más querido, más verdadero, más paciente y más amable. Sin embargo, Cristo los conoce todos. Nada está oculto a sus ojos. Para él hay revelación perfecta de los resortes más profundos de nuestro ser. Y no hemos de temer que su amistad por nosotros cambie, mengüe o se retire cuando descubre en nosotros cosas repulsivas.

Con todo, lo que no nos atreveríamos a revelar al amigo más tierno de corazón—lo más íntimo de nuestra vida—sin osar confiar en la amistad humana más fuerte, más verdadera y más compasiva, por miedo a que el descubrimiento de nuestras faltas, manchas y flaquezas nos costara nuestro amigo, Cristo lo conoce de continuo, y su ojo lo ve siempre. Y, sin embargo, nos ama, nos ama hasta lo sumo.

Esta es la amistad humana ideal. El hallazgo de manchas no la repele. Aun si el amigo ha caído en pecado, el amor se aferra, perdonando y buscando su restauración. Sin duda hay tales amistades. Un caballero tenía un amigo a quien, tras largos años de intimidad, había aprendido a amar profundamente y a confiar plenamente. Había pasado entre ellos un sagrado pacto de amistad, sellado y considerado inviolable. Una tarde halló a su amigo en gran angustia, y, al insistir en conocer la causa, recibió al fin la confesión de una serie de pecados que entrañaban degradación y deshonor de índole muy grave. La revelación casi lo mata. Tras el primer choque vino la repulsión. Quiso apartar para siempre a su amigo de sí. Pero, tras una lucha, el amor triunfó. Había circunstancias atenuantes. Su amigo era débil, había caído bajo una fuerte tentación y ahora estaba arrepentido, abrumado por un sentido de vergüenza y de pesar.

El pecado fue perdonado y apartado para siempre, y el amigo restituido al antiguo y sagrado lugar. Desde entonces sus relaciones fueron más estrechas que nunca hasta que el amigo murió; y desde la muerte, el amor se guarda con la mayor santidad.

Esta fue una amistad semejante a la de Cristo. Él amó a los suyos a pesar de todo lo que había en ellos para estorbar o refrenar su amor. Solemos quejarnos si nuestros amigos no devuelven un amor tan hondo, rico y constante como el que les damos. Nos sentimos heridos ante cualquier señal de mengua en su amor, cuando nos fallan de alguna manera, cuando pensamos que no han sido del todo fieles y desinteresados, o cuando han sido descuidados y poco amables con nosotros. Pero Cristo vio en "los suyos" un retorno muy débil a su amor profundo, una correspondencia muy inadecuada a toda su bondad y gracia maravillosas. Ellos fueron inconstantes, débiles e infieles. Fueron poco amables. Y, sin embargo, continuó amándolos a pesar de todo lo que en ellos hallaba falto de hermosura y de dignidad.

Y esta es la amistad que él enseñaría a sus discípulos. Como nos ama, así nos enseñaría a amar a otros. Decimos que los hombres no son dignos de tal amistad. Es verdad, no lo son. Tampoco nosotros somos dignos del amor admirable de Cristo por nosotros. Pero Cristo nos ama no según nuestra dignidad, sino según la riqueza de su propio corazón gracioso. Así debería ser con nuestro dar amistad; no según lo que la persona merezca, sino según la medida de nuestro propio carácter.

Bastan estos ejemplos para mostrar lo que puede costar ser amigo. Cuando recibimos a otro en esta sagrada relación, no sabemos qué responsabilidad asumimos, qué cargas puede ser nuestro deber llevar para ser fieles, qué dolor puede costarnos nuestro amor. Es cosa sagrada, por tanto, tomar un nuevo amigo en nuestra vida. Aceptamos una solemne responsabilidad al hacerlo. No sabemos qué cargas nos comprometamos a llevar, qué sacrificios nos estemos comprometiendo a hacer sin saberlo, qué dolor pueda llegarnos por medio de aquel a quien damos el amor de nuestro corazón. Deberíamos, pues, elegir a nuestros amigos con reflexión, sabiduría y oración; pero una vez que hemos comprometido nuestro amor, deberíamos ser fieles, sea cual sea el costo.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Cost of Being a Friend

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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