¡Cuán breve fue el gozo del mundo! ¡Cuán pronto se tornó en tristeza! Antes de su crucifixión, el Señor había dicho: «El mundo se alegrará». Y en efecto se alegraron durante el día en que él yació en la tumba. Las palabras que Dios dirigió en cierta ocasión a Moab respecto de su proceder con Israel se les aplicaban a ellos: «Ya que hablaste de él, saltaste de gozo» (Jer. 48:27). Pero ¡qué consternación sintieron al saber que el objeto de su odio había resucitado de la tumba! Con todo, perseveraron en su horrible intento de disuadir a la gente de creer en él.
Cuando supieron por los soldados aterrados las maravillas que habían acontecido en el sepulcro, resolvieron, si era posible, ocultar estos hechos. Los principales sacerdotes tomaron la delantera en esta oscura transacción; convocaron a los ancianos y consultaron con ellos por qué medios podrían ahogar la verdad. Decidieron sobornar a los soldados para que divulgaran un relato inventado: «Sus discípulos vinieron de noche, y se lo llevaron mientras dormíamos». El padre de la mentira nunca sugirió una mentira más horrenda que esta. Es su ocupación constante enseñar a los pecadores a esconder sus pecados bajo el manto de la falsedad. Hay número de personas que se hallan en todo lugar que traman día tras día nuevas maneras de ocultar sus viejos pecados. Sus lenguas se han habituado tanto a la mentira, que pueden decirlas sin rubor. Pero a menos que se arrepientan, sentirán el poder de aquella tremenda sentencia: «Todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre». Todos los mentirosos de toda condición compartirán aquella condenación. Los fariseos fueron engañadores de la peor especie. ¿Qué se pensaría del hombre que con premeditación engañara a sus vecinos acerca del lugar donde estaban los carros de bomberos, aun sabiendo que el pueblo ardía en llamas? Por tal hombre un pueblo entero podría perecer. Los fariseos fueron tales hombres. Se esforzaron por engañar a un mundo perecedero respecto de aquel que era la vida de ese mundo. La resurrección probó que él era en verdad el Hijo de Dios. Este fue el hecho que sus enemigos se afanaron por ocultar.
Hallaron a los soldados romanos dispuestos a unirse a su plan. No hay maldad tan grande que los hombres no hayan hecho por amor al dinero. Algunos aun invocarán como excusa para el pecado que perderían dinero si no lo cometieran. ¿No habéis oído nunca a la gente defender su desobediencia a las leyes de Dios diciendo: «No podría ganarme la vida si actuara de otra manera»? ¿Hemos hecho alguno de nosotros alguna vez semejantes miserables excusas? Hay una pregunta que nunca debiéramos olvidar. Es esta: «¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?»
Estos soldados contrajeron gran culpa al consentir en divulgar la falsedad que los fariseos habían inventado. Habían sentido el terremoto, habían visto a los ángeles, y sin embargo no proclamaron la gloria del Señor. Pero Dios halló otros mensajeros. Mujeres débiles, aunque fieles, proclamaron primero las nuevas gozosas. Apóstoles sin letras, aunque inspirados, confirmaron su palabra y la difundieron lejos y a lo ancho. Nosotros hemos oído la gloriosa verdad de que el Señor resucitó de entre los muertos al tercer día. ¿La hemos creído? Dios ha prometido salvar a todos los que la creen de corazón. «Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom. 10:9).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The Pharisees bribe the watch
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.