Puede decirse de los ejercicios espirituales lo que el apóstol afirma de la disciplina en general, de la cual ciertamente forman parte: que «al presente no son gozosos, sino dolorosos; pero después dan fruto apacible de justicia a los que por medio de ellos han sido ejercitados.» Por qué el Señor permite que tantos de su pueblo sean probados tan larga y profundamente acerca de su interés salvador en Cristo, por qué no manifiesta con mayor prontitud y plenitud su amor perdonador a sus almas, es un misterio que no podemos sondar. Mas he observado que, donde la primera obra no estuvo acompañada de convicciones profundas y poderosas del pecado, suele ocurrir, como si lo que faltó en profundidad hubiera de compensarse en longitud, y una obra lenta y continua supla, por así decirlo, una obra más breve e intensa.
Considero, sin embargo, una gran misericordia el que existan estos ejercicios, pues estoy plenamente convencido de que el ejercicio es tan necesario para la salud del alma como para la del cuerpo. Sin movimiento el aire se vuelve pestilente y el agua pútrida. El movimiento es la vida de la creación natural, y también de la sobrenatural; y ¿qué son los ejercicios, las dudas y los temores, acompañados como siempre lo están de deseos y oraciones, sino medios por los cuales el alma se mantiene viva y sana? Como decía Ezequías: «Oh Señor, por estas cosas viven los hombres, y en todas estas cosas está la vida de mi espíritu.»
Pero si no podéis ver qué bien os han hecho los ejercicios, ¿no podéis ver qué mal os han evitado? Os han preservado en gran medida de enredaros en un sistema mundano; os han guardado de reposar en la forma sin el poder, y os han apartado de aquella fe muerta y nocional que ha arruinado a tantos miles. Sin ejercicios podríais prescindir de un Cristo revelado, del perdón manifestado del pecado, de que el amor de Dios sea derramado en vuestro corazón por el Espíritu Santo. Y aquí están la mayoría, los que no son ejercitados, reposando en «un nombre para vivir» y en la doctrina sin la experiencia. Pero, estando enfermos, necesitáis un médico; siendo culpables, necesitáis misericordia; siendo pecadores, necesitáis salvación; y todo esto, no en palabra y nombre, sino en realidad, en revelación y aplicación divinas. Vuestros ejercicios os dan recados al trono de la misericordia y os hacen ver en Cristo y en su precioso evangelio lo que de otro modo no se vería ni se buscaría.
Al mismo tiempo, sería erróneo reposar en los ejercicios como marcas y evidencias de gracia. La sed es buena como preparación para el agua; el hambre, como antecedente del alimento; pero ¿quién puede reposar en la sed o en el hambre? Sin ellas, el agua y el alimento no se desean; así, sin ejercicios, Cristo, el Agua y el Pan de vida, no se desea ni se anhela. Pero estos ejercicios están destinados a avivar anhelos hacia Cristo y, al fin, hacerlo muy precioso.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: July 22
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.