El hombre debe contentarse con esto. No tiene poder para quitar el límite. La ciencia, el tiempo, la experiencia, la prudencia, las medicinas, nada hacen para modificar esta ley de nuestro ser ni para asegurarnos una duración más larga en la tierra de la que Dios nos ha asignado.
Si se exigiera una disculpa de quien ha llegado al período de setenta años por atreverse a hablar de sí mismo y de sus puntos de vista sobre la vida, podría encontrarse, acaso, en las consideraciones siguientes:
1. Que aunque, en conjunto, el número de hombres que llegan a ese período de vida no es pequeño, casi ninguno expresa de forma pública y permanente sus propios pareceres e impresiones sobre esa etapa, ni los resultados de su propia observación y experiencia respecto a los asuntos humanos durante el tiempo que ha vivido.
2. Que los jóvenes, en su mayor parte, esperan llegar a ese período; y cabe suponer que sea asunto de su interés saber cómo se les presentará la vida cuando lo alcancen. Puede pensarse que les es útil, al formar sus propios planes, ponerse, en cuanto les sea posible, en esa posición, y desde esa «atalaya» preguntar qué vale la pena vivir y qué no; qué se les presentará entonces como sabio y bueno, y qué no; qué es el mundo en realidad, comparado con lo que parece cuando lo colorean los brillos de una imaginación juvenil lanzados sobre él en la anticipación. Todo joven tiene derecho a interrogar a un anciano acerca de qué es la vida y qué es el mundo.
3. Hay con frecuencia la impresión de que los ancianos toman una visión sombría de la vida; que el resultado de su experiencia es mera decepción; que todo lo que tienen que decir es que las visiones de los primeros años se han desvanecido, sin dejar nada sustancial ni digno de vivirse; que el mundo, para ellos, es lúgubre, y que el efecto de su experiencia los ha vuelto huraños, agrios y malhumorados; que solo ven decadencia y ruina a su alrededor; que, al venir la vejez, ven en la religión solo corrupción de la doctrina, en la moral solo degeneración, en los asuntos políticos solo un debilitamiento de los poderes del justo gobierno, en los alardes del progreso científico solo aquello que socava los cimientos de la verdadera religión y que amenaza el derrumbe de cuanto hasta aquí ha merecido el asentimiento de los más sabios y los mejores de la humanidad y es esencial al bienestar de la sociedad.
4. Todo hombre que ha llegado a ese período de vida debería poder decir algo útil a quienes están formando sus planes y miran al gran mundo como teatro de su acción futura. En verdad, ha vivido en vano quien ha pasado tantos años en la tierra, si no ha ganado nada que sirva de consejo a quienes han de venir tras él; quien no ha atesorado nada que añada al caudal común del saber humano, ni contribuya al mejoramiento del hombre y al progreso del mundo.
5. Como disculpa ulterior por hablar en la manera que me propongo, puede añadirse que la mayor parte de lo que diré podría decirlo un hombre tan bien como otro, a mi edad. Es el mero hecho de haber llegado a ese período lo que da derecho al privilegio de hablar a una generación venidera, o de dar expresión a los resultados de su observación y experiencia, y no algo peculiar de su propia historia, ni porque tenga reclamación especial para ser oído por el mundo. Había fuerza, y también evidente conveniencia, en lo que el joven Eliú, según se registra en el libro de Job, dijo: «Los mayores deben hablar, porque la sabiduría viene con la edad». Job 32:7
Es sentimiento común entre los hombres que quienes están a punto de dejar el mundo deben ser oídos, y que debe prestarse atención respetuosa a sus palabras, ya estén en el lecho tranquilo de la muerte o sean el lenguaje del mártir en la hoguera; ya sean expresiones de la vejez o del criminal a punto de recibir la justa sentencia de la ley. Por mi parte, lo que yo diga, si digo algo digno de atención, se derivará sobre todo del mero hecho de que los setenta años así recorridos se cuentan entre los más decisivos que han ocurrido en la historia del mundo, y de que esos mismos años pronuncian consejos muy solemnes a quienes han de llenar los próximos setenta años de la historia del mundo.
Quien ha llegado a este período debe considerarse ahora entrando en la última etapa de su existencia en la tierra. Ha alcanzado la cumbre de la vida. No puede esperar ni desear subir más alto. Ha llegado a la cima del monte, y pronto debe pasar al otro lado. Puede hallar allí, o creer que ha hallado, como a veces sucede al que sube una montaña, un pequeño punto que parece terreno llano, una pequeña meseta que se extiende a corta distancia a su alrededor. Si se le permite caminar algunos años por esa meseta, por esa meseta, por ese llano, es todo cuanto puede esperar. No puede aspirar a mayor vigor de cuerpo o de mente, ni a mayor capacidad de trabajo. Aquel pequeño llano que parece haber encontrado en la cumbre se extiende ante él con mucho que invita. No podría negar que, por muchas razones, le gustaría detenerse allí y prolongar su caminata más de lo que razonablemente puede esperar que se le permita. No puede ocultarse que, aunque este pequeño lugar parezca llano, pronto comenzará a inclinarse en la otra dirección, o que puede llegar pronto a un precipicio por el cual pueda caer de súbito, para no levantarse más. La subida a aquel pequeño llano o meseta fue gradual y larga. Mientras se ascendía, era incierto si se llegaría a la cumbre, y qué se encontraría al llegar; si estaría cubierta de nubes y agitada por tormentas, o si sería serena, tranquila y vestida de sol.
Así se sube un alto monte. La cumbre queda a lo lejos, ora con sol resplandeciente posado en ella, ora cubierta y oscurecida por las nubes, totalmente oculta a la vista. En la subida, al pasar de una eminencia a otra, goza ahora de un ancho, variado y hermoso panorama. Ahora «se teme al entrar en una nube»; ahora la nube se levanta y descubre un paisaje de lejanos bosques y campos y ríos y aldeas y granjas, tan variado y hermoso que le recompensa todo su trabajo hasta aquí. Ahora una nube se posa de nuevo en su sendero, y la subida se vuelve más difícil, más pedregosa, más escarpada; y entonces la nube se rompe, la cumbre se muestra cerca, y sus pasos son más ligeros y su corazón más animoso, como si todas las dificultades estuvieran a punto de vencerse.
La cumbre se alcanza al fin.
Puede ser una punta aguda de roca;
puede ser completamente estéril;
puede estar cubierta de nieve perpetua;
puede estar envuelta en nubes, y puede rugir una tormenta de granizo y aguanieve;
puede ser un lugar tan frío, tan desolado, tan estéril, que en seguida vuelve sus pasos y se apresura por el camino que recorrió al subir.
O puede hallar allí una llanura nivelada; puede gozar de un sol espléndido; puede tener amplios y hermosos panoramas, lejanas colinas y valles, arroyos y lagos y cascadas, pueblos y aldeas y labrantíos a su alrededor, y el azul del océano a lo lejos; y puede detenerse allí, y desear prolongar la estancia, plenamente recompensado de todo su trabajo y fatiga.
La subida fue larga, lenta y gradual. La bajada ha de ser precipitada, rápida, súbita. El término no está lejos: la tumba.
A quien ha llegado a los años avanzados, un joven tendría derecho a preguntar: «¿Cómo se presenta ahora la vida? ¿Y cómo deberían semejantes puntos de vista, como los que se tienen a los setenta años, influir en quienes apenas entran en su carrera, respecto a sus propios puntos de vista, planes y propósitos? ¿De qué manera debería un joven formar sus planes, si quisiera hacer suya esa experiencia? ¿De qué manera formaría sus planes de vida un hombre que ha llegado a ese período, si pudiera ahora empezar la vida de nuevo?»
Le diré, con las menos palabras posibles, cómo me siento en este período de la vida. Lo que diré, confío, no lo entristecerá ni lo desanimará ni lo afligirá. No lo llevará a pensar que no hay nada por lo que valga la pena vivir, aunque espero que pueda llevar a quienes se ponen en camino a modificar sus planes mediante la contemplación de los sentimientos y puntos de vista que vendrán a sus propias mentes cuando los planes de la vida estén a punto de cerrarse.
1. El primer pensamiento es que quien ha llegado a este período ha llegado al fin de todos sus planes, arreglos y propósitos en cuanto a este mundo. Los designios de la vida, cualesquiera que hayan sido, han terminado. Para él este es un pensamiento nuevo, un pensamiento que nunca ha experimentado antes, y del cual no había estado antes en situación de formarse idea. Este pensamiento me complacería grabar en las mentes de los más jóvenes: que ha de llegar pronto el tiempo en que todos sus planes terrenales deberán acabarse, en que no habrá nuevos designios que formar ni nuevos propósitos de vida que ejecutar.
Es, y tiene que ser, difícil para quienes están aún en el vigor de la vida formarse idea del estado mental cuando esto se vuelve realidad; cuando un hombre siente, como nunca antes, que poco más le queda por hacer. Pero aunque pueda ser difícil formarse concepción de una condición tan distinta de la que hasta aquí ha experimentado, no será inútil considerar por un momento el hecho, y declarar con la mayor claridad posible cuál es el sentimiento cuando esta convicción viene por primera vez a la mente.
Un hombre rara vez forma nuevos planes de vida pasados los setenta años. No entra en nueva profesión ni vocación, no emprende nuevo negocio, no se propone escribir nuevo libro, no contrae nuevas amistades, alianzas ni sociedades. Ya no puede sentir, como antes, que, al fracasar un plan, puede ahora emprender otro con mejor promesa de éxito.
Hasta aquí, a lo largo de su curso, ha sentido que, si se daba cuenta de haberse equivocado de vocación, o si no tenía éxito en ella, podía abrazar otra; si se decepcionaba o fracasaba en una línea de negocio, podía reanudarla o emprender otra con energía y esperanza; pues tenía la juventud de su parte y tenía (o creía tener) muchos años por delante. Si un amigo le resultaba infiel, podía formar otras amistades. Si fracasaba en su profesión elegida, el mundo estaba aún abierto donde elegir, y había aún muchos caminos que podían llevar a la abundancia o al renombre. Si perdía una batalla, el caso no era desesperado, pues aún podía ser honrado en otro campo con la victoria y ser coronado de gloria.
Fuente y atribución
Autor original: Albert Barnes
Título original: Life at Three-score and Ten — parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Albert Barnes, publicado originalmente en Grace Gems.